sábado, 21 de octubre de 2017

Los Beatles - Cuando mi guitarra dulcemente llora



Cuando mi guitarra dulcemente llora es la mejor canción que George Harrison compusiera, este título en las cumbres solo se lo puede pelear "Something", y una de las mejores canciones de Los Beatles. Esta es la versión del Anthology 3, creo que Eric Clapton no participa en ella. A mí, particularmente, me gusta más que la que apareció definitivamente en el Älbum blanco ya que la falta de exuberancia musical permite que resalte la voz sincera y melancólica de George, esa que, a veces, pudimos confundir con la de Lennon.  

Joaquín Sabina - Como un dolor de muelas



La madurez se alcanza cuando piensas con sinceridad que te puedes morir el día siguiente. Cuando es verdad sirve de poca ayuda a los otros, nunca nos creemos las palabras de alguien que va a morir, tampoco las de aquel que piensa que va a vivir para siempre cuando muera.

Sabina firma las palabras de otro, en este caso las del subcomandante Marcos, y logra una de los aportes más brillante a su colección de disparos a bocajarro, a este mundo en el que vivimos que parece enfadado con la verdad; cuando aparece lleva con frecuencia el desgaste por el paso de los años de Joaquín y los mordiscos de su deriva quevedesca.


 Cuando solo nos queda la verdad de nuestro pensamiento, ese  que nos recuerda que aparecieron otras arrugas en la frente de nuestros amigos, que nuestro cabello se llenó de sal amarga, que nuestro corazón dejará de latir sin saber que se habrá hecho de nosotros, cuando perdemos el miedo de morir porque, como diría Pablo, la vida no vale nada, y luego sueñas que estás despierto para volver a dormir.  

viernes, 20 de octubre de 2017

Joan Manuel Serrat - Casi una mujer



Ella hace el amor como una mujer
pero solloza como una niña.
(Bob Dylan - Just like a woman)

Tuve un gran amor cuando tenía 17 años, ella me traía todos los días las noticias de los periódicos, me regalaba continuamente libros, le gustaba que fuera desordenado, que tarareara las canciones de Serrat, que quisiera ser John Lennon, que no sintiera vergüenza de mi humilde origen, Yo le pagué haciéndole vivir cada uno de mis infiernos y apenas le dejé mirar las sombras de mi paraíso, un día la perdí y no he vuelto a encontrarla. Me pregunto qué pasó con aquel niño malcriado, con aquella niña que me regaló toda la obra de García Márquez que se había publicado entonces. 

Kiko Veneno - Echo de menos

       

       Ya ves, José Antonio, lo solos que nos vamos quedando en tu ciudad y la mía, sí ya sé que no naciste aquí, pero como decía Max Aub, otro tipo raro,  como tú, como Max Estrella, uno suele ser de donde pasa el bachillerato, me dirás que no estudiaste aquí el bachillerato, pero en eso no puedo darte la razón, acabaste tu vida arrinconado en una oscura función dentro de las batas blancas por dejar demasiadas asignaturas pendientes, amaste Ceuta en la que reconocías una innegable vocación occidental, una parte indisoluble de Andalucía. No pudiste saber el palo que nos dio  Kiko Veneno, sí, el que nos emocionaba con "En un mercedes blanco" y "Te echo de menos" ; los españoles negamos lo que nos pertenece y está lleno de nuestra cultura; evidentemente, con predominio andaluz, pero no falta representación de cierta importancia de ningún lugar de España,  no, Kiko no es el único catalán que se arranca por bulerías. Esa es nuestra gran herida, tú que llegaste del Sur, que conociste la poesía, que no hubo tugurio que no frecuentaras, sabes lo difícil que sienta al corazón que le digan que eres algo hasta los veinte años y que a partir de ahí le pongan otra etiqueta. 

Joaquín Sabina - Que se llama Soledad



que ser valiente no salga tan caro, 
         que ser cobarde no valga la pena.


Ayer un compañero nuestro me llevó a Claudio Rodríguez, no era la primera vez que lo leía y volví a encontrarme con lo mismo; admiración y desapego, hay algo que no conecta entre su sensibilidad y la mía, pero siempre percibí que me encuentro ante un gran poeta, que ya lo era apenas con 19 años. 

Sé que a otras muchas personas les habrá ocurrido algo parecido, los que escribimos poemas siempre estaremos marcados por los poetas que nos llegan pero podremos ayudarnos de apreciaciones casi objetivas; dominio del lenguaje poético, léxico, ritmo, pausas, azares constatables... para reconocer que aunque no nos sintamos a gusto leyéndole nos encontramos ante un gran poeta, pero entramos de lleno en otros cuya principal virtud para nuestros ojos es que nos concilia con nuestra condición de hombres. No quiero decir con ello que Joaquín Sabina no tenga recursos poéticos, ni mucho menos, pero cuando pase el tiempo, ese dios implacable que pone a cada uno en su sitio, no será su técnica ni su habilidad con la pluma las que permitan su recuerdo, serán aquellas sentencias entreveradas, a veces en una canción no muy afortunada y el alma de lo que decía en apenas dos versos que implicaban su conocimiento de la naturaleza humana. Joaquín no tiene nada que ver con el Príncipe e intuyo que se siente dichoso de que así sea, ha sabido atravesar los pasillos sonrientes donde jugaba a ser feliz la criatura de Wilde y quedarse atrapado en el palacio de las preocupaciones donde el placer y el deseo tantas veces nos roban la sonrisa.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Chris Cornell - Imagine




        Me gusta mucho John Lennon, lo tengo ahí con Jacques Brel, con Joaquín Sabina, con Leonard Cohen, con Bob Dylan, pero nunca me convenció la canción Imagine, no sabría decir por qué, la escuchaba en la prolongación, en España diferida y desprovista de los aires libertarios de San Francisco, de la república igualitaria que repartía flores, amor y fraternidad universal. No era ni siquiera la canción que prefiriera del soberbio álbum al que daba título, recuerdo la antibelicista "No quiero ser un soldado", también "Chico celoso" en la que hacía un duro examen de conciencia y me maravillaba con las canciones que celebraban el amor, sencillas, puras y con una melodía prístina y encantadora; ¡Oh, Yoko! y ¡Oh, mi amor" escritas sobre el estanque nítido de un poema del Darío modernista. Tuvo tiempo de acordarse de Paul, no para ensalzarle por supuesto, y para relatarnos las tinieblas de las drogas cuando se apoderan de la voluntad de aquel que juega con ellas y acaba convertido en un guiñol.

       Apenas puedo hablar todavía de Chris Cornell, supe quien fue a raíz de la muerte de su amigo Chester Bennington que había elegido la misma forma de partir, acorralado por una sensibilidad muy parecida que le hacía llorar ante la tiranía implacable de Saturno. Me gusta mucho Chris, sobre todo sus acústicos, los escucho  con el convencimiento de que se dejaba mucho más que la voz en cada canción; era un poeta.

domingo, 15 de octubre de 2017

Patxi Andión - Si la ves


No le digas que por las noches siento su piel crecer 
abriendo arcones que ya cerré, 
sacando versos que olvidé 
en el desván del recuerdo...cuando se fue.
 
No le digas que me bebo mi sed 
que aún bajo la lluvia se seca mi piel 
que aún guardo el pañuelo y el viejo jersey 
y la cinta del pelo que yo le compré          

         Al fin pude ver a Patxi Andión sobre un escenario, sinceramente creía que era algo que ya no podía ocurrir, pensaba que se había retirado hacía mucho tiempo sin hacer ruido, apenas sin hablar. Había media entrada y entre las mujeres que lo conocieron  atuendos que nos recordaban vagamente a Diane Keaton cuando casi vivió una historia de amor, entre los hombres nadie quiso parecerse a Woody Allen aunque escribiera Manhattan; tenemos demasiados prejuicios sobre la belleza y la interior no se deja ver cuando nos encontramos en el murmullo de una isla con unos labios que sonríen, unos cabellos sueltos y una piel que acariciar con los ojos.

Tenía en mi rostro el recuerdo adolescente de quien nunca lo tuvo; el cantante madrileño no era un ídolo como lo era John Lennon cuando nos servía en el espejo de nuestras aspiraciones el halo reivindicativo del “Plastic Ono Band”. 

Yo lo creía perdido, pero estaba allí cantando francamente bien con sus canciones de toda la vida y con algunas recientes que no desmerecían. Me acordé de aquellos jóvenes que soñaban y se encaminaban hacia la Transición y, sobre todo, de Rogelio que llegó a ponernos de acuerdo a los que seguíamos a Los Beatles y a los que lo hacían con Pink Floyd en el grupito donde aprendí a extraviar ilusiones en aquellos años. Era un canto a la amistad perdida, esa que nos hacía querer ser diferentes, no hacer lo que nuestros padres nos enseñaron. Afloraba en nuestros labios el "no te dejaré nunca, no se me irán estas ideas en la vida, podrás contar conmigo cuando no nos veamos".

Patxi, con el paso del tiempo me acabaría recordando a Phil Ochs, sin llegar a los extremos místicos, militantes y comprometidos hasta en la respiración del genial cantante estadounidense, representó como él un estilo franco y directo, el mensaje debía llegar de una forma inmediata. En su haber con respecto al tejano tiene que nunca le volviera la espalda a la canción de amor; la suerte suprema de la poesía.

No cantó “Si la ves” ni siquiera recuerdo que cantara "Rogelio". No conocí aquella soberbia canción de hombre roto y abandonado hasta el año 1981 mientras intentaba edificar mi fuente emocional a golpe de canciones que me parecían que ya pertenecían a otro mundo. Al escucharla por primera vez pensé en Dylan, en Simon y Garfunkel y alguna canción popular de la que apenas recuerdo la melodía, y sobre todo pensé en Patxi Andión, quizás no escuche “Si la ves” como antes, no encienda el recuerdo de una pasión perdida,  no me evoque el torrente de sensaciones que traspasba una habitación donde solo había sombras por la mañana y yacía el primer tocadiscos que tuve en mi vida.


sábado, 14 de octubre de 2017

Tim Buckley - Song to the siren.



Tim Buckley era un buen músico, ensombrecido por el fulgor póstumo de su hijo Jeff de quien nunca ejerció como padre ya que sería educado por el nuevo marido de su madre y por ella misma en sus vastos conocimientos musicales. Tim murió a los 28 daños por  sobredosis, su corta vida fue un constante desafío con las drogas y con el deseo vehemente y enfermizo por triunfar que le hizo abandonar a su familia y emprender el vuelo que lo llevó a la muerte. Se movió entre el folk y el pop en el tiempo que florecía la idea de la conciliación universal y el culto a los recuerdos de lo que nunca había pasado pero se anhelaba en una reivindicación de lo imposible por parte de unos jóvenes que se erguían pidiendo la redención de una sociedad marchita a través del amor y de las canciones y una retirada incondicional de una guerra tan injusta como todas.




Quizás “Canto a la sirena”, sea su canción más popular, se ha versionado varias veces y está en la mente de aquellos que miran hacia atrás buscando sensaciones diferentes. En cierta forma Tim no representaba a su tiempo e intentaba a través de su voz más que aceptable aunque palidezca comparada con la de su hijo,  y la dulzura de su guitarra, poner al día a los viejos trovadores con su poesía afectada por un sentimiento antiguo que luchaba por el milagro de la intemporalidad.

jueves, 12 de octubre de 2017

La pesadilla de Robert Zimmerman - Si la ves dile hola


Nadie es libre. Hasta los pájaros están encadenados al cielo.
(Bob Dylan - tr. Sara Castelar)

Pensé que mi novia de siempre se ponía el vestido de la que nunca tuve y su rostro tenía otro misterio y ya no era mío, ni siquiera era de ella. Es mi vida tan monótona que pienso en el tren que nunca pude tomar cuando veo como las ruedas se torcieron  y me veo indefenso ante los sentimientos descarrilados. Se me vino a las entrañas una canción de Dylan que escuché en 1976 y que siempre me gustó aunque sea de las consideradas menos brillantes del magistral y desesperado "Sangre en el camino". Imaginé que esa mujer que duerme y sueña a mi lado pudo dejarme alguna vez cuando la adolescencia se apagaba y volvía a aparecer años más tarde cuando era toda una mujer para perderme, y ya no podía verla ni acariciarla porque había cambiado de nombre y de acento, ya no quería hablar de poesía; no volvería a amarme aunque llorara como un lobo herido bajo la luna, aunque le llevara flores de las que crecen en el sendero azul donde nos besamos por primera vez, ahora, que su cuerpo había encontrado las aceras donde se instalaban sus curvas y su deseo, solo podía tocarla con la mirada.

No me hagáis caso, quizás el trovador más grande de Duluth no supo despertar de una pesadilla en la que su mujer lo abandonaba, dejó un trabajo digno de estudio minucioso narrando en un tono confesional y sombrío que hacía que no pudiera grabar las canciones con una cierta ambigüedad, que contrastara un ritmo, a veces, casi festivo con poemas deprimentes, como él quería y tuviera que dejarlo todo para un último y agónico intento, aquel tormento lo calmaría el tiempo, como diría Voltaire, pero dejó huellas sangrantes que encumbraron, destacando la escalofriante y enérgica “Perdido en la tristeza”, la penúltima obra maestra de Dylan, después de aquella locura de la que se empeñó en arrancar hasta la última espina del dolor solo quedaría el deseo.

El poeta y el loco participan del mismo delirio y apego a la grandeza de las miserias pero el loco se libra de la soga, por azar, muchas veces y el poeta casi siempre arrastra las cadenas del destino que él mismo se ha labrado. ¿Para qué quiere alas quien no sabe volar?

Luis Cernuda - El Sur



En este homenaje a lo perdido no añadí la referencia a nuestros poetas que murieron lejos de nuestra patria hasta después de haberlo escrito y sin saber con certeza hasta qué punto se complementaban, participaban del mismo exilio interior de quien sabe que no encontrará una patria por mucho que la busque, que podemos recordar lo que nunca fue en nuestro desasosiego y esa remenbranza disfrazada en las sombras nos produce dolor y lástima hacia nosotros mismos, aquellos soñadores equivocados que llegamos a sonreír, en la urna griega del ocaso, a la muerte sin que nadie lo perciba.

6 de julio de 2014.
El Sur

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur 
de ligeros paisajes dormidos en el aire, 
con cuerpos a la sombra de ramas como flores 
o huyendo en un galope de caballos furiosos. 

El sur es un desierto que llora mientras canta, 
y esa voz no se extingue como pájaro muerto; 
hacia el mar encamina sus deseos amargos 
abriendo un eco débil que vive lentamente. 

En el sur tan distante quiero estar confundido. 
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta; 
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento. 
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.


domingo, 8 de octubre de 2017

Pink Floyd - Otro ladrillo en el muro



Cuando Roger Waters nos habló de sus traumas y de sus miedos creó una obra que no deja de crecer con el paso del tiempo; ¿La cara oculta de la luna? ¿Ojalá estuvieras aquí? Hay quien empieza a rendirse a la complejidad introspectiva e implacable de un hombre que transita por el mundo de los adultos buscando la redención sin poder romper las cadenas de una niñez luctuosa en un tiempo de guerra, entonces mira a su alrededor cuando uno no quiere hablar y apenas puede moverse, es imposible que pueda franquear el muro aunque lo derriben porque está dentro de uno mismo, faltaban unos diez años para que lo hicieran y aún nos quema con el recuerdo de sus sombras.

Hay un muro que me separa del niño que fui y cada vez que cae me muestra las ruinas de lo que queda de mí mismo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Aznavour en mí.



      Desde que tenía seis o siete años sabía perfectamente quién era Charles Aznavour. Lo curioso fue que no me llamara la atención, gustándome la música como me gustaba y que, probablemente, la canción de él que más sonaba era la ensoñadora y triste “Venecia sin ti”. Habrían de pasar muchos años para que reconociera su maestría, su clase, su manera de encandilar al público con unos gestos discretos, poéticos y un tanto amanerados y una entrega que nos llevaría a otros tiempos cuando los cantantes vivían en buhardillas y escribían sus poemas sobre la espalda de una amiga de la que nunca llegaban a saber el nombre.

       ¿Cómo llegué a valorar a este hombre entrañable que nos habla tantas veces de un tiempo de bohemia y de lilas que, quizás, nunca existió pero que siempre recordamos?

Fueron tres episodios aislados los que me hicieron recuperar su pista, el primero está relacionado con la primera visita que hizo a Ceuta mi mejor amigo de entonces, vino acompañado por un chico que se llamaba Antonio, creo recordar y eso me decían las mujeres que habían a mi alrededor, que era muy guapo. Yo me quedé con que sentía miedo y estaba triste, que le ahogaba  un tormento porque su hermano mayor con el que convivía y del que dependía económicamente hacía unos días que había descubierto su homosexualidad, de hecho el que estuviera en mi ciudad y el que yo le conociera estaba relacionado con la necesidad de escapar durante unos de un ambiente familiar sórdido y grotesco. De las primeras cosas que le pregunté, solía ser así, antes incluso que el equipo de fútbol, fue su cantante o grupo favorito, me dijo que Azanavour, yo no pude ocultar mi sorpresa ¿Aznavour? Estoy hablando de 1982, para la mayoría de los jóvenes no existía otra música que la cantada en inglés, pero a pesar de mis reparos lo tuve en cuenta e hice un tímido acercamiento al cantante francés que no acababa de convencerme. El segundo fue más determinante, creo que no hubiera necesitado del tercero para haber anotado su música entre mis preferencias.

Fue unos meses más tarde, yo arreglaba una casa que había alquilado porque, algo muy habitual entonces en la ciudad donde vivo, me la habían cedido en unas condiciones lamentables, ese día fue el único que estuve solo mientras duró la reparación y escuchaba la radio en la FM de Algeciras, como siempre, y empezó a sonar "Quién" en la resplandeciente melancolía de su versión española. Aquel día empezó una relación que no acabará nunca, verlo en concierto fue ver cumplido un sueño que pensaba imposible.  

jueves, 31 de agosto de 2017

Antonio Flores - Siete vidas




Antonio siempre tuvo que llevar al hombro, para los más escépticos que dudaban de su valía intrínseca como músico, las flores de su apellido. Su debut fue muy elogiado y obtuvo buenas ventas. "No dudaría", así se llamaba su primer disco grande, contenía la canción del mismo nombre que se convertiría en uno de los éxitos más sonados que consiguió en su carrera. Pero el segundo y tercero de sus elepés apenas tuvieron repercusión en su momento, y no dejó canciones que aparecieran en las listas o sonaran en la radio si exceptuamos la brillante y convincente versión de "Pongamos que hablo de Madrid" de Joaquín Sabina, aunque a raíz de su muerte alcanzaron un gran reconocimiento, sobre todo, entre los críticos que, al fin, se descubrían ante un músico que supo plasmar a unos niveles escalofriantes de realidad vivida la paradoja de un país y una ciudad que preconizaban el día más feliz de la Movida por haberse sacudido, en cierta forma, el tétrico espectro de una larga dictadura sombría,  y se encontró con el desenfreno errático de la noche más amarga que vivieron los poetas más sensibles.

Su obra maestra llegaría en 1994 y desde un primer momento fue reconocida como una de las joyas del pop-rock español. La confesional y apasionada "Siete vidas" pertenece a este trabajo que se convertiría en el último, una canción al alcance de muy pocos en la que supo definir el huracán sentimental de amante desquiciado en el que había derivado sus ansias involuntarias de tormenta.

Su vida estuvo, como la de algunos de los músicos más grandes de su generación, marcada por las drogas, a ellas, y a que derivó, quizás equivocadamente, su talento a varias incursiones en el mundo del cine, les debe que no se prodigara en exceso en la composición, aunque también de ellas, como buen artista que sabe crear a partir de sus experiencias, circunstancias y emociones, supo extraer canciones que se han convertido en un documento único y convincente por su cruda sinceridad sostenida por un personal lirismo desgarrado y la sombra de sus continuos viajes por el mundo de la frustración y del dolor en el que no quedaban ni gotas del placer de los primeros momentos. Reflejó como un mártir urbano, de un tiempo que debería haber sido despreocupado y dichoso, las contradicciones a las que lleva la tortuosa y atormentada convivencia entre las adicciones y el amor.

domingo, 27 de agosto de 2017

Himno

Y ahora, solo, triste, sin amor
voy del puerto hacia la niebla.

Me humillas como si de repente
te acordaras de que no soy el amigo
infatigable del viento
que murió en tus brazos y te llamaba,
como si hubieras enterrado en una flor 
los pétalos marchitos
y el sueño del poeta que adoraste en la alborada,
como si ondearas tu lúbrica bandera
diciendo que no puedo acariciar 
su aliento y sus mejillas
cuando despliega su emoción en ráfagas abiertas
y llega a tu recuerdo
y te ilumina,
como si me mintieras cada vez 
que me dices te quiero
y me llevaras como una carga de soledad y espinas
entonando el himno fugitivo
que nació entre tus manos y se perdió en el mástil
y ya no puede ser mío 
sino para la boca
que navega en tu tristeza y gobierna tus adentros. 

Rencor

Ni siquiera alguien como yo
podrá salir indemne del dolor que me causas,
cayeron otras torres sobre la soledad
del metro por la noche,
otros muros acogieron el amor que te daba
y guardan tu recuerdo como una flor que siente
en el papel que tiembla y busca tu candor.
Cambiaron los espejos del mar que nos miraba
y el aire no es azul
entre el himno de los coches
y el rumor del tabaco en labios juveniles
que nunca aprendieron 
a creer en el ayer y no creen en el mañana.

Y supe encajar los golpes en el ring de la vida,
refugiarme en tu rostro
ante la incomprensión del mundo
de las rosas de plástico y las canciones fingidas
que atravesaban calles sin melodía y sin voz.

Ni siquiera yo, que fui el aroma
de la resistencia de los perdidos sin causa,
el alma del perdedor que no sabe rendirse
e insiste en evocar cada derrota,
que atravesé el desierto de tu indiferencia,
la cruz de aquellos ojos que suben el Calvario
y no pueden rezar con palabras que niegan
un pasado de flores que marchitó tu mano,
las garras de tu olvido para volver a amarme,
podré alzar los brazos
ante esa serpiente sonriente que me muerde
alentada por el veneno de tu rencor,
por el sabor lejano de la fruta que mordiste en secreto.


Terminó todo, después vendrá la noche
a despejar las sombras de los claros,
a enamorarse de la tristeza de los días dichosos. 



jueves, 24 de agosto de 2017

Jeff Buckley - Hallelujah





He estado aquí antes, pequeña,
conozco esta alcoba, he hollado sus caminos,
solía estar solo antes de encontrarte,
sobre un arco de mármol vislumbré tu bandera
pero el amor no es una marcha triunfal.
(Leonard Cohen – Aleluya)

Jeff Buckley solo publicó un disco en vida, Grace, aclamado por la crítica y por grandes nombres del mundo de la música, no tanto por el público, aunque con el paso del tiempo haya logrado cifras respetables de venta. Era el año 1994, fue una aparición relativamente tardía y sorprendía que no se hubiera acelerado su lanzamiento por ninguna discográfica desde que en 1991 dejara a la audiencia en estado de trance con la interpretación de cuatro canciones, una de ellas a capella, durante un concierto en homenaje a su padre, el también cantante, Tim Buckley, muerto por sobredosis en 1974 cuando Jeff tenía 8 años, aunque casi nunca había convivido con él, pues lo abandonó cuando solo tenía unos meses. Este es un hecho que marcaría su personalidad tendente a un pesimismo lírico y profundo en sus letras, y su convencimiento de que aquellos que vivió fueron unos tiempos difíciles que habían consagrado a la soledad como una diosa implacable en el torbellino de unas comunicaciones vacías y sin alma, un momento en que las grandes empresas especulaban con el destino de millones de asalariados y una cortina oscura no dejaba que pasara la luz de las buenas intenciones.

Grace, considerado, desde el mismo momento de su publicación, una obra maestra deslumbrante desde un punto de vista cualitativo y emocional, contaba con composiciones propias en las que desarrollaba con entrega la amplia gama de su virtuosismo vocal con una gran variedad de registros usados con maestría y una precisión que hacía parecer innata su habilidad para pasar de graves a agudos sin solución de continuidad según lo requerían las palabras, y unas versiones a las que se empleó con verdadera devoción y en las que conseguía que los oyentes se quedaran con la impresión de que podían considerarse definitivas, ni siquiera Bob interpretó tan bien a Dylan, que nadie podría igualarlas, pues las abordaba  con fe, con convencimiento y con sensibilidad, una virtud esta última que se nombra indefectiblemente como su característica más acusada y a la que no renunciaba a pesar de saber que era denostada en aquel momento tan prosaico y asertivo.

No incluyó ninguna de sus magníficas versiones de Dylan en el disco, pero sí la que le proporcionaría su mayor éxito y la que todos cantan aunque no conozcan al autor;  Hallelujah, publicada en 1984 por su compositor, Leonard Cohen. A pesar de su calidad y la celebridad del poeta no había llamado especialmente la atención del gran público, fue Buckley quien hizo que éste advirtiera que Cohen había añadido una nueva obra maestra a su cuenta repleta de pasiones y desengaños, quien la convirtió en el himno de la triste alegría que ha podido desplegar todo su significado entre el amor, la mística, las referencias bíblicas y el ansia indescriptible de inmortalidad; otros grandes cantantes la han elegido en momentos especialmente emotivos; el exquisito e independiente Rufus Wainright que no pudo quitarse de la mente el influjo sentimental de la memoria de Jeff, quizás la última sea la estremecedora de Chester Bennintong para ofrecer un sentido adiós a su amigo Chris Cornell en su funeral.

Jeff Buckley murió ahogado en el río Wolf a su paso por Memphis adonde se había desplazado para grabar su segundo disco, solo tenía treinta años. Parece ser que pagó caro su atrevimiento al sumergirse en el río vestido y con botas, en lo que no era más que un juego en un instante de euforia. Sus seguidores sostienen que su trastorno bipolar, confesado poco antes, habría estado en el origen de ello, una fase de manía habría propiciado su temeridad, ese momento en que no se percibe el peligro, en el que cualquier obstáculo, por muy difícil que sea, parece fácil de superar.