martes, 20 de junio de 2017

Mientras las limusinas esperaban en la calle



Nunca deberías haber aceptado no haber dado todo lo que pudiste, no haber sabido exprimir tu leyenda para que pudieras yacer de pie en la gloria caprichosa y efímera de los hermosos vencidos, no escribir más canciones. Pero debiste aceptar con elegancia que el público mostrara su desconcierto cuando no podía arrastrar las cadenas de tus excesos ni soportar los patéticos delirios iconoclastas de tu ebriedad encima de un escenario que no podía protegerte.

Ni siquiera Janis Joplin en la cúspide de su desenfreno, en el cénit de su gloria debería haberle dado la espalda a la multitud, en ella había muchachos que canturreaban sus canciones y creían en el espíritu del himno de las flores, había quien gemía cuando enmarañaba sus cabellos a ritmo de un blues dolorido y exigente, quien lloraba de incomprensión en la calle mientras las limusinas la esperaban, supongo que hubieran deseado que se desplazara en un pequeño Ford, que llevara con orgullo haber sido una muchacha de clase media acomplejada por sus granos y por su peso.




Pero te fuiste, ¿no es cierto, nena? y nunca más escuché que me necesitabas mientras la gente decía tonterías a nuestro alrededor. Pero ya ves, no te quería tanto como para luchar por enderezar las palabras erráticas de un ángel caído, las mías apenas me hacían despegar de los días monótonos y del miedo a la vida; es duro tener alas y no poder volar, perder la libertad por no haber sabido interpretar la metáfora que temblaba con cada acorde en los labios de la rosa. Te fuiste, nena, y las primaveras han sido más cortas desde entonces, nadie supo explicarme que los años duran menos cuanto más de cerca nos miran los ojos de la fosa común del olvido, nadie supo ocupar tu pedestal de un modo convincente y prolongado.

       Yo no te quería tanto como para recoger del suelo aquel pájaro herido que llevabas en el pecho y se ahogaba en tu canto cuando Leonard, ya cansado y aceptando la derrota ante los años del viejo hoplita que vuelve al desfiladero donde enterró oscuros versos inmortales, aún danzaba en las dominios de Plutón para tener a esa muchacha que no eras tú, no tenía tu nombre, pero tenía tu rostro.  

     Como dijo el poeta de los tristes, de los perdidos; solo pienso en ti de vez en cuando, pero es suficiente para que tenga que secarme una lágrima de vinagre y de sal, para que sostenga en una mano una pistola que te recuerda siempre y en la otra una flor que te ha olvidado.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.