domingo, 9 de abril de 2017

La despedida.



...Ogni giorno la breve finestra
s'apre immobile all'aria che tace...
(Cesare Pavese)

...Cada día la breve ventana 
se abre, inmóvil, al aire que calla...
(Tr. José Agustín Goytisolo)


Al sentir tu voz ronca tan cerca de mi aliento, 
al saber que para siempre te alejabas 
supe que no había sitio para mí en esta calle, 
en este turbio hotel de pequeñas ventanas.

No me puedo alegrar de haber roto el silencio, 
el cielo azul celeste[1] oculto en tu mirada, 
el cabello alentado por los expresionistas 
no serían para mí que los reverenciaba. 




[1] Constance Dowling tenía los ojos color de avellana.

sábado, 8 de abril de 2017

Rubén Darío - Divagaciones




Mis ojos espantos han visto,
tal ha sido mi triste suerte;
cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte.

Hombre malvado y hombre listo
en mi enemigo se convierte;
cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte.

Desde que soy, desde que existo,
mi pobre alma armonías vierte.
Cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte.







         Tan agradecido a Bécquer como a Rosalía, Rubén Darío edificará monumentos imborrables con el recuerdo de ambos y el camino que mostraron, sobre todo, en sus últimos poemas, aquí y en otros de profundidad insondable se entrega sin medida, tal era su forma de ser, a la genial poeta gallega. Algunos de los poemas más hermosos y sentidos de nuestra lengua se deben a este desposorio poético que funde ambas almas de tal forma que no sabríamos qué poema pertenece a uno u otro si no fuera por la fecha, por la alusión al género o porque están firmados.

miércoles, 5 de abril de 2017

A Julio



Hoy estás frío
y me recuerdas aquella boca 
que quedó 
entre mis labios y el olvido; 
me miró 
aquella niña tan hermosa, 
mis ojos
desde entonces son heridos.

Hoy estás frío 
 como los ángeles de piedra, 
pero arde tu recuerdo
 en mi memoria, 
llorando una canción de primavera 
que me llevó hasta el mar
 en una ola.

Ray Davies - Days



         En el mundo anglosajón, tributario del germánico, el poeta, como conocedor de los misterios, es adorado, respetado y, quizás, como cualquier oficiante que sabe lo que a los demás no les está permitido, temido y odiado. 

          Ray Davies se encuentra en un mundo que no le pertenece pero sabe desentrañar con un espíritu crítico prodigioso, como Bowie o Lennon en sus momentos de lucidez. De joven causaba pavor a cualquier grupo social sobre el que proyectara el objetivo, ese era el suyo, hablar con ironía, incluso con sarcasmo del mundo  al que pertenecía y se regocijaba en la decadencia de sus propias costumbres. No voy a cambiar esta sociedad, parecía decirse a sí mismo, pero me moriré riéndome de su estúpida autocomplacencia. Ray Davies pasará a la historia por aquellos discos que publicó su grupo, The Kinks, en la segunda parte de la década de los 60 y los primeros años de los 70, los mejores conceptuales que se han grabado en la historia de la música popular, ni Revolver, ni Blonde on Blonde tienen tanta coherencia, una planificación aparente tan absorbente y metódica. Ray Davies en su mejor momento no se daba el mínimo respiro, podíamos hilar versos de distintas canciones creyendo que estaban perdidos en el mismo poema; eran tan parecidas y tan distintas las canciones.

           Days no es una canción que nos pondrían como ejemplo del genio creador de Davis, es simplemente una canción de amor agradecida cuando ya todo se ha perdido. Una rareza considerada entre los grandes logros del pop-rock. Aquí ya no es joven ni está acompañado por su grupo, pero es un momento mágico. En España no se respeta a los sacerdotes incluso entre los propios poetas y nunca lucieron estos días ni hubo sangre en el camino ni el flautista yacía en las puertas de la aurora, los españoles solemos equivocarnos con frecuencia y somos casi incorregibles.

martes, 4 de abril de 2017

Los puentes



Ya no sentirás vergüenza  de ser una chica triste,
ya no pensarás que has hecho algo malo
cuando tu amante se enfade
porque han bajado sus acciones o ha perdido en las carreras.

No agacharás la cabeza bajo los puentes inclinados
ante el recuerdo errático de tu amor
y la huida de las caricias,
no verás el acero envolviendo  los cristales
con las pinceladas borrosas de los edificios
en la lejanía de los crepúsculos que se apagan
donde tu corazón se desmorona
como la última lágrima
de una sirena que vaga
perdida en la corriente constante del Hudson.

Como las flores altas.





 Como las flores altas me llega tu mensaje,
tus notas son la lira
donde brota el recuerdo que acorta la distancia
de la noche a los claros y del canto al dolor.

Entre los aguaceros oscuros del otoño
te yergues y arrinconas del sueño la espesura,
iluminas y anhelas un arranque del aire
que abandone mi herida  y aprisione el amor.

Como la golondrina que no quiso exiliarse
de los tiempos dichosos
vuelas sola en la playa con la húmeda arena,
como la torre blanca
descuidada en sus muros que sigue en la colina
y no se rinde nunca
 comprendes las ruinas
de un templo devastado que guarda la belleza,
eres como esa barca sin velo que naufraga
y vive los vestigios entre aromas de mar
para cuando despierten los besos en la esquina
grabada con tu nombre,
eres esa esperanza que no aprendió a plegarse,
sigue abierto en tu alma un sentimiento limpio.

(17 de octubre de 2016)


Dejas en las arenas





Dejas en las arenas el rastro de un recuerdo 
que vibra acompasado
en la huella del alma plena que no se pierde
en revistas que llegan vestidas de fracaso,
ilusiones sin voz que gritan en el muro
donde esperas que vuelva mi nombre entre las piedras,
y dejas la distancia
de tu olvido a mi alcoba
con el reproche inquieto de una amante exiliada
que borda los deseos de juventud perdida
cuya camisa sigue latiendo en una llama.

Entre las flores nuevas que no supe enviarte,
entre los verdes trigos sigue firme la aurora
como un sueño de luz
que se adentra en la calma cuando llega tu imagen
de la playa a la orilla y alienta los deseos. 

Sigue abierta en tu rostro la primera sonrisa
entre el mar y los montes que cubren los paisajes,
entre pájaros tercos que cantan al mañana
y te llevan la espiga de un vuelo enmarañado
para tejer laureles
de un sentimiento antiguo.

Eres como los astros que ahogan el olvido,
como un árbol que llora la tristeza del mundo,
una sombra que siente
entre los espigones un  poema perdido
de asonancia sentida en tus labios de sal,
eres como ese faro que nunca encontró puerto
y busca sin descanso tu mirada en la luz
para sentir que muere el peso de una culpa,
entre libros gastados y un mástil desteñido
penetras en el vientre de una esperanza incierta
porque nunca te rindes ni niegas el pasado.

(17 de octubre de 2016)

lunes, 3 de abril de 2017

Carta a Laura - Mi abuela.


 

 Te escribo, Laura, en esta tarde de diciembre que se me escapa, porque encontré una fotografía de 1983. No pude evitar que el corazón se me inquietara, que volviera a aquel rostro profundo como si no lo hubiera conocido. He vuelto a nuestro patio aunque ya no exista, a pensar en la elegancia  que entonces sostenías y que aún me regalas como si fuera una imagen inalterable, a pensar en nuestros primeros años de casados que hubieran sido más dichosos con un poco de comprensión por parte de quienes nos rodeaban y se empeñaban en decirnos que nos estaban enseñando a conducirnos por la vida.  Pero ese empeño de nuestros mayores en que aprendiéramos de todo, incluso lo no aconsejable, hizo que acabáramos pensando como Groucho Marx acerca de la juventud. Hace mucho que se nos curó esa deliciosa enfermedad que nunca repite curso, que deja ebrio de resignación mal asimilada, cuyo recuerdo hace que nos miremos de reojo en el espejo.
    Nos casamos tan jóvenes, con respecto a lo que se estilaba ya en aquellos días, que estábamos más para ser educados que para educar, es cierto, pero había otras formas de mostrarlo, ya sé que puedes imaginar a que me refiero.
     En esa fotografía esa preciosa muchacha que aún duerme junto a mí no tenía más de veinte años y ya sabía lo duro que se habían vuelto nuestros mayores, víctimas del desarrollismo egoísta que los había desorientado y, en cierta forma, envilecido después de tantas carencias, si además te cogían en fuera de juego eran capaces de hacerte vivir la sensación de estar enfrente del pelotón de fusilamiento que apuntaba al coronel Aureliano Buendía; las palabras son dardos cuando se las utiliza en el momento justo que aflora la más acusada fragilidad, y es tan difícil ocultarla.
      Ahora soy un muchacho de cincuenta y cinco años, una vida y media me separa de esta fotografía en la que aparecen junto a nosotros muchas personas que nos siguen siendo queridas. Una de ellas, mi abuela, se fue en 1989, no recordaba haberla visto nunca en una iglesia, no era creyente y detestaba a las mujeres del barrio que iban todos los días a misa, las llamaba, con una carga peyorativa de profundidad, beatas. No eran dichosas aquellas mujeres que rezaban y no retenían ningún significado de cada oración, hablaban mal de los vecinos e iban vestidas de negro.

     Mi abuela, sin embargo, vestida también de luto riguroso desde el fallecimiento de mi tío Alejandro, encendía mariposas al pie de una urna de la Virgen del Carmen que pasaba de casa en casa escuchando prédicas y promesas. Ella decía siempre con irreprimible orgullo que su madre ayunaba desde el Jueves Santo de madrugada hasta el Sábado Santo por la tarde. Ella no tenía fe pero veía con buenos ojos que su madre la tuviera, la vida la trató de una forma despiadada, perdió a su madre y a su hijo pequeño de una manera demasiado cruel como para dirigirse al Dios al que se le pide que ponga pruebas como las de Abraham. De todas formas exigía a los que creían que lo hicieran con esas ganas de fustigarse de los peregrinos medievales más radicales con la visión del Valle de lágrimas que tenemos que atravesar para alcanzar el Paraíso. Como a Franco, el Concilio Vaticano II le había llegado sin enterarse de la apertura al mundo de la Iglesia y su conciliación con la alegría; no soportaba que los jóvenes del barrio cantaran acompañados de guitarras en el templo de Todos los Santos, tan pequeñito él y castigado en sus muros traseros por el mar en los temporales de levante tan frecuentes en nuestra tierra.

         Mi abuela no soportó nunca a la muchacha que se había casado conmigo, en realidad solo soportaba a mi madre que hacía un uso excesivo de su mal genio y severidad para criarnos, y a mi tío Gabriel, demasiado hombre de esos años que no fueron muy amables y, por extensión, a su mujer para que él no se enfadara por cualquier malentendido, eran tan susceptibles. Tenía una predilección especial por mí, supongo que por tres razones; porque hablaba muy fino, porque casi nunca estaba enfermo y porque siempre iba desaliñado.

                  Mi familia era con diferencia la menos desfavorecida entre la mayoría de los vecinos, yo quise identificarme con mis amigos de siempre, nunca supe ver lo que yo tenía y les faltaba a ellos. Sobra decir que los dueños de las fábricas conserveras, los de los bares, había hasta tres en veinte metros a la redonda, los tenderos y los delatores, dos familias en concreto, tuvieron antes que nosotros un televisor, un coche y todo lo demás.

         Mi abuela se marchó de entre nosotros un buen día durante el Tour que Perico perdió por despistarse en la etapa prólogo. A mí me siguió persiguiendo con saña hasta que la locura avanzara tanto que ya no era ella, me miraba y apenas me reconocía. Curioso fue que contigo  había hecho las paces desde que empezara a perder la cabeza, sobre todo al caer la tarde. Después de haber superado un ictus y con demencia senil, te pedía que fueras a cuidarla porque eras tierna y paciente con ella, le devolvías con rosas sus pretéritas espinas; si hay alguien que comprenda la vida sin paradojas y contradicciones que me lo diga, ya sabes la pasión que me arrebata cuando leo a Pasolini.

                  Para finalizar me gustaría aclarar que esta mujer, extraña, poseída por una suerte de espíritu  espartano de cuya exigencia e inflexibilidad era ella misma su víctima preferente; comía poco, solo salía para llevar flores al cementerio cada 15 días y visitar a su familia de Benzú un par de veces al año, apenas dormía, pasaba horas con las tareas domésticas, la única debilidad que le recuerdo era el estudio 1, especialmente cuando echaban una obra de los Álvarez Quintero, como te decía, esta mujer me ha dejado un legado impagable de la cultura popular y un sentido idealista y riguroso de la solidaridad entre los familiares, para castigar solo utilizaba la lengua, ni a mí ni a mis hermanos nos puso nunca una mano encima.

         Una cancioncilla que nos enseñó decía algo así;

El cura de Castillejos
le ha hecho un hijo a mi madre,
Dios bendiga a ese cura,
ya tengo un hermano fraile.

       Ya ves, Laura, cuando la nostalgia golpea nunca sabemos en donde podemos acabar. Me he embebido tanto  intentando desentrañar el misterio de mi abuela que casi se me olvidaba decirte que te quiero y que sigues siendo tan hermosa como siempre. Mas no puedo dejar de pensar en lo que te he ido contando, ahora que el tiempo nos empuja con su daga implacable siento que para vivir necesitamos mantener en la memoria la presencia de aquellos que pasaron.
 

(22 de diciembre de 2014)