sábado, 25 de mayo de 2019

Nocturno en la escollera 19 de mayo



Anochece en mi rostro cuando pasa la muchacha 
de ayer 
que apenas sonreía, 
que enviaba pétalos a los claveles del mañana 
enclavado en una estatua que guarda una sonrisa 
a pesar de los fusiles y las cadenas 
que no pueden llevarse el altar de los santos descreídos. 

Y en las esquinas 
me habla la muerte en una lengua que no entiendo, 
unos barcos de guerra
que hunden la soledad de las banderas rojas y amarillas
en la cumbre del fracaso de estos tiempos consumidos, 
el vacío de las redes pretenciosas 
cuando vuelvo a la calle
 adonde no pueden llegar las ondas 
que lloran en el Tobogán de la FM 
de Juan Carlos Narváez que no ha perdido lo pasado 
y sigue en su escotilla de Campanilla disfrazado
de los semáforos 
que cambian el rumbo de los motores desenfrenados, 
el sexo de las mariposas que se perdieron en la luna de tu espejo.

viernes, 24 de mayo de 2019

Hay que dar un sentido a la vida de los hombres

A Pascual, Pedro y Lluvia. Ellos y otros compañeros de Aires de libertad han hecho que aún me quede un hilo para seguir creyendo en el Hombre. Quizás pueda volver a volar en la cola del cometa.




Hay que dar un sentido a la vida de los hombres



Todos, bajo las palabras contradictorias, sentimos los mismos impulsos. La dignidad de los hombres, el pan de nuestros hermanos. Nos dividimos sobre métodos que son fruto de nuestros razonamientos, no sobre los objetivos. Y vamos a la guerra los unos contra los otros en la dirección de las mismas tierras prometidas.
Basta, para reconocerlo, con observarnos desde un poco lejos. Entonces se nos descubre en guerra contra nosotros mismos. Entonces, nuestras divisiones, nuestras luchas, nuestras afrentas son las de un mismo cuerpo que se contrae sobre sí mismo y se desgarra en la sangre del alumbramiento. Algo surgirá, que superará estas imágenes diversas, pero debemos apresurarnos en forjar la síntesis. Hay que ayudar a la liberación, no sea que nos arrastre a la muerte. No olvidéis que hoy la guerra se practica con los torpedos y el gas mostaza. La atención a la guerra ya no es confiada a una delegación de la nación que recoja los laureles sobre las fronteras y, a un precio más o menos oneroso, enriquezca, tengo que admitirlo, el patrimonio espiritual de un pueblo. Hoy día la guerra no es más que una cirugía de insecto que dirige sus picaduras a los ganglios del adversario. A partir de la declaración de una guerra, explotarán nuestras estaciones, nuestros puentes, nuestras fábricas. Nuestras ciudades asfixiadas esparcirán su población por los campos. Y, desde un primer momento, Europa1, un organismo con doscientos millones de hombres, habrá perdido su sistema nervioso, como quemado por un ácido, sus centros de control, sus glándulas reguladoras, sus conductos quilíferos, no constituirá más que un enorme cáncer y comenzará, in situ, a descomponerse. ¿Cómo alimentaréis a estos doscientos millones de hombres? Ellos no desenterrarán jamás bastantes raíces.
Cuando la contradicción se vuelve tan apremiante, hay que apresurarse para superarla. Pues nada somete a una necesidad que busca su expresión. Si encuentra, a falta de algo mejor, esta expresión en una ideología que conduce a la guerra2, no dudemos en absoluto; haremos la guerra. Podemos responder mejor que a través de la guerra a las necesidades que atormentan al hombre, pero es inútil negarlas. Podéis gritar vuestras razones por las que odiar la guerra a este oficial del Sur de Marruecos que conocí, del cual no me atrevo a dar el nombre, por temor a molestarle. Si no queda convencido, no le tratéis en absoluto como un bárbaro. Escuchad primero este recuerdo.
Él estaba al mando, durante la guerra del Rif, de un pequeño puesto situado en un rincón entre dos montañas disidentes. Una noche recibía a unos parlamentarios descendidos del macizo del Oeste. Bebían té, como es debido, cuando estalló un tiroteo. Las tribus del macizo del Este cargaban contra el puesto. Al capitán que se despedía de ellos para poder combatir, los parlamentarios enemigos le respondieron: " Hoy somos tus huéspedes, Dios no permite que te abandonemos..." Se unieron a sus hombres, salvaron el puesto y regresaron a su disidencia.
Pero la víspera del día que, a su vez, se preparan para atacar al capitán, he aquí que vuelven de nuevo.
"La otra noche, te ayudamos...
·         Es cierto.
·         Gastamos trescientos cartuchos por ti.
·         Es cierto.
·         Lo justo sería que nos los devolvieras.
Y el capitán, gran señor, no puede aprovecharse de una ventaja que menoscabaría su nobleza. Les devuelve los cartuchos por los que quizás llegue a morir.
La verdad, para el hombre, es lo que hace de él un hombre. Cuando aquel que ha conocido esta altura en las relaciones, esta lealtad en el juego, este don mutuo de una consideración que compromete la vida, compara esta expansión, que le fue permitida, con la mediocre calidad del demagogo que habría expresado su fraternidad a los propios árabes con grandes palmadas en la espalda, que, quizás, habría halagado al individuo, pero humillado al hombre que hay en él, aquel no sentirá hacia vosotros, si le censuráis, más que una piedad un poco despectiva. Y tendrá razón.
No intentéis explicar a un tal Mermoz que desciende la vertiente chilena de los Andes, con su victoria en el corazón, que se ha equivocado, que una carta, quizás de un vendedor, no valía el riesgo de su vida. Mermoz se reirá de vosotros. La verdad es el hombre que nació en él cuando atravesaba los Andes.
Y si el alemán, hoy, está preparado para derramar su sangre por Hitler, entonces comprended que es inútil contradecir a Hitler. Esto es porque el alemán encuentra en Hitler la ocasión de entusiasmarse y de ofrecer su vida, pues para este alemán, todo esto es grande. ¿No comprendéis que la potencia de un movimiento reposa en el hombre al que libera?
¿No comprendéis que su don, el riesgo, la fidelidad hasta la muerte, son ejercicios que contribuyeron de sobras a crear la nobleza del hombre? Cuando buscáis un modelo que proponer, descubrís al piloto que se sacrifica por su correo, al médico que muere en el frente de las epidemias, al meharista3 que, a la cabeza de su pelotón moro, se hunde en la indigencia y la soledad. Algunos mueren cada año. ¿Incluso si su sacrificio es en apariencia inútil, creéis que no ha servido para nada? Han marcado en primer lugar una bella imagen en la pasta virgen que somos, han sembrado en la conciencia del niño pequeño mecido por los cuentos surgidos de sus gestas. Nada se pierde y hasta el monasterio encerrado entre muros resplandece.
¿No comprendéis que, en alguna parte, hemos tomado el camino equivocado? La termitera humana es más rica que antes, disponemos de más bienes y ocio, y, sin embargo, nos falta algo esencial que no sabemos definir. Nos sentimos menos hombres, hemos perdido en alguna parte las prerrogativas misteriosas.
He criado gacelas en Juby4. Todos allí hemos criado gacelas. Las encerrábamos en una finca de enrejado, al aire libre, pues a las gacelas les hace falta el agua corriente de los vientos, y nada es tan frágil como ellas. Capturadas jóvenes, sobreviven sin embargo y comen de vuestra mano. Se dejan acariciar y hunden su hocico húmedo en el hueco de la palma. Se las cree domesticadas. Se cree haberlas protegido de la pena desconocida que apaga sin ruido a las gacelas, y les provoca la muerte más tierna. Pero llega el día en que las encontráis, presionando con sus pequeños cuernos el cercado, en dirección al desierto. Están imantadas. Ellas no saben que os huyen; la leche que le lleváis, vienen a beberla, se dejan todavía acariciar, hunden con más ternura todavía el hocico en vuestra palma…Pero, apenas las soltáis, descubrís que después de un aparente galope dichoso vuelven de nuevo contra el enrejado. Y, si no intervenís más, permanecen allí, incluso sin intentar luchar contra la barrera, apoyándose simplemente contra ella, la nuca baja, con sus pequeños cuernos, hasta morir. ¿Es la temporada de celo, o la simple necesidad de un galope largo hasta perder el aliento? Ellas lo ignoran. Sus ojos no estaban aún abiertos cuando las capturasteis. No saben nada de la libertad en las arenas, ni del olor del macho. Pero sois más inteligentes que ellas. Sabéis lo que buscan, es la extensión la que las colmará. Quieren ser gacelas y bailar su danza. A ciento treinta kilómetros por hora, quieren conocer la fuga rectilínea, cortada por bruscos brincos, como si, aquí y allá, las llamas escaparan de la arena. ¡Poco importan los chacales, si la verdad de las gacelas es saborear el miedo que solo las obliga a superarse, y provoca en ellas las más altas acrobacias! Qué importa el león si la verdad de las gacelas es yacer abiertas por un golpe de garras bajo el sol. Las miráis y pensáis: aquí están presas de la nostalgia... La nostalgia, es el deseo de no se sabe qué. Existe el objeto del deseo pero no hay palabras para decirlo5.
¿Y a nosotros, qué nos falta?
¿Cuáles son los espacios que pedimos que se nos abran? Buscamos liberarnos de los muros de una prisión que se espesa a nuestro alrededor. Se pensaba que, para crecer, bastaba con vestirnos, alimentarnos, responder a todas nuestras necesidades. Poco a poco crearon en nosotros al pequeño burgués de Courteline, al político de pueblo, al técnico cerrado a toda la vida interior. Se nos instruye, me responderéis, se nos ilustra, se nos enriquece mejor que antes con las conquistas de nuestra razón. Pero se hace una pobre idea de la cultura del espíritu aquel que cree que ella se basa en el conocimiento de fórmulas, en el recuerdo de resultados adquiridos6. El mediocre que ha quedado el último en la Politécnica sabe más sobre la naturaleza y sobre sus leyes que Descartes, Pascal y Newton. Sin embargo se muestra incapaz de lograr uno solo de los planteamientos de los que fueron capaces Descartes, Pascal y Newton. A estos se les cultivó primero. Pascal, ante todo, es un estilo. Newton, ante todo, un hombre. Se hizo espejo del universo. La manzana madura que cae en un prado, las estrellas de la noche de julio, él escuchó que hablaban la misma lengua. La ciencia, para él, era la vida.
He aquí que descubrimos con sorpresa que hay condiciones misteriosas que nos fertilizan. Unidos a los otros por un objetivo común y que se sitúa fuera de nosotros, solamente entonces respiramos. Nosotros, los hijos de la era de la comodidad, sentimos un inexplicable bienestar al compartir nuestros últimos víveres en el desierto. A todos aquellos entre nosotros que han conocido la gran alegría de las reparaciones en el Sahara, cualquier otro placer les pareció insignificante.
Por lo tanto, no os asombréis. Aquel que no sospechaba nada del desconocido que dormía en él, pero le ha sentido despertarse, una vez, en un sótano de anarquistas, en Barcelona, a causa del sacrificio de la vida, de la solidaridad, de una imagen rígida de la justicia, no conocerá más que una verdad: la verdad de los anarquistas. Y aquel que haya una vez montado guardia para proteger a una comunidad de monjitas arrodilladas, aterrorizadas, en los monasterios de España, morirá por la Iglesia de España.
Queremos ser liberados. Quien da un golpe de pico quiere encontrar un sentido a su golpe. Y el golpe de pico del recluso apenas se parece al del minero que engrandece a quien lo da. La cárcel no reside allí donde se dan los golpes de pico. No hay apenas horror material. La cárcel reside allí donde se dan los golpes de pico que no tienen apenas sentido, que no conectan a quien los da con la comunidad de los hombres7.
Y nosotros queremos evadirnos de la cárcel.
Hay doscientos millones de hombres en Europa que no encuentran sentido y querrían nacer. La industria les ha arrancado el lenguaje de las estirpes campesinas y les ha encerrado en guetos enormes que parecen estaciones de mercancías llenas de trenes con vagones negros. Desde el fondo de las ciudades obreras, ellos querrían ser despertados.
Hay otros, atrapados en el engranaje de todos los oficios, en los cuales les están prohibidas las alegrías de Mermoz, las alegrías religiosas, las alegrías del sabio, que también querrían nacer.
Ciertamente se les puede animar vistiéndoles de uniforme. Entonces cantarán sus cánticos de guerra y compartirán su pan entre camaradas8. Habrán encontrado lo que buscan, el gusto de lo universal. Pero, por el pan que se les ofrece, van a morir.
Se puede desenterrar los ídolos de madera y resucitar las viejas lenguas que han pasado, mal que bien, su prueba, se puede resucitar la mística del pangermanismo, o del imperio romano. Se puede embriagar a los alemanes de la ebriedad de ser alemanes y compatriotas de Beethoven. Hasta se puede halagar en exceso a un fogonero9. Ciertamente es más fácil que sacar de un fogonero a un Beethoven. Pero estos ídolos demagógicos son unos ídolos carnívoros. Quien muere por el progreso de los conocimientos o la cura de las enfermedades sirve a la vida al mismo tiempo que muere. Es bello morir por la expansión de Alemania, de Italia o de Japón pero el adversario no es entonces esta ecuación que se resiste a la integración, ni el cáncer que aguanta el suero, el enemigo es el hombre de al lado. Es necesario afrontarlo, pero hoy no se trata ya de vencerlo. Cada uno se instala al abrigo de un muro de cemento. Cada uno, a falta de algo mejor, lanza, noche tras noche, unas escuadrillas que torpedean al otro en sus entrañas. La victoria es para quien se descomponga el último, mirad España; los dos adversarios se pudren juntos.
¿Qué nos hacía falta para nacer a la vida? Darnos. Sentimos oscuramente que el hombre no puede comulgar con el hombre sino a través de una misma imagen. Los pilotos se reencuentran si luchan por el mismo correo. Los hitlerianos si se sacrifican por el propio Hitler. La cordada de escaladores si tiende hacia la misma cima. Los hombres no se unen si se abordan directamente los unos a los otros, pero sí cuando se fusionan en el mismo dios. Teníamos sed, en un mundo convertido en un desierto, de encontrar camaradas: el placer del pan compartido entre camaradas nos hizo aceptar los valores de la guerra. Pero no necesitamos la guerra para encontrar el calor de los hombros vecinos en una carrera hacia la misma meta. La guerra nos engaña. El odio no añade nada a la exaltación de la carrera.
Puesto que es suficiente, para liberarnos, con ayudarnos a tomar conciencia de un objetivo que nos vincule a los unos con los otros, mejor buscarlo en lo universal. El cirujano que pasa visita no escucha las quejas de aquel a quien ausculta: a través de éste ve al hombre a quien intenta curar. El cirujano habla en lenguaje universal. Con su pulso firme, el piloto de línea aplasta los remolinos y es un trabajo de forzado. Pero, luchando, sirve a las relaciones humanas. La potencia de este pulso acerca los unos a los otros entre aquellos que se amaban y buscaban reunirse: este piloto entra también en lo universal. Y el simple pastor que cuida sus ovejas bajo las estrellas, si toma conciencia de su papel, se destapa como más que un pastor. Es un centinela. Y cada centinela es responsable de todo el Imperio.
Para qué engañar al fogonero empujándole, en nombre de Beethoven, contra el hombre de al lado. Qué engaño, cuando, sobre el mismo territorio, se encarcela a Beethoven en un campo de concentración, si no piensa como el fogonero. El objetivo para este debe ser crecer y hablar un día, como Beethoven, un lenguaje universal.
Si tendemos hacia esta conciencia del Universo, volveremos a entrar en el propio destino del hombre. Solo lo ignoran los comerciantes que se instalan tranquilamente en la ribera y no ven pasar el río. Pero el mundo evoluciona. De una lava en fusión, de una masa de estrella, nació la vida. Poco a poco, nos hemos elevado hasta escribir cantatas y medir nebulosas. Y el comisario, bajo los obuses, sabe que la génesis no está terminada en absoluto y que debe proseguir su elevación. Es hacia la conciencia que la vida camina. La masa de estrella alimenta y forma lentamente su flor más alta.
Pero ya es grande este pastor que se descubre centinela.
Cuando marchemos en la buena dirección, esa que habíamos tomado desde el principio, despertándonos de la arcilla, solamente entonces seremos felices. Entonces podremos vivir en paz, pues lo que da sentido a la vida da sentido a la muerte.
Es tan dulce la sombra del cementerio provenzal, cuando el viejo campesino, al final de su reino, entrega a sus hijos su lote de cabras y olivares, para que ellos, a su vez, lo transmitan a los hijos de sus hijos. No se muere más que a medias en un linaje campesino. Cada existencia, a su turno, se rompe como una vaina y esparce sus granos.
Estuve, una vez, con tres campesinos, en el lecho de muerte de su madre. Y, ciertamente, era doloroso. Por segunda vez era cortado el cordón umbilical. Por segunda vez se rompía el nudo que une a una generación con otra. Esos tres hijos se sorprendían solos, teniendo que aprenderlo todo, privados de una mesa familiar donde juntarse los días de fiesta, privados del polo en el que todos ellos se reunían. Pero yo descubría también, en esta ruptura, la vida ofrecida por una segunda vez. Estos hijos, ellos también, a su vez, serían cabeza de linaje, puntos de reunión y patriarcas hasta el momento en que pasaran, a su vez, el mando a esa camada de pequeños que jugaban en el patio.
Yo miraba a la madre, esta vieja paisana de rostro calmo y de piedra, con los labios apretados, ese rostro tornado en una máscara pétrea . Y lo reconocía en el rostro de los hijos. Esa máscara había servido para imprimir la de ellos. Ese cuerpo había servido para imprimir sus cuerpos, esos cuerpos hermosos de hombres que se mantenían erguidos como árboles. Y ahora ella reposaba rota, pero como una rica corteza a la que se le ha sacado el fruto. A su vez, hijos e hijas, de su carne, imprimirían pequeños hombres. No se moría en la granja. ¡La madre había muerto, viva la madre!
        Dolorosa, sí, pero muy sencilla esta imagen del linaje que abandona uno a uno, en su camino, sus bellos despojos de cabellos blancos yendo hacia no sé qué verdad, a través de sus metamorfosis.





jueves, 23 de mayo de 2019

Nocturno en las Palmeras


1


¿(Puedes decirme dónde yace mi país?
Peter Gabriel)

 Yo sé bien que esta noche
desangelada y fría
me llevará a la sombra
de la calle que llueve
y toma por sorpresa algún coche extraviado
entre los focos blancos de una eterna sonrisa
que se quedó en mis labios un 30 de febrero
mientras hurgo en tu aurora,
 en la senda grisácea de los viejos retratos
en la caricia ausente
que pueda acompañarme,
que sabe quién no soy, quién vive con mi gesto
y despierta en la mano que no quiere abrigarme,
que ya no me conoce.

***   ***   ***


2
[1] Paul McCartney: ¡Oh, mira a toda
esa gente...
que está sola¡

 Yo sé muy bien que entonces
inundará mi rostro
el vendaval errático que sufre tu agonía,
que regaré la calle con la lluvia ligera
que empieza a concentrarse entre los adoquines
y rodea las almas quietas de las farolas,
que escribiré canciones al amor
y a la muerte
porque tienen el mismo misterio que la voz
que se mira en el nombre que muere en tus ojos,
caminaré sin sombra entre los soportales
que acojan solitarios
amantes que conversan
sobre el busto de barro de una enfermera enferma
que escribe en sus pupilas
los pétalos de plástico
de la vía desierta que suena como un bajo
con las cuerdas cambiadas
que arrastra las cancelas y cobra algún calor.

Te diré que te quiero;
nunca llegó el olvido

al corazón que aguarda y no tiene esperanza.

Las palmeras mojadas, mecidas por el viento
parecen detener la angustia del instante
de la muerte que vive más cerca de la barca
anclada de tu alma que cruza la bahía
mientras los pechos
caídos
se yerguen para siempre…
y pensaré de nuevo en Eleanor Rigby,

Ah look at all the lonely people!


[1] Paul McCartney: ¡Oh, mira a toda esa solitaria!
(1985 - Poema de la tristeza)
                 Intento centrarme en lo que siento, en lo que pienso. Extraer lo bueno que haya llegado a mí aunque no me lo hayan querido dar. Sé que hay personas que escriben para un tiempo, un espacio, unas circunstancias concretas y quienes lo hacemos buscando un ideal, aunque esté impregnado de realismo, que refleje algo que sea representativo siempre aunque, por ello mismo, corra el riesgo de no serlo nunca. Creo que tengo muchas razones para disfrutar cuando escribo, sé que puedo tomar varios caminos y encuentro en todos ellos razones que me hagan pensar que es el mío. Pero nada de ello es tan importante como tú. En ti encuentro esa fuerza que me hace afrontar el reto de buscar un verso luminoso entre las sombras cuando pienso que el poema está perdido. Me gustaría quererte menos y amarte más, pienso que no te desearía tanto pero sería como si me volviera a enamorar de nuevo cada día, quizás sufriría más pero sería por amor. Que quisieras morir por mí no tendría apenas importancia, me has demostrado siempre que lo harías aunque no fuera necesario, pero  ya no  puedo soportar que te lleves cada noche mi sonrisa. No es culpa mía que tenga estas ansias de vivir desesperadas.

(Conversaciones con Laura . 8 de abril de 2019)]


***

[1] Paul McCartney: ¡Oh, mira a toda
esa gente...
que está sola¡


 Yo sé bien que esta noche
desangelada y fría
me llevará a la sombra
de la calle que llueve
y toma por sorpresa algún coche extraviado
entre los focos blancos de una eterna sonrisa
que se quedó en mis labios un 30 de febrero
mientras hurgo en tu aurora,
 en la senda grisácea de los viejos retratos
en la caricia ausente
que pueda acompañarme,
que sabe quién no soy, quién vive con mi pelo
y despierta en la mano que no quiere abrigarme,
que ya no me conoce.
***   ***   ***

Yo sé muy bien que entonces
inundará mi rostro
el vendaval errático que sufre tu agonía,
que regaré la calle con la lluvia ligera
que empieza a concentrarse entre los adoquines
y rodea las almas quietas de las farolas,
que escribiré canciones al amor
y a la muerte
porque tienen el mismo misterio que la voz
que se mira en el nombre que muere en tus ojos,
caminaré sin sombra entre los soportales
que acojan solitarios
amantes que conversan
sobre el busto de barro de una enfermera enferma
que escribe en sus pupilas
los pétalos de plástico
de la vía desierta que suena como un bajo
con las cuerdas cambiadas
que arrastra las cancelas y cobra algún calor.

Te diré que te quiero;
nunca llegó el olvido

al corazón que aguarda y no tiene esperanza.

Las palmeras mojadas, mecidas por el viento
parecen detener la angustia del instante
de la muerte que vive más cerca de la barca
anclada de tu alma que cruza la bahía
mientras los pechos
caídos
se yerguen para siempre…

y pensaré de nuevo en Eleanor Rigby,

Ah look at all the lonely people!


[1] Paul McCartney: ¡Oh, mira a toda esa solitaria!
(1985 - Poema de la tristeza)
Intento centrarme en lo que siento, en lo que pienso. Extraer lo bueno que haya llegado a mí aunque no me lo hayan querido dar. Sé que hay personas que escriben para un tiempo, un espacio, unas circunstancias concretas y quienes lo hacemos buscando un ideal, aunque esté impregnado de realismo, que refleje algo que sea representativo siempre aunque, por ello mismo, corra el riesgo de no serlo nunca. Creo que tengo muchas razones para disfrutar cuando escribo, sé que puedo tomar varios caminos y encuentro en todos ellos razones que me hagan pensar que es el mío. Pero nada de ello es tan importante como tú. En ti encuentro esa fuerza que me hace afrontar el reto de buscar un verso luminoso entre las sombras cuando pienso que el poema está perdido. Me gustaría quererte menos y amarte más, pienso que no te desearía tanto pero sería como si me volviera a enamorar de nuevo cada día, quizás sufriría más pero sería por amor. Que quisieras morir por mí no tendría apenas importancia, me has demostrado siempre que lo harías aunque no fuera necesario, pero  ya no  puedo soportar que te lleves cada noche mi sonrisa. No es culpa mía que tenga estas ansias de vivir desesperadas.

(Conversaciones con Laura . 8 de abril de 2019)]


Versión Aires

[1] Paul McCartney: ¡Oh, mira a toda
esa gente
que está sola¡
   

                   
                                                                                                                                                                                                                   
                                                                                                                                                                                                                   
           Yo sé bien que esta noche
desangelada y fría
me llevará a la sombra de la calle que llueve
y toma por sorpresa algún coche extraviado
entre los focos blancos de una eterna promesa
mientras busco en la senda de los viejos retratos
una mirada tuya que pueda acompañarme
que sabe quien no soy y ya no me conoce.

Yo sé muy bien que entonces inundará mi rostro
el vendaval errático que sufre tu agonía
y cruzaré la calle con la lluvia ligera
que empiece a concentrarse sobre los adoquines
a rodear las almas quietas de las farolas,
y escribiré canciones al amor y a la muerte
porque tienen la misma voz
cuando se miran en tus ojos,
caminaré sin sombra entre los soportales
que acojan solitarios amantes que conversen
sobre los adoquines que escriben en sus costillas
y la vía desierta que cobrará algún calor.

Te diré que te quiero; nunca llegó el olvido
al corazón que espera y no tiene esperanza.

Las palmeras mojadas, mecidas por el viento
parecen detener la angustia de un instante
y la muerte estará más cerca se la barca
anclada de tu alma que cruza la bahía,
y los pechos caídos se erguirán para siempre

y pensaré de nuevo en Eleanor Rigby,

Ah look at all the lonely people!


[1] Paul McCartney: ¡Oh, mira a toda esa solitaria!
(1985 - Poema de la tristeza)
Intento centrarme en lo que siento, en lo que pienso. Extraer lo bueno que haya llegado a mí aunque no me lo hayan querido dar. Sé que hay personas que escriben para un tiempo, un espacio, unas circunstancias concretas y quienes lo hacemos buscando un ideal, aunque esté impregnado de realismo, que refleje algo que sea representativo siempre aunque, por ello mismo, corra el riesgo de no serlo nunca. Creo que tengo muchas razones para disfrutar cuando escribo, sé que puedo tomar varios caminos y encuentro en todos ellos razones que me hagan pensar que es el mío. Pero nada de ello es tan importante como tú. En ti encuentro esa fuerza que me hace afrontar el reto de buscar un verso luminoso entre las sombras cuando pienso que el poema está perdido. Me gustaría quererte menos y amarte más, pienso que no te desearía tanto pero sería como si me volviera a enamorar de nuevo cada día, quizás sufriría más pero sería por amor. Que quisieras morir por mí no tendría apenas importancia, me has demostrado siempre que lo harías aunque no fuera necesario, pero  ya no  puedo soportar que te lleves cada noche mi sonrisa. No es culpa mía que tenga estas ansias de vivir desesperadas.

(Conversaciones con Laura . 8 de abril de 2019)]


Última edición por F. Enrique el Vie Mayo 17, 2019 9:51 am, editado 4 veces







domingo, 19 de mayo de 2019

Fotografía - 1964

 A Miguel Aurelio en el Barrio La Viña 1987.






Pavese vuelve a morir cada vez que te miro y no me encuentro
como un lobo enjaulado.
Es agosto y esta ciudad se ha llevado el rumor del río.
Nietszche vuelve a vivir en tu locura.
(Conversaciones con Laura - Turín, 18 de mayo de 2019)




1



Estás ahí, en ese trozo de papel borrado
que ya no habla de cambios 
y de justicia
en los tugurios donde la bruma se detiene,
estás en mis brazos cuando duermes
con el deseo de amarte por encima de las hojas
y de la muerte 
cuando respiras en mis labios,
con mi sombrero azul de fieltro en mis rodillas, 
caminas por el nácar de un negativo borroso
como la nube de polvo que mecía 
every morning your pillow with my hand
y el vestigio de una plegaria perseguida
por la virgen sin luz
 de la capilla cerrada
que de sangre perdía el clavel del Mentidero.

2

 El poema manchado de tu silla
y el vino de la noche
descienden a tu rostro de sirena oprimida
por el vuelo nervioso de una alondra
que no pliega las alas y emprende otro camino
como un hueco en el salón
que golpea en las ramas de una puerta
porosa, 
                 ebria, 
torpe, 
atormentada
como la juventud que no fue nuestra 
y llora
cada vez que me asomo a la baranda de tus labios,
al amargor de los helechos
de un niño ciego amortajado por el amor
que no supo quererme cuando llegó la noche larga.



(Memorias de Hydra) 

sábado, 18 de mayo de 2019

El libro de los sueños

Ya no me asustan las cuencas 
vacías llenas de sangre de mi padre dormido,
no hiere mi soledad 
haber pecado cuando lo hice por amor,
soñé que Dios era un pensamiento 
que me había soñado,
no quiero que despierte
para seguir viviendo contigo
aunque sea una mentira a la que queremos aferrarnos,
vivir es un milagro, 
pensar en tantos planetas desiertos
nos que nos representa con fiereza
en la piedra de nuestra soledad,
nuestra indefensión infinita ante el firmamento
eterna ante el comienzo inexplicable de la muerte
y pensar que Dios pudo nacer un día
y un día podrá morir atragantado 
por las campanas
del tormento que repica en su omnisciencia..

(17 de mayo de 2019)

Ya no me asustan las cuencas vacías
llenas de sangre del viejo pesacador dormido
que agita el Ventolín contra tu pecho,
no hiere mi soledad 
haber pecado por amor,
sentí que Dios era un sueño
que me había creado;
ya no quiero que despierte
para seguir viviendo en tu ventisca,
aunque sea una mentira 
a la que queramos aferrarnos
para gritar que fuimos un momento
en el corazón de las tinieblas.
vivir es un milagro, 
pensar en tantos planetas desiertos
nos que nos representa con fiereza
en la piedra de nuestra soledad,
nuestra indefensión infinita ante el firmamento
eterna ante el comienzo inexplicable de la muerte
y pensar que Dios pudo nacer un día
y un día podrá morir atragantado 
por las campanas
del tormento que repica en su omnisciencia..

(17 de mayo de 2019)

Nocturnos (13 de abril de 2019)

Es muy probable que la tristeza lleve a la inseguridad y al miedo, que muchas veces poco hay más devastador que querer saber con una cierta precisión lo que estamos sintiendo en un momento determinado, y los hombres lloramos y, sin embargo, encontramos motivos para pensar que las cosas podrían haber ido peor. Es evidente, Laura, que llevaré la razón en algunas cosas y en otras no, ¿hasta qué punto puede eso tener importancia? Era un trance que había que pasar y era aconsejable vivirlo, en esos momentos todos decimos cosas distintas y más profundas, todos pensamos en el sentido de la vida, deseamos creer en la eternidad y nos aferramos a lo que hubo de ella en un recuerdo.


***   ***   ***


Estoy mucho más cerca de Marilyn que de Pavese, Pilar. Ahora mismo no recuerdo ni una sola vez que haya dejado de salir a la calle por estar escribiendo un poema, la razón de ello la desconozco. Siendo diestro cerrado se me ha hecho sentir como si fuera zurdo. He escrito varios poemas de Marilyn con una diferencia temporal considerable, es como volver a lo mismo con una perspectiva diferente. En este tipo de cosas se juega con un margen de error amplísimo. Creo que el desencanto y la introspección, la angustia por no encontrar sentido a la vida de aquellos poetas anónimos de los 50 posibilitaron la gran poesía estadounidense de una década después.

(Cartas sueltas - A Pilar - 1 de mayo de 2019)




Vives en el recuerdo, dorada luz de amor,
en otro tiempo vivías y escuchamos a los ángeles
gritar tu melodía,
y brillaba tu juventud, perdida entre los muertos.

Hoy la vida es triste pues me falta la mirada
del ruiseñor que resiste entre las sombras
de nuestro resplandor altivo
y como un niño que aún no sabe
hablar digo tu nombre, Diotima querida.

(Friedrich Hölderlin - F.E. León)


1

Sigo donde estaba después de atravesar
la encrucijada
densa y plomiza de la tarde
que no habla, nunca espera
y cierra su cortina frágil de luz en el ocaso,
después de agrietar las linternas cansadas
de la niebla nocturna
en los mares perseguidos
que resisten en mi alcoba,
que naufragan en los mitos de la infancia,
que nunca besaron el puerto de mis dudas,
la lengua de mis remordimientos
cuando penetraba en el delirio verde
de unos soles añorados, en las pupilas
de una esperanza ansiosa
que relincha en silencio de una lidia
marchita que respira en un vívido recuerdo,
en los hospitales de los rostros y la calma.

1


Cartas para rezar

Somos dos almas sueltas por distintos caminos
que han olvidado encontrarse
que ya no se conocen.
(Peter Pan - julio de 1974)


Cartas para rezar, rogar y enternecernos
con la palabra humilde
perdida en una estrella,
¡oh libertad sin luz, de amor tibio y ausente
que reposa en el cuarto del niño que velamos!

No vino la verdad. El coraje, la fuerza
recorren los delirios
de amor que no vivimos,
los versos que abrigamos con una hoja inerte.

Somos almas sin fecha danzando en los estanques
que no quieren dejar huella de nuestro signo
ni levantar sospecha de nuestras esperanzas
en espejos que hieren los surcos de una herida,
en cristales fingidos que traspasan las venas
de voces que no hablan,
y seguimos jugando sin decir quiénes somos,
sin querer arriesgar a perder lo perdido
en la larga partida sin mano con la muerte.

2



Siempre arrastré las llagas de tu culpa
y lloré por las cartas que no quise leer,
por las llamadas
que no quise escuchar
mientras me acorralaba tu presencia y tu vestido
en una sala oscura que nunca frecuentaste
y me miraba como si fuera un hijo de las sombras,
lloré por el rechazo
que ahondaba en mis venas
de todo lo que me llegaba de ti en esos días.

3



Regresé de la muerte para hablarle a la soledad
y sentir en su desierto
el miedo y el aullido de los profetas olvidados.

Las islas emergían 
entre los edificios derruidos
de una ciudad antigua que no podía acogerme
sin tus brazos, tu recuerdo, tu esperanza,
escribí palabras de amor en el corazón del puente
que no quería llevar tu nombre
y no esperaba a nadie entre la gente solitaria
que duerme donde la calle no encuentra otro camino,
sufrí en los lugares que tuvieron nuestra risa,
en el desapego que sentiste 
por tu propia imagen en mi desvelo,
por las ideas que ya no cultivabas en el jardín 
erigido por las ramas de mi fragilidad y mis temblores,
por la memoria de la niña que jugaba 
entre mis notas y el olvido,
que ya no conoce 
el rumor de las hojas y los veneros,
ya no mira el interior de la colina, 
no se entrega a la mar
no pliega la vela del rencor y no vuelve a tu rostro.

***   ***   ***

Dejé la bebida y las mujeres en 1969. Fueron los peores 20 minutos de mi vida.
(George Best - Su reacción ante el descarado y sonrojante playback de Ana; es para matarla...   a polvos, aunque sé que moriría de sed teniendo los cántaros tan a mano. Los polvos por escrito no llegan; se convierten en polvo por el camino (Recordando una cita de Kafka)) Creía que era bueno en la cama y me demostraste que era un prodigio en el sofá.

(Conversaciones con Laura - mayo 2019)


Supongo que estoy alcanzando la madurez como artista, pero nunca se sabe si puedes retroceder. Estoy en una isla, sé que nunca podré sacar nada de todo esto y empieza a no importarme, sé que escribo poemas en los que intento reflejar sentimientos verdaderos, sensaciones perdurables. No sé lo que me empuja, si me agrada o no que me digan que soy poeta; cualquiera dice que lo es. Tengo que pensar que, quizás, nunca tenga alguna paz para poder dar forma a mis sentimientos, no es fácil sintetizar situaciones complejas, me gustaría tanto que mi redención llegara a través de ti y no a través de la poesía.

Pero es posible que nunca vuelvas, que no quieras volver y que yo sienta durante siglos la soledad de ser diferente y de tenerte aunque no seas mía. Ya no quiero hacerte daño, miro mi realidad, desde la subjetividad inevitable, para escribir. Tengo la tortura de que se me abren muchos caminos en el mismo momento y sé que, para cada uno, debo elegir uno solo aunque sea por intuición o por azar. Quizás insista en esto porque es mi destino, que quepa la posibilidad de que yo no lo haya elegido, nunca habría pensado que escribir fuera tan duro, pienso en los puertos, en lo que queda de etapa, en el sol que descarga toda su ira sobre el asfalto; me gustaría entregarte un ramo de flores que certificara mi derrota en estos días difíciles, que mi padre me explicara con detalles la muerte de su pequeño primo. Cuando me lo contó se me vino a la mente un compañero de clase del padre de Maccanti cuyo sudario fue cubierto con helechos, también pensé en la gitanilla de ojos verdes que murió unos días después de que la atropellara un coche. Supongo que todo esto se me refleja en los ojos como un velo oscuro que no me puedo quitar porque sé que no marchan bien las cosas, pero no porque me sienta culpable, solo he sido malo contigo, teniendo en cuenta lo que se me ha dado no he sido un mal hijo, las pocas veces que he ido a la casa de la Almadraba era un cilicio, es verdad que más duro cuando lo presentía, que una vez allí se me hacía más llevadero aunque irme era una liberación.

Sé que nadie me puede ayudar más que tú como hombre y como poeta, sé que no puedo exigirte que lo hagas. Estoy escribiéndote, intentando a través de ello crear un vínculo, no tengo una idea constante sobre nada, solo te digo lo que voy sintiendo, como veo las cosas ahora mismo. Tú tienes una visión sólida de tu interior, tu sabes quién eres y lo que buscas, puede que yo no sea uno, pero te aseguro que todos aquellos que viven en mí quieren estar  solo contigo.


(Conversaciones con Laura - 13 de abril de 2019)