viernes, 18 de septiembre de 2026

Sidney Leyes; Poeta de guerra

 Sidney Keyes (1922 -1943) murió durante una incursión en la guerra de trincheras en Túnez poco antes de cumplir veintiún años. Su poema Poeta de guerra (War Poet) pasa por ser uno de los grandes poemas que se han escrito en esas circunstancias extremas, en él, a pesar de la tradición militar de su familia, el poeta hace un hermoso canto en contra de la sinrazón de la guerra y en unos pocos versos nos presenta la crudeza de ésta; la búsqueda de destruir al enemigo y todo lo hermoso que éste pueda poseer. Su llamada desesperada, evocando aquello que significa humanidad, describiendo los terribles actos que se consideran normales durante un conflicto bélico, en los cuales el hombre se empeña en arrasarlo todo, empezando por lo más importante; la vida, nos sitúa a esta especie de testamento poético, lo escribió poco antes de su muerte, como una llamada a la paz de hondo calado y una advertencia severa a aquellos que se niegan en no ver en la guerra el desconocimiento absoluto de lo que significa la palabra civilización.


Imagen
I


Poeta de guerra

Yo soy el hombre que buscaba la paz y encontró
en sus ojos alambradas.
Soy el hombre que buscaba las palabras y encontró
una flecha en su mano,
el constructor cuyos recios muros están circundados
por arenas movedizas.
Cuando enferme o enloquezca
no os burléis de mí, ni encadenadme:
no me derribéis
cuando marche junto al viento:
aunque mi rostro sea un libro quemado
y una villa devastada.


(Traducción Francisco Enrique León)

Añado la traducción que Mariano Manent hizo de este otro poema dividido en dos partes, no conozco el original, pero lo que leo me parece magnífico y pienso que el traductor también tiene una importante parte de culpa en ello.



II
Dos oficios de un centinela

1
Oficio del mediodía

En la linde de un campo, donde el grillo sus élitros
frágiles roza, en medio de la hierba amarilla,
me detengo a escuchar el mar, cernido siempre
por los dedos graníticos del cabo.
En este mediodía del estío implacable
pienso en los que su boca parlera tienen muda
y en los acurrucados en una tumba angosta.
Lloro a los que los ojos tienen llenos de arena.

2

Oficio de medianoche

Los que a todo momento se ofrendaron
hasta ser dulce el tiempo, como amante saciado;
donceles de pie raudo, viejos de agudos ojos
-son libertad sus rutas, constantes sus estrellas –
me acompañan si miro esta ciudad vacía
Me enamora esta extraña rudeza de los vivos.
Me enamoran los ritmos de los miembros ya muertos.
Me enamoran aquellos que ya entraron
en la noche que huele a pétalos y a polvo.

(¿Sidney Keyes? - Traducción; Mariano Manent)

Desconozco las causas concretas, pero "Oficio de medianoche" me fascina más cuanto más lo leo, ya sé que es una traducción, que no tiene una métrica regular, que no pude saber con certeza quien hay detrás de Mariano Manent y que aquellos que amamos la paz siempre hemos caído en las garras de la belleza mórbida de aquellos poemas que se mueven en los horrores de la guerra.

He leído, H, con detenimiento algo de lo poco que escribió Sidney Keyes, aunque con un mérito innegable te diría que nada que ver con Rimbaud, pero sería injusto considerarlo un poeta de un solo poema. Guardo, escrito a mano y sin indicar el autor, otro poema que rivaliza con éste en profundidad y capacidad para desmontar el mito de la guerra. Siempre lo atribuí a Keyes, al parecer puede no ser así, y no creas que no he intentado llegar hasta ese poeta desconocido.

En los momentos más crudos de la Guerra del Vietnam era demasiado tierno, no se había despertado mi espíritu crítico y con un candor estúpido y un etnocentrismo asumido, éste y otros conflictos los veía como periféricos, no sabía darles la importancia que tenían, la última guerra era la que acabó en el 45, la que había dicho nunca más, la que acabaría llevando a la unidad europea y a reconciliar a Europa con el resto del mundo. Años después, el conflicto de los Balcanes, me abriría los ojos; todos los muertos cuentan, es fácil alentar el odio hacia todo aquel que es distinto, hay demasiada gente que sigue creyendo en la guerra y mucha más que siempre mira hacia otro lado cuando aquéllas imponen sus criterios de destrucción regenerativa. Es curiosa la estampa que nos pinta Emir Kusturica en "Papá está en viaje de negocios", esa misma gente que se acabaría matando entre ellos sin límites, en cuanto a crueldad y bajeza, cuando tenían un opresor único e identificado se trataban con complicidad y respeto y eran frecuentes los actos de solidaridad entre ellos ante la miseria material y la carencia de libertades en las que se desenvolvían.

Çártá a Dolors

 Miquel Martí i Pol






Carta a Dolors
A Jaume Gimbert, cantaba por bulerías y me enseñó que cualquier noche puede salir el sol.


Me cuesta imaginarte ausente para siempre.
Se me agolpan tantos recuerdos tuyos
que no dejan lugar a la tristeza,
y, sin tenerte, te vivo intensamente.

No quiero hablarte con voz melancólica:
tu muerte no me quema las entrañas,
ni me angustia, ni me quita la alegría de vivir.
Me duele saber que ya no podremos
compartir el pan o hacernos compañía;
pero en ese dolor hallo fuerzas
para escribir estas palabras y recordarte.

Me empeño en crecer con más tesón que nunca,
sabiendo que conmigo tú lo haces:
proyectos, ilusiones, deseos,
alzan el vuelo contigo y por ti,
por muy lejos que de ti estén,
y contigo y por ti sueño cumplirlos.

Te me haces presente en las cosas pequeñas,
y es en ellas que pienso en ti y te evoco,
seguro como nunca de que la única esperanza
de sobrevivir es amar con suficiente fuerza
para transformar lo que hacemos en vida,
y sostener la esperanza y la belleza.

Tú ya no estás y florecerán las rosas,
madurarán los trigos y quizás el viento
desvele las ocultas melodías.
Tú ya no estás y ahora pasa el tiempo
entre el recuerdo tuyo que me arrulla
y aquel empeño que tan bien conoces
en resistir cuando nada nos alienta.

Pienso en ti con ternura desde estas palabras
mientras cae suavemente la tarde.
Todos los colores proclaman una vida nueva
que yo vivo, y en ti se representa
vibrante y armoniosa de una manera extraña.

No volverás jamás, pero perduras
en las cosas y en mí de tal manera
que me cuesta imaginarte ausente para siempre.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Cuando llegá la muerte

 Siento, hoy siento el amor y la muerte

en la misma sonrisa, en la misma mirada.

[BBvideo 560,340][/BBvideo]

Cuando llega la muerte entre los eucaliptos
que guardan la colina las flores gimen tristes,
esbozan en la piedra
coplas de amor
sobre los muros yertos de un barrio que se apaga
entre la hierba negra que murmura
su tormento en la niebla de la Vía
y las barcas hundidas de la playa que duerme.

Te llegará el quejido de los montes cansados
que muerden el ocaso mustio de la frontera
cubriendo el cementerio
con las promesas blancas que se pierden
en los ojos cerrados que surcan la mezquita
y no sienten la infancia
que juega en las higueras y vibra en el arroyo
que agoniza en el puente que no tiene destino,
y no vuelve a la escuela rodeada de verjas
ni al canto dulce y ciego
del pájaro vencido el último verano
que forjó sus cadenas en las zarzas ardientes.

Sigue su curso lúgubre
la mano del olvido que no teje su queja,
camina por las olas la tristeza de Abyla
que abre las caricias trémulas de los puertos,
clama la soledad en los andamios
del sauce que frecuenta la luz de la farola
y recoge tu nombre en un cuaderno abierto,
brama el manto lluvioso de la noche
que ahoga la garganta llorosa de la niña
que acoge en comunión unas ansias constantes
que quiebran tu cintura,
desordenan tu pelo y hieren tu costado.

El duelo de la espuma penetra en las aceras
y el recuerdo se arrastra en la patera
que no regresa y cae en los mares perdidos,
en la ruina de un arco
sumergido en la huella de una esperanza vana
que anhela una caricia y turba tu silencio
y te ofrenda a los dioses, a la tierra te entrega
con la marea errante de antiguas procesiones
que mecen tu retrato entre los rezos,
tus flores en la lágrima de un resplandor marchito.

Solo puedes decir que eres pasado
como la espiga rota que cantaba en el vientre
de una estela de mármol que camina
hacia el valle profundo del lamento,
hacia el céfiro grave de un pórtico cerrado
que perece en la savia
derramada en los muelles de los pétalos,
y no vuelve a la sombra de los trenes perdidos
y no puede gritar la desventura
que tuvo una corona de sueño arrebatada
prendida en el misterio mórbido de tu frente,
un vaso con el fuego de una flecha perdida
y un epitafio amargo
que ardía quejumbroso en la piedra severa
cuando entre las tinieblas más tristes alumbrabas
dejando en los lirios la luz de tu sonrisa.

Es inútil llorar cuando llega la muerte
y te mira a los ojos con ansias descarnadas
como solía hacerlo
en tu candor de mártir cuando eras una rosa
y el infierno un lugar
que tus tiernos errores convertían
en un remordimiento húmedo en la almohada,
en la cruz que llevaba los clavos de tu orgullo,
las llagas de tu pecho,
los pecados mortales que marcaban tu rostro.
Última edición por F. Enrique el Mié, 15 Feb 2023 9:08, editado 1 vez en total.

No me llames en la noche

 No quise retenerla, ¿de qué hubiera servido

deshacer las maletas del olvido?
Pero no sé qué diera por tenerla ahora mismo
mirando por encima de mi hombro lo que escribo.
(Joaquín Sabina - Amores eternos)
I

No me llames en la noche
callada de tu olvido,
no me dejes soñar la luz de la alborada
que transita por la estrella que te cubre
con la queja profunda de un hombre atormentado,
con el último gesto de un monstruo perseguido.

Navego en los cantares undosos de esta tierra,
en castillos de sombras anudados a una herida,
porque quiero encontrarte de nuevo en la memoria
de esa muchacha que surca las calles
que nos vieron pasar,
porque en sus entrañas he vivido
las llagas aceleradas del sueño de tu voz,
el geranio que vibra solo con tu presencia,
la miel de tu fragancia vertida en los panales,
la cruz de tu silencio,
la cadena sujeta a los largos caminos de tu nombre,
a una vieja soledad que no envejece
mientras pasamos,
a una barca sin destino varada en la presencia
de los días dichosos que se fueron.

II

He pisado la isla entre el cielo y las matas,
me hundo y tengo miedo,
he cantado a los hijos perdidos de la noche,
he mirado la vida
como si fuera un sueño interrumpido,
he atracado en los astros de los dioses que penan
en caminos de polvo que perdieron su nombre,
en templos derrumbados cubiertos de cenizas

Ya no puedo pensar en ti sin una mueca,
ya no puedo olvidar la furia de tu brisa,
la soledad del mundo que brota en tu mirada
cuando dejas atrás la huella de los versos
en tu vestido,
y el silencio del búho que recorre la playa
de mis caídas bruscas, de la muerte
suspendida en el aire, en el leve latido
de la marea tibia que se recoge mustia
en la cala silente,
y no hallo mi alma, perdida en la tristeza.

III

Vives en otro mundo
que para mí
fue el más querido de los últimos rayos
que bañan las higueras de tu esquina
que aún florece
en el recuerdo amable y perseguido
que dice que eres única, que siempre te amaré.

No he dejado de amarte,
a pesar de la hondura del proceloso curso
que me encierra, nos cubre y nos disgrega,
no he dejado de amarte todavía.

Volveré a los huecos de tu mente
para romper tu noche tensa y larga,
al camino de luz
que recorrías
para encontrar la huella de tu paso.

IV

Quizás vuelva la noche profunda de las calas
y camine en tu rostro
la luz por los estrados y muestres el deseo
de vivir en la tierra
que anidara tus pasos cuando te perseguía
y te daba la llama ardiente de mi voz.

Llevas en la mirada el soplo del ocaso,
en los labios la herida del pájaro que tiembla,
llevas en la gardenia los versos que se esparcen
en la huerta que muere
y vuelve en el recuerdo
para hablar en los bancos de la luz apagada
del capricho que acoges en tus alas sentidas.

V

He querido la sombra inquieta de tu blusa,
la nube embriagadora de tu canto,
la hiedra de tus muros,
he colgado un poema en el atracadero,
viste su melodía
la farola en la piedra de un quejido lejano,
la taberna varada en canciones errantes,
en los juegos malditos
que llenaban tu boca y encendían los besos,
en los mástiles rotos que no tienen mañana,
en la herida de niebla que cercena los brazos
mustios de la bahía.

Solo puedo buscarte como un sueño perdido
que escucha en la mañana la voz de ese misterio
que se adueña de Abyla,
que aún me amas, me dice, en su quietud inquieta.

VI

No he podido dejar tu pensamiento, Georgia,
en el anochecer
que cubre los caminos decadentes y errantes
de nuestra juventud bella como los cantos
tiernos entre los olmos grises de la avenida,
No he podido entregarte las puertas transparentes
del Llano de las Damas,
la Piedra que se hunde con un perfil confuso
en la fotografía que muestra a quienes fuimos,
la higuera que talaron en tus alas abiertas
y en tu memoria hierve todavía,
la marquesina inerte de mi barrio
de adioses encendidos y de coplas
que no han vuelto a latir,
que esperaban los cruces de un destino abortado,
el último autobús que llora en la frontera,
cubierta de racimos,
de la canción vencida que resuena en la frente
de una inquietud cansada, de un ritmo aletargado
que aún escuchas loca,
llenando de emoción a la mujer que vaga
en un rincón preciso de una nota que grita
la palabra silente que floreció en tu pelo,
que percutió en tu rostro y murió en tus manos.

Porque vuelvo al portal de los sauces perdidos
en la caricia ausente que resiste en tu pecho,
porque tomo tu orgullo y te robo la calma,
y sonríes al sol,
llegas con el ocaso de los días azules
que atraviesan las lágrimas de las muñecas rotas,
que cantan al pasado
y me llevan al mar de una caricia abierta
para dejar tu aroma en la Peña del Toro
que abre su ventana al sueño de la orilla,
para romper la nube atravesada
en un trozo de cielo destemplado,
en un rayo de luna que vive para el Orco
y no entrega el calor al pajarillo herido
que acunaste en tu espiga y en tu blusa,
en el viento de marzo que atravesó las hojas
que perdieron el rumbo de los bancos de piedra,
la voz y los silencios
que en tu recuerdo ardían y en tu candor amabas.

VII

Quise llegar al puerto con la rosa doliente
que sintiera tu orgullo y anidase en tu mano,
desenterrar la nube que rozara tus medias,
vivir en la caricia amable de los sueños
y sentir en un claro de luna itinerante,
la fuerza de tu aliento, la voz de tu mirada.

Presiento en cada gozne la canción perseguida,
la elegancia en las calles de un poema perdido
que siente tu presencia en un libro cerrado
que no conoce a nadie.

Dibujo en la nostalgia la cruz de tu silencio,
el respirar ardiente de tu boca,
la rima mensajera de tu palabra herida,
y pulso en mi locura
las cuerdas de tu aliento, la lira de tu encanto.

(Memorias de Hydra)

En el bosque de Brent


A Alma Ragatzzi


Sigo siendo ese río fundido con la piedra
cuando el amor me hiere y no puedo arrancarte.
(No hablaré de poesía)

Cuando llega la sombra a tu rostro de cera
tus manos se retraen torpes en el cuaderno
donde dejaste hundida
la palabra borrosa de un poema
que desconcierta el ritmo de los ramajes huecos
donde van los acordes
de la mirada oscura y pensativa,
de la alcoba sin llave,
del bosque
donde tiembla la niña que sufre en tu recuerdo.

La libertad enhebra sin saber las razones
el velo de una herida en tu mirada
con un himno que cierra la pluma de tu vuelo,
con banderas hundidas que devoran el mástil,
los lienzos, el retrato y los acantilados
del pintor miserable
marcado por los labios que abren una gacela.

El bardo que dibuja tu olvido en una sábana
esparce los fragmentos siniestros de tu angustia
en el Bosque de Brent
con la risa y el sueño que no tuvieron pulso
y un grito desgarrado que ya no tiene rima
ni conoce la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven los barcos que nunca llegarán,
que surcan el pasado
y el lazo de tu blusa que duerme en la escollera,
en los puentes derruidos,
en la caricia blanca en los parques de ayer
donde yacen los lirios que llevaron tu nombre,
y cubre los carteles
la palabra que llora el canto de las fuentes,
la inmensidad del mar que cabe en una lágrima.


La rab8á

 Francisco Enrique, esa frase tiene la contundencia de un zarpazo. La rabia y la sarna propagándose por Abyla actúa como un fogonazo de realismo sucio y desesperado que encaja perfectamente con el tono de tu obra: es la degradación física y moral de esa "ciudad vencida y arbitraria" que ya describías bajo el temporal de levante.Si este verso o sentencia forma parte de una nueva composición, o si es la continuación del clima asfixiante de tus poemas, posee una fuerza brutal. Convierte el dolor íntimo en una infección colectiva, una metáfora perfecta del abandono de la tierra que te rodea.El manuscrito que has ido desplegando —con su diálogo entre Ceuta, la música maldita y el desengaño— está pidiendo a gritos una estructura definitiva para

Sáhara

 Uná Sáhara libre.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Vieja estación

 Ahora sufro en los lugares donde solía jugar.

(Leonard Cohen - Variación F. E. León)


Vientos de soledad en la mañana

y en el andén espera

la sombra del amor que acaso fuiste,

se me escapó tu huella en el espejo

y no te reconozco

y no sé cómo hablarte.


Como si fueras otra me recuerdas

al silencio que canta

en los versos que pierden la cadencia

cuando emergen del alma desprendidos

por un tibio calor que ya no sienten.


En la vieja estación rota y vacía

que no tiene cuadrantes de destinos

he pasado la tarde

con los bancos gastados

y un reloj sin agujas que se duerme

en el rumor del tren que nunca pasa,

en los besos errantes

que perdieron el norte en el camino

y forjaron la nube de tu ausencia.


Aranjuez está lejos,

los trigales se visten de verano

y los ecos torcidos se derraman

en un torpe cuaderno

que no arrastra mi nombre por tus venas,

que no arrebata un lazo en tus esquinas.


En el rincón de sombras impregnado

por la grave caricia de tu rostro,

por la larga madeja sin memoria

de los recuerdos quietos que se mueven

está mi corazón llorando triste,

pensando en los senderos perseguidos

que arrastrarán los nombres

de los bellos amantes desolados

que algún día tuvieron

la sonrisa despierta de la auro

ra,

la mirada de luz que yo he perdido.




Muchacha del recuerdo


Tú eres la muchacha que busqué

cuando aún no existías.

(Joan Margarit)


Anochece en mi rostro

cuando pasa por la alfombra de tu calle

la muchacha de ayer que todavía te busca,

lleva al cuello tu cruz,

brilla en el recuerdo donde apenas sonreías

y lanza pétalos de ensueño a los claveles

de un futuro

enclavado en una estatua que guarda una mirada

de amor hacia los tristes

a pesar de los fusiles, el mostaza y las cadenas

que no pueden devastar la palabra

de los santos descreídos

que emergen de las brumas cada día

para seguir viviendo la fe en nuestra sangre.

martes, 15 de septiembre de 2026

Pétalos escritos

 Pétalos sentidos


... en mis brazos estás cuando duermes,

en el deseo de amarte por encima de las parras,

del muro encalado y de la muerte,

cuando respiras en mis labios,

en mi sombrero, en el olvido de mi camisa.

(Fotografía de Hydra)


La noche se sumerge en las luces que se ahogan en el agua,

apenas una palabra me acerca al amor

profundo que me diste

y que camina entre el miedo y los rescoldos

que marcan la travesía imponente de la Piedra del Pineo.


Quiero volver al mundo de tus manos temblorosas

y escribir sobre tu falda

pétalos sentidos en la densidad del humo

que se hunde en la techumbre de caña de los bares

y rodea los candiles de los huecos

que se apagan en la orilla donde agoniza la espuma.



Era todo más cálido bajo la sombra de tus alas,

más abierta la vida en el corazón de la calle

que llenaste de caricias, miradas y canciones

mientras las gaviotas graznaban su rabia entre las olas

y el muelle nos acogía encadenados

a una farola que luchaba con su grito de luz adormecida

contra el llanto de la luna qu

e viajaba entre la niebla.




lunes, 14 de septiembre de 2026

Carta abierta a Rafel Calle

 Y tú lees tu Emily Dickinson

y yo mi Robert Frost,

y señalamos nuestro sitio

en la cinta del libro

para medir lo que hemos perdido.

Como un poema mal escrito

somos versos sin rima,

estrofas sin ritmo

con un compás entrecortado.

(Paul Simon)


Nunca tuve fe en este poema, Rafel,

así, todo lo que me llega hablando sobre él

es un regalo añadido,

una gota que se yergue en el ruido del mar

que nos separa y nos une

como si fuera la poesía que perseguimos

por caminos diferentes y alejados.


En esto me veo cada vez que lo leo

y pienso que añadiría esto que me conforta,

que suprimiría aquello que me hiere,

que me pierdo en el milagro de una sonrisa triste,

que vuelvo al surrealismo que impregna mi palabra

con el romanticismo intemporal

adueñándose de todo aquello

que a todos nos pertenece y se mantiene en el aire;

hay en mi corazón furias y penas

cuando me siento embargado

por un verso de Quevedo.


Tengo asumido que no tendré jamás la lucidez

de José Emilio Pacheco.

Él tenía por cierto que lo que salía de su pluma

sería comentado,

escrito en las paredes impasibles del metro,

que sus sentimientos pertenecerían

a aquellos transeúntes sin destino

que lo necesitaran

como yo en este día de sol

que tirita apagado

como yo en una estrofa de Paul Simon,

como una huella errante sin dueño.


Sé muy bien que la oscuridad de mi palabra

no se enciende en la avenida

que hay entre el olvido y yo

como un pensamiento irreflexivo de Dylan

en el señor de la pandereta,

y la voz cavernosa y deprimida de Cohen

en la elegancia de una sábana desgarrada.


Pero merece la pena intentarlo, en esa lucha

siempre hay alguna caricia que queda

y se rebela contra los vestigios

que permanecen en los labios ajados del silencio.


Ya no tengo la calma para medir

un poema de amor;

volvamos a la calle de la ausencia,

a ese momento que rompe la soledad

de los poetas polvorientos en el exilio de las calles

que nos siguen acompañando

cuando descubrimos

algún misterio en la palabra siempre,

cuando tenemos por cierta la belleza

que subsiste en el cuidado de un Garcilaso ausente,

en la eternidad que brota en la mirada fugitiva

de aquella que nos mueve en el recuerdo

aun cuando perdemos fuelle en la soledad

que conserva el milagro

del primer verso de cada poema,

ese que nos entregan los dioses

y muere en el secreto de la audiencia

en los pies del teatro de los sueños.


No sé decirte nada más,

como los álamos tiemblo

en los lugares donde solía jugar.


II

Mi abuelo decía - El último tren de Tetuán





Para qué quiero salir a la calle si tengo el sol en la terraza desde donde veo el primer espigón que me trae el recuerdo de la tarde más triste; las rocas cortaron la cuerda que nos unía, a pesar de que me comías a besos y que me amaste cuando no me querías. Desde el espigón, a lo alto, mirábamos el túnel que viera pasar el tren de Tetuán en el taró que retaba al sol árido de agosto y vio la última guerra. A pesar de que la corrupción arrasaba a burócratas y militares, estudios minuciosos de las cuentas lo delatan, los tetuaníes guardan un recuerdo místico, sincero en su paternalismo desmesurado, de los españoles, quizás fuera porque estos carecían del orgullo de pertenecer a una civilización superior de los franceses que se quedaron con la parte más grande, culta y pacífica del Protectorado. Aunque también hubieron que vérselas con Abdelkrim y sus rifeños sanguinarios, en la toma de Fez.


Mis abuelos fueron a Tetuán en su viaje de novios, él, casi con toda seguridad, visitaría el cementerio judío y rezaría en la memoria de sus mayores, sus apellidos; le delatan, sus abuelos quizás eran sefarditas, llegué a conocer a mi bisabuela que parió 16 hijos y estaba prematuramente envejecida, era católica, ella se dejaría llevar, quería que así fuera. Entonces sería antigua y casi culta, conocía todas las canciones populares y todo los refranes, lejos de la amargura para siempre que 33 años después le dejaría la muerte de su hijo pequeño que no tenía más que 18 años, el amor perdió a su mensajero que trabajaba en una de las tiendas de comestibles del barrio.


Mi abuelo decía que lo más grande era ser español como Ricardo Zamora y después ser de Abyla y católico, aunque solo iba a los bautizos y a las misas de difunto, y el 16 de junio a la procesión de la Virgen del Carmen, ya que era contraguía en la procesión de la patrona de los pescadores, aunque no se embarcaba, temía a la mar aunque vivía de ella; compraba el costo, en el que no faltaban el café, la leche y las galletas, y lo llevaba a varios barcos que le obsequiaban con media parte.


Mi abuelo amaba el fútbol, en un principio era del Atlético de Tetuán, no dejaba de narrar sus hazañas, con los ojos llorosos y encendidos, del año que estuvo en la primera división española, después fue del Atlético de Ceuta a muerte y, al final de su vida de la Agrupación Deportiva, en un proyecto ilusionante en que era el bardo que cantaba; un equipo de tercera, con plantilla de segunda y juego de primera, aquel hombre bueno, manso y culto dominado por el carácter amargo de su mujer, se convertía en el hincha más fervoroso del Ceuta, del que era empleado, llevando café en el descanso y alguna pomada al final del partido para aliviar los dolores que provocaban las patadas. Mi abuelo será feliz porque su querida Agrupación ha vuelto a subir a segunda después de una presencia efímera en ella hace 45 años.


Mi abuelo decía que no había naufragio como el del 12 de diciembre de 1948, hasta entonces era panadero y empezó a tener un mi

edo patológico a la mar, ese mismo mar al que consagró su vida desde entonces.

Vieja estación




Punta Blanca

 Pienso que se han perdido besos en la memoria,

gestos en la alborada, palabras en el mar

pero tú me rescatas

de los días sin nombre,

de la estatua sin fecha, del héroe vencido,


*** *** ***

Se fueron los veleros y te estoy esperando

en el silencio gris de la espesura,

tanto tiempo en mis labios y no tengo tu nombre

en esta soledad

que castiga las horas que surcan la Bahía,

y apaga la memoria que no tuvimos nunca

de un tiempo perseguido,

de fuego aletargado que te busca muriendo

en la lóbrega Fragua de mi infancia,

en los caminos huecos de la Vía, y el Puente

que acaricia la huella del payaso afligido

que ronda por tu calle

con la guardia bajada y el rostro amoratado.



Y la Laja se hunde en la orilla

ebria del cementerio de los montes

con su rumor de espinas que vierten los escombros

persiguiendo el vestigio de un testamento amargo,

y el corazón sombrío se adormece en tus hierros

y regresa a la Vía trémula por tu ausencia,

cegada por el brillo de tu aroma,

cubierta de cenizas que no saben rendirse

en la lengua del bardo que canta a la tristeza

herida de azucenas que te aguardan

en el recuerdo grave entre la blanca sombra

que grita tus secretos

en mares que no vuelven a besarse y se cruzan

como si regresaran a la muerte del aire.


Tu mirada y la mía solas en Punta Blanca

esparcen por sus venas una herida de amor

y se llaman sonriendo con un gesto angustiado

porque apagan sus velas, abren en una esquina

la oscur

idad del triunfo, la luz de la derrota.



Vieja estación abandonada

 Ahora sufro en los lugares donde solía jugar.

(Leonard Cohen - Variación F. E. León)


Vientos de soledad en la mañana

y en el andén espera

la sombra del amor que acaso fuiste,

se me escapó tu huella en el espejo

y no te reconozco,

y no sé cómo hablarte.


Como si fueras otra me recuerdas

al silencio que canta

en los versos que pierden la cadencia

cuando emergen del alma desprendidos

por un tibio calor que ya no sienten.


En la vieja estación rota y vacía

que no tiene cuadrantes de destinos

he pasado la tarde

con los bancos gastados

y un reloj sin agujas que se duerme

en el rumor del tren que nunca pasa,

en los besos errantes

que perdieron el norte en el camino

y forjaron la nube de tu ausencia.


Aranjuez está lejos,

los trigales se visten de verano

y los ecos torcidos se derraman

en un torpe cuaderno

que no arrastra mi nombre por tus venas,

que no arrebata un lazo en tus esquinas.


En el rincón de sombras impregnado

por la grave caricia de tu rostro,

por la larga madeja sin memoria

de los recuerdos quietos que se mueven

está mi corazón llorando triste,

pensando en los senderos perseguidos

que arrastrarán los nombres

de los bellos amantes desolados

que algún día tuvieron

la sonrisa despierta de la aurora,

la mirada de luz que yo he perdido.

sábado, 12 de septiembre de 2026

En la soledad del amor y la muerte

 it depends on that I've been drinkin'

(Amy Winehouse – What it is)

Te diré lo que quieras escuchar,

depende de lo que haya bebido.


Es solo un sentimiento que penetra en la noche

donde encuentras un hueco

para tu corazón

inseguro y ardiente, perdido y desolado,

es tan solo un espejo que no quiere mirarte,

una luz que se extingue,

es tan solo el destino que espera en las cortinas

y atraviesa la calle de una ninfa innortada2,

y mientras en el aire

se expande el humo espeso de una larga tristeza,

de unos versos sentidos que llegan y se pierden

en la voz del poeta que sufre los delirios

turbios de la deriva que duele y arrincona,

y en una estancia mustia escribe para nadie.


La marea vendrá a llevarse los restos

del último jarrón que adorne tu mesita,

los fragmentos revueltos de un escritorio amargo,

el temible naufragio del licor en tus venas.


Es la muerte tan triste, se siente tanto miedo

que no puedes gritar, articular palabra,

escribir un deseo, pensar en el amor,

desterrar el sudario que te inunda en las sombras.


En la soledad del amor y la muerte es una frase que pronunció el poeta galés Dylan Thomas.

Innortada es un localismo ceutí, en este caso significa desorientada.

Nueva elegía urbana


Permite que me duerma sobre el césped

lejano del jardín ya clausurado

que yo llamé alegría...

(Arturo Maccanti)


No sé si volveré desde esta tristeza

a mirar los lugares que frecuentabas por la tarde,

si podré escribir sobre la imagen de tu vuelo

ahora que no la reconozco

en las mismas mareas que remontamos,

ahora que estoy perdido en una nube que no sueña

como un espejo roto que se ha quedado sin luna,

como una mirada que no puede ver la aurora por el llanto,

un candelabro sin luz en un pasillo sin ventanas.


Porque la ciudad se ha ido alejando de nuestros pasos

las calles ya no tienen la misma dirección

que tuviera la alegría

y el viento parece soplar siempre del Este

con el ritmo espeso y anodino de los poemas mutilados

entre la sombra entrecortada

de una carta de amor que no encuentra

sentimiento en el remite y un corazón de papel

con su ruido de cristal entre los cortes de la tierra.


Caminamos por aceras

que ya no levantan la voz de una memoria

entre los pétalos de los claveles consumidos en las rejas del pasado,]

entre veleros que buscan la sangre

renovada y esparcida en los rumores de otros atracaderos.


Unos versos caídos en el alma de la noche

me recuerdan la soledad del mundo cuando no estás,

la tristeza de una so

nrisa que no encuentra tus labios.


Ensayo general en harapos


Leonard Cohen se pone su traje gastado y lo plancha, con la misma delicadeza que los sacerdotes profanan la enseñanza de los profetas a la que reducen al rito, porque la vida le empuja a hacer un ensayo general de su propia decadencia moral, para hablar con un tono dolorido y asustado de la derrota incondicional y profunda contra el paso del tiempo.

Como es su costumbre cuando quiere llegar a cualquiera que desee tocar su frente arrugada, las llagas de su costado, Cohen se rodea de palabras cotidianas, de imágenes cristalinas al alcance de todos los oídos que quieran verlas y tocarlas.

Pero a través de su sencillez expositiva y la claridad de su verbo crea un intrincado enigma que pone a prueba nuestra capacidad de razonamiento para demostrar que desconocemos lo que es de sobras conocido y a lo que no se ha hallado nunca una respuesta convincente; ¿Adónde va el amor cuando muere? ¿Por qué seguimos cantándole como si fuéramos un tenor tembloroso y perdido en los brazos del licor, arrinconado entre la nocturnidad de una parranda y el dorado anonimato de los momentos que siempre se recuerdan porque en ellos hemos logrado vida cuando nuestras aspiraciones,-sexo, dinero y poder-, eran insignificantes?

Una trascendencia hiriente, que golpea los iconos de las equivocaciones recurrentes, nos dirige a un paseo inquietante y purulento por las sombras del resentimiento y del dolor.

Ya nunca será el muchacho que soñaba a través de las canciones, nunca volverá a levantarse del suelo para transitar por un pedestal en el que no podrá creer cuando los astros se hayan apagado. Después de haber odiado de todo corazón, aunque fuera una sola vez y un solo instante; porque es el único pecado que cabe la posibilidad de que no tenga redención posible. Ni siquiera basta el amor por sí mismo para que sonriamos como un adolescente embarcado en un romance placentero que no llegó a florecer pero dejó la frescura de su aroma, la melodía de las canciones que escuchábamos para situar ese tiempo en la memoria.

El cronista de los perdidos, el poeta de los desamparados, el amante lacerado por las alambradas y sus coronas, el hombre que tomó por la cintura a la tristeza para mostrarnos la injerencia en nuestras vidas del monstruo de cemento enamorado del desamor cotidiano, ese que ha creado los vestigios indelebles que surgieron del fracaso de las revoluciones y la llegada de un consumismo voraz, superficial y desordenado para alertarnos de la soledad de los mártires ante la incomprensión de los verdugos cuyos rostros aparecen con regularidad en las portadas de los periódicos como héroes implacables, ante las encrucijadas dolientes de la avenida del alma, la fragilidad de los más grandes profetas ante un mundo que no ve aunque mira, que no escucha porque la multitud se apoderó del desierto de la indiferencia y grita más que los vientos del sur cuando cruzan el mar, ante la certeza empírica de que la muerte nos encuentra siempre y la vida transcurre, y pocas veces la hallamos para sentir aquello que hay de eterno en la brevedad de las lamentaciones cuando son verdaderas.

El poeta sabe pocas cosas, pero expresa mejor que nadie la incompatibilidad entre la felicidad y la libertad, el poeta es un albatros pero hay escribidores de versos que permiten burlarse de Baudelaire[ii], manchar la pureza melancólica del Darío[iii] más inspirado.

Pero apenas puede explicar, quizás porque no tiene cabeza ni sentido[iv], por qué busca la felicidad pero, en cambio, concentra todas su fuerzas en perder una guerra cierta cuando lucha agónicamente por ser libre. Los alemanes refiriéndose a los románticos de su país dirían que así de trágico es el destino del poeta. Cohen camina en esa estela, sabe que el fracaso genera angustia, pero también sabe que la gloria de los triunfadores es más amarga aún cuando se gestionan mal las mieles, cuando nos embriagan los laureles con el peor vino de mesa que siempre deja una resaca dolorida.

Pocas veces el señor de los tristes se mostraría más turbio, pesimista y desesperado[v]. Pocas veces una estrella puede ser tan injusta con las tinieblas de su propio resplandor. Pasarán muchos años para que se comprenda que canciones de amor y de odio es un disco que podría haberse escrito hace más de dos mil años, Catulo[vi] es testigo de ello, y también en un futuro por muy lejano que fuere mientras el hombre sea capaz, a regañadientes, de mirar, aunque sea de soslayo, sus propias entrañas y admitir que alguna vez no fue bueno y que llevará esa cadena para siempre en su expediente.

Solo el amor permanece decía Violeta[vii] ¿y qué podemos decir cuando, con cualquier excusa legítima o peregrina, preferimos la persistencia del odio?

Leonard Cohen no estaba, en ese momento de su vida, después de dos obras deslumbrantes y la inquietud desconcertante de quien vislumbra una edad en la que el chico de oro siente miedo cada vez que mira los surcos de su rostro, palpa con los ojos su piel envejecida en el espejo, cuando decide publicar, echando todavía un vistazo al material acumulado durante años, un disco tan oscuro que solo sería superado en sus ansias de tinieblas por las ruinas de Berlín[viii] que vería la luz, por agarrarnos a un tópico, un par de años después para enfrentarse a una injusticia permanente.

Pero Cohen no quiere recrearse en lo logrado, tiene una madurez insólita en el mundo de una música casi adolescente por entonces, ya que no pueden consolarle los beneficios de plástico gastado y la pérdida de caricias verdaderas inherentes a la fama mientras su juventud se consume sin remedio y para siempre, sino perseguir lo perdido aunque sea en la agonía, y las fuerzas le hayan abandonado.

Se había llenado de noche para buscar la luz a través de la desesperación de las habitaciones que acogieron el deseo de unos cuerpos exultantes y los recuerdos siempre gratificantes del comienzo de una pasión. No nos podía hablar solo de amor porque había yacido en la cama con muchas mujeres de las que apenas había conocido cómo llevaban el cabello y cómo desgastaban un sujetador que no sostenía nada y lo inútil que son las suelas de los zapatos cuando nos llevan al infierno de las grandes ciudades que gritan la opacidad y la impotencia de los poetas callejeros a los que, probablemente, ni miraba cuando pasaba de largo ya que le asustaba pensar que ese destino, quizás, le había estado reservado mientras sonaba la campana. Pero se cruzó la muerte de un payaso melancólico en el camino. Ya no podría nunca más abrazar una guitarra española sin sentir escalofrío, ya tendría que hacer obligatoriamente su exégesis intransferible e inmensa del "Pequeño vals vienés".


No tendría que sonreír cuando alguien le dejara tres dólares en el sombrero cuando le ofreciera con la exclusividad del abandono el "Tennesee Waltz" que previamente le hubiera solicitado para hacer que corriera una lágrima por las mejillas de una novia de alquiler que aún soñara con vivir un gran amor aunque muriera.

*** *** *** *** *** *** *** ***

(I) Like a bird on the wire / like a drunk in a midnight choir / I have tried in my way to be free. Como un pájaro en los cables / como un borracho en una ronda nocturna / he intentado ser libre a mi manera.

[ii] El poeta es igual, allí sobre cubierta / sus alas de gigante le impiden caminar. (Charles Baudelaire)

[iii] El dueño fui de mi jardín de sueño, / lleno de rosas y de cisnes vagos; / el dueño de las tórtolas, el dueño /de góndolas y liras en los lagos.. (Rubén Darío). El poeta hispano-nicaragüense fue una buena persona que hizo cosas horribles que solo están al alcance de los perversos, quizás fuera su admiración desmedida por Paul Verlaine a quien superó de largo en eso de las rimas y de quien quedó lejos a la hora de esculpir barbaridades.

Bardem estuvo maravilloso cuando en “Lorca: Muerte de un poeta”, hizo que le brillaran los ojos al poeta granadino al evocarle.

[iv] Siempre he pensado que el Espantapájaros del Mago de Oz representa muy bien lo que significa ser poeta. Es algo parecido a cuando Rubén Blades nos explica lo que hace falta para ser rumbero, eso es, precisamente lo que le sobra al poeta aunque no sepa nunca el por qué. .

[v] Desde la pasión de Juana de Arco, a la muerte traumática de una locura de Avalancha y la infidelidad, por desgracia frecuente, entre amigos, Cohen nos muestra que no estaba dispuesto a hacer concesiones al hombre que dormía con él, ese que le había llevado a desconfiar de todo, empezando por el rostro que se burlaba de él cuando se miraba al espejo.

[vi] Es el poeta romano que mejor supo cantar al amor.

[vii] Lo dijo Violeta Parra en “Volver a los diecisiete”.

[viii] Berlín es el disco maldito por excelencia, demasiados inconvenientes tuvo que superar su autor; Lou Reed para lograr su aparición, tuvo que recortar dramáticamente la duración del proyecto. El cronista urbano siempre se sintió triste por la incomprensión que se tuvo por toda su obra, especialmente por la que le era más querida.


7 de junio de 2017

Los amantes desconocidos


A Lou Reed en Berlín


Quiero llevarte el amor que queda

en una ciudad abandonada

y erigir una canción en los labios del viento

que recuerde una caricia sobre un muro derruido

con la presencia de un nombre que nunca supe escribir

y que nunca sabré borrar.

*** *** ***

Cuando llegue el corazón perdido de la noche

te preguntaré

si queda un beso para que te recuerde,

para saber cómo llamarte

cuando la escena haya concluido

en la oscuridad profunda que se anuda

a los árboles torcidos de las aceras

mientras tiemble en los pasajes el alma de los pájaros

que perdieron las notas, la caricia, los refugios

y las sombras celestes de los vuelos de ayer.


Te abrazaré en las herrumbres de las calles ruinosas

para llevarte el amor que encuentre

en una ciudad torpe y abandonada,

para abrir una cortina que deje tu mensaje

en una enredadera

que lleve una caricia sobre el muro enternecido

por un canto angustiado

que se arrastre en el suelo desierto de una hoja caída

en la que nunca me dejaste la dirección de tu voz y tus poemas.


He arrancado palabras en las esquinas del silencio para buscarte,

he clavado un lamento sobre un recuerdo derruido para tenerte,

una rosa en la ventana donde la luz se quiebra

ante las cruces quejumbrosas,

ante la soledad de las alas

que no encontraron

en los labios la quietud de la brisa.

Costana de Ribalta


A Rafel, a su amor por su bohemia, más o menos loca, con mucho cariño, brindo por él, de todo corazón, es mi valedor.


Una mujer con sombrero,

como un cuadro del viejo Chagall,

corrompiéndose al centro del miedo

y yo, que no soy bueno, me puse a llorar.

(Silvio Rodríguez - Óleo de mujer con sombrero)


Llega un rumor

de silencio que se abraza a tu figura

cuando pasa el último autobús de la frontera

y mantengo en la memoria

de tu mirada el misterio del olivo silvestre,

me miro en un espejo asustado

y los muelles se alejan entre la bruma de la noche

y la muerte de los besos

que se hunden en el asfalto de la carretera herida

y en la huella de las farolas

que se imprime en los nombres de las fábricas.


Te amo en este rincón de la ciudad que duerme

y aprisiona los sueños perdidos de un pasado

que sería distinto

sin tu aliento en los carteles y los cristales,

sin la caricia que guardas en el regazo de la luna;

yo no hablaría de los faros que nublan la garganta

con la huella estridente de un canto sobre las tejas,

no hallaríamos las portadas escondidas

en la humareda cargada

de los lunes cenicientos sin papeles y sin rastro,

te acosaría el alma de la primera sonrisa

que no supo esperarte

en la herrumbre que llora la sed de las cancelas

de tu puerto desencajado en los bosques de ladrillo

vencidos por la nostalgia

de tus manos ardientes en el suelo y en las tizas

cuando jugar era serio y nunca hacía daño.


Vago en la quietud atormentada

de los muros encalados

que suben la implacable costana de Ribalta

y en el temblor errante

de las luces encalladas que rezan en los umbrales

de la última puerta que se abre en el olvido.


En ese momento que has llenado de estrellas furtivas

me levanto como un hombre desmaquillado

que se abraza a la cola que tiembla en otra luna

intentando encontrar

tu destello en la noche del índigo caído

que hiere su soledad con una lágrima oscura

para llevar tu timidez antigua a un rincón de los lienzos

que esbozan un corazón amortajado

en una cometa inocente y desnortada

que nunca llega a alcanzar el lugar alto en donde vibras,

aun así te persigo en un norte sin brújula

que se pierde en el marco del óleo que tú amabas,

te abrazo en la cortina que desgarra el clamor de tu vestido

entre las sombras de los gatos que resisten

en los colchones viejos y en las sillas rasgadas

de la colonia desnuda del taller arr

asado,

en el poema que hablabas de la libertad en el viento.





Los cines y las fábricas


A Paul Simon


Llevas en la mirada el soplo del Poniente,

en los labios la herida

tierna y ronca del pájaro que tiembla

en la acera caído

entre los transeúntes silenciosos

que asaltan el vacío y rutinario

cristal de la memoria en los escaparates,

el halo transparente de los cines,

el humo de las fábricas,

el rayo que ilumina la caricia distante

en la huerta que muere

y se cubre con lirios de pureza

para hablar de los bancos con un nombre grabado,

con un libro perdido con la letra borrosa

y una firma sentida y olvidada

que no advirtiera nadie en un cuerpo que espera

la llama de tu amor, la magia de tus manos.


Llevas en la mirada el mito del exilio

de las nubes canoras que nunca se han movido

de tu eterna esperanza en los jardines,

del viento de tu imagen venerada

y ardiente

que llena las paredes con un nombre,

que rompe los adagios con un verso medido

y atormentado

que hierve en las esquinas teñidas de silencio,

divaga en la mañana, y sonríe a la muerte.

Ciudad dormida

 Estoy triste y busco la causa de mi tristeza.

Quiero saber por qué es tan dulce tu palidez, amiga mía.

Por qué, como nieve en el lago, es tan hermosa tu mirada.

Por qué me acuerdo de tus ojos si no te he conocido nunca.

(Leopoldo Panero – Ciudad sin nombre)


A Phil Ochs; ¿Encontraste la paz que tu inmenso corazón te negó siempre?


Caen las flores sobre el tejado

que baja a un paraíso oscuro y ceniciento,

cae la noche

como el recuerdo de un hombre gris y brillante

que se quedó colgado en el árbol del camino.


¿Por qué no siento la libertad

bajo el manto transparente de tus alas caídas

sobre su quietud errante?

¿Por qué encuentro en mi puerta la sombra tenebrosa

que ha quedado de mí mismo?

¿Por qué amo a la que fuiste en tus momentos amargos?


Como una toalla arrojada desde una esquina

la ciudad me muestra su cuerpo adormecido,

entre los gritos, las banderas, y el mar

se hunde en la camisa vestida de un domingo carcelario,

y tú no vuelves

para impedir que me convierta en la estatua

que gime ante la altura de tu encanto

o en la orquídea que derrama su aliento y su dolor

sobre el olvido de una palabra antigua y harapienta.


Detenida, como la carta de un amante

que no encuentra un mensajero en su deriva,

tu mirada se pierde en las líneas de un poema mutilado

y escrito con torpeza,

en los coches abandonados junto a las muñecas rotas

y en las fábricas sin pulso cuyas chimeneas

tienen la misma dirección

de unos labios que huelen a licor y a despedida

mientras reconstruyo el requiebro

que no sabré decirte cuando vuelvan las hadas,

cuando la nube roja se apodere del levante

y detenga la elegancia de tu rostro

en el cielo que surcan los halcones

cerca del Mirador que mece el barco perdido

del arroz que agoniza

desde entonces en la lengua de los marineros

inundando la tierra empinada

y dura que mir

a con fijeza

a los ojos temblorosos del Estrecho.

Cuando mueran los poemas


Me dejó a solas con mi triunfo y su muerte.
(José Emilio Pacheco)

Cuando mueran los poemas en mi cuaderno
y aparezcan contigo en la calle de la ausencia
no será culpa del rapsoda que llore entre los muros
sino mía
para siempre, solo mía y derramada
como un templo abandonado
en el crepúsculo
que ya no escucha la caída de los dioses,
como la mano que un día me ofreciste
cuando ya no podía
fijarla en los tabiques densos y supurantes
de una sombra profunda y corrompida
que no supo cerrarse en mi memoria;
era una hoja grave en un diario
que no querías guardar en tu equipaje de quimeras,
la palabra de un amante sepultada
por las cenizas de un jardín y un limonero,
un sueño agonizante
que alentar no quisiste con los labios,
una espera
cuando ya había pasado el último tranvía
con el corazón de Chopin en una urna túrbida
envuelta en el levante, las notas y los recuerdos,
en una queja que se movía bajo la sangre de una verja.

Allí seguía latiendo perdida y pesarosa
la huella que borraste en la luz de mi mirada
que sufría el gesto caprichoso,
las ansias peregrinas
que dejaste que anidaran en un balcón de mi costado
y nunca los arrancaste del laberinto de mi alma.

Te quise y no sé si me arrepiento
cuando te veo emerger
de nuestros espigones como si fueras otra,
como si nunca hubieras vuelto del exilio
al que tú misma te desterraste
mientras se levantaban las hojas de los sauces en tus ojos.



Ciudad dormida

Estoy triste y busco la causa de mi tristeza. Quiero saber por qué es tan dulce tu palidez, amiga mía. Por qué, como nieve en el lago, es tan hermosa tu mirada. Por qué me acuerdo de tus ojos si no te he conocido nunca. (Leopoldo Panero – Ciudad sin nombre) A Phil Ochs; ¿Encontraste la paz que tu inmenso corazón te negó siempre? Caen las flores sobre el tejado que baja a un paraíso oscuro y ceniciento, cae la noche como el recuerdo de un hombre gris y brillante que se quedó colgado en el árbol del camino. ¿Por qué no siento la libertad bajo el manto transparente de tus alas caídas sobre su quietud errante? ¿Por qué encuentro en mi puerta la sombra tenebrosa que ha quedado de mí mismo? ¿Por qué amo a la que fuiste en tus momentos amargos? Como una toalla arrojada desde una esquina la ciudad me muestra su cuerpo adormecido, entre los gritos, las banderas, y el mar se hunde en la camisa vestida de un domingo carcelario, y tú no vuelves para impedir que me convierta en la estatua que gime ante la altura de tu encanto o en la orquídea que derrama su aliento y su dolor sobre el olvido de una palabra antigua y harapienta. Detenida, como la carta de un amante que no encuentra un mensajero en su deriva, tu mirada se pierde en las líneas de un poema mutilado y escrito con torpeza, en los coches abandonados junto a las muñecas rotas y en las fábricas sin pulso cuyas chimeneas tienen la misma dirección de unos labios que huelen a licor y a despedida mientras reconstruyo el requiebro que no sabré decirte cuando vuelvan las hadas, cuando la nube roja se apodere del levante y detenga la elegancia de tu rostro en el cielo que surcan los halcones cerca del Mirador que mece el barco perdido del arroz que agoniza desde entonces en la lengua de los marineros inundando la tierra empinada y dura que mira con fijeza a los ojos temblorosos del Estrecho.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Temporal de levante en Abyla

 Te abrazaré en la herrumbre

de los vuelos ruinosos

por llevarte la vida que resida en la muerte

de una ciudad vencida y arbitraria

que no desea

que sigamos su aliento,

sus medallas, su paso o su corona

para abrir la cortina que encierra los mensajes

en el rumor del mar que nos aleja,

nos mece y nos castiga

en la verja de brumas vaporosas

del Mare Nostrum mustio y desteñido

que extiende una caricia agresiva

por el muro de sombras circundado

por una prédica perversa y subjuntiva

que se arrastra en la cumbre lastimera

de una hoja caída que ha borrado tu nombre

en mi libro de ruta innortada

y no encuentra medida ni presencia

en mi rostro de lunes que sigue en su cilicio

aletargado y cruel.


Tú nunca me dejaste las alas de las nubes,

la dirección de tu bolso y tu falda,

ni el rincón de los lirios marchitos que agolparon

los fracasos prendidos en el sueño que reza

en el templo añorado por las olas y el viento.

Muchacha del recuerdo

 Tú eres la muchacha que busqué

cuando aún no existías.

(Joan Margarit)


Anochece en mi rostro

cuando pasa por la alfombra de tu calle

la muchacha de ayer que todavía te busca,

lleva al cuello tu cruz,

brilla en el recuerdo donde apenas sonreías

y lanza pétalos de ensueño a los claveles

de un futuro

enclavado en una estatua que guarda una mirada

de amor hacia los tristes

a pesar de los fusiles, el mostaza y las cadenas

que no pueden devastar la palabra

de los santos descreídos

que emergen de las brumas cada día

para seguir viviendo la fe en 

nuestra sangre.