domingo, 7 de diciembre de 2014

Cecilia - Con los ojos en paz

 28 de septiembre  de 2014.


Si yo me llamara profeta,

poeta de causas perdidas,
cantor de tristezas
cantor de alegrías,
¿cómo serían mis versos?
Si cada verso que escribo está muerto.

(Eva Sobredo)

       De adolescente uno suele ser muy impresionable y recordando piensa en la mañana de agosto que se enteró de la muerte en un accidente de tráfico de aquella que le mostró un nihilismo tierno e irreverente en el Siete Colinas  con su "Nada de nada", ahí me enganchó, podía ser el año 1973 y la música ya no sería la misma para mí; era necesario forjar buenas canciones a partir de la letra.




Paseaba en un día luminoso de agosto por la Carretera Nueva, el taró nos había dado tregua aquel año, me sentí como si mi adolescencia se esfumara y fuera consciente, de una vez por todas, de que el hombre había pisado la Luna blanca de la mañana. Apenas reflexioné sobre la muerte, disimulé como pude que tuviera los ojos empañados, mirando hacia la playa donde me arrojé a los brazos de los Beatles unos dos meses antes, y donde seguía sonando en mi vida, asocié a esos artistas inmensos con la equilibrista que resbaló y, como siempre, había quitado la red. Yo no sabía entonces que uno de los primeros y desafortunados intentos por asomar la cabeza de Cecilia instaba a los de Liverpool a que volvieran a unirse.

Esta canción no la escuché hasta 1995, me la aconsejó una amiga que estaba mejor relacionada que yo con la contracultura quizás un poco afectada con guiños a un orgullo nada real de sentirse diferente. Yo pensaba que debía tenerla, pero no, la cassette que compré en un mercadillo en Toledo en 1980 no era el antológico Cecilia 2, sino una recopilación en la que brillaba la presencia de canciones de este disco.
    
Vamos a prestar atención a lo que dice, podría decirlo cualquiera que tenga un poco de sensibilidad, cualquiera que se arrojara en los brazos de sí mismo sin ningún miramiento; hay buena gente tan mala que nunca lo hace por miedo a que se rompan los espejos de su respetabilidad. ¿Y si Dios existiera y no fuera bueno, y anduviera siempre preocupado por su propia eternidad porque no la comprende?
   
Cecilia era grande, Evangelina una exiliada voluntaria, no le gustaba ese nombre con tantos guiños a la religiosidad más estirada y solemne, pero tomó su hipocorístico, idéntico al primer nombre de mujer para firmar sus canciones. Aquí estamos viajando dulcemente al dolor de sabernos perdidos y admitiéndolo; perdimos algo muy grande cerca de Benavente y es probable que fuera dormida y no pudiera recurrir a la ironía de la vida que le arrebataban los hados en su mejor momento creativo, la noche, y una carreta sin luces, nos privó de seguir escuchando canciones inolvidables.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.