domingo, 20 de agosto de 2017

Estopa - Ya no me acuerdo




Esta mañana 
ya no me acordaba 
cómo tocaban mis dedos 
esa guitarra que era 
para mí tu cuerpo, 
ya no me acordaba lo que sentía 
cuando acariciaba tu pelo 

Ya no me acuerdo 
si tus ojos eran marrones o negros 
como la noche o como el día 
que dejamos de vernos

No recuerdo el día, el mes, ni siquiera el año, pero sí la emoción que sentí la primera vez que escuché esta canción y el lugar; en el marco de las Murallas Reales y con el aliento del mar y del viento, seguramente, de Levante, que no pudieron acallar la sensación de que escuchaba algo perdurable en aquellos versos sencillos y profundos.

Los hermanos Muñoz estuvieron soberbios en la única actuación en la que podido disfrutar de su presencia, desgranaron el disco que acababan de publicar entonces; Allenrok y dieron un amplio repaso por todas las canciones que el público esperaba escuchar.

Me encontré de sopetón con "Ya no me acuerdo", no la conocía y, desde un primer momento supe que recurriría a ella cada vez que quisiera extraer una sonrisa de la melancolía, intentar comprender las paradojas del amor que no se olvida aunque no se recuerde. A través de ella me acerqué a la aventura de unos muchachos de barrio que nunca lo olvidaban ni en la temática ni en su orgullo y que llevaban el de San Ildefonso en cada representación, en cada gesto, en cada palabra que no se podía decir de otra manera; la Barcelona mestiza y convincente corría a la par de otros lugares de España que, probablemente, no habían visto nunca pero con los que conectaban a través de la música y de los sentimientos. No solo eran la rumba y el  rock que se apoderaron de su primer y, con justicia, celebrado disco, mostraron una madurez y un eclecticismo profundos que no correspondían con sus pocos años. David, el tímido, tomó el papel de su hermano como compositor para marcarse una canción de las que hacen época.


martes, 15 de agosto de 2017

Leonard Cohen - Dance me to the end of love



Leonardo Cohen murió hace apenas unos meses, aún se puede aspirar una declaración de amor entre la maraña de anotaciones repletas de líneas entrecortadas que extienden sus hilos brillantes en un magistral poema apagado, entre las memorias de un amante afligido que nunca paseara por el otro lado del Infierno para que podamos navegar en un susurro en los dominios de la noche en una tenue taberna de la isla, bosquejar una reseña en la revista del corazón guardado en una repisa polvorienta o aprender de los fracasos en las puertas ardientes del Paraíso en las que muere la pasión.

En el fondo mantuvo una plenitud creativa de vanguardia porque nunca estuvo, aun cuando escribía siguiendo modelos clásicos, por detrás de su tiempo hasta poco antes de enfrentarse con su figura, su rostro, su último latido, cuando hablaba de cansancio y resignación. La muerte nos unifica y el amor nunca deja que permanezca callado en su tumba lo que no ha llegado a convertirse en recuerdo porque nunca se ha confesado o admitido. El sentimiento más veraz y obstinado es el desamor porque nunca muere mientras los amores acaban un día. 

         Las cartas que me enviaste ya no llevaban mi dirección, no llegué a leerlas porque el amor que proclamaban ya no podía tocarme, porque hay puertas abiertas que no dejan pasar el aire, sueños tan caprichosos como una golondrina que cambia en el aire sin pausa su destino, actitudes sinceras que nunca son aconsejables si se ejercitan sin escudo, sin armadura y sin memoria. En este lugar donde te rondaba apareció el musgo de las incomprensiones que no quisiste romper, tus cartas aparecieron después de haber sido leídas por gente curiosa y respetable que deseaba alegrarse de tu fragilidad en las tinieblas o reírse de tu virtud luminosa, nadie quiso mirar en tus espejos donde resplandecía la azucena doliente que moraba en los jardines del amor y del deseo y no una tarjeta serigrafiada con un impersonal te quiero que no sería leído cuando se deshiciera entre pétalos marchitos como un beso de luz que se apagó en el olvido. 

Leonard Cohen - The letters (Nunca me llegaron las cartas de amor que no escribiste)



La eternidad del amor dura lo que un recuerdo, el recuerdo lo que una vida, una canción permanece mientras haya alguien que quiera escucharla, unos labios que mantengan su promesa, un templo que haya querido ser profanado con toda su alma…

Aquí estoy, de rama en rama sin saber descender al suelo de tu enigma telúrico en el cielo, desierto y sin destino, edificando un sentido rítmico con palabras. Soy yo quien enciende un cigarro en una habitación cerrada para pergeñar en el humo el primer verso que desencadene en un poema sin luz que termine en tus brazos, quien transita ansioso los caminos abiertos de tu memoria, quien no podrá sentir nunca más la tristeza de tus ojos de levante altivo mientras te refugies en el dique de los besos para que no sean borrados por el agua, quien sobrevuela la belleza mórbida de tu cuerpo cuando amanece confuso y maquillado en la cabecera de tu cama, quien huye del amor porque desea sentirlo siempre como si acabáramos de conocernos y nunca hubieran escuchado el latido de tu pecho, la libertad gritando en tus entrañas.


viernes, 4 de agosto de 2017

La niebla





Después del silencio se derrama tu voz
en una canción alegre hundida en la tristeza ,
no queda una elegía que haga renacer
los sentimientos rotos, no queda una palabra
para evocar las notas transidas de dolor,
de puente,  de excesos, de corazón, de manos, 
de orgullo y agonía.
                                                          
En el martirio de tus dudas te sumerges
en ese mar de ginebra que se agita sin norte
en la mano que tiembla en el cristal,
en los labios pintados que procesionan en el pasillo.

El amor no aparece con su sonrisa extraña
rellenando los huecos de unos párpados que lloran
mientras el mundo se inclina en otra dirección
que no tiende sus lazos,
que no retienes, se difumina y te abandona.

Vives el desconcierto, flirteas con las pastillas,
mueres en la amargura con el tono marchito
de quien siente que su tren se perdió en alguna parte
en los raíles sin espejo de una metáfora sentida
donde yacen los versos de luz
que huyeron hacia el oeste donde duermen los dioses
que abrazan el ocaso,
y una sombra que estrecha su figura contra tu cabeza
  susurra lo cerca que se halla la salida.

¡No sé cuántas veces te busqué en el murmullo
del parque por la noche,
cantante callejera en la soledad de la isla,
ni  cuántas recité a Ginsberg acariciando
en su aullido iconoclasta
 la ternura de tu rostro de ninfa enajenada!

Ahora miro tu cuerpo abandonado en la niebla
que desprendían aquellos ojos cerrados al mañana.

(14 de junio de 2015)

miércoles, 2 de agosto de 2017

Algunos las prefieren calientes



Quizás pueda parecer contradictorio que un tipo como yo, tan radical en la forma y tan formal en el fondo, sienta esa atracción poética por una mujer como Marilyn; vi algunas de sus películas siendo niño, cuando no podía verla con otros ojos que los de la ternura porque ya sabía que había muerto y lo que me llegaba era un recuerdo de su redención. Sentí emoción y escalofríos en la parada de autobús y después pasó el tiempo y llegué a olvidarla.

Fue mi mujer, que me pasaba una biografía de ella en una publicación semanal tendente al sensacionalismo y no muy rigurosa, quien volvió a ponerme tras su pista y, más aún que eso, ver, quizás por primera vez, la inquietante Niágara y la maravillosa, corrosiva y descerebrada Con faldas y a lo loco. Algunos prefieren fugarse en una lancha sin saber quién se sienta a su lado.

Mi mujer ha abandonado a Marilyn, apenas puede asimilar sus delirios de grandeza en sus relaciones con los Kennedy o pensar que se echaba en los brazos del primero que se le cruzara y le ofreciera un poco de calor humano, yo todavía veo alguna de sus películas, de buena o de mala gana los mejores directores tuvieron que reflejar su magnetismo en la pantalla y después de la tortura del rodaje, sobre todo en sus últimos años, reconocían que ninguna lo habría hecho mejor.

  Me llevé una sorpresa muy agradable con sus Fragmentos, ya sé que todo eso se ha publicado porque era de ella, ya sé que no ganaría el Pulitzer con su campana de cristal, pero es innegable que tenía sensibilidad para la poesía y sus anotaciones, muy interesantes, nos hablan, con mejor estilo del que pudiera pensarse, de que detrás de los focos, y de la ostentación que le exigía un sistema en el que nunca supo manejarse, había una persona que se preguntaba por el sentido de la existencia, que necesitaba los fármacos para soportar la realidad, que llegaba tarde a los rodajes porque su cuerpo estaba aprisionado por las pastillas del sueño, una persona que había nacido marcada por el estigma de la tristeza aderezado por el abandono y la frustración. 

Siempre he tenido una debilidad manifiesta por los tristes, quizás sea porque soy muy alegre, siempre sonrío aunque no me dé cuenta.

martes, 18 de julio de 2017

Gonzalo Rojas - Perdí mi juventud.

 


Hablé con un joven poeta que tengo como amigo de Gonzalo Rojas, de la poesía, de Chile, de España y, aunque no lo dijéramos, sentíamos un cruel desasosiego al constatar que un hombre que consiguió todo lo que se puede en el panorama literario; premios, prestigio, renombre, sin embargo, pasa por ser un desconocido para aquellos que tenemos la obligación moral de prestarle oído.
Apenas nadie llama recordando su nombre y su espacio si no se ha rendido anteriormente ante su verso encaminado por los brazos del azar, las salpicaduras sinceras de un hombre de su tiempo.
Probablemente nadie supo combinar, con esa maestría que se aprende en la calle, la ternura y la dureza, la ironía del herido con las llagas de los mártires, la realidad del hombre aprisionado por el tiempo cuando guarda en una esquina las reliquias del pasado, quizás estas últimas no puedan tener otro nombre cuando se escribe en un papel y habla del dolor que nos invade, de la alegría que surge de cualquier acto de autoafirmación por muy trivial que sea, por muy escondida que se halle en el corazón sangrante de una multitud que ya no pasa llevando un libro en la mano.
Terminó todo, después viene la noche a despejar las sombras de los claros, a enamorarse de la tristeza de los días dichosos. 



Perdí mi juventud

Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.
Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.
Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.
Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.
Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.
A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.
Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.
Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
que copiaban en vano tu hermosura.
Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
nupcial, nupcial
a muerte.
No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.

De “La de miseria del hombre”, 1948.



domingo, 16 de julio de 2017

Pensando en la amargura (IV)




Yo en este rincón adonde no llega
el aire que he buscado con ansia y sin descanso
pensando en la amargura
en las lenguas que insisten, en esta tierra mía,
cansada de llorar 
por quienes la llenaron de elegancia,
en cegar al jilguero que no aprendió a volar
y cayera en agosto,
encadenar el llanto del hombre bueno y libre,
desenterrar las flores, apagar las estrellas,
marchitar el encanto de tu perfil, tu acento,
 despojar a los santos de sus mensajes íntimos
y masacrar la rosa, los labios del profeta.  

Cat Power - Stuck inside of Mobile with the Menphis blues again.



Déjame recordarte por encima de todos los fracasos
en el último templo que quede de la arrogancia ante la vida,
en tu primer deseo perdido entre los árboles, 
en la carta apasionada de un muchacho confundido
que nunca te olvidó entre los muertos
y vive en tu memoria.

Creo que no conozco a fondo nada, Beatriz, simplemente creí que en la vida había un sitio para la poesía. Sé que habría que hablar de Robert Frost y de Allen Ginsberg, sé que los amigos deben seguir siendo de oro, que los poetas dormirán sin sueño en la calle que no tiene nombre ni esquinas desde que Federico murió y que las madres tendrán honores funerarios aunque no hayan muerto[i]… ¿Cuándo muere una madre? 
Quizás los pájaros vuelen encadenados a otro cielo[ii] o yo no sienta la ausencia de una sombra cada vez que me miro en el espejo de este tiempo que persigue a los hombres e ignora a los poetas.
Pero a mí me seduce este Bob Dylan que se siente dolido por esa juventud que le ha robado la celebridad y que flirtea con el amor más allá de unas medias y de un perfume en los documentales que no dan por televisión para no escandalizar a una reducida audiencia, ese tal Lou Reed que adora la perdición con un hedonismo descontrolado y el poder regenerador de unos versos sin alma que arañan las paredes y nos recuerdan que todos llevamos algo de la city en nuestros anhelos, esta mañana volveré a llorar sobre la corriente del Hudson, y Leonard Cohen, ese poeta embutido en un traje desgastado que miraba al infinito mientras yo lo miraba, que no cantó ni una sola de las canciones que yo había anotado en un blog y no fue porque me tuviera en cuenta, ni fue porque me mordiera la lengua y escribiera unos versos entrecortados sobre un libro en un tren sin destino para no faltar a aquella cita. Por suerte, todos los hombres somos iguales cuando podemos gozar, aunque sea sufriendo, tocando con la mirada a aquellos que nos hicieron partícipes de sus canciones y de sus caídas.



[i] Kaddish de Allen Ginsberg es uno de los grandes poemas del siglo XX.
[ii] Bob Dylan. Variación F. E. León…

sábado, 15 de julio de 2017

Aún me veo pobre y joven.


Se agradece tu comparación, Susi y viniendo de una persona de una complejidad analítica nada complaciente aún más[i], pero como bien observas, ni soy joven, ni comparto los motivos del desaire de esa generación, aunque como persona esté de acuerdo en sus más importante posicionamientos; su mirada hacia la vida dura en los barrios obreros[ii], su denuncia de la hipocresía de la clase media acomodada e indiferente hacia los desfavorecidos y la decadencia moral de las clases altas que, en buena parte, no sabía si aplaudir a Hitler mientras bombardeaba Londres o Liverpool.

En mi ciudad apenas se nota la crisis, al igual que no se notaron los años de bonanza, aquí todo irá siempre mal y el sentimiento de culpa que ha sustituido al racismo inconsciente que glosaba la gloria civilizadora del hombre europeo es tan ineficaz e injusto como esto último, la diferencia más apreciable es que el sufrimiento ya no va en una sola dirección, y los recién llegados imponen su modelo de vida en el que no tienen cabida palabras para nosotros fundamentales, empezando por la duda.

         Yo te hablaría de un, aparentemente, sencillo poema que escribió Pasolini en 1974, precisamente cuando tenía la edad que yo tengo ahora, en el que además de reafirmar su nunca negado complejo de Edipo y la repulsa hacia la falta de conciencia de los burgueses, acude a la juventud como fuente infinita de pureza; 

Nada ha cambiado
me veo todavía pobre
y joven, y amo sólo a aquellos
como yo. Los burgueses
tienen un cuerpo maldito[iii].

Ahí precisamente me sitúo, cuando mis padres disfrutaban de un bienestar que nunca habían conocido se sorprendían al encontrar envidias donde había habido solidaridad, una palabra que se ejercía a diario en los barrios pescadores aunque casi nadie supiera definirla.

Mis padres habían decidido que yo siguiera siendo pobre rodeado de su bienestar. Mi madre, a fuerza de promesas, empezó a ir a la iglesia todos los días y ejercía la caridad con quienes no la entendían por tener otras reglas en su ámbito socio–cultural.

Ahora tengo  tiempo pero me falta la paz, 
queriendo huir de mí mismo voy de un sitio a otro 
sin aprehender nada nuevo en el camino, 
sin escribir los versos que recuerden 
mi paso por este marco que hierve en una memoria 
que ya no será mía, 
ya no persigo hallarlos en los pétalos marchitos de mi alma 
ni prendidos al viento que muere con la tarde[iv].
 
Era un momento duro para encontrar trabajo entre los jóvenes sin formación, qué casualidad como ahora. Quizás porque todo lo recuerdo sé que el acomodamiento no nos debe cegar, no debemos señalar a quienes se quedan en fuera de juego, no debemos pensar que una persona que habla, mal que bien, nuestra lengua, pueda entendernos. Yo era pobre y joven, hijo de un hombre cuya cartera era famosa en el bar de la Lonja.

No tenía formación, los libros que ansiaba se me habían negado, y aún miraba al hombre de la mar que había sido libre, cada vez más sometido a la tiranía irracional de las buenas costumbres, cada vez más embriagado por el olor del dinero, zozobrando en un mundo desconocido cuanto más lejos estuvieran los peligros del naufragio[v].

26 de enero de 2012.


[i] Sé que no nos volveremos a encontrar, casi con seguridad, y que habrá sido culpa mía. He echado de menos aquella correspondencia, me hacía bien lo que me decías, era diferente, original, propiciaba el examen de conciencia, buscar a un poeta distinto entre los matojos que brotan en las aceras.
[ii] Aunque mis quejas no se suelen inscribir en el plano de lo social[ii], aunque me importe
[iii] ( Pier Paolo Pasolini – Traducción: Delfina Muschietti).
[iv] Paráfrasis del poema “Al príncipe” de Pasolini – Francisco Enrique León – 16 de mayo de 2015.
[v] 12 de diciembre de 1948.e 2015.