sábado, 17 de junio de 2017

A Jaume Gimbert



Mi intuición me dice, no sabría decir por qué, que detrás de ese anonimato en el que te refugias se esconde una desconocida, espero que me perdones si no es así, considero que no tiene excesiva importancia, tampoco la tiene que, siguiendo una regla no escrita parte del mensaje lo hayas escrito en mayúscula, sé que no puedes estar enfadada conmigo. Intentaré explicarte en pocas palabras lo que significó en mi vida Jaume.

         Compartí con él tan solo seis meses de mi vida, el poema lo escribí un año después y la dedicatoria cuando habían pasado más de treinta años, ya sé que no es un buen poema, pero lo miro de otra manera desde que escribí su nombre en la cabecera.

 Era una persona diferente a todas las personas que he conocido; el dinero que le llegaba con cierta regularidad no le duraba ni un día y lo solía gastar con los compañeros, sin ser excesivamente culto tenía una sensibilidad más que aceptable por el arte, siendo catalán se arrancaba, bastante mal por cierto, por bulerías, eligió relacionarse solo con seis o siete compañeros, entre ellos un vasco de Vitoria, un gitano de Jerez proclive a la delincuencia, un madrileño hermoso y tatuado que había nacido en Alemania, un lector infatigable que, equivocadamente, bautizó como Chileno porque tenía la piel morena cuando la gente de esa procedencia  son los españoles del Cono Sur y dos ceutíes, el entrañable Enrique, al que solo veo de vez en cuando, y yo. Tenía una novia que se llamaba Dolors y era una enamorada de "El pequeño príncipe" y me conocía, a través de él, sin que me hubiera visto. 

Jaume tenía una sonrisa contagiosa, permanente y una magia exquisita para convertir en llevaderas las situaciones más insoportables, hasta las paredes del puesto de guardia me parecían pintadas de libertad cuando él estaba a mi lado.

Creo que tengo motivos para pensar que me eligió como el más querido de aquellos amigos improvisados, que me enseñó que cualquier noche puede salir el sol y, sin ser nacionalista, me mostró la belleza de un canto reivindicativo como "Els segadors", cuando lo cantaban las víctimas de la intolerancia y no los verdugos de la convivencia.

         Me preguntarás por qué una amistad tan pura terminó cuando me licencié dejándolo en Toledo perseguido por el desdén aristocrático de una población que despreciaba a los soldados de reemplazo que les proporcionábamos una buena parte de su sustento. Fue muy simple; no nos dejamos nuestras respectivas direcciones. Es evidente que yo no sé quién es, hoy en día, Jaume Gimbert, pero siempre recordaré a ese muchacho con el que compartí penas y alegrías durante seis meses que, como diría Dolors influenciada por Saint-Exupéry, lo esencial de una amistad no es la duración del tiempo que empleamos en ella , aun siendo importante, sino lo que somos capaces de hacer con ella en los instantes que podemos vivirla con intensidad.

Gracias por haberme permitido con tu comentario que vibre con el poder evocador de la nostalgia, no debemos olvidar nunca a las buenas personas que se cruzan por nuestras vidas.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.