sábado, 24 de junio de 2017

Patti Smith - Gloria in excelsis Deo




Quizás debamos, Era, agradecer que pertenezcamos a un tiempo en el que las noticias llegan con una celeridad asombrosa y en el que la música vino a traernos la poesía que quizás no encontró un sitio en su forma convencional, al menos no en la medida de la narrativa.

El país que, con sus muchas miserias también, marca la pauta en las manifestaciones culturales busca los laureles en una sociedad a la que no le gusta mirar al pasado, según decía Jim  Morrison mientras se perdía por las calles de Paris y frecuentaba hoteles donde las ventanas empañaban poemas sin escribir y en sus cristales acumulaban el olor de los blancos pétalos marchitos.

Bob Dylan, Lou Reed, Paul Simon, Phil Ochs y, permíteme que incluya al canadiense Leonard Cohen y la Patti Smith que desgarraba en “Horses” y se esforzaba por liberarse del sentimiento de culpa y preguntaba a los ángeles en Radio Ethiopia son poetas con mayúsculas acordes con su tiempo y sus experiencias, con el sentimiento de singularidad asfixiante que los convierte en testigos privilegiados de un tiempo contradictorio en el que llegamos a la Luna y convertimos el territorio de los países que luchan por sacudirse el yugo de los vestigios del colonialismo en un infierno. 

No es nada, mamá, solo estoy sangrando, dijo Dylan. En términos absolutos puede que lo que yo he escrito sea una nadería, pero me pareció interesante y espontáneo meterme en la piel de aquel jovenzuelo genial e irreverente cuando las cosas no le iban bien porque el amor y el deseo estaban por medio y le dolía no ser un amante anónimo que esperara a su chica en una esquina y una llamarada de verdad en el viento; Porque a todas las nubes les dije que te amaba y ninguna de ellas me trajo una respuesta.

Se suele pensar que la imaginación es menos importante en la poesía que en la narrativa, no lo veo tan claro. Pienso que es un deseo de protagonizar esa película que no has visto, el ansia de vivir lo que se te ha ido escapando mientras aparecían las arrugas y las canas, mientras se desteñía el miedo a morir que nos hacía temblar de niños y pensabas perdido en un error que llorarás hasta tus últimos días que el amor fuera un asunto de los otros.

Secundé a Pasternak cuando dijo que los poetas carecían de imaginación, y le di la razón porque en un primer momento, no supe de su amargura, no vislumbré el velo gris de su ironía, no comprendía que hubiera escrito una obra maestra narrando lo que había visto vertiendo en unas imágenes despiadadas la sangre de sus propios sentimientos.

11 de noviembre de 2014

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.