domingo, 18 de junio de 2017

Una estrofa de lluvia de primavera.


Creo que fue John Ford quien dijo que no había ninguna fórmula para alcanzar el éxito con una película pero había una en la que siempre se fracasaba; intentar satisfacer a todo el mundo. No soy partidario de fragmentar una obra, pienso en la amargura de Mankiewichz con la hora y media de Cleopatra arrojada al cubo de la basura cuando empezaba a recuperarse del desasosiego que le habían provocado Liz Taylor y Richard Burton con el inicio de su tempestuosa relación, el divorcio de Welles con Hollywood después de rodar solo dos películas, por que reivindicaba la intervención del artista en todo el proceso de la obra hasta que llegara al público, la agonía interminable de Peckinpah que, posiblemente, no pudo rodar una sola película tal como hubiera deseado y acabó teniendo todas las noches la pesadilla de que se acercaba la productora con las tijeras abiertas en la mano , el retiro temprano de Billy Wilder, cuando aún era un viejo lleno de vida que tenía muchas cosas que contar, por el fracaso económico de su última aportación a la leyenda.

Como si lo que escribo tuviera alguna importancia, la tiene para tres o cuatro amigos, el motivo por el que he roto lo que es mi visión sobre este asunto tiene que ver más con el azar que con razones de índole creativa; sin saber el momento ni el por qué me he convertido en un escritor de pies de página, mantengo a través de ellos un precario equilibrio entre lo que soy y lo que hubiera querido ser, suelo hablar mucho en un medio que me neutraliza, que tiene el mismo efecto que la voz en off, intenta objetivar lo que no tiene remedio en la proclividad hacia la aserción del pequeño burgués que surgió de la pesadilla de la segunda Revolución industrial. 

        Un compañero de un Foro al que le había gustado el poema "Lluvia de primavera" me indicó amablemente que no entendía la extensión excesiva de la última estrofa, decidí, vamos a convenir que, quizás, equivocadamente, dejarla como estaba después de releerla varias veces. Posiblemente porque no tengo vocación de poeta, no suelo irritarme mucho cuando se me corrige o se me hace alguna observación, no veo que se resienta una seguridad, que por otro lado no tengo, cuando se me indica que la cosa puede mejorar con unos retoques leves; he modificado algunos versos cuando las indicaciones de los compañeros me parecían pertinentes y las he agradecido con sinceridad, aunque es posible que no me creyeran, y si no pude  dormir alguna de esas noches habría sido por problemas de conciencia o mi niñez de católico que cree todo lo que le dicen. Pero otras veces, como ésta me he mantenido en mis errores, considero que mis problemas no radican en una sílaba de más o menos, o en la precisa colocación de los acentos, o en la búsqueda de una palabra adecuada. Admito que Kubrik cuide hasta el último detalle con una obsesión enfermiza pero siento una debilidad irracional por la pasión de Fassbinder o el vitalismo de Huston.

Creo que "Por quién doblan las campanas" es una película sensiblemente mejor de lo que nos suelen decir, sé que decepcionó a la crítica cuando al fin se pudo estrenar en España tras la muerte de Franco y que se ensañaron especialmente con el director, Sam Wood, que era un excelente artesano y con la pareja protagonista, Ingrid Bergman por no parecer una muchacha española que encuentra refugio en un bizarro grupo de luchadores republicanos en la sierra de Gredos, en este caso se pueden entender los reparos pero en ninguno las hechuras de americano de Gary Cooper, Robert Jordan era americano.   


Porque tú, querida, más confusa que yo 
con el ritmo de las horas y la caída de los astros, 
lloras por el pasado, mides cada distancia, 
desangras cada verso que no puedes tocar 
y te evoca otro nombre, cuando todos son el tuyo 
y todos los besos se dirigen a tu boca, 
y yo no puedo contener la rabia de los hombres valientes 
que luchan contra el muro de las incomprensiones, 
pienso en Robert Jordan
 que espera el cierre 
de la cortina y se enamora 
del último aliento que mueve su esperanza 
para darles un soplo de vida a los que ama 
y a quienes portan su bandera aunque la desprecien, 
en el último vuelo sin brújula de Antoine 
buscando al hombre libre en un sueño irrenunciable, 
en el Amigo que mira por la ventana el paso de los niños 
porque ya no puede seguirlo 
aunque nunca llegue tarde a una cita 
y recorra la Isla Verde   
con los remos astillados para seguir resistiendo 
los golpes del destino al timón de su barca, 
y en todo esfuerzo inútil ofrendado a la belleza del fracaso; 
buscar la verdad, amar la poesía, 
rendir culto a los muertos, 
sentir la libertad como una llama viva, 
cuando veo que abandonas lo que queda y añoras lo perdido, 
y la sombra de los días se hace larga 
como una noche infinita 
y la vida me parece más oscura y vacía que la muerte.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.