sábado, 27 de diciembre de 2014

Fosforito y Paco de Lucía, Mortal de Arte y necesidad.




Tú no me dices adiós
cuando paso por tu calle,
tú no me dices adiós
y cuando escuchas mi nombre
se te cambia hasta el color.

Cuando te fuiste de mí
se me acabó la alegría
y las ganas de vivir.

       Mi padre cumple mañana 85 años, y está bien, muy bien, se propuso techar, y lo hizo, con mampostería una terraza que daba, digo bien, ahora da a la nada, a los montes de mi infancia y ahora huele a recalificación notablemente presupuestaria para amigos y familiares bien, muy bien informados, por esta alcaldía sin norte y elegida por el miedo, sin otro amor que el dinero y el prestigio social, sin otra luz que el despilfarro absurdo en bombillas para las diferentes fiestas y ritos que arrastramos de mala gana. 

       Andaluz, como yo, mi padre nació en Torre del Mar (Vélez-Málaga), me escondió hasta donde pudo la mar, pero el mar es tan inmenso que Él mismo te echa una mano para aprehender, en tu propia sangre llena de sal, una mínima comprensión de su quejío de muerte ¡Ay, mi Mediterráneo, qué solo te estás quedando!. (A: Machado)

       Pero lo más hermoso que me ha legado, casi sin querer y de puntillas de bailarina en El lago de los Cisnes, ha sido el Flamenco, en todas sus vertientes, en este apartado soy un tanto light, donde se pongan unas alegrías de Cai, de la orilla izquierda del Paraíso, no se pone nada. Decidme qué palo es éste; la primera estrofa, la mejor con diferencia. Es un cante que empieza por el techo, vuelve a subir a él a ratos y acaba a muy buena altura. Paco, el Sublime de la Isla Verde, a la guitarra, al cante, el Gran Fosforito en sus buenos tiempos.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.