sábado, 12 de septiembre de 2026

En la soledad del amor y la muerte

 it depends on that I've been drinkin'

(Amy Winehouse – What it is)

Te diré lo que quieras escuchar,

depende de lo que haya bebido.


Es solo un sentimiento que penetra en la noche

donde encuentras un hueco

para tu corazón

inseguro y ardiente, perdido y desolado,

es tan solo un espejo que no quiere mirarte,

una luz que se extingue,

es tan solo el destino que espera en las cortinas

y atraviesa la calle de una ninfa innortada2,

y mientras en el aire

se expande el humo espeso de una larga tristeza,

de unos versos sentidos que llegan y se pierden

en la voz del poeta que sufre los delirios

turbios de la deriva que duele y arrincona,

y en una estancia mustia escribe para nadie.


La marea vendrá a llevarse los restos

del último jarrón que adorne tu mesita,

los fragmentos revueltos de un escritorio amargo,

el temible naufragio del licor en tus venas.


Es la muerte tan triste, se siente tanto miedo

que no puedes gritar, articular palabra,

escribir un deseo, pensar en el amor,

desterrar el sudario que te inunda en las sombras.


En la soledad del amor y la muerte es una frase que pronunció el poeta galés Dylan Thomas.

Innortada es un localismo ceutí, en este caso significa desorientada.

Nueva elegía urbana


Permite que me duerma sobre el césped

lejano del jardín ya clausurado

que yo llamé alegría...

(Arturo Maccanti)


No sé si volveré desde esta tristeza

a mirar los lugares que frecuentabas por la tarde,

si podré escribir sobre la imagen de tu vuelo

ahora que no la reconozco

en las mismas mareas que remontamos,

ahora que estoy perdido en una nube que no sueña

como un espejo roto que se ha quedado sin luna,

como una mirada que no puede ver la aurora por el llanto,

un candelabro sin luz en un pasillo sin ventanas.


Porque la ciudad se ha ido alejando de nuestros pasos

las calles ya no tienen la misma dirección

que tuviera la alegría

y el viento parece soplar siempre del Este

con el ritmo espeso y anodino de los poemas mutilados

entre la sombra entrecortada

de una carta de amor que no encuentra

sentimiento en el remite y un corazón de papel

con su ruido de cristal entre los cortes de la tierra.


Caminamos por aceras

que ya no levantan la voz de una memoria

entre los pétalos de los claveles consumidos en las rejas del pasado,]

entre veleros que buscan la sangre

renovada y esparcida en los rumores de otros atracaderos.


Unos versos caídos en el alma de la noche

me recuerdan la soledad del mundo cuando no estás,

la tristeza de una so

nrisa que no encuentra tus labios.


Ensayo general en harapos


Leonard Cohen se pone su traje gastado y lo plancha, con la misma delicadeza que los sacerdotes profanan la enseñanza de los profetas a la que reducen al rito, porque la vida le empuja a hacer un ensayo general de su propia decadencia moral, para hablar con un tono dolorido y asustado de la derrota incondicional y profunda contra el paso del tiempo.

Como es su costumbre cuando quiere llegar a cualquiera que desee tocar su frente arrugada, las llagas de su costado, Cohen se rodea de palabras cotidianas, de imágenes cristalinas al alcance de todos los oídos que quieran verlas y tocarlas.

Pero a través de su sencillez expositiva y la claridad de su verbo crea un intrincado enigma que pone a prueba nuestra capacidad de razonamiento para demostrar que desconocemos lo que es de sobras conocido y a lo que no se ha hallado nunca una respuesta convincente; ¿Adónde va el amor cuando muere? ¿Por qué seguimos cantándole como si fuéramos un tenor tembloroso y perdido en los brazos del licor, arrinconado entre la nocturnidad de una parranda y el dorado anonimato de los momentos que siempre se recuerdan porque en ellos hemos logrado vida cuando nuestras aspiraciones,-sexo, dinero y poder-, eran insignificantes?

Una trascendencia hiriente, que golpea los iconos de las equivocaciones recurrentes, nos dirige a un paseo inquietante y purulento por las sombras del resentimiento y del dolor.

Ya nunca será el muchacho que soñaba a través de las canciones, nunca volverá a levantarse del suelo para transitar por un pedestal en el que no podrá creer cuando los astros se hayan apagado. Después de haber odiado de todo corazón, aunque fuera una sola vez y un solo instante; porque es el único pecado que cabe la posibilidad de que no tenga redención posible. Ni siquiera basta el amor por sí mismo para que sonriamos como un adolescente embarcado en un romance placentero que no llegó a florecer pero dejó la frescura de su aroma, la melodía de las canciones que escuchábamos para situar ese tiempo en la memoria.

El cronista de los perdidos, el poeta de los desamparados, el amante lacerado por las alambradas y sus coronas, el hombre que tomó por la cintura a la tristeza para mostrarnos la injerencia en nuestras vidas del monstruo de cemento enamorado del desamor cotidiano, ese que ha creado los vestigios indelebles que surgieron del fracaso de las revoluciones y la llegada de un consumismo voraz, superficial y desordenado para alertarnos de la soledad de los mártires ante la incomprensión de los verdugos cuyos rostros aparecen con regularidad en las portadas de los periódicos como héroes implacables, ante las encrucijadas dolientes de la avenida del alma, la fragilidad de los más grandes profetas ante un mundo que no ve aunque mira, que no escucha porque la multitud se apoderó del desierto de la indiferencia y grita más que los vientos del sur cuando cruzan el mar, ante la certeza empírica de que la muerte nos encuentra siempre y la vida transcurre, y pocas veces la hallamos para sentir aquello que hay de eterno en la brevedad de las lamentaciones cuando son verdaderas.

El poeta sabe pocas cosas, pero expresa mejor que nadie la incompatibilidad entre la felicidad y la libertad, el poeta es un albatros pero hay escribidores de versos que permiten burlarse de Baudelaire[ii], manchar la pureza melancólica del Darío[iii] más inspirado.

Pero apenas puede explicar, quizás porque no tiene cabeza ni sentido[iv], por qué busca la felicidad pero, en cambio, concentra todas su fuerzas en perder una guerra cierta cuando lucha agónicamente por ser libre. Los alemanes refiriéndose a los románticos de su país dirían que así de trágico es el destino del poeta. Cohen camina en esa estela, sabe que el fracaso genera angustia, pero también sabe que la gloria de los triunfadores es más amarga aún cuando se gestionan mal las mieles, cuando nos embriagan los laureles con el peor vino de mesa que siempre deja una resaca dolorida.

Pocas veces el señor de los tristes se mostraría más turbio, pesimista y desesperado[v]. Pocas veces una estrella puede ser tan injusta con las tinieblas de su propio resplandor. Pasarán muchos años para que se comprenda que canciones de amor y de odio es un disco que podría haberse escrito hace más de dos mil años, Catulo[vi] es testigo de ello, y también en un futuro por muy lejano que fuere mientras el hombre sea capaz, a regañadientes, de mirar, aunque sea de soslayo, sus propias entrañas y admitir que alguna vez no fue bueno y que llevará esa cadena para siempre en su expediente.

Solo el amor permanece decía Violeta[vii] ¿y qué podemos decir cuando, con cualquier excusa legítima o peregrina, preferimos la persistencia del odio?

Leonard Cohen no estaba, en ese momento de su vida, después de dos obras deslumbrantes y la inquietud desconcertante de quien vislumbra una edad en la que el chico de oro siente miedo cada vez que mira los surcos de su rostro, palpa con los ojos su piel envejecida en el espejo, cuando decide publicar, echando todavía un vistazo al material acumulado durante años, un disco tan oscuro que solo sería superado en sus ansias de tinieblas por las ruinas de Berlín[viii] que vería la luz, por agarrarnos a un tópico, un par de años después para enfrentarse a una injusticia permanente.

Pero Cohen no quiere recrearse en lo logrado, tiene una madurez insólita en el mundo de una música casi adolescente por entonces, ya que no pueden consolarle los beneficios de plástico gastado y la pérdida de caricias verdaderas inherentes a la fama mientras su juventud se consume sin remedio y para siempre, sino perseguir lo perdido aunque sea en la agonía, y las fuerzas le hayan abandonado.

Se había llenado de noche para buscar la luz a través de la desesperación de las habitaciones que acogieron el deseo de unos cuerpos exultantes y los recuerdos siempre gratificantes del comienzo de una pasión. No nos podía hablar solo de amor porque había yacido en la cama con muchas mujeres de las que apenas había conocido cómo llevaban el cabello y cómo desgastaban un sujetador que no sostenía nada y lo inútil que son las suelas de los zapatos cuando nos llevan al infierno de las grandes ciudades que gritan la opacidad y la impotencia de los poetas callejeros a los que, probablemente, ni miraba cuando pasaba de largo ya que le asustaba pensar que ese destino, quizás, le había estado reservado mientras sonaba la campana. Pero se cruzó la muerte de un payaso melancólico en el camino. Ya no podría nunca más abrazar una guitarra española sin sentir escalofrío, ya tendría que hacer obligatoriamente su exégesis intransferible e inmensa del "Pequeño vals vienés".


No tendría que sonreír cuando alguien le dejara tres dólares en el sombrero cuando le ofreciera con la exclusividad del abandono el "Tennesee Waltz" que previamente le hubiera solicitado para hacer que corriera una lágrima por las mejillas de una novia de alquiler que aún soñara con vivir un gran amor aunque muriera.

*** *** *** *** *** *** *** ***

(I) Like a bird on the wire / like a drunk in a midnight choir / I have tried in my way to be free. Como un pájaro en los cables / como un borracho en una ronda nocturna / he intentado ser libre a mi manera.

[ii] El poeta es igual, allí sobre cubierta / sus alas de gigante le impiden caminar. (Charles Baudelaire)

[iii] El dueño fui de mi jardín de sueño, / lleno de rosas y de cisnes vagos; / el dueño de las tórtolas, el dueño /de góndolas y liras en los lagos.. (Rubén Darío). El poeta hispano-nicaragüense fue una buena persona que hizo cosas horribles que solo están al alcance de los perversos, quizás fuera su admiración desmedida por Paul Verlaine a quien superó de largo en eso de las rimas y de quien quedó lejos a la hora de esculpir barbaridades.

Bardem estuvo maravilloso cuando en “Lorca: Muerte de un poeta”, hizo que le brillaran los ojos al poeta granadino al evocarle.

[iv] Siempre he pensado que el Espantapájaros del Mago de Oz representa muy bien lo que significa ser poeta. Es algo parecido a cuando Rubén Blades nos explica lo que hace falta para ser rumbero, eso es, precisamente lo que le sobra al poeta aunque no sepa nunca el por qué. .

[v] Desde la pasión de Juana de Arco, a la muerte traumática de una locura de Avalancha y la infidelidad, por desgracia frecuente, entre amigos, Cohen nos muestra que no estaba dispuesto a hacer concesiones al hombre que dormía con él, ese que le había llevado a desconfiar de todo, empezando por el rostro que se burlaba de él cuando se miraba al espejo.

[vi] Es el poeta romano que mejor supo cantar al amor.

[vii] Lo dijo Violeta Parra en “Volver a los diecisiete”.

[viii] Berlín es el disco maldito por excelencia, demasiados inconvenientes tuvo que superar su autor; Lou Reed para lograr su aparición, tuvo que recortar dramáticamente la duración del proyecto. El cronista urbano siempre se sintió triste por la incomprensión que se tuvo por toda su obra, especialmente por la que le era más querida.


7 de junio de 2017

Los amantes desconocidos


A Lou Reed en Berlín


Quiero llevarte el amor que queda

en una ciudad abandonada

y erigir una canción en los labios del viento

que recuerde una caricia sobre un muro derruido

con la presencia de un nombre que nunca supe escribir

y que nunca sabré borrar.

*** *** ***

Cuando llegue el corazón perdido de la noche

te preguntaré

si queda un beso para que te recuerde,

para saber cómo llamarte

cuando la escena haya concluido

en la oscuridad profunda que se anuda

a los árboles torcidos de las aceras

mientras tiemble en los pasajes el alma de los pájaros

que perdieron las notas, la caricia, los refugios

y las sombras celestes de los vuelos de ayer.


Te abrazaré en las herrumbres de las calles ruinosas

para llevarte el amor que encuentre

en una ciudad torpe y abandonada,

para abrir una cortina que deje tu mensaje

en una enredadera

que lleve una caricia sobre el muro enternecido

por un canto angustiado

que se arrastre en el suelo desierto de una hoja caída

en la que nunca me dejaste la dirección de tu voz y tus poemas.


He arrancado palabras en las esquinas del silencio para buscarte,

he clavado un lamento sobre un recuerdo derruido para tenerte,

una rosa en la ventana donde la luz se quiebra

ante las cruces quejumbrosas,

ante la soledad de las alas

que no encontraron

en los labios la quietud de la brisa.

Costana de Ribalta


A Rafel, a su amor por su bohemia, más o menos loca, con mucho cariño, brindo por él, de todo corazón, es mi valedor.


Una mujer con sombrero,

como un cuadro del viejo Chagall,

corrompiéndose al centro del miedo

y yo, que no soy bueno, me puse a llorar.

(Silvio Rodríguez - Óleo de mujer con sombrero)


Llega un rumor

de silencio que se abraza a tu figura

cuando pasa el último autobús de la frontera

y mantengo en la memoria

de tu mirada el misterio del olivo silvestre,

me miro en un espejo asustado

y los muelles se alejan entre la bruma de la noche

y la muerte de los besos

que se hunden en el asfalto de la carretera herida

y en la huella de las farolas

que se imprime en los nombres de las fábricas.


Te amo en este rincón de la ciudad que duerme

y aprisiona los sueños perdidos de un pasado

que sería distinto

sin tu aliento en los carteles y los cristales,

sin la caricia que guardas en el regazo de la luna;

yo no hablaría de los faros que nublan la garganta

con la huella estridente de un canto sobre las tejas,

no hallaríamos las portadas escondidas

en la humareda cargada

de los lunes cenicientos sin papeles y sin rastro,

te acosaría el alma de la primera sonrisa

que no supo esperarte

en la herrumbre que llora la sed de las cancelas

de tu puerto desencajado en los bosques de ladrillo

vencidos por la nostalgia

de tus manos ardientes en el suelo y en las tizas

cuando jugar era serio y nunca hacía daño.


Vago en la quietud atormentada

de los muros encalados

que suben la implacable costana de Ribalta

y en el temblor errante

de las luces encalladas que rezan en los umbrales

de la última puerta que se abre en el olvido.


En ese momento que has llenado de estrellas furtivas

me levanto como un hombre desmaquillado

que se abraza a la cola que tiembla en otra luna

intentando encontrar

tu destello en la noche del índigo caído

que hiere su soledad con una lágrima oscura

para llevar tu timidez antigua a un rincón de los lienzos

que esbozan un corazón amortajado

en una cometa inocente y desnortada

que nunca llega a alcanzar el lugar alto en donde vibras,

aun así te persigo en un norte sin brújula

que se pierde en el marco del óleo que tú amabas,

te abrazo en la cortina que desgarra el clamor de tu vestido

entre las sombras de los gatos que resisten

en los colchones viejos y en las sillas rasgadas

de la colonia desnuda del taller arr

asado,

en el poema que hablabas de la libertad en el viento.





Los cines y las fábricas


A Paul Simon


Llevas en la mirada el soplo del Poniente,

en los labios la herida

tierna y ronca del pájaro que tiembla

en la acera caído

entre los transeúntes silenciosos

que asaltan el vacío y rutinario

cristal de la memoria en los escaparates,

el halo transparente de los cines,

el humo de las fábricas,

el rayo que ilumina la caricia distante

en la huerta que muere

y se cubre con lirios de pureza

para hablar de los bancos con un nombre grabado,

con un libro perdido con la letra borrosa

y una firma sentida y olvidada

que no advirtiera nadie en un cuerpo que espera

la llama de tu amor, la magia de tus manos.


Llevas en la mirada el mito del exilio

de las nubes canoras que nunca se han movido

de tu eterna esperanza en los jardines,

del viento de tu imagen venerada

y ardiente

que llena las paredes con un nombre,

que rompe los adagios con un verso medido

y atormentado

que hierve en las esquinas teñidas de silencio,

divaga en la mañana, y sonríe a la muerte.

Ciudad dormida

 Estoy triste y busco la causa de mi tristeza.

Quiero saber por qué es tan dulce tu palidez, amiga mía.

Por qué, como nieve en el lago, es tan hermosa tu mirada.

Por qué me acuerdo de tus ojos si no te he conocido nunca.

(Leopoldo Panero – Ciudad sin nombre)


A Phil Ochs; ¿Encontraste la paz que tu inmenso corazón te negó siempre?


Caen las flores sobre el tejado

que baja a un paraíso oscuro y ceniciento,

cae la noche

como el recuerdo de un hombre gris y brillante

que se quedó colgado en el árbol del camino.


¿Por qué no siento la libertad

bajo el manto transparente de tus alas caídas

sobre su quietud errante?

¿Por qué encuentro en mi puerta la sombra tenebrosa

que ha quedado de mí mismo?

¿Por qué amo a la que fuiste en tus momentos amargos?


Como una toalla arrojada desde una esquina

la ciudad me muestra su cuerpo adormecido,

entre los gritos, las banderas, y el mar

se hunde en la camisa vestida de un domingo carcelario,

y tú no vuelves

para impedir que me convierta en la estatua

que gime ante la altura de tu encanto

o en la orquídea que derrama su aliento y su dolor

sobre el olvido de una palabra antigua y harapienta.


Detenida, como la carta de un amante

que no encuentra un mensajero en su deriva,

tu mirada se pierde en las líneas de un poema mutilado

y escrito con torpeza,

en los coches abandonados junto a las muñecas rotas

y en las fábricas sin pulso cuyas chimeneas

tienen la misma dirección

de unos labios que huelen a licor y a despedida

mientras reconstruyo el requiebro

que no sabré decirte cuando vuelvan las hadas,

cuando la nube roja se apodere del levante

y detenga la elegancia de tu rostro

en el cielo que surcan los halcones

cerca del Mirador que mece el barco perdido

del arroz que agoniza

desde entonces en la lengua de los marineros

inundando la tierra empinada

y dura que mir

a con fijeza

a los ojos temblorosos del Estrecho.

Cuando mueran los poemas


Me dejó a solas con mi triunfo y su muerte.
(José Emilio Pacheco)

Cuando mueran los poemas en mi cuaderno
y aparezcan contigo en la calle de la ausencia
no será culpa del rapsoda que llore entre los muros
sino mía
para siempre, solo mía y derramada
como un templo abandonado
en el crepúsculo
que ya no escucha la caída de los dioses,
como la mano que un día me ofreciste
cuando ya no podía
fijarla en los tabiques densos y supurantes
de una sombra profunda y corrompida
que no supo cerrarse en mi memoria;
era una hoja grave en un diario
que no querías guardar en tu equipaje de quimeras,
la palabra de un amante sepultada
por las cenizas de un jardín y un limonero,
un sueño agonizante
que alentar no quisiste con los labios,
una espera
cuando ya había pasado el último tranvía
con el corazón de Chopin en una urna túrbida
envuelta en el levante, las notas y los recuerdos,
en una queja que se movía bajo la sangre de una verja.

Allí seguía latiendo perdida y pesarosa
la huella que borraste en la luz de mi mirada
que sufría el gesto caprichoso,
las ansias peregrinas
que dejaste que anidaran en un balcón de mi costado
y nunca los arrancaste del laberinto de mi alma.

Te quise y no sé si me arrepiento
cuando te veo emerger
de nuestros espigones como si fueras otra,
como si nunca hubieras vuelto del exilio
al que tú misma te desterraste
mientras se levantaban las hojas de los sauces en tus ojos.



Ciudad dormida

Estoy triste y busco la causa de mi tristeza. Quiero saber por qué es tan dulce tu palidez, amiga mía. Por qué, como nieve en el lago, es tan hermosa tu mirada. Por qué me acuerdo de tus ojos si no te he conocido nunca. (Leopoldo Panero – Ciudad sin nombre) A Phil Ochs; ¿Encontraste la paz que tu inmenso corazón te negó siempre? Caen las flores sobre el tejado que baja a un paraíso oscuro y ceniciento, cae la noche como el recuerdo de un hombre gris y brillante que se quedó colgado en el árbol del camino. ¿Por qué no siento la libertad bajo el manto transparente de tus alas caídas sobre su quietud errante? ¿Por qué encuentro en mi puerta la sombra tenebrosa que ha quedado de mí mismo? ¿Por qué amo a la que fuiste en tus momentos amargos? Como una toalla arrojada desde una esquina la ciudad me muestra su cuerpo adormecido, entre los gritos, las banderas, y el mar se hunde en la camisa vestida de un domingo carcelario, y tú no vuelves para impedir que me convierta en la estatua que gime ante la altura de tu encanto o en la orquídea que derrama su aliento y su dolor sobre el olvido de una palabra antigua y harapienta. Detenida, como la carta de un amante que no encuentra un mensajero en su deriva, tu mirada se pierde en las líneas de un poema mutilado y escrito con torpeza, en los coches abandonados junto a las muñecas rotas y en las fábricas sin pulso cuyas chimeneas tienen la misma dirección de unos labios que huelen a licor y a despedida mientras reconstruyo el requiebro que no sabré decirte cuando vuelvan las hadas, cuando la nube roja se apodere del levante y detenga la elegancia de tu rostro en el cielo que surcan los halcones cerca del Mirador que mece el barco perdido del arroz que agoniza desde entonces en la lengua de los marineros inundando la tierra empinada y dura que mira con fijeza a los ojos temblorosos del Estrecho.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Temporal de levante en Abyla

 Te abrazaré en la herrumbre

de los vuelos ruinosos

por llevarte la vida que resida en la muerte

de una ciudad vencida y arbitraria

que no desea

que sigamos su aliento,

sus medallas, su paso o su corona

para abrir la cortina que encierra los mensajes

en el rumor del mar que nos aleja,

nos mece y nos castiga

en la verja de brumas vaporosas

del Mare Nostrum mustio y desteñido

que extiende una caricia agresiva

por el muro de sombras circundado

por una prédica perversa y subjuntiva

que se arrastra en la cumbre lastimera

de una hoja caída que ha borrado tu nombre

en mi libro de ruta innortada

y no encuentra medida ni presencia

en mi rostro de lunes que sigue en su cilicio

aletargado y cruel.


Tú nunca me dejaste las alas de las nubes,

la dirección de tu bolso y tu falda,

ni el rincón de los lirios marchitos que agolparon

los fracasos prendidos en el sueño que reza

en el templo añorado por las olas y el viento.

Muchacha del recuerdo

 Tú eres la muchacha que busqué

cuando aún no existías.

(Joan Margarit)


Anochece en mi rostro

cuando pasa por la alfombra de tu calle

la muchacha de ayer que todavía te busca,

lleva al cuello tu cruz,

brilla en el recuerdo donde apenas sonreías

y lanza pétalos de ensueño a los claveles

de un futuro

enclavado en una estatua que guarda una mirada

de amor hacia los tristes

a pesar de los fusiles, el mostaza y las cadenas

que no pueden devastar la palabra

de los santos descreídos

que emergen de las brumas cada día

para seguir viviendo la fe en 

nuestra sangre.



No volverás

 Y durante un instante, en su rumor,

regresa el latido del primer poema

de una vida

como una música lejana que se apaga en la noche.


(Constantino Cavafis - Voces - Versión: F.E. León)



Es cierto que no vuelve lo que nunca pasó

y siempre se hace tarde cuando el alma se agrieta

y se va la esperanza

como una mariposa que atraviesa las nubes

y empapa la tristeza de su vuelo

con la presencia oscura que guarda los rescoldos

de un deseo ferviente que resiste en la sangre.


No volverás, lo sé, pero te espero al alba

con la flor en los labios

de la mirada quieta en la eterna sonrisa

de una estrella fugaz

que caerá en tu olvido cuando hierva el recuerdo.

Recuerdo de la mujer muerta

 A Gallardo Chambonnet, por haber llevado tantas veces a Abyla en su pensamiento.


No volverá la savia a recorrer

la profunda estalagmita de las arterias del puerto,

oscurecerá el vestido gris que llevabas en la esquina del otoño,

el gemido taciturno de Machado ante la muerte

en la canción crucificada

de un hombre confundido que no creía en el amor

porque no supo de tus ojos ni te conocía

y sigue en la espesa niebla de las ramas que lloran en el pasado,

en la soledad de una gente

que no recuerda dónde está su memoria,

dónde la excavadora que se llevó las flores del Campillo

y la sonrisa del sol que derramaba su miel

sobre los cabellos escarpados de una mujer amortajada.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Muerte de Antonio Sánchez--Prados

 Por la Carretera Nueva

va Robert Bruce cantando,

el verde en la mirada,

luciérnaga de amaranto.


La boca se le nublaba

no le salía otro canto

que no tuviera en la noche

herida su negro llanto.


Pues llegando al Tarajal,

la paloma agonizando

por el alcalde del pueblo

los pobres están llorando.[/

Los persas

 A Tod Browning y a Rafel Calle[1

https://vampirosypoetas.blogspot.com/20 ... itado.html

He hablado de amor con los ojos brillantes,

he hablado de constantes que me fueron queridas,

pero estoy atrapado en un mundo sin sueño,

esperando una nueva, y buscada caída

como un hoplita desarmado en el sendero

que no puede detener la avalancha

y la afronta sabiendo su destino,

como un marino asustado en la calma

que barrunta venideras tempestades,

un olvidado en las emociones,

un monstruo en silencio que se arrastra.


[1] Tod Browning: Director de cine, realizó algunas de las películas más recordadas en el género de terror. Con un gran tacto hacia las personas diferentes pues había vivido en circos y paseado su dolor por las atracciones más estrambóticas de la vida.

Playa de la Almadraba

 He prendido una herida que recuerda tu nombre en la playa.

He bajado a las arenas y oído el rumor del muro

en la rendija donde anidan los aviones,

y el clamor de tu paso alborotando el agua

que golpea en los riscos limosos y angustiados,

y penetra en el muelle que conserva, solo,

una hilada tortuosa que muestra

la fragilidad de los costados invadidos

por la memoria acordonada

que nunca llega a la orilla.


Vuelvo a un poema esparcido en la arena

que llega de otra tarde,

como una promesa que no ha perdido el aliento

de la procesión callada y dolorosa

que incrusta los claveles en las estelas de tu alma.


Vuelvo al campanario que se olvidó del vuelo y se arrodilla.

Vuelvo al Vía Crucis

que impregnaba de dolor los derrumbes del camino

y arrancaba la espina de cada pensamiento del arroyo,

cuando vivir era un pecado,

un cilicio sujeto a la ceniza posada en tu frente,

el estigma de un amor que nunca abandonó

las pulsaciones nerviosas de tu pecho

ni el bálsamo de luz

que me turbaba en tu mirada.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Palabras a Sylvia

 …rodeó su casa

de alambradas y muros impasables

contra el tiempo rebelde

tanto que nadie lo rompiera

con maldiciones, puños, amenazas,

ni con amor tampoco.

(Sylvia Plath - Solterona - Versión de Jesús Pardo)


No sigo por carácter,

la determinación no me arrastra,

mi única hazaña es seguir en pie

a pesar de tu mirada.


I


Ya te lo he dicho antes;

no sé pactar una derrota,

la vida no me ha permitido

sostener una bandera blanca

en la mano,

una toalla rota esperando en la esquina

donde cae la huella de un beso sepultado,

un acuerdo sin sangre con la muerte y el olvido.


Aún veo emerger la tristeza en la sombra de tu rostro,

vago por los pasillos del tren que nunca llega

y no se detiene en tu mirada,

ya no encuentro el corazón de la ciudad,

ni las columnas de acanto

donde nos conocimos entre reproches,

no serás para mí la América que destroza las fronteras,

que no mira al pasado mientras recibe

ataúdes con medallas y sollozos.


Soñé que escribía tu nombre en el agua

que no vuelve a la mar,

que escrutabas el olor de una metáfora oculta,

que brotabas en el infierno de una nube

fugaz y lastimera,

que sonreías con ternura cuando ya habías muerto.


II


Contra las cuerdas


Nunca te has preguntado si tengo miedo

cuando aparezco en la escena desafiante,

me pediste que te amara en la sonrisa

y en los reproches,

pero no pude

desterrar de mi mente a la muchacha

díscola y perdida

que se puso un vestido y un maquillaje prestados.


Estoy confundido por la voz de la memoria,

donde hundes cada deseo de liberarme

con una mirada espesa,

nunca te asomarás a mi dolor,

soy ese alguien que sufre contra las cuerdas,

que no puede librarse

de los golpes enmascarados

y se levanta de frente en el castigo,

ese alguien que no tiene una toalla

para arrojarla al centro de la muerte

y pregunta a las farolas

por la persistencia

en su rostro

de los moratones profundos

que lloran en el recuerdo.

Fassbinder en la memoria

 Dicen que mis películas son nostálgicas, pero no me gusta esa definición porque suena a enfermedad, a moho, a cosas descompuestas. La nostalgia sólo existe en la conciencia de quienes se sienten atrapados por sus recuerdos.

(Fassbinder[4])

El poeta alemán pensaba que la vida era lo más importante y que la poesía era lo más importante de la vida.

(Francisco Enrique León 26 de enero de 2023)


He arrancado silencio en las vidrieras

del ardiente gemido aletargado

que se apodera de tus labios y del carmín

para llevarte una canción que permanezca

clavada en el puñal

de mi voz martirizada,

para apartarte del castigo que solloza

en la ventana hundida donde tu verdad se quiebra

ante las cruces quejumbrosas

del portal

que triste entonaba Lili Marleen

bajo el latido amargo de las luces apagadas

que aún tiemblan

en la profanación honda de mis cenizas

vertidas en la urna de una memoria desquiciada

entre los árboles que lloran en el crepúsculo

que atraviesa el horizonte y suspira por tu ausencia

y desgarra una promesa atormentada

en la soledad sin aristas del cristal

que refleja tu olvido y pronuncia lentamente

la lágrima profunda 

que se acantona en tu mirada.

La nueva revolución

 Luché en la vieja revolución

al lado de un fantasma y un rey.

(Leonard Cohen[5])


A Fanny Sinrima


El amor nunca llega cuando hierve mi cuerpo

y no veo tu rostro en la sección de cultura

de una revista apagada en el quiosco de la esquina

y no puedo pedirte

que actúes cuando te siento

en la vitrina perseguida por la lluvia de agosto,

en la memoria errante de una rosa tatuada,

que traigas a mis pasos las calles perdidas del recuerdo,

la nube ensoñadora que envolvía tu barrio,

que liberes a los guionistas que yacen en el sótano

de todas las represiones,

que muestres orgullosa la huella

de lo que nunca he sido

en el laberinto irresistible de tu piel,

que abras la revolución que aún espera al hombre

por quién nadie pregunta en la oficina

y el corazón que no creía en la muerte de los ángeles

pero pensaba en ti cada vez que llegaba

la oscuridad del silencio a su latido,

la angustia de un viernes quebrantado en el tormento

de un profeta vencido y postergado

que no volvió nunca a caminar sobre las aguas.

Muchacha de El Fayum

 Muchacha de “El Fayum” muerta en la Almadraba

A mi sobrina Inma, porque lo necesita.


A una gitanilla que murió en la Fragua días después de haber sido arrollada por un coche. Tenía unos 14 años, los ojos verdes y la piel de bronce.



Su juventud encendida por la pasión carnal

su juventud hermosa en una armonía tensa;

y entre los sueños el placer la llama; entre los sueños

contempla y abraza esa figura y la carne del deseo.

(Cavafis- Variación – F. E. León)



1


La muerte se dibuja en la pared del tiempo

que sueña la blancura

de la rosa del alba

y despierta el murmullo en las ruinas

que rompen los espejos de tu rostro

y de los gatos negros

y aquella soledad que siempre te acompaña.


El velatorio vuelca en un recodo

la huella de tu paso,

la cal viva que cubre la escalera,

los peldaños de luna en los cipreses brunos

y aquella soledad que siempre te acompaña.


2


Cual bellos cuerpos que murieron


sin llegar a madurar,

encerrados con tristeza en suntuosos mausoleos

con rosas en la cabeza, con jazmines a sus pies,

así son los deseos que se apagaron

sin haber sido vividos,

ninguno testimonia

una sola noche de placer o una mañana radiante.


(Constantino Cavafis – Deseos (1904) - Versión - Francisco Enrique León)


Tu frágil voluntad de novia compungida

pasea en el encaje de las sábanas

que fueron destrozadas

por un proscenio

arrebatado y lúgubre

que llora en tu memoria todavía,

por un jardín ausente que te ha dado sus flores

para no traspasar la esperanza postrera

desde la soledad

de un remo desgarrado, de un jazmín ceniciento

en la elegancia cérea, profunda y penetrante

de una mirada herida,

de una promesa rota en la espesura

del silencio y el polvo que añoran lo perdido.


3



Aún siento en mis mejillas su aliento venerado,

cómo será que tan cercanas horas

no vuelvan nunca más, sean ya el pasado.

(Hugo von Homannsthal - Traducción - Mariano Manent)



Muere la soledad entre tus labios

y el manto de la noche en las ruinas de la cala

que despierta un murmullo en la memoria

y gime en el teatro

donde se representa la sangre de la rosa,

camina en el esbozo de la túnica

que será derrotada por el furor del tiempo

y reza en tu memoria todavía

por un barrio sin alma que te ha

 dado la mano

para no morar solo en la última barca

enterrada en la orilla.

martes, 8 de septiembre de 2026

Las flores y los prados

 Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

(César Vallejo - Piedra negra sobre una piedra blanca)


A Orson Welles.



Las flores y los prados tienen el mismo sino,

la misma larga noche

que apagará mi frente,

mientras busco coronas, laureles, epitafios,

pasan las caravanas cargadas del perfume

que vierten los linderos,

y no puedo tenerlo, sentirlo, propagarlo,

porque estoy en el valle y es abrupta la rampa.


Ya nadie me provoca, nadie quiere escucharme,

nadie intenta saber

qué había en mi mirada oscura, amarga, triste

conteniendo la fuerza, qué comentario irónico

despertaba las risas en la mesa de un bar

mustio de madrugada cuando ardía el bufón

de todas las comedias,

hace ya mucho tiempo, cuando aún te esperaba,

cuando quise aprender

el arte de la vida,

la vida se reía siempre de mis intentos.


Las chanzas se apagaron como viejos vestidos,

lo que fuera brillante

se convirtió en derrota,

armarios retraídos que no tienen deseo

y que guardan portadas de revistas sin fecha.


Lo que fuera arrancar

besos en el olvido

es un trotar sin gracia

invocando la suerte,

pasan enfermedades, citas que nos aguardan

con la fragilidad

sincera de los cuerpos,

y pasan comentarios vacíos que no llegan

mientras toda la muerte reina en los hospitales

y el verso se nos hunde sin libertad ni orquesta.


Y tú y yo, separados por música y gemidos,

habitando en un mundo que no nos pertenece,

desvelamos los surcos del tiempo en nuestras almas.

domingo, 6 de septiembre de 2026

La strada

 Oscuro callejón perdido en el tormento

del resplandor aciago que tiembla en las heridas

del amargo vestigio

que golpea un cartel olvidado en el muro

de la huella prendida en el vientre de un sueño.


Divagar sin salida que entierra el maquillaje

en la grieta profunda

donde tropiezo y vago

como una mariposa que no tiene vereda

y asume su caída entre las espesuras,

como el polvo anhelante que pena con los lirios

que mueren por la noche

y vuelve a los espejos

con el rostro angustiado de una promesa abstracta.


Este taró y el viento sin fuerza que persiste,

esta reminiscencia de versos entre los sauces

son como las memorias que nunca se marcharon,

que nunca se escribieron y quedan en el alma.


Como un sueño perdido de agosto en las escenas

veo pasar la máscara torturada y sentida

de un Fellini que busca

la Sombra en el pasado,

en bambalinas negras, en guirnaldas sin flores,

en la lona sin vida de un carrusel fingido.


¡Ay, no te acuerdas , Laura, de las burlas del Mato!,

No sabe estar callado este loco poeta

y Zampanó se enfada y ejecuta a la Risa,

y no quiere escuchar

aquella melodía tierna de Gelsomina

que vierte su amargura en una calma rota

y glosa su destierro en la lengua que arrastra

la mórbida condena que navega en el aire.


¿Ya no te acuerdas, Laura? Esa tarde de agosto,

ese calor intenso, la pasión que rimabas,

nuestra tronera abierta recogiendo la brisa,

el sudor en tu espalda, en tus piernas ardientes.


El viento de levante, detenido en los rostros,

ahonda en el clamor

de una sonrisa triste sedienta de ternura;

resucito la risa cuando todo se pierde

y no quedan pañuelos para seguir llorando,

reivindico el amor ciego de Gelsomina

hacia lo que se mueve, respira y acompaña

este extraño vagar por las llagas confusas

en el mirar sin rumbo de los volatineros,

en el sentir errante que cruza sin destino.


El salitre que llega desde los espigones

aprisiona la piel que refugio no encuentra,

insiste en el dolor que no encuentra medida,

en la muerte que viene a esparcir su dominio

en la mísera arena donde vagan los pobres.


Esta paz que se muestra sin arte y con desvelo

hace que piense en ti, en tu amor militante,

en tu lucha sin tregua

por alcanzar la luna

que hiere tus cristales en el claro sombrío

de las olas que braman ante tu rostro intacto,

ante tu voz serena.


Abrigo la esperanza verde que me quitaste,

me enamoro del mar que se agita en tus ojos

y hace que me emocione siempre con tu misterio,

que abrace la canción dulce que me cantabas.


(Conversaciones con Laura)

A una ama de casa

 A Merche, ni siquiera la tenía en mente cuando escribí este poema, yo sé bien en quién pensaba, pero sé las razones por las que se lo dedico y que la mujer que me sirvió de inspiración, por una vez, no va a sentirse molesta por que le dedique a otra algo que he escrito para ella y la Sofía Loren de "Una jornada particular". Merche murió hace unos meses apenas, yo me encontraba en Madrid y me sentí muy triste, y sin poder asistir al entierro. Ella quiso en estos últimos años que me convirtiera en el ángel guardián de su hijo, pero ya sabéis, crecemos y las alas se pierden en el camino. Algo que supe hace apenas unos días vino a añadir una cierta amargura a mi tristeza.


Para adecuarlo al poema quisiera trasladar esta dedicatoria a cuando nos conocimos, hace treinta y tantos años, ella vivía, como siempre, para su marido y sus hijos, y no quiso nunca salir de ese error.


No sonríes cuando piensas en el cuerpo hermoso

dibujado más lejos cada día,

confundido por la belleza que surge de la sinceridad herida

de una gacela que sufre

por el esfuerzo, el dolor, y por la entrega.


Difuminadas las ansias de amor bajo los árboles

y el perfume de colonia

de la tarde de verano que selló tu despedida

del viento, las cometas, de los cables, del sueño.


Vuelve aquel miedo al vacío

que sentías tras su marcha,

aquel deseo de subir a la azotea,

de mirar los pájaros y el suelo al mismo tiempo

con el impulso irracional

de intentar alzar el vuelo

o estrellarte.


Estás sintiendo su presencia en el silencio de la siesta,

los pasos de los niños que regresan de la playa,

la huida de la poesía hacia una imagen de Ford,

las voces de los muertos, y estás

amando sin saber si pueden tomar tu corazón

para mostrar la oscilación de sus latidos,

un suspiro

embargado en el mundo que se te fue alejando

envía sus destellos como una estrella sin vida,

con aquellos sabores y aquellas plantas

que lloran en el exilio

de tu memoria enamorada de un artista adolescente,

con aquella gente que murió y no lo sabe,

con aquellos cines que cerraron, y se quedaron con tus besos

y esta sensación tan cierta

de que tienes que luchar forzadamente

para esbozar la sonrisa que antes te brotaba sin pensarlo,

y no sabes que serás siempre hermosa,

una muchacha deliciosa de cincuenta años

porque tu alma siempre estuvo

por encima de la cabeza.


***

cuando vivir era un pecado,

un cilicio sujeto a la ceniza posada en tu frente,

el estigma de un amor que nunca abandonó

las pulsaciones nerviosas de tu pecho

ni el bálsamo de luz que me turbaba en tu mirada.

(Playa de la Almadraba - Fragmento)


Sombras de la Bahía Sur


Esas desconocidas gigantes

que no hay libro que las aguante.

(Silvio Rodríguez)


¿Y si Dios, cómo creen muchos andaluces, fuera mujer?


Esas desconocidas gigantes

que no hay libro que las aguante.

(Silvio Rodríguez)

viernes, 4 de septiembre de 2026

Elegía urbana

 A Luigi Tenco

Estoy seguro de que ya nada ahogará mi rima,

durante años he llevado el silencio en la garganta

como el sacrificio de una deuda,

pero ha llegado el momento de cantarle

una elegía al pasado.

(Alda Merini - Versión: F. E. León)


La ciudad se ha ido alejando de la que conocimos,

las calles no parecen tener el mismo color

ni las mismas camisas ofrecidas al viento,

apenas quedan vidrieras en las que reflejar nuestras emociones

y nuestra añoranza de lo que nunca ocurrió,

caminamos entre las cenizas de un pensamiento

que no llegamos nunca a poseer,

entre árboles extraños que perdieron sus raíces

y ya no distinguen

las sombras de los geranios blancos

que reman lentas en la mirada del crepúsculo

de los estantes que arañan el antiguo resplandor

de la huella de Camus sobre los adoquines

plegada en el papel que nunca llegué a enviarte.


Unos besos atravesados que se ocultan en las ramas

de las arterias caídas que sufren las direcciones de los puentes

me recuerdan

que los amantes que fuimos se fueron a buscar otra espesura

cuya penetrante melancolía

se derrama en la urna oscura de los himnos elegíacos

que no encuentran unos labios para que vuelvan

a ser besados en la túnica abierta

de los paseos cenicientos que los sauces aroman,

para que puedan entonar en el pasado una palabra de amor

que ahogue un largo poema de resentimiento

en la tarde más triste

 adonde huía el invierno más cruel.