domingo, 21 de abril de 2019

Siento en el alma, siento - Los eucaliptos

Siento en el alma, siento
el amor y la muerte
en la misma sonrisa,

 en la misma mirada.

Cuando llega la muerte entre los eucaliptos
que guardan la colina las flores gimen tristes,
susurran en tu lápida
coplas de amor
sobre los muros yertos de un barrio que se apaga
entre la hierba negra que murmura 
su tormento de brumas en la Vía.

Te llegará el quejido de los postreros montes
que muerden el ocaso mustio de su frontera
cubriendo el cementerio
de las promesas blancas que se pierden,
de los ojos cerrados que surcan la mezquita
y no sienten la infancia que juega en las arenas
y vibra en el arroyo
que agoniza en el puente que no tiene vereda
y no vuelve a la escuela por un muro cercada,
al canto sordo y ciego
del pájaro sin suerte en el último paso
que cayó en un suspiro del otoño
que forjó sus cadenas en las zarzas ardientes,
en las ramas cansadas que cuelgan de tus brazos,
en el viento que pena en los pozos sombríos
de la Almadraba oculta y despeinada,
en la risa que llora y se adentra en los cables
de la higuera silvestre que vaga en las pateras 
de los contrabandistas que esperan en el muro.

Sigue su curso lúgubre
el manto de la noche que no teje su vuelo
en Abyla que abre su ventana al olvido,
clama la soledad en los andamios
del sauce que penetra la piel de la farola
que recoge tus nombre en un cuaderno abierto,
brama el llanto lluvioso de la noche
que ahoga la garganta de la niña
que acoge en comunión una llaga constante 
y hiere tu costado,
el duelo de la espuma que se arrastra en la barca
que no regresa y cae en los mares vencidos,
la ruina de los arcos
hundidos en la huella de una esperanza vana
que anhela una caricia y turba tu recuerdo.

y te ofrenda a los dioses, a la tierra te entrega 
con la marea errante de antiguas procesiones 
que mecen tu retrato entre los rezos,
tus flores en la lágrima de un resplandor marchito.

Solo puedes decir que eres pasado
como la espiga rota que cantaba en el vientre
de una estela de mármol que camina
hacia el valle profundo del lamento, 
hacia el céfiro grave de un pórtico cerrado
que perece en la savia ajada de los muelles,
y no vuelve a la escuela de los trenes perdidos
y no puede gritar la desventura
que tuvo una corona de sueño arrebatada
prendida en el misterio mórbido de tu frente,
un vaso con el fuego de una flecha perdida
y un epitafio amargo
que ardía quejumbroso en la piedra severa
cuando entre las sombras más tristes alumbraba
y dejaba en los lirios la luz de tu sonrisa.

Es inútil llorar cuando la muerte llega
y te mira a los ojos con ansias descarnadas
como solía hacerlo
en tu candor de mártir cuando eras una rosa 
y el infierno un lugar
que tus tiernos errores convertían
en un remordimiento húmedo en la almohada,
en la cruz que llevaba los clavos de tu espina,
las llagas de tu pecho,
los pecados mortales que marcaban tu rostro.


sábado, 20 de abril de 2019

Norma



La verdad no tiene precio,
la mentira tiene valor.


Cuando te conocí eras Norma
y marzo temblaba solo bajo la lluvia,
pero te fuiste entre los números vacíos
de las Puertas del Campo,
cuando regresaste, era 1955
y aún no habías nacido, te llamabas Marilyn,
el levante azotaba 
el rostro taciturno de tu Pequeña Manhattan
y los árboles te miraban como si fueras una nube
que caprichosa se alejaba de mi devoción tardía,
empezó a gustarte el poema de la duda
cuando ya no podías recuperarlo 
de la fiebre de mi garganta,
de la morgue de la  indiferencia
y el testimonio volvía a naufragar en La Ribera
cuando los vientos soplaban en los días tenebrosos
de un mar desangelado que castigaba las espigas
mientras los mendigos dejaban tu plegaria 
en los claveles del Puente Cristo
y los grajos aparecían de nuevo en los postes
 y en las cancelas del Llano de las Damas.

No supe enviarte las flechas de papel con el deseo
que conservaba una conversación ambigua en tu semblante,
en los portales de las caricias atravesadas,
el remite de los primeros juegos rendidos en el carmín
que se quedaron en el aire,
 y el verso atormentado
que aún nos habla de un amor atrapado 
en la tristeza.de un tiempo añorado y desconocido.


***



Ya no puedo mirar los soles del recuerdo
sin temblar en la sombra

de tus brazos tendidos,

sin pedir la sonrisa tierna que me negaste.


Cuando te conocí eras Norma
y marzo temblaba solo bajo la lluvia
y no quise apartarme de la sonrisa de tu paraguas,
pero te fuiste bajo mi tormenta
entre los números vacíos
de las Puertas del Campo.

Cuando regresaste, era 1955
y aún no habías nacido, te llamabas Marilyn,
el levante azotaba 
el rostro taciturno de tu Pequeña Manhattan
y los árboles te miraban como si fueras una nube
que caprichosa se alejaba de mi devoción tardía,
empezó a gustarte el poema de la duda
cuando ya no podías recuperarlo 
de la fiebre de mi garganta,
de la morgue de la  indiferencia
cuando en sus bancos se repartía
lo que había quedado entre los papeles 
y el testimonio volvía a naufragar en La Ribera
cuando los vientos soplaban en los días tenebrosos
de un mar desangelado que castigaba las espigas
mientras los mendigos dejaban tu plegaria

en la memoria del Puente Cristo,
en los claveles de un médico que no tenía fronteras,

y los grajos aparecían de nuevo en los postes
y en las cancelas del Llano de las Damas.

No supe enviarte las flechas de papel con el deseo
que conservaba una conversación ambigua en tu semblante,
en los portales de las caricias atravesadas,
en el remite de los primeros juegos rendidos en el carmín
que dejaron tus besos en el aire,
 y el verso quejumbroso
que aún nos habla de un amor atrapado
en la soledad que siempre siente el poeta,
en la melancolía
de un tiempo añorado y desconocido.

***


Ya no puedo mirar los soles del recuerdo
sin temblar en la sombra

de tus brazos tendidos,

sin pedir la sonrisa tierna que me negaste.

Cuando te conocí eras Norma,
marzo temblaba solo bajo la lluvia
y ya no quise apartarme de la sonrisa de tu paraguas,
pero te fuiste 
cuando arreciaba mi tormenta
entre los números vacíos
de las Puertas del Campo.

Cuando regresaste, era 1955
y aún no habías nacido, te llamabas Marilyn,
el poniente azotaba con sus cristales derramados 
el rostro taciturno de tu Pequeña Manhattan
y los árboles te miraban como si fueras una nube
que caprichosa se alejaba de mi devoción tardía,
empezó a gustarte el poema de la duda
cuando ya no podías recuperarlo 
de la fiebre de mi garganta,
de la morgue de la  indiferencia
cuando en sus bancos la gente hablaba
de papeles y esparcía en el olvido 
las cenizas de una lágrima, 
y el testimonio volvía a naufragar en La Ribera
cuando los vientos soplaban en los días tenebrosos
de un mar desangelado que castigaba las espigas
mientras los mendigos dejaban tu plegaria
en la memoria del Puente Cristo,
en los claveles de un médico que no tenía fronteras
y amaneció en la playa entre amapolas y cadenas,
y los grajos aparecían de nuevo en los postes
y en las cancelas del Llano de las Damas.

No supe enviarte las flechas de papel con el deseo
que conservaba una conversación ambigua en tu semblante,
los portales de las caricias atravesadas,
el remite de los primeros juegos rendidos en el carmín
que dejaron tus besos en el aire,
 y el verso quejumbroso
que aún nos habla de un amor atrapado
en la soledad que siempre siente el poeta,
en la melancolía
de un tiempo añorado, confuso, desconocido...

***

No supimos desentrañar el sueño 
dentro de nuestra encrucijada; 
sigo leyendo un poema
que no recuerdo 
aunque lo hayas olvidado.
(Brel en la Escuela de Comercio)
 
Cuando te conocí eras Norma,
marzo temblaba solo bajo la lluvia
y ya no quise apartarme del candor de tu paraguas.
Pero te fuiste 
cuando arreciaba mi tormenta
entre los números vacíos
de las Puertas del Campo que aullaba.

Cuando regresaste, era 1955
y aún no habías nacido, te llamabas Marilyn,
el poniente azotaba con sus cristales derramados 
el rostro taciturno de tu Pequeña Manhattan
y los árboles te miraban como si fueras una nube
que caprichosa se alejaba de mi devoción tardía,
empezó a gustarte el poema de la duda
cuando ya no podías recuperarlo 
de la fiebre de mi garganta,
de la morgue de la  indiferencia
cuando en sus bancos la gente hablaba
de testamentos y esparcía en el olvido 
las cenizas de una lágrima.
 
El testimonio volvía a naufragar en La Ribera
cuando los vientos soplaban en los días tenebrosos
de un mar desangelado que castigaba las espigas
mientras los mendigos dejaban tu plegaria
en la memoria del Puente Cristo,
en la belleza de un médico que no tenía fronteras
y amaneció en la playa con amapolas en la boca,
y los grajos aparecían de nuevo en los postes
y en las cancelas roñosas del Llano de las Damas.

No supe enviarte las flechas de papel con el deseo
que conservaba una conversación ambigua en tu semblante,
los portales de las caricias atravesadas,
el remite de los primeros juegos rendidos en el carmín
que dejaron tus besos en el aire,
 y el verso quejumbroso
que aún nos habla de un amor atrapado
en la soledad que siempre siente el poeta
ante la modernidad,
en la melancolía
de un tiempo añorado, confuso, desconocido...


(Los puentes)