lunes, 20 de marzo de 2017

Destronar al Principito


A una pequeña Tabletita de todo corazón, murió hace mucho tiempo sin saber por qué.



       Destronar al Principito significa coronar con espinas al Pequeño príncipe que solo tiene una rosa que no es suya porque está dominada por la presunción y la egolatría. 

        ¿Está Saint-Exupéry, cuando era niño, detrás del personaje principal?  Nunca lo sabremos. Consuelo Suncín es la rosa que nace en el país de los volcanes, Sylvia Reinhardt es el zorro desprovisto de astucia porque está entregado al amor, Marie es la estrella a la que rezamos y cubre los temores con su manto y su sonrisa. Las tres están admitidas con una claridad meridiana en el devenir del cuento, con la intromisión de Denis de Rougemont para sustituir a la muchacha neoyorquina que, a partir de Antoine, decidió casarse hasta la muerte. 

       Pero el pequeño príncipe no podrá ser desentrañado, era demasiado bueno para ser él mismo; demasiado plebeyo para ser aristócrata, demasiado demócrata para ser republicano. Cabe la posibilidad de que sea la persona a la que más admiraba; León Werth que, entre Cristo, Moisés y el Hombre, probablemente nunca fue niño y nos regaló el milagro de un pacifista que se apunta a la guerra conmocionado por el asesinato del socialista Jaurès. ¿Por qué han matado a Jaurès? se pregunta atónito Brel sin hallar una respuesta. 

          Antoine pudo haberlo tenido claro; había que crear un niño para consolar de una pérdida irreparable al humanista que mejor concilió al creador con la criatura. 

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.