Brel nunca grabó Amsterdam en estudio, la p4eparó expresamente para una nueva cita de las muchas que tuvo con el Olympia, creo que en 1964, cuando ni Johnny Hallyday en su esplendor ni Marlene Dietrich en el capítulo final de su leyenda podían discutirle la monarquía absoluta del auditorio parisino a este republicano descreído, fiel a las convicciones que se habían forjado en sus propias experiencias desde la soledad del anonimato hasta alcanzar una cumbre en la que nunca se detuvo para plantar las hermosas banderas, es posible que Brel fuera más crítico y amargo cuanto más éxito tenía, más desesperado cuanto más se movía en la tranquilidad de una vida resuelta, más despreciativo y desconsiderado con el hombre común cuanto más lo amaba, cuanto más le hubiera gustado ayudarle a que se rebelara contra su destino en la mediocridad de las supuestas buenas costumbre.
La canción prostibularia más popular de la historia tendría una réplica discreta del genial David Bowie. Le sentó francamente mal a Brel esta intromisión de Ziggy Stardust en sus dominios y cuando le preguntaron que le parecía, contestó con un desprecio evidente y una considerable incorrección política que no quería saber nada de aquel pédé (despectivo por homosexua).
No debemos tenerle en cuenta sus salidas de tono, la víctima propiciatoria de sus ataques era frecuentemente él mismo, una de sus características más acusadas es que su palabra iba tres segundos por delante de sus pensamientos y que se reía del acento que le había entregado su ciudad.
Amsterdam es un momento para la eternidad sincera y apasionada de un bruselense corroído por el fulgor de su propia inteligencia. Su épica y sana capacidad competitiva forjada en la visión compulsiva de los héroes de Ford en su niñez hizo que aceptara sustituir a una Marlene Dietrich que no quiso acudir, argumentando problemas de salud, a su cita con el Olympia el día siguiente de que el auditorio parisino fuera arrasado por el entusiasmo juvenil de los seguidores de Johnny Hallyday. Las silla rotas que desaparecieron fueron testigo.
Nota.- Leo un artículo de 2007, en él François Raubel, uno de sus arreglistas, reconoce que a Brel no le gustaba Amsterdam, lo justificaba diciendo que la primera estrofa era una tautología, que la consideraba muy primaria y que carecía de estribillo. Ninguna de las tres razones tienen que parecernos convincentes, sigo viendo interesante despojar de estribillo a una canción, insistir en una idea con palabras parecidas o intentar dejarnos llevar por nuestros sentimientos más elementales. A pesar de ello la solía cantar en los casi 200 conciertos que ofrecía al año en su época de esplendor porque el público se lo pedía, Raubel solo recuerda que la cantara dos veces en uno que ofreció en Moscú. Aclara que no fue por consideración lo del estreno en el Olympia, no le importaba hacerlo en un pueblo perdido si había terminado una canción antes de actuar en él. Yo no sé si Amsterdam es la segunda canción más popular de Brel, pero cabe esa posibilidad. Se tiene por cierto que el cantante le tenía manía a su canción más popular, Ne me quitte pas, pero no dudaba de su calidad, aquí entrarían en juego los sentimientos; quería liberarse de un sentimiento de culpa, y acabó arrastrándose, así se lo dijo Édith Piaf. Era muy hermoso pensar que no grabó nunca Amsterdam en estudio porque pensara que la representación apasionada y ciega que ofreció en octubre de 1964 en el auditorio parisino era insuperable.

