miércoles, 8 de mayo de 2019

Fotografías de púgil pensativo

Te amo y te odio al mismo tiempo.
Me preguntarás cómo puede ser así.
No lo sé. 
Pero es lo que siento, lo que me crucifica.
(Catulo)


  

1

No guardaste el libro de latín con tu firma en la solapa,
con mi nombre perfilado 
en los trapos rojizos de la muñeca polvorienta
que dejaste arrumbada en la sangre perdida
del bosque de los miedos.

Entonces sonreías, a ese soldado desarmado
que no supo amarte, a pesar de que el Leteo
había desembocado para siempre 
 en los ateridos labios del puerto de Algeciras.
 
Después llegaron los días cenicientos 
del marasmo
mientras mi sonrisa fracasaba en las ruedas obstruidas
de un vagón empeñado en  destrozar  los carriles 
de la ineludible y asertiva ruta que se hunde 
en la oscuridad del tren de los acasos.

2

Ya no asoma en tus mejillas la hora de los besos irreflexivos  
ni te embarga la muerte
del pajarillo tierno que volaba dichoso a tu regazo
mientras yacía en las brumas de las reminiscencias
 un tembloroso y solitario corazón
con un soplo venerado que resistía en la esquina
la agresividad de los segundos
esperando que los golpes se olvidaran de su rostro
y tus lúbricas plegarias,
implorando que sonara, entre las cuerdas,
 el ansiado crepúsculo del último combate,
el halo redentor de una campana compasiva
que detuviera el sufrimiento
de un amor extinguido junto a los Baños árabes,
la levedad de un siglo de martirio prorrogado
por el silencio de la catedral cuando se marchaban los muertos
y volvía la sombra de la humedad a los estancos
que vendían las caricias 
convertidas en telúrico humo de alquitrán en la mañana
movida por la resaca ahogada por el Levante,
en himnos sagrados forjados a golpe de uniformes laicos
 y toques militantes de nostálgicas cornetas.

3

Derribaron el ring en cuyo nítido centro 
danzábamos como niños entre las vides 
con un juego de piernas grácil y despreocupado
que esquivaba la caída de los sueños,
de la elegancia y la ternura
cuando no podía la vida sepultarnos en su tristeza, 
cuando arrojábamos la herida desde el rincón  
de los triunfos dolorosos,  abrasivos y amargos
que caminan en el óbito del verdor y no se olvidan.

4

Las estatuas de mármol han perdido su placa
y no saben a qué dios invocar
para calentar las balaustradas agrietadas
que resisten el abrazo inclinado al desencuentro
de los mares antiguos en el Paseo de la Marina,
para detener la imagen surgida de una copia rutinaria
que agrede el dramatismo patético, sangrante y obnubilado
que se entrega, 
como el sauce de las hojas que amabas, 
al dolor y a la noche
como una hetaira que no encuentra la frescura de su rostro,
la firmeza de sus senos, 
el hechizo de su voz 
y frustrada por el tiempo castiga enritada
la soledad de un eterno perdedor hundido en su pensamiento
y la agonía 
de unos ojos hinchados
que no pueden ver la oscuridad de los soles entre la niebla.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.