martes, 27 de abril de 2021

Golondrinas

Cuando llegues el clímax
de una fotografía desvelada
el vuelo detendrás
de una esperanza
que se aleja en el mar,
de una mirada
que se cierra en la barca
de una cantante rota 
que perdida declama
su melodía
en los escombros
y vuelve a las entrañas,
de una gardenia
que trémula se posa
en la última hoja muerta de una rama
que puede ser la misma
que tuviste en las manos
mientras yo te miraba
y que sigue cayendo
cada vez que te espero en la ventana
con el desasosiego de una estrella
que su tristeza canta
en la agonía 
de las farolas roncas
que refugian su luz
en el olvido hondo de la playa.

viernes, 23 de abril de 2021

Nocturno de las huertas

 


Insisto en el bolero
que expiraba en la noche
de balcones abiertos y una estrofa asustada,
insisto en los teatros empapados de sueño,
en el recuerdo roto
que reposa en el suelo donde Bécquer soñaba
golondrinas oscuras ,
en las flores perdidas de los escaparates
cuando Brecht esperaba la llave de tu ausencia,
la cuerda que rompiste para tejer tu olvido.
 
Insisto en la pasión de Peckinpah que asalta
el último desierto con amarga sonrisa,
de Fassbinder viviendo la angustia de un esquema
de tu letra temblando sobre un pájaro herido,
en la triste elegancia negra de tus zapatos,
en hojas agolpadas en aceras sin rima
que llevaron tu firma hacia ningún destino.

sábado, 3 de abril de 2021

Carta abierta a Bob Dylan (Paráfrasis de un poema de David Bowie)

 
 
Oye, Robert Zimmerman, 
pregúntale a tu buen amigo Bob Dylan 
dónde están arrinconadas tus canciones.
 
Los muchachos dicen que te han olvidado 
mientras las escriben en tus paredes, 
que las habrás perdido para siempre
cuando eches un vistazo a la vieja calle.
 
Eres el disidente de cada familia,
el refugiado de todas las naciones; 
no me dejes con la locura de los cuerdos.


 

viernes, 2 de abril de 2021

Mientras el carmín huía de tus labios (La rabia)

 


La última vez que te vi tenías el cuerpo hinchado,
amoratado el rostro, el Nembutal[i]
rebosaba por tu piel
mientras rezabas en silencio con las manos cruzadas
a un anhelante Dios que siempre fue,
para ti, un desconocido,
mientras el carmín huía de tus labios
y tu sonrisa
se apagaba en el Bosque de Brent cuando soñabas
con la Gran Manzana y su agonía aturdidora
entre los murmullos del río,
entre la angustia de los puertos con el resplandor errático
de las luces de neón que apagaban tu noche
y los oficinistas[ii]
en rebelión constante contra la mediocridad que deslumbraba
en el café de un bar tempranero
donde no se dejaba de hablar con pasión de poesía
y, para justificar el fatalismo de Larkin[iii] con la suya,
de la caída de un equipo y la coronación de su némesis[iv].

Entonces pensabas en los puentes
que ya nunca podrías cruzar
mientras los enterradores se preguntaban
sorprendidos, asustados,
cómo ese cuerpo indefenso y deformado
podía haber sido el objeto
de las más extravagantes fantasías,
de la culminación de la sensualidad
para quienes dejaron que sus sueños
durmieran en la calle
mientras expiraba el tormento de una estrella.

Ya no podías creer en la fragilidad
de un poema que rozaba las alas polvorientas
de la vida en un diario pálido y desordenado
en el que transitaban la soledad y el miedo
cada vez que anhelabas una caricia,
ni en la belleza efímera y díscola de la rosa
de los vientos que nunca quiso indicarte
la dirección adecuada para encontrar un camino.

Ya no podías creer en el amor
que se disfrazaba siempre de deseo,
en palabras hermosas llenas de espinas
ni en una orquídea roja que exaltaba la pasión
mientras llorabas por los cimarrones condenados
al olvido implacable de la nada en su inocencia salvaje
y, más bella que nunca,
resplandeciente en la oscuridad de tu tristeza,
cantabas para los muertos que vagaban
por las ciudades buscando una sonrisa.
Eras una corista ciega cuando cerrabas los ojos
con la mirada abierta,
una esperanza tierna y descarnada
de los espejos que recibían vida y reflejaban muerte.

No supiste adaptarte al ritmo de los astros,
y ahora, en las esquinas olvidadas
que saludan al Hudson desde la barandilla
donde se arrojan las flores
que alguna vez fueron resplandecientes,
trazas una raya negra
para indicar el día que te entregaba los secretos
de tu leyenda amortajada,
la verdad de la calle apenas esbozada
en el corazón de un mito demacrado.
¿Para qué necesitaba cariño y una sonrisa
de complicidad,
aunque no la comprendiera,
la mujer más deseada y envidiada de un tiempo[v]
que nos sigue encadenando?
 
Nadie recuerda que tuviste un nombre,
que detrás de la cantante callejera
que nunca dejaste de ser
había una mujer perdida en el maquillaje
y la sensualidad de un vestido mal ajustado
para que pregonara la fragancia
exuberante de tus medias y de tu vientre,
una esperanza muerta detrás de cada suspiro,
una sensibilidad que apenas pudo expresarse
y no se instaló en la memoria terrible
de las incomunicaciones con mallas mal definidas
que nos arrasan y nos impiden penetrar
en la ternura melancólica de tu canto.

Ahora quizás desees con fervor
que sea así para siempre
y recomponer bajo una vela trémula los palabras
de amor que no pudiste escribir,
las anotaciones sepultadas bajo el brillo de tu nombre
que no acabarán de despertar nunca.

Tú sabes, como Ford, con quien nunca llegaste a coincidir,
que no importa demasiado quien apretó el gatillo
sino el héroe que queda en pie con una pistola
humeante en la mano
mientras la bestia cae y nunca llega al suelo.


[i] Ya sé que los psiquiatras actuales me regañarán cuando diga que el Nembutal es el somnífero más popular, y ello a pesar de Marilyn.
[ii] C. C. Baxter puede ser un ejemplo de aquel que sueña con ascender en la compañía que trabaja para resultar atractivo a su amor platónico y no le preocupa en absoluto que los Celtics estén tejiendo los mimbres de su dictadura competitiva mientras los Knicks  se pierden en su sempiterna indefinición atacante.
[iii] Philip Larkin: posiblemente el mejor poeta inglés del siglo XX. Dijo algo así: “Me gustaría que en los bares se hablara de mi poesía".
[iv] A nadie se le habrá escapado que me refiero a aquel año en que la Agrupación Deportiva y el O’Donnell jugaron en el mismo grupo de tercera división.
[v] Nosotros los de entonces ya no somos los mismos. (Pablo Neruda –

 

Muerte entre las flores

Entre las flores te fuiste,
entre las flores me quedo.
(Miguel Hernández)

No elegí este camino mas debo recorrerlo,
como los peregrinos que no encuentran sus ojos,
como la ola hiriente que agoniza en tu manos,
en el leve levante de una playa argentina,
como la tenue imagen que refleja el sudario
de nuestro amor que gime sin paz
entre los muertos,
y el óbito apagado de los astros azules
que cayeron llorando sin luz, lengua o mañana.