sábado, 3 de junio de 2017

Luis García Montero - Cabo Sounion



Hace dos días asistí a una charla de Luis García Montero, no suelo tener la oportunidad de conocer a poetas consagrados, que recuerde, aparte de él, solo lo hice con su admirado Alberti con el que puede hablar en las alturas. 

Tengo que admitir que tenía un cierto miedo a verme cerca de él y verlo amenazado por el peso de la celebridad y sentirlo lejano, fuera de órbita para un poeta confuso que se consume en el aislamiento de su isla. Apenas pude disfrutar de su compañía pero puedo afirmar que, en pocos detalles muy significativos para mí; su timidez compatible con el hombre público, los gestos con los que atendía a los que le demandaban sus palabras, la sencillez que desprendía... y mis temores se disiparon; me pareció cercano, comprometido, más preocupado por la deriva de Las Humanidades que ha convertido a la poesía en una extraña para las nuevas generaciones en el país que nunca ha tenido buenos políticos pero que siempre ha tenido excelentes poetas que por el culto a su persona; no puedo evitar entregarme a la tristeza cuando escucho a tantos decir que no les gusta la poesía como esperando un aplauso o una felicitación. La experiencia ha sido para mí gratificante y pienso que no la podré olvidar aunque lo intente; nadie me había mostrado con tanta claridad el origen de mis limitaciones, dónde están los terrenos que puedo hollar en mi afán por superarme. 

Recitó varios poemas de un perfil excelso como esos bajorrelieves de Fidias cuyo nombre nos sugiere sin pronunciarlo en "Cabo Sounion", especialmente emotivos fueron "Madre" y "A la inmortalidad", ya los he leído varias veces, ya puedo decir que tengo un espejo, una visión entrañable de la vida a pesar de las miserias y del paso del tiempo.

Cabo Sounion es el primer poema que leí del poeta granadino, han pasado muchos años y nunca ha dejado de impresionarme, nunca he dejado de leerlo, desde un primer momento me sentí impelido a lograr ese clímax, esa elegancia, esa profundidad, ese verso libre al que no le falte ni le sobre nada, esas citas esplendorosas que serán recordadas y que le confieren en vida a su autor la calidad de clásico, heredero privilegiado de la tradición poética más importante que ha existido en castellano, con permiso del Chile de Neruda, Rojas, Huidobro... 

No vivimos un buen tiempo para la poesía; está nuestro sistema educativo y están nuestros políticos, sobre todo los de derechas, empeñados en lograr que el hombre de la calle no sepa de su existencia o que la mire con desdén cuando la perciba , a ello se une, y esto es una peculiar opinión mía que puede no ser compartida, el uso discutible que se hace de ella en la Red; he llegado a la conclusión de que hay más gente que escribe que gente que lea, que es importante la relación que se tenga con el autor de un poema y no lo es la calidad de este último. García Montero habló con devoción de Garcilaso, de Antonio Machado, de Lorca... esos desconocidos de quienes casi todos sabemos los nombres y puso un énfasis preciso y pertinente sobre la necesidad de leer para poder escribir. 

Quedé encantado con su presencia aunque fueran unos segundos en dos pequeñas aproximaciones dubitativas y envalentonado por mi mujer, intimidado por la certeza de que pocas veces he coincidido tanto con alguien en su discurso diáfano y apasionado, es indudable que si fuera un poeta de origen anglosajón nadie dudaría de que convivimos con alguien que enaltece su tiempo y la sociedad que le ha tocado vivir, que su nombre será pronunciado por los niños en el colegio cuando vuelva la poesía de su letargo oscuro y triste al que le ha condenado nuestros hombres grises enamorados de unas ciencias que no conocen pero les deslumbran, pienso que no hay nada más hermoso a que un muchacho sueñe con una compañera de clase y lo exprese con las palabras temblorosas de amor que ha escrito un poeta.


(1 de junio de 2017) 


Cabo Sounion 

Al pasar de los años,
¿qué sentiré leyendo estos poemas
de amor que ahora te escribo?
Me lo pregunto porque está desnuda
la historia de mi vida frente a mí,
en este amanecer de intimidad,
cuando la luz es inmediata y roja
y yo soy el que soy
y las palabras
conservan el calor del cuerpo que las dice.

Serán memoria y piel de mi presente
o sólo humillación, herida intacta.
Pero al correr del tiempo,
cuando dolor y dicha se agoten con nosotros,
quisiera que estos versos derrotados
tuviesen la emoción
y la tranquilidad de las ruinas clásicas.
Que la palabra siempre, sumergida en la hierba,
despunte con el cuerpo medio roto,
que el amor, como un friso desgastado,
conserve dignidad contra el azul del cielo
y que en el mármol frío de una pasión antigua
los viajeros románticos afirmen
el homenaje de su nombre,
al comprender la suerte tan frágil de vivir,
los ojos que acertaron a cruzarse
en la infinita soledad del tiempo.





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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.