domingo, 22 de noviembre de 2020

Joan Port - Yo vengo madre


Yo vengo madre ante tu altar
con la última rosa húmeda de mi deseo,
con todas las aguas plácidas y quietas 
de los ríos del mundo.

Yo vengo madre con lo que queda de mí.
Tu recuerdo es el canto del pájaro
en la rama solitaria, en las tardes del mundo
bañadas por el sol.

Yo vengo madre ante tu altar,
en la primavera de la vida, en la esencia de tus olores
tu memoria me acompaña 
en soledad hacia la muerte. 
( Joan Port - Versión española: F.E. L.)

viernes, 20 de noviembre de 2020

Ya no mueren los labios

 

 

Ya no mueren los labios lejanos que tuviste 
en el rubor sin rostro de una lágrima amarga 
que cae en el espejo
 de una sonrisa triste,
una fragancia muerta, una esperanza herida,
un árbol arrastrado por las hojas del tiempo. 

He perdido tu gracia, el ritmo de tus brazos, 
los libros que guardabas en el desván del viento, 
tengo sangre en las alas,
 el corazón perdido
y una corona mustia que insiste en los reflejos 
de aquellos versos largos que huyeron de mi alma.

Ya no busco en las sombras el aura de tu rostro, 
tu cintura prendida en un deseo que hiere, 
la luz de tu recuerdo en las calles vacías, 
pero sigo surcando 
el mar de tu mirada.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Poesía

 

Me llamaste

sin voz y sin sentido
para llenar de amor mis soledades,
me tejiste

a tu manto de verdades
para aplacar mi orgullo tan herido.


No volverás

llevando aquel vestido
que reflejó

mi asombro y tus bondades;
era un paño de luz

y de oquedades
que atravesó mi pecho y mi latido.

Para penar,

lo tengo demostrado,
otra senda no hay que tu mirada
si pierdo la sonrisa

ante su queja.

Mas no puedo mostrarme de su lado
en este empeño cruel

de tu cruzada
aunque more en la muerte que me deja.

 

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

Levante en Abyla

 
 

 
 
Te besaré en la herrumbre
de los vuelos ruinosos
por llevarte la vida que resida en la muerte
de una ciudad vencida y arbitraria
que no desea
que sigamos su aliento,
sus medallas, su paso o su corona
para abrir la cortina que encierra los mensajes
en el rumor del mar que nos aleja
y nos castiga
en la verja de brumas vaporosas
del Mare Nostrum mustio y desteñido
que extiende una caricia por el muro olvidado
por una prédica
saturada, perversa y amargada
que se arrastra en la cumbre lastimera
de una carta caída que ha borrado tu nombre
en mi libro de ruta desnortada
y no encuentra medida ni presencia
en mi rostro de lunes que sigue en su cilicio
aletargado y cruel;
tú nunca me dejaste la sombra de las nubes,
la dirección de tu bolso y tu risa
ni el rincón de los lirios marchitos que agolparon
los fracasos prendidos en el sueño que reza
en el templo añorado por las olas y el viento
que azota tu caricia en las aceras.

He dejado en tus manos luctuosas





He dejado en tus manos luctuosas
la palabra oprimida
que firma la crueldad de los acasos
que nunca se han  movido de la lengua sombría
que se burla del sino taciturno
y esparce los destellos
de un mundo perturbado que nos hiere y se acerca;
inunda la bahía solitaria
con un marasmo inquieto y persistente
que siempre has paseado en tu locura
prendido en la añoranza húmeda de tu rostro
que navega en las nubes
lúgubres y terribles de tu velo,
surca la soledad de los mendigos
con las aves nocturnas que rezan en tu cruz
y sufren virulentas la amargura
que golpea tu puerta cerrada y subjuntiva
con un ardor confuso
que perece en la muerte de los puertos varados
en tu alma quebrada que susurra en la sombra
y se enciende en las horas
vencidas que traspasan el lazo arrugado 
de una cita perdida
en una luna blanca 
que vaga en la escollera de una blusa menguante
y penetra en tu boca con un turbio suspiro
que mueve los andamios tormentosos
de un sentimiento errante que agoniza 
llorando en los balcones,
arrastrado en tu playa por la ira de los vientos.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

La esperanza vana

                                          

Vuelan los crisantemos con la voz de los rezos

y abrazan el delirio

que no vuelve al balcón de la promesa muerta

del requiebro exiliado de un amante vencido
que no sabe horadar las venas de su sangre,
no corre por su piel la herida de tus campos, 
tus ríos se le escapan mudos entre las piedras
pero hunde en su nube
la lágrima asustada en una fiesta triste,
la dibuja en tu rostro con un vidrio candente
y espera en el rincón donde grita el deseo.

He perdido las manos que retan a la muerte
en la alcoba que tiembla en el aire disperso   
que muerde el corazón

y el canto de tu lengua, tu desierto en la lluvia,

la sed de la garganta

que hiere los escombros y arrastra los vestigios
de la amarga cadena que forjaron tus labios.

La cortina rendida de los escaparates
suspira en tu mirada

con un verso extraviado que sufre los agravios

del lenguaje opresivo que impone la razón

y siente tu latido en la espesura,

en la esperanza vana

que se enfrenta sin arte ni medida

a la noche más larga de mi ausencia

en el pétalo negro de tu jazmín perdido.


***


Con la voz de una salve vuelven los crisantemos 

y abrazan la campana,

que no llega al balcón de una promesa herida

que no cumple su pacto con las sombras,

ni el requiebro angustiado de un amante perdido
que no sabe horadar 

las venas de tu sangre,
no corre por sus ojos la herida de tus campos, 
tus ríos se le escapan mudos entre las piedras
pero hunde en su rostro cubierto por tu velo 
la lágrima ahogada en una fiesta lúgubre,
la dibuja en tus labios con un monstruo asustado
que espera en el rincón 

donde grita el deseo que tuviste en el alba.


He matado tu acento en los vidrios cortados

que retan a la muerte
en la alcoba que tiembla en el aire dolido   
que muerde los recuerdos

y el canto de tu lengua que nunca se ha marchado.

 

Tu desierto en la lluvia, la sed de tu garganta,

el alma de tus besos hieren en los escombros

y arrastran los vestigios
de la amarga cadena que tus labios forjaron.


La cortina rendida de los escaparates
suspira en tu mirada

con un verso extraviado que sufre los agravios

del lenguaje opresivo que impone el corazón

que siente tu latido en la espesura,

en la esperanza vana

que se enfrenta sin arte, espejos ni medida

al suspiro más hondo de tu ausencia 

presente

en el pétalo negro de tu jazmín dormido,

en el tatuaje fresco que no encontró la piel

que tuviera mi olvido

 en la noche más larga.