domingo, 25 de junio de 2017

Lou Reed - Berlin



Si yo fuera Lou Reed, habría cogido al toro por los cuernos, como suele decir una de mis hermanas cuando airea  sus logros en todas las direcciones de los vientos y oculta sus limitaciones encendiendo las luces en un día a pleno sol, más o menos como todo pequeño burgués que se precie entre los que me incluyo, tenía que acallar mi conciencia y, como siempre, tomé la ruta equivocada. Pero como dicen en el genial doblaje argentino de Pinocho: ¿Para qué quieren los artistas tener  una conciencia? .

Diría en estos momentos que la tortura de escribir tiene mucho de placentero que tenía algo que decir y lo hice, pero él sabía muy bien lo que se decía y adónde disparaba. Yo soy de Abyla donde desde 1986 hay muy poco que decir por la mediocridad moral de nuestros políticos que no saben verdaderente lo que significa la palabra racismo. 

Pero el huraño poeta urbano me enseñó a embriagarme cuando en pleno desenfreno me bañaban las luces de neón de la pequeña Manhattan y me llevó, en el que probablemente sea su mejor disco aunque casi nadie se haya enterado, a un Berlín decadente y lastimero donde, por entonces, se levantaba un muro que era el símbolo de la guerra fría y separaba dos formas equivocadas de interpretar el mismo mundo, eso mismo ocurre en Abyla y nuestros hombres preclaros han preferido no darse cuenta si no afecta a sus privilegios heredados.

Creo que Berlín es la obra maestra peor tratada en el mundo de la música, como la propia ciudad en el año en que le amputaron varios miembros a la ciudad europea del Norte de África que ya no puede andar sin tropezarse, que sin cuerdas vocales ya no puede cantar y se arrastra como los monstruos de Tod Browning, Silvio Rodríguez dijo con mucha razón que a nadie le interesa lo de otra gente con sus tristezas.

Jim y Caroline cuentan con todos los pronunciamientos para destruirse ellos mismos sin la ayuda del entorno y no les hace falta la debacle ruinosa de la ciudad para conseguirlo, ella lo hace, la heroína no puede soportar el estado lamentable al que le precipita su homónima, también Jim tiene su larga condena; pasar toda una vida entre los remordimientos y la presencia trágica de la muerte. El arte no tiene que ser necesariamente bello; puede ser sórdido, crudo, fatalista. 


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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.