jueves, 18 de julio de 2019

Pétalos sentidos

... en mis brazos estás cuando duermes,
en el deseo de amarte por encima de las parras
 del muro encalado y de la muerte,
cuando respiras en mis labios,
en mi sombrero, en el olvido de mi camisa.
(Fotografía)




La noche se sumerge en las luces que se ahogan en el agua,
apenas una palabra me acerca al amor
profundo que me diste
 y que camina entre el miedo y los rescoldos
que marcan la travesía imponente de la Piedra del Pineo.

Quiero volver al mundo de tus manos temblorosas
y escribir sobre tu falda
pétalos sentidos en la densidad del humo
que se hunde en la techumbre de caña de los bares
y rodea los candiles de los huecos
que se apagan en la orilla donde florece la espuma.

Era todo más cálido bajo la sombra de tus alas,
más abierta la vida en el corazón de la calle
que llenaste de caricias, miradas y canciones
mientras las gaviotas graznaban su rabia entre las olas
y el muelle nos acogía encadenados
a una farola que luchaba con su grito de luz adormecida
contra el llanto de la luna que viajaba entre la niebla.

martes, 16 de julio de 2019

Elegía urbana 2

Permite que me duerma sobre el césped
lejano del jardín ya clausurado
que yo llamé alegría...

(Arturo Maccanti)

No sé si volveré desde esta tristeza
a mirar los lugares que frecuentabas en la tarde,
si podré escribir sobre la imagen de tu vuelo
ahora que no lo reconozco
en las mismas mareas que remontamos,
que estoy perdido en una nube que no sueña
como un espejo sin luna y roto,
como una mirada que no puede ver la aurora por el llanto,
un candelabro sin luz en un pasillo sin ventanas.

Porque la ciudad se ha ido alejando de nuestros pasos
las calles ya no tienen la misma dirección
que tuviera la alegría
y el viento parece soplar siempre del Este
con el ritmo espeso y anodino de los poemas mutilados
en la sombra entrecortada
 de una carta de amor que no encuentra sentimiento
con su ruido de cristal entre los cortes de la tierra,
caminamos por aceras 
que ya no levantan la voz de una memoria
entre los pétalos de los claveles consumidos en las rejas del pasado,
entre veleros que buscan la sangre
renovada y esparcida por otros atracaderos.

Unos versos caídos en el alma de la noche
me recuerdan la soledad del mundo cuando no estás,
la tristeza de una sonrisa que no encuentra tus labios.

lunes, 15 de julio de 2019

Elegía urbana


Estoy segura de que ya nada ahogará mi rima,
durante años he llevado el silencio en la garganta
como una deuda de sacrificio,
pero ha llegado el momento de cantarle
una elegía al pasado.
(Alda Merini - Versión: F. E.León)

1

La ciudad se ha ido alejando de la que conocimos,
las calles no parecen tener el mismo color,
las mismas camisas ofrecidas al viento,
apenas quedan vidrieras en las que reflejar nuestras emociones
y nuestra añoranza de lo que nunca ocurrió,
caminamos entre las cenizas de un pensamiento
que no llegamos nunca a poseer,
entre árboles extraños que perdieron sus raíces
y ya no distinguen 
las sombras de los geranios blancos
que reman lentas en la tarde
de los estantes que arañan el antiguo resplandor
de la huella de Camus sobre los adoquines
plegada en el papel que nunca llegué a enviarte.

Unos besos atravesados que se ocultan en las ramas 
de las arterias caídas que sufren las direcciones de los puentes 
me recuerdan
que los amantes que fuimos se fueron a buscar otra soledad 
cuya penetrante melancolía 
se derrama en la mirada oscura de los himnos elegíacos
que no encuentran unos labios para que vuelvan 
a ser besados en la túnica abierta 
de los paseos cenicientos que los sauces aroman,
para que puedan entonar en el pasado una palabra de amor 
que ahogue un largo poema de resentimiento
en la tarde más triste adonde huía el invierno más cruel.

domingo, 14 de julio de 2019

Recuerdo de Lady Day





Te diré que te quiero;

nunca llegó el olvido

al corazón que aguarda y no tiene esperanza.


(Conversaciones con Laura - 17 de mayo)


Solo puedo acercarme a ti para volver al silencio
y decirte
que eres la dirección  que perdieron las flores de la esperanza,
que tus velas se pliegan ante cualquier sonrisa,
que no puedes volver a otro paso que guarde 
la frialdad de un requiebro sin norte ni caricia
hundido en la humedad de una almohada, 
que  tu maleta encalló en el armario de los rieles del olvido,
y tu carmín se deshace en las fuentes ahogadas
de otra melodía 
donde fluyen la penumbra y el pesar de los escombros.

Ahora eres un poema cubierto por las hojas,
una energía amortajada 
que vaga en los andenes de los pasajes oscuros
con un llanto desesperado 
porque has perdido la llama oscura de los puertos
donde aún tiemblan las llagas escondidas
cuando cae tu voz en los dominios 
descontrolados y perversos del humo de la noche.

Aún sostengo tu acento brotando en la cadencia
profunda y transparente 
del fraseo que hierve en cada quiebro afligido, 
aún  espero que vuelvas desde ningún lugar.

He buscado tu sombra en el suelo de los parques,
en el rincón de los rastrojos
 que juntos recorrimos con el alma estremecida,
con el vestido que aún vibra en la escena que muere
tierna entre tus labios, el bolso y la linterna.

Pasa el tiempo

Pasa el tiempo en tu sonrisa y vuelves a los espejos
de los troncos
caídos en la acera estrecha de las citas
y vuelves a las alas
de la cometa azul que se enreda con la noche
y refleja  la caricia de tu rostro en los mares.

Nadie podrá decirte que no preguntaras
por lo perdido
con el  corazón que latía en los labios del intento
en el balcón donde colgaba el flujo de los geranios.

Nadie podrá negar que cruzaras las nubes solitarias
con tu blusa anudada en la  cintura,
que abrazaras el culto 
de una mirada penetrante en el silencio 
e inundaras con arrojo y con caricias la lágrima de la rosa perdida
en el interior del viento de una derrota inconsolable.

Sigues en mis  anhelos 
con tu vuelo en mi brazos, el candor en las mejillas
y en mi  mirada enciendes 
la sombra cineraria de los héroes marchitos
que no encontraron el canto en mi corazón de viajero.

Sigues en mi memoria moviendo los instantes
con el trago doloroso
del primer verso en el que te buscaba 
y por el que sufro y me detengo en tu imagen
cada vez que lo escribo en tus labios todavía.

He prendido una herida

He prendido una herida que recuerda tu nombre en la playa,
he bajado a las arenas y oigo el rumor del muro
en la rendija donde anidan los vencejos
y el clamor de tu paso alborota el agua que golpea en las rocas
y penetra en el muelle que solo conserva una hilera 
tormentosa que muestra la fragilidad de un costado invadido.

Vuelvo a un poema perdido en la arena que llega de otro tiempo,
al campanario que no volvió a volar, al Vía Crucis
que impregnaba de dolor cada derrumbe en el camino
y te llevaba la espina de cada pensamiento  
cuando vivir era un pecado,
un cilicio sujeto a la ceniza posada en tu frente,
el estigma de un amor que nunca abandonó el temblor de tu pecho
ni el bálsamo de luz que turbaba en tu mirada.

Los amantes desconocidos

Quiero llevarte el amor que queda
en una ciudad abandonada
y erigir una canción en los labios del viento
que recuerde una caricia sobre una pared violenta
con la presencia de un nombre que nunca supe escribir
y que nunca sabré borrar.




Cuando llegue el corazón perdido de la noche
te preguntaré
si queda un beso para que te recuerde,
para saber cómo llamarte
cuando la escena haya concluido
en la oscuridad profunda que se anuda
a los árboles torcidos de las aceras
mientras tiembla en los pasajes el alma de los pájaros
que perdieron las notas, la caricia, los refugios
y las sombras celestes de los vuelos de ayer.

Te abrazaré en las herrumbres de las calles ruinosas
para llevarte el amor que encuentre
en una ciudad torpe, arbitraria y abandonada,
para abrir una cortina que deje tu mensaje
en una enredadera
que lleve una caricia sobre el muro derruido de un canto angustiado
que se arrastre en el suelo desierto de una hoja caída
en la que nunca me dejaste la dirección de tu voz.

He arrancado palabras en las esquinas del silencio para buscarte,
he clavado un lamento sobre un recuerdo derruido para tenerte,
una rosa en la ventana donde la luz se quiebra
ante las cruces quejumbrosas,
ante la soledad de las alas
que no encontraron  en los labios la quietud de la brisa.

Te escribiré mis deseos

Te escribiré  mis deseos en pétalos vencidos
 cuando se apague el resplandor de la antigua ventana
y vuelva la soledad de los recuerdos en la brisa,
cuando aparezca en tu cuaderno
la proclama que hierve en la frente de un profeta
abandonado en el misterio de una playa,
el paso de los amantes que fuimos
y envuelven en una queja la canción de las farolas
acogiendo en un discurso los nocturnos de los huecos,
 una mirada oscura que nos busca en la techumbre
 de un Pierrot apasionado, 
de un mártir que se emociona con un llanto de guitarra.

sábado, 15 de junio de 2019

Me iré


I

Sabes que tienes algo qué decir,
 pero no sabes dónde, 
quién se detendrá a escuchar
lo que no quiere oír, 
quién querrá ver la injusticia que aflora
 al otro lado de la barrera,
 qué poeta evitará las náuseas 
cada vez que le griten
que equivocó su camino, quién te escribirá poemas
 de amor entre cables y suspiros 
cuando busque tu pañuelo en el adiós de los barcos.

2

 Me iré adonde habite el rumor de tu tristeza,
adonde mi boca llegue con un pregón que se levante
sobre las conciencias que nunca piden nada,
sobre el coloso y la muerte que muestran sus garras
en la oscuridad de sus cristales
con una fragancia antigua que desprende los harapos
de los edificios en el asfalto derretidos.

 Me iré adonde vaya la huella de tu rostro,
adonde juegue el aire con tu presencia ausente,
adonde los tableros oscuros del teatro,
adonde los latidos inundados por las flores del destierro
porque ya no tengo camisa, paloma ni azucena
que puedan llevar al hombro
la incomunicación del ansia del amor oscura
que destroce los versos
que se pierden llorando en una red confusa y narcisista
que se extiende en el mar y cabe en mi mano.

Porque sé que no tendré paz para encontrar
la palabra precisa para vestir mi queja,
que cerrarás mis labios cuando grite la azucena
y el arroyo de los niños encuentre su cauce y su puente,
cuando el poniente acaricie el rostro luminoso
de los enamorados que sueñan en la playa
cuando el verano alarga su latido en las arenas de fuego,
su sombra fresca en el alma del pozo
donde juegan los pájaros con las cañas y el olvido.
en un silencio enlutado que me recuerde
 las cuerdas de tu revuelo.
 un exilio de caricias en la cumbre de tu mirada,
un deseo vehemente de reducir lo que se siente 
en el pensamiento
cuando supe decirte tanto con los ojos,
cuando te di mis labios con el alma, 


viernes, 14 de junio de 2019

El Rumor del puerto - 14 de junio

Estuve en la oscuridad mucho tiempo, 
no puedes pedirme ahora que me asome a tu mirada
y salga a las calles 
con una rosa blanca en la mano, 
que desee volver a la niebla 
luminosa de tus mares,
a las velas encendidas de un desastre anunciado.

Salgamos por la noche; busquemos lo perdido
en el rumor del puerto,
en la soledad de la taberna cuando la música se apaga,
pensemos en la espuma que azotaba la escollera
cuando me amaste sin saberlo
ese agosto que encallaron tus encantos
en la cálida lujuria de mi alma atormentada.

La voz de las farolas ya no podrá dañarme,
desvelaré que tuve el resplandor 
de tu vestido ardiente en una esquina,
el silencio de tu piel mortificando mis labios
cuando podía mirarte en el zaguán de los deseos
con la esperanza firme
de que tus pensamientos me buscaran
y las nubes me llevaran al encaje caído de tus medias.

Ahora vuelven los vientos al llano escarpado
que emite tu latido más denso  y entrañable,
a la verbena desgajada de tu barrio
que recoge el pergamino
de tu mensaje ahogado por las olas y las lágrimas
en los acantilados donde el mar busca la muerte.

Y no encuentro la cruz de tus brazos en el camino,
no se ha tejido un manto de recuerdos
para entregarte las manos que acariciaron tus copas,
para cubrir la capilla desangrada de tu culto.



Muchacho atolondrado

Ahora vuelvo a la soledad 
de un muchacho atolondrado 
que necesita creer 
en la llegada del hombre 
para que desaparezca la ira de los vientos, 
para sentir que la poesía 
es una manifestación 
de lo que no podemos ver 
pero vive en nuestro anhelo


cada vez que puedo respirar 
una palabra en tu boca,
cuando llegas a mí a través de la lengua
que se retuerce en un verso enamorado.

***
Y vuelvo a ti como una golondrina a las nubes,
como un deseo que no quiso morir en mis labios 
aunque sufría en el clamor de tu silencio.

No he sabido arrancar tu imagen de las arcadas,
la lluvia que nos llevó a un beso en los jazmines,
la soledad de la calle que aún te busca en el recuerdo
para ser solo nuestros los arbustos 
que nos hablan de las horas de amor
entre su tronco, de las canciones que siguen
su curso entre el ramaje de ese tiempo de lluvia
que no olvida tu vestido,
que empapa tu rostro con una sonrisa.

***

  

jueves, 13 de junio de 2019

Te LLamarán los tordos


Te llamará el lamento de los tordos oscuros
que muerden el ocaso triste de la frontera
y extienden sus cortinas
nublando el cementerio de los montes
y la promesa verde guardada en el olvido,
en los ojos velados que surcan la mezquita
y no miran la infancia que brinca en los estanques,
vela en la madriguera del recuerdo
y vibra en el arroyo que agoniza en las cañas,
 que cumple su destino
y no vuelve al colegio de rejas rodeado
que rompía las alas
de un remo tabernario dentro de una botella.
                                            

Naufragio del Lobo

Como el barco que zarpa con un lobo en el puente
quieres rezar la salve en un mantón de tejas
y buscar tiernas puntas en las faldas del Hacho
para adornar las flores de su ruta perdida 
para romper el sueño que duerme en la espuma,
en un rostro de mármol que detiene su aliento
y forja sus cadenas
en la zarza transida que crepita en el duelo
de las ramas de luto que cuelgan de tus brazos,
en la copla que pena en el pozo sombrío
de la Almadraba oculta del converso,
en la risa que llora y se adentra en la playa
de la higuera silvestre que siente los latidos
de los contrabandistas que tiemblan en las rocas
y no escuchan el rostro que te lleva 
a los prados sin pulso donde mora la muerte.


* En nombre de la muerte *

I

Muchacha de El Fayum

Mi barrio no es mi barrio,
sin sombra se proyecta 
sobre ningún camino.


1

La muerte se dibuja en la  pared del rostro
que sueña la blancura 
de la rosa del alba
y  despierta el murmullo en las ruinas
que rompen los espejos de una faz
y de los gatos negros. 

El velatorio vuelca en un recodo
la marca de tu paso
la cal viva que cubre la escalera,
los peldaños de luna en los negros cipreses.



2

 Tu frágil voluntad de novia compungida
pasea en el bordado de las sábanas
que fueron desgarradas 
de un escenario lúgubre y violento
que llora en tu memoria todavía 
por un huerto sin alma que te ha dado la mano
para no traspasar la esperanza postrera
desde las soledades 
de un remo destrozado, de un jazmín pensativo
en la elegancia cérea, profunda, penetrante
 de una mirada quieta,
de una promesa rota en la negrura
del silencio y el polvo. 


*****

3

Muere la soledad entre tus labios
y el manto de la noche en el blanco de la cala
que despierta murmullos en la ruina
y gime en un teatro, 
camina en el bordado de las sábanas
que fueron desgarradas por el viento
y reza en tu memoria todavía
por un barrio sin alma que te ha dado la mano 
para no morar solo en la última barca. 

4

Nadie puede explicar adónde fuiste, 
quién te llamaba, 
cómo perdiste la túnica virgen 
de tu imagen de niña descontenta
que no dudaba de la presencia de Dios
en sus pecados, 
por qué no llegaste a ver la luz del rayo  
que traía a tus ojos la alborada.
  

*****

***   ***   ***

5


He dejado tu nombre y el rostro de la alcoba
que acogió en su ventana
 un paludismo
que no supo contar
su recorrido largo de fiebre compulsiva 
y un parto que no consta y aún te duele.

He roto los lugares y los libros
que la niña de ayer imaginaba;
una muerte dichosa, sentida en el otoño
que portaba las flores del verano, 
pues el temor a Dios 
era más cálido, 
menos frío el aliento que avanzaba
hacia el embarcadero
que aparecía en los veleros grises 
de la ensenada.
la cortina del Este retorcía los vidrios 
sin luna ni defensa en el filo 
de esa soledad mía que llevabas 
en los ojos marchitos
aunque no pueda 
recordar los escombros de los muros, 
tu muñeca vestida de domingo,
el dolor que rondaba la paloma encendida
flotando en el aceite de tu abuela olvidada.

***

II


Recuerdo del Naufragio


Y yo sentí un amargo desconsuelo 
al pensar que ya nunca las tres hijas 
nos dirían adiós con el pañuelo... "
(José del Río) 
1
Como el barco que zarpa con un lobo en el puente
quieres rezar la salve en un manto de tejas
y buscar tiernas calas en las faldas del Hacho
para adornar las punta de su ruta perdida 
para romper los sueños que duermen en la espuma,
en la estela de mármol que detiene su pulso
y forja sus cadenas
en la zarza transida que crepita en el duelo
de las ramas de luto que cuelgan de tus brazos,
en la copla que pena en el pozo sombrío
de la Almadraba oculta del converso,
en la risa que llora y se adentra en la playa
de la higuera silvestre que siente los latidos
de los contrabandistas que tiemblan en las rocas
y no escuchan el rostro que te lleva 

a los prados desiertos donde vive la muerte.

2


Te llamará el lamento de los tordos oscuros
que muerden el ocaso triste de la frontera
y extienden sus cortinas
nublando el cementerio de los montes
y la promesa verde guardada en el olvido,
en los ojos velados que surcan la mezquita
y no miran la infancia que salta en los estanques,
vela en la madriguera del recuerdo
y vibra en el arroyo que agoniza en las cañas,
 que cumple su destino
y no vuelve al colegio de rejas rodeado
que rompía las alas
de un remo tabernario dentro de una botella.

3
Siento, en el alma siento
el amor y la muerte
en la misma sonrisa, 
en la misma mirada.


Cuando llega la noche, entre los eucaliptos
que guardan la colina, gimen mustios los ojos,
derraman en tu lápida encalada
los trémulos cristales tapiados de la ausencia
entre los yertos muros 
de un árbol mortecino que ya no tiene amor
ni un ruiseñor callado,
ni un nombre en las entrañas de un escrito
y rumia en el asfalto las sábanas del viento.

Te llevará la mano transida de la sombra
 que promulga en el lecho la flor de tu condena
entre los gatos negros que murmuran la sangre,
el tormento de garras y aullidos en la vía
del tren de tus mayores que nunca ha regresado.

*** 


He roto los espejos

He roto los espejos que rezan al pasado
en la alcoba que tiembla en el aire dolido 
que muerde la querida remembranza
 de una lágrima densa que cae en tu mirar
y el canto de tus manos
que busca en tu desierto la multitud que espera
la sed de la garganta
herida en las caricias que arrastran los vestigios
de la larga cadena que tus brazos forjaron.

La cortina rendida en los escaparates
suspira en tu mirada
con un verso extraviado que sufre los agravios
del pensamiento lógico que perdió la razón
y siente tu latido en la espesura
cuando llega la noche profunda de tu ausencia
a los pétalos negros de mi bosque asustado.

He roto la añoranza de un mundo malogrado
que no quiso quererme en su vacuo latido
 ni que yo lo quisiera;
ya no soy quien pasó con la luz en la frente,
quien escribe un poema en los labios del viento.

***

III 




Quizás prosiga hablando de lugares perdidos,
de sombras que perduran en un temblor sin alba,
de rostros que pasaron bajo la luna errante,
de amor que no fue amor pero me hiela el alma.

(Quizás prosiga triste)


En nombre de la muerte las sombras te llamaban,
querían hacerte oscura
para apagar tus ojos y enamorarte del silencio
en la noche de los tristes que pierde su latido
y sin pausa se alarga en el fulgor oscuro
que agoniza en la cruz de la capilla de tus brazos.

Hay que apartar de tu hábito los sueños,
esconder tu figura en el rostro del sudario
que tiembla en las orillas de unos muros sin ventanas
para no ver las alas de la muerte que llega
con tijeras en su olvido yermo y descarnado,
con sus deseos de negra luna que se agrieta
en la frontera del sueño que se hunde en las higueras,
del recuerdo que ha quedado en las ruinas del arroyo,
de la fuente que canta y ya no hiere,
 y le diga a los vientos quién fuiste,
en qué escalón olvidaste los libros con tu firma,
el vientre del fracaso,
qué tren perdiste en la Vía, acaso, sin saberlo
y no paró en tu estación de espera nunca más.

Nunca más volará la mariposa sobre tu falda abierta
ni correrán los perros de la tarde
para lamer tu huella de caricias
y los escombros
que aún mueven las cortinas del cuarto que te busca,
del alba que te llama.

En nombre de la muerte y entre los árboles de tu infancia,
y el pozo insondable donde cayó la noche más lúgubre
de tu canto herido,
tiernas flores silvestres despliegan tus llagas en el viento.