jueves, 23 de marzo de 2017

Constantino Cavafis - Voces.


 
Amadas e idealizadas voces
de los que perecieron o las de aquellos
como muertos para nosotros perdidos.

A veces nos hablan en sueños,
a veces las escuchamos 
en el límite de la memoria.

Y durante un instante, en su rumor,
regresa el sonido del primer poema
de una vida
como una música lejana que se apaga en la noche.

Recuerdo de mujer que se vistió de domingo.



Aún recuerdo la cruda sintonía
entre los eucaliptos y el camino de tierra
que llevaba a tu casa.
No ha de volver a vivir tu corazón,
fue aquél un anhelo loco, desabrido, salvaje
que me impulsó al abismo,
que provocó tu huida.

Huyo de ti, me enfermó tu presencia
al pasar de los años,
cuando me preguntaste si encontré la alegría;
¿la ha encontrado alguien?
¿eres tú un ejemplo de mujer satisfecha?
¿no has recordado nunca la sombra de Picasso
pintando arlequines tristes sobre tus muslos,
el ocaso de un vals en un banco angustiado
por el paso del tiempo,
la locura de un beso que muere sin futuro?

Huyo de ti, de aquél 
que insistió en tu sonrisa,
en la sensualidad mórbida de tus pechos,
de aquel dejar rodar su lengua como el faro
que penetra en el Hacho
y rodea Punta Almina,
de aquél que no quería parar, ni apartarse
cuando todos los trenes venían en su contra,
y arrastró para siempre sones de cascabeles.

Y tú, ya liberada de todos los lamentos,
habías decidido cavarle una fosa.
(7/4/2011)

Constantino Cavafis - Deseos


Cual bellos cuerpos que murieron
sin llegar a envejecer
encerrados con tristeza en suntuosos mausoleos
con rosas en la cabeza, con jazmines a sus pies,
así son los deseos que se apagaron
sin haber sido gozados,
ninguno testimonia
una sola noche de placer o una mañana radiante.

(Traducción de Francisco Enrique León)

Constantino Cavafis - Vuelve.



 
Vuelve otra vez y apodérate de mí,
sensación que amo, vuelve y tómame
mientras  del cuerpo el recuerdo viva
 y un viejo anhelo las venas recorra
 mientras recuerden los labios y la piel 
y sientan las manos
 como si acariciaran otra vez.

Vuelve otra vez y apodérate de mí en la noche
cuando los labios y la piel recuerdan.


(Traducción Francisco Enrique León))

Constantino Cavafis - Días de 1903



No encontraré otra vez 
 aquello perdido de repente;
 los poéticos ojos, el blanco rostro
 en la calle oscurecida...

No hallaré de nuevo – lo que me entregó el azar
 y fue abandonado en la fugacidad
y anhelado con dolor después.
Los poéticos ojos, el blanco rostro,
 aquellos labios – No, no los tendré nunca más.



(Traducción de Francisco Enrique León)


Anne Sexton - La verdad que los muertos conocen.






Se me han ido, vuelvo de la iglesia

evitando la fría procesión hasta la tumba,

dejando a los muertos solos en el coche

Es Junio y estoy cansada de mi entereza.



Nos dirigimos al Cabo, y me animo a mí misma

donde el sol se desvanece en el azul

y el mar se balancea como una cancela de hierro

y nos emocionamos. Muere la gente en otros lugares.



El viento, querido, cae como guijarros

de las blancas aguas y cuando nos turbamos

lo hacemos plenamente. Nadie está solo.

Los hombres matan por esto o cosas parecidas.



En cuanto a los muertos... viven descalzos

en los barcos de piedra

porque ellos son más pétreos que el mar al detenerse

No quieren que les bendigan

la garganta, los ojos, los tendones...



(Variación de Francisco Enrique León)

miércoles, 22 de marzo de 2017

A los poetas laureados.

       


       ¿Soy o no soy de ese lugar donde habita la musa de los necios?


       ¿Soy o no soy poeta? Pregunté a Yorick con su cráneo entre las manos que ya no eran mías y recogí el silencio que me inculpa y me atormenta con su inaudible chasquido de verso mal escrito. El poeta y el loco participan sin freno ni caída del mismo delirio de grandeza; uno muere cuando enloquece de celos al descubrir que hay quien escribe bien aparte de ellos, el otro de cordura, cuando comprende en su dolor que no volverá el Quijote y Dulcinea tiene la vulgaridad forjada por el hambre de una mujer de fortuna que frecuenta las tabernas.

     El poeta baila por su propia vanidad y endiosamiento, el loco por divertir a quien quisiere. Pero ambos van marcados por desigual fortuna, el poeta se ahoga cuando recibe halagos y cree disfrutar de la compañía de Rimbaud y hablarle como si fuera un colega de la trasgresión venidera que no acaba de asomar. El loco vence al mundo cuando le hace reírse de la fortuna de los ciegos que no ven las caras de quienes nos hablan e intentan corrompernos, y el mudo, Mariano lo atestigua, dice lo que no siente por no dar pistas de su desgracia, ni destapar contabilidades...

    No me preguntéis con cual de los dos me quedaría. Puestos a elegir, el amor es una bendita locura de la que no quiero despertar ni siquiera por escribir el más bello poema. Prefiero un instante de vida que un torrente de poesía. El rey Lear no le cogía ni una al bufón que fingía mentir sonriendo y sufrió la traición de dos de sus tres poetas, aquellos que recitaban los versos laudatorios llenos de pasión, empapados de cordura y planes enmarañados. Al final se nos van los años y las ilusiones pero queda el poder redentor de una sonrisa, el valor de afrontar la vida como lo más hermoso cuando se hace de veras a pesar de las dificultades.

(Enrique Cohen, le encrespa que le cuenten las metáforas) Alter ego de François Truffaut cuando lucha por encontrar el mar que nos inundará a todos.

lunes, 20 de marzo de 2017

Destronar al Principito


A una pequeña Tabletita de todo corazón, murió hace mucho tiempo sin saber por qué.



       Destronar al Principito significa coronar con espinas al Pequeño príncipe que solo tiene una rosa que no es suya porque está dominada por la presunción y la egolatría. 

        ¿Está Saint-Exupéry, cuando era niño, detrás del personaje principal?  Nunca lo sabremos. Consuelo Suncín es la rosa que nace en el país de los volcanes, Sylvia Reinhardt es el zorro desprovisto de astucia porque está entregado al amor, Marie es la estrella a la que rezamos y cubre los temores con su manto y su sonrisa. Las tres están admitidas con una claridad meridiana en el devenir del cuento, con la intromisión de Denis de Rougemont para sustituir a la muchacha neoyorquina que, a partir de Antoine, decidió casarse hasta la muerte. 

       Pero el pequeño príncipe no podrá ser desentrañado, era demasiado bueno para ser él mismo; demasiado plebeyo para ser aristócrata, demasiado demócrata para ser republicano. Cabe la posibilidad de que sea la persona a la que más admiraba; León Werth que, entre Cristo, Moisés y el Hombre, probablemente nunca fue niño y nos regaló el milagro de un pacifista que se apunta a la guerra conmocionado por el asesinato del socialista Jaurès. ¿Por qué han matado a Jaurès? se pregunta atónito Brel sin hallar una respuesta. 

          Antoine pudo haberlo tenido claro; había que crear un niño para consolar de una pérdida irreparable al humanista que mejor concilió al creador con la criatura. 

El color del vestido



Ella viene a mi mente
en este recuerdo de luna y de pena,
en este sendero de tumbas que buscan los suspiros
en los miedos de la infancia que se agita
en el pasillo de flores y guirnaldas
cuando te entregaste a Cristo por primera vez.

Si tuviera sólo un sueño
le pondría el color del vestido que llevabas
la última vez que paseaste junto al mar
entre los calendarios del muelle derruido,
entre los pajarillos y las cenizas tiernas,
aunque no lo recuerde y sufra la falta
y arda cada noche que llore por tu ausencia.

El camino es largo para comprender mi miedo,
muy hondo para medir el dolor
y el viento de Poniente que refresca los montes
y mece las higueras
me lleva hacia el ocaso
donde caían los jilgueros que buscaban el sur en el otoño.)


(9 de julio de 2015)

domingo, 19 de marzo de 2017

Nunca más.



En nombre de la muerte las sombras te llamaban,
querían hacerte oscura
para apagar tus ojos y enamorarte del silencio
de la noche del alma que pierde su latido
y sin pausa se alarga en el fulgor de la capilla.

Hay que apartar los sueños de tu hábito
antes que llegue la muerte
con tijeras en sus manos descarnadas,
con sus deseos de negra luna,
 y le diga a los vientos quién fuiste,
en qué escalón olvidaste los libros con tu firma
y tus fracasos,
qué tren perdiste, acaso, sin saberlo
y no paró en tu estación de espera nunca más.

Nunca más volará la mariposa sobre tu falda abierta
ni los perros de la tarde correrán
para lamer tu huella de caricias.

En nombre de la muerte y entre los árboles de tu infancia,
y el pozo insondable donde cayó la noche más lúgubre
de tu canto herido,
tiernas flores silvestres despliegan tu nombre en el viento.

18/06/2007

lunes, 13 de marzo de 2017

La última primavera que vieron los ojos de mi madre



La última primavera que vieron
los ojos de mi madre
volví a sentarme solo en la arena de la playa
donde solía buscar la luz del horizonte
y arrancar caracolas de su lecho afligido.

Mi madre no escuchó la voz de la campana,
su corazón latía y dejaban sus labios
palabras en la alcoba y en el rumor salobre
que subía al Tobogán como un niño travieso.

Un halo adolescente en mi alma crecía
buscando aquellos pasos borrados por el agua,
coronando las ansias de los besos perdidos
dejando otro dolor en la sala en penumbra.

Mi madre no escuchó la voz de la campana,
dejó marchar, como otros, su último fulgor,
no detuvo los pétalos de sus rojos geranios,
ni la fuerza en la sangre que su patio regaba.


Publicado en blogger el 19 de septiembre de 2012  
6 de enro de 2015