viernes, 24 de mayo de 2019

Hay que dar un sentido a la vida de los hombres

A Pascual, Pedro y Lluvia. Ellos y otros compañeros de Aires de libertad han hecho que aún me quede un hilo para seguir creyendo en el Hombre. Quizás pueda volver a volar en la cola del cometa.




Hay que dar un sentido a la vida de los hombres



Todos, bajo las palabras contradictorias, sentimos los mismos impulsos. La dignidad de los hombres, el pan de nuestros hermanos. Nos dividimos sobre métodos que son fruto de nuestros razonamientos, no sobre los objetivos. Y vamos a la guerra los unos contra los otros en la dirección de las mismas tierras prometidas.
Basta, para reconocerlo, con observarnos desde un poco lejos. Entonces se nos descubre en guerra contra nosotros mismos. Entonces, nuestras divisiones, nuestras luchas, nuestras afrentas son las de un mismo cuerpo que se contrae sobre sí mismo y se desgarra en la sangre del alumbramiento. Algo surgirá, que superará estas imágenes diversas, pero debemos apresurarnos en forjar la síntesis. Hay que ayudar a la liberación, no sea que nos arrastre a la muerte. No olvidéis que hoy la guerra se practica con los torpedos y el gas mostaza. La atención a la guerra ya no es confiada a una delegación de la nación que recoja los laureles sobre las fronteras y, a un precio más o menos oneroso, enriquezca, tengo que admitirlo, el patrimonio espiritual de un pueblo. Hoy día la guerra no es más que una cirugía de insecto que dirige sus picaduras a los ganglios del adversario. A partir de la declaración de una guerra, explotarán nuestras estaciones, nuestros puentes, nuestras fábricas. Nuestras ciudades asfixiadas esparcirán su población por los campos. Y, desde un primer momento, Europa1, un organismo con doscientos millones de hombres, habrá perdido su sistema nervioso, como quemado por un ácido, sus centros de control, sus glándulas reguladoras, sus conductos quilíferos, no constituirá más que un enorme cáncer y comenzará, in situ, a descomponerse. ¿Cómo alimentaréis a estos doscientos millones de hombres? Ellos no desenterrarán jamás bastantes raíces.
Cuando la contradicción se vuelve tan apremiante, hay que apresurarse para superarla. Pues nada somete a una necesidad que busca su expresión. Si encuentra, a falta de algo mejor, esta expresión en una ideología que conduce a la guerra2, no dudemos en absoluto; haremos la guerra. Podemos responder mejor que a través de la guerra a las necesidades que atormentan al hombre, pero es inútil negarlas. Podéis gritar vuestras razones por las que odiar la guerra a este oficial del Sur de Marruecos que conocí, del cual no me atrevo a dar el nombre, por temor a molestarle. Si no queda convencido, no le tratéis en absoluto como un bárbaro. Escuchad primero este recuerdo.
Él estaba al mando, durante la guerra del Rif, de un pequeño puesto situado en un rincón entre dos montañas disidentes. Una noche recibía a unos parlamentarios descendidos del macizo del Oeste. Bebían té, como es debido, cuando estalló un tiroteo. Las tribus del macizo del Este cargaban contra el puesto. Al capitán que se despedía de ellos para poder combatir, los parlamentarios enemigos le respondieron: " Hoy somos tus huéspedes, Dios no permite que te abandonemos..." Se unieron a sus hombres, salvaron el puesto y regresaron a su disidencia.
Pero la víspera del día que, a su vez, se preparan para atacar al capitán, he aquí que vuelven de nuevo.
"La otra noche, te ayudamos...
·         Es cierto.
·         Gastamos trescientos cartuchos por ti.
·         Es cierto.
·         Lo justo sería que nos los devolvieras.
Y el capitán, gran señor, no puede aprovecharse de una ventaja que menoscabaría su nobleza. Les devuelve los cartuchos por los que quizás llegue a morir.
La verdad, para el hombre, es lo que hace de él un hombre. Cuando aquel que ha conocido esta altura en las relaciones, esta lealtad en el juego, este don mutuo de una consideración que compromete la vida, compara esta expansión, que le fue permitida, con la mediocre calidad del demagogo que habría expresado su fraternidad a los propios árabes con grandes palmadas en la espalda, que, quizás, habría halagado al individuo, pero humillado al hombre que hay en él, aquel no sentirá hacia vosotros, si le censuráis, más que una piedad un poco despectiva. Y tendrá razón.
No intentéis explicar a un tal Mermoz que desciende la vertiente chilena de los Andes, con su victoria en el corazón, que se ha equivocado, que una carta, quizás de un vendedor, no valía el riesgo de su vida. Mermoz se reirá de vosotros. La verdad es el hombre que nació en él cuando atravesaba los Andes.
Y si el alemán, hoy, está preparado para derramar su sangre por Hitler, entonces comprended que es inútil contradecir a Hitler. Esto es porque el alemán encuentra en Hitler la ocasión de entusiasmarse y de ofrecer su vida, pues para este alemán, todo esto es grande. ¿No comprendéis que la potencia de un movimiento reposa en el hombre al que libera?
¿No comprendéis que su don, el riesgo, la fidelidad hasta la muerte, son ejercicios que contribuyeron de sobras a crear la nobleza del hombre? Cuando buscáis un modelo que proponer, descubrís al piloto que se sacrifica por su correo, al médico que muere en el frente de las epidemias, al meharista3 que, a la cabeza de su pelotón moro, se hunde en la indigencia y la soledad. Algunos mueren cada año. ¿Incluso si su sacrificio es en apariencia inútil, creéis que no ha servido para nada? Han marcado en primer lugar una bella imagen en la pasta virgen que somos, han sembrado en la conciencia del niño pequeño mecido por los cuentos surgidos de sus gestas. Nada se pierde y hasta el monasterio encerrado entre muros resplandece.
¿No comprendéis que, en alguna parte, hemos tomado el camino equivocado? La termitera humana es más rica que antes, disponemos de más bienes y ocio, y, sin embargo, nos falta algo esencial que no sabemos definir. Nos sentimos menos hombres, hemos perdido en alguna parte las prerrogativas misteriosas.
He criado gacelas en Juby4. Todos allí hemos criado gacelas. Las encerrábamos en una finca de enrejado, al aire libre, pues a las gacelas les hace falta el agua corriente de los vientos, y nada es tan frágil como ellas. Capturadas jóvenes, sobreviven sin embargo y comen de vuestra mano. Se dejan acariciar y hunden su hocico húmedo en el hueco de la palma. Se las cree domesticadas. Se cree haberlas protegido de la pena desconocida que apaga sin ruido a las gacelas, y les provoca la muerte más tierna. Pero llega el día en que las encontráis, presionando con sus pequeños cuernos el cercado, en dirección al desierto. Están imantadas. Ellas no saben que os huyen; la leche que le lleváis, vienen a beberla, se dejan todavía acariciar, hunden con más ternura todavía el hocico en vuestra palma…Pero, apenas las soltáis, descubrís que después de un aparente galope dichoso vuelven de nuevo contra el enrejado. Y, si no intervenís más, permanecen allí, incluso sin intentar luchar contra la barrera, apoyándose simplemente contra ella, la nuca baja, con sus pequeños cuernos, hasta morir. ¿Es la temporada de celo, o la simple necesidad de un galope largo hasta perder el aliento? Ellas lo ignoran. Sus ojos no estaban aún abiertos cuando las capturasteis. No saben nada de la libertad en las arenas, ni del olor del macho. Pero sois más inteligentes que ellas. Sabéis lo que buscan, es la extensión la que las colmará. Quieren ser gacelas y bailar su danza. A ciento treinta kilómetros por hora, quieren conocer la fuga rectilínea, cortada por bruscos brincos, como si, aquí y allá, las llamas escaparan de la arena. ¡Poco importan los chacales, si la verdad de las gacelas es saborear el miedo que solo las obliga a superarse, y provoca en ellas las más altas acrobacias! Qué importa el león si la verdad de las gacelas es yacer abiertas por un golpe de garras bajo el sol. Las miráis y pensáis: aquí están presas de la nostalgia... La nostalgia, es el deseo de no se sabe qué. Existe el objeto del deseo pero no hay palabras para decirlo5.
¿Y a nosotros, qué nos falta?
¿Cuáles son los espacios que pedimos que se nos abran? Buscamos liberarnos de los muros de una prisión que se espesa a nuestro alrededor. Se pensaba que, para crecer, bastaba con vestirnos, alimentarnos, responder a todas nuestras necesidades. Poco a poco crearon en nosotros al pequeño burgués de Courteline, al político de pueblo, al técnico cerrado a toda la vida interior. Se nos instruye, me responderéis, se nos ilustra, se nos enriquece mejor que antes con las conquistas de nuestra razón. Pero se hace una pobre idea de la cultura del espíritu aquel que cree que ella se basa en el conocimiento de fórmulas, en el recuerdo de resultados adquiridos6. El mediocre que ha quedado el último en la Politécnica sabe más sobre la naturaleza y sobre sus leyes que Descartes, Pascal y Newton. Sin embargo se muestra incapaz de lograr uno solo de los planteamientos de los que fueron capaces Descartes, Pascal y Newton. A estos se les cultivó primero. Pascal, ante todo, es un estilo. Newton, ante todo, un hombre. Se hizo espejo del universo. La manzana madura que cae en un prado, las estrellas de la noche de julio, él escuchó que hablaban la misma lengua. La ciencia, para él, era la vida.
He aquí que descubrimos con sorpresa que hay condiciones misteriosas que nos fertilizan. Unidos a los otros por un objetivo común y que se sitúa fuera de nosotros, solamente entonces respiramos. Nosotros, los hijos de la era de la comodidad, sentimos un inexplicable bienestar al compartir nuestros últimos víveres en el desierto. A todos aquellos entre nosotros que han conocido la gran alegría de las reparaciones en el Sahara, cualquier otro placer les pareció insignificante.
Por lo tanto, no os asombréis. Aquel que no sospechaba nada del desconocido que dormía en él, pero le ha sentido despertarse, una vez, en un sótano de anarquistas, en Barcelona, a causa del sacrificio de la vida, de la solidaridad, de una imagen rígida de la justicia, no conocerá más que una verdad: la verdad de los anarquistas. Y aquel que haya una vez montado guardia para proteger a una comunidad de monjitas arrodilladas, aterrorizadas, en los monasterios de España, morirá por la Iglesia de España.
Queremos ser liberados. Quien da un golpe de pico quiere encontrar un sentido a su golpe. Y el golpe de pico del recluso apenas se parece al del minero que engrandece a quien lo da. La cárcel no reside allí donde se dan los golpes de pico. No hay apenas horror material. La cárcel reside allí donde se dan los golpes de pico que no tienen apenas sentido, que no conectan a quien los da con la comunidad de los hombres7.
Y nosotros queremos evadirnos de la cárcel.
Hay doscientos millones de hombres en Europa que no encuentran sentido y querrían nacer. La industria les ha arrancado el lenguaje de las estirpes campesinas y les ha encerrado en guetos enormes que parecen estaciones de mercancías llenas de trenes con vagones negros. Desde el fondo de las ciudades obreras, ellos querrían ser despertados.
Hay otros, atrapados en el engranaje de todos los oficios, en los cuales les están prohibidas las alegrías de Mermoz, las alegrías religiosas, las alegrías del sabio, que también querrían nacer.
Ciertamente se les puede animar vistiéndoles de uniforme. Entonces cantarán sus cánticos de guerra y compartirán su pan entre camaradas8. Habrán encontrado lo que buscan, el gusto de lo universal. Pero, por el pan que se les ofrece, van a morir.
Se puede desenterrar los ídolos de madera y resucitar las viejas lenguas que han pasado, mal que bien, su prueba, se puede resucitar la mística del pangermanismo, o del imperio romano. Se puede embriagar a los alemanes de la ebriedad de ser alemanes y compatriotas de Beethoven. Hasta se puede halagar en exceso a un fogonero9. Ciertamente es más fácil que sacar de un fogonero a un Beethoven. Pero estos ídolos demagógicos son unos ídolos carnívoros. Quien muere por el progreso de los conocimientos o la cura de las enfermedades sirve a la vida al mismo tiempo que muere. Es bello morir por la expansión de Alemania, de Italia o de Japón pero el adversario no es entonces esta ecuación que se resiste a la integración, ni el cáncer que aguanta el suero, el enemigo es el hombre de al lado. Es necesario afrontarlo, pero hoy no se trata ya de vencerlo. Cada uno se instala al abrigo de un muro de cemento. Cada uno, a falta de algo mejor, lanza, noche tras noche, unas escuadrillas que torpedean al otro en sus entrañas. La victoria es para quien se descomponga el último, mirad España; los dos adversarios se pudren juntos.
¿Qué nos hacía falta para nacer a la vida? Darnos. Sentimos oscuramente que el hombre no puede comulgar con el hombre sino a través de una misma imagen. Los pilotos se reencuentran si luchan por el mismo correo. Los hitlerianos si se sacrifican por el propio Hitler. La cordada de escaladores si tiende hacia la misma cima. Los hombres no se unen si se abordan directamente los unos a los otros, pero sí cuando se fusionan en el mismo dios. Teníamos sed, en un mundo convertido en un desierto, de encontrar camaradas: el placer del pan compartido entre camaradas nos hizo aceptar los valores de la guerra. Pero no necesitamos la guerra para encontrar el calor de los hombros vecinos en una carrera hacia la misma meta. La guerra nos engaña. El odio no añade nada a la exaltación de la carrera.
Puesto que es suficiente, para liberarnos, con ayudarnos a tomar conciencia de un objetivo que nos vincule a los unos con los otros, mejor buscarlo en lo universal. El cirujano que pasa visita no escucha las quejas de aquel a quien ausculta: a través de éste ve al hombre a quien intenta curar. El cirujano habla en lenguaje universal. Con su pulso firme, el piloto de línea aplasta los remolinos y es un trabajo de forzado. Pero, luchando, sirve a las relaciones humanas. La potencia de este pulso acerca los unos a los otros entre aquellos que se amaban y buscaban reunirse: este piloto entra también en lo universal. Y el simple pastor que cuida sus ovejas bajo las estrellas, si toma conciencia de su papel, se destapa como más que un pastor. Es un centinela. Y cada centinela es responsable de todo el Imperio.
Para qué engañar al fogonero empujándole, en nombre de Beethoven, contra el hombre de al lado. Qué engaño, cuando, sobre el mismo territorio, se encarcela a Beethoven en un campo de concentración, si no piensa como el fogonero. El objetivo para este debe ser crecer y hablar un día, como Beethoven, un lenguaje universal.
Si tendemos hacia esta conciencia del Universo, volveremos a entrar en el propio destino del hombre. Solo lo ignoran los comerciantes que se instalan tranquilamente en la ribera y no ven pasar el río. Pero el mundo evoluciona. De una lava en fusión, de una masa de estrella, nació la vida. Poco a poco, nos hemos elevado hasta escribir cantatas y medir nebulosas. Y el comisario, bajo los obuses, sabe que la génesis no está terminada en absoluto y que debe proseguir su elevación. Es hacia la conciencia que la vida camina. La masa de estrella alimenta y forma lentamente su flor más alta.
Pero ya es grande este pastor que se descubre centinela.
Cuando marchemos en la buena dirección, esa que habíamos tomado desde el principio, despertándonos de la arcilla, solamente entonces seremos felices. Entonces podremos vivir en paz, pues lo que da sentido a la vida da sentido a la muerte.
Es tan dulce la sombra del cementerio provenzal, cuando el viejo campesino, al final de su reino, entrega a sus hijos su lote de cabras y olivares, para que ellos, a su vez, lo transmitan a los hijos de sus hijos. No se muere más que a medias en un linaje campesino. Cada existencia, a su turno, se rompe como una vaina y esparce sus granos.
Estuve, una vez, con tres campesinos, en el lecho de muerte de su madre. Y, ciertamente, era doloroso. Por segunda vez era cortado el cordón umbilical. Por segunda vez se rompía el nudo que une a una generación con otra. Esos tres hijos se sorprendían solos, teniendo que aprenderlo todo, privados de una mesa familiar donde juntarse los días de fiesta, privados del polo en el que todos ellos se reunían. Pero yo descubría también, en esta ruptura, la vida ofrecida por una segunda vez. Estos hijos, ellos también, a su vez, serían cabeza de linaje, puntos de reunión y patriarcas hasta el momento en que pasaran, a su vez, el mando a esa camada de pequeños que jugaban en el patio.
Yo miraba a la madre, esta vieja paisana de rostro calmo y de piedra, con los labios apretados, ese rostro tornado en una máscara pétrea . Y lo reconocía en el rostro de los hijos. Esa máscara había servido para imprimir la de ellos. Ese cuerpo había servido para imprimir sus cuerpos, esos cuerpos hermosos de hombres que se mantenían erguidos como árboles. Y ahora ella reposaba rota, pero como una rica corteza a la que se le ha sacado el fruto. A su vez, hijos e hijas, de su carne, imprimirían pequeños hombres. No se moría en la granja. ¡La madre había muerto, viva la madre!
        Dolorosa, sí, pero muy sencilla esta imagen del linaje que abandona uno a uno, en su camino, sus bellos despojos de cabellos blancos yendo hacia no sé qué verdad, a través de sus metamorfosis.





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