jueves, 8 de junio de 2017

Fernando Merlo - A mis venas


     

El poeta es ese viejo pescador solitario que lleva ochenta y tantos días sin pescar un solo pez y del que todos piensan que su aventura se ha acabado, pero él sale cada mañana con la esperanza de atrapar ese emperador cuyo tamaño y bravura en la lucha por su vida le otorgue la única victoria posible para mitigar el peso de la sombra de un vencido. Los que pierden no pueden quejarse, como decía el pragmatismo de los romanos, pero sí pueden demostrar lo injusta que puede ser una derrota, que las garras de la indiferencia no pueden arañar el orgullo de haberse hecho lo que era necesario para evitarla. 

Fernando Merlo fue un poeta transgresor y valiente que encontraría ese pez al final de su vida de la forma más inesperada, viendo su trayectoria con las formas hasta entonces; un soneto con regusto clásico de factura impecable que, como en estos casos, es un regalo sonoro para los oídos; eso sí con una temática realista y demoledora, era heroinómano y, como en el resto de su poesía, insiste en la presencia de la muerte en esa nieve, un terreno propicio para acabar con los sueños que alentaba en los primeros escarceos de un amor que mata. No tenía ni treinta años cuando fue encontrado muerto detrás del túnel con una aguja clavada en su brazo. A buen seguro, hubiera conseguido conciliar le estética que perseguía con el fondo en el que insistía con devoción de haber vivido más, de habernos mostrado la angustia de un perdido en plena madurez, en la reconciliación con la existencia a pesar de su falta de sentido.

Fernando Merlo encontró en la poesía el instrumento preciso con el que explayar su originalidad, sus dudas, su talento y la agonía vitalista  reflejada en su obsesión por la muerte, por el miedo que sentía cada vez que castigaba su propio cuerpo, el alma de su resistencia, la gloria de un poeta que proyectaba sus laureles hacia el futuro. 

Estos cauces que ves amoratados
y de amarillo cieno revestidos,
eran la flor azul de los sentidos,
que hoy descubre sus pétalos ajados.

Besos verdes de aguja en todos lados
hieren la trabazón de los tejidos
y denuncian los brazos resentidos,
la enigmática piel de los drogados.

Las que llevaban vida y alimento
son tibias cobras de veneno breve,
blanco caballo con la sien de nieve.

Trotando corazón y sentimiento
que por las aguas de la sangre vierte
con rápido caudal la lenta muerte.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.