martes, 10 de enero de 2017

Queen - The show must go on.




Lo que fuera arrancar besos en el olvido 
es un trotar sin gracia invocando la suerte, 

pasan enfermedades, citas que nos aguardan 
con la fragilidad sincera de los cuerpos, 
y pasan comentarios vacíos que no llegan 
mientras toda la muerte reina en los hospitales 
y el verso se nos hunde sin libertad ni orquesta
  
No tenía en mente a Falstaff cuando escribí lo que muestro, hablaba de una situación propia, pero he acabado por ver su sombra en la descripción que hacía de mí mismo, de mis aspiraciones, de mis sueños perdidos, de la amistad que no sabemos distinguir cuando la llenamos de ideales que no resisten la confrontación con los intereses de la realidad. El amor sigue sin decirnos por qué hacemos daño a las personas que amamos cuando las imaginamos fuertes, por qué ellas nos lo hacen a nosotros cuando nos ven más desprotegidos.

Aunque admiro a Orson Welles y conozco una buena parte de su obra mi contacto con "Campanadas a medianoche" se remite a una crítica magistral que leí hace mucho tiempo y que no he vuelto a encontrar pero incorporó su personaje protagónico a mi vida. 

Shakespeare era moderno, pero no hasta el punto de hacer morir a su personaje de tristeza, lo llevaría, como noble que era aunque no lo pareciera ya que tenía corazón, al campo de batalla para que se encontrara con la muerte y pudiera, como un valiente, saborearla en un trance definitivo.

Cuando todo ha pasado, después de una desilusión, es fácil discernir que se tildó de amistad lo que no era sino una relación interesada; el bufón no deja de ser un triste que recurre a la ironía para que la verdad sin tapujos no le delate. Falstaff, noble y plebeyo al mismo tiempo, pensaba que tenía a un rey como amigo y se las tiene que ingeniar para que la gente se ría de la corona sin saberlo, qué significa la gloria de derecho divino ante las ansias terrenales de existir, su apego a los cascabeles es algo vocacional, es un rebelde que persigue con desesperación la vida en una sociedad que siempre tiene en el punto de mira a la Camarda aun cuando la cubra con el vestido de una promesa confusa e interesada que se rebela, arrinconando a la razón, contra el viaje definitivo.

Las chanzas se apagaron como viejos vestidos,
lo que fuera brillante
se convirtió en derrota,
armarios retraídos que no tienen deseo
y que guardan portadas de revistas sin fecha.

Brian May vio la oscuridad implacable de la muerte en los ojos cansados de su compañero de fatigas, lo fútil de la gloria cuando se asiste en soledad a unos últimos pasos que se dan sin saber si la tristeza y la amargura forman parte también del espectáculo, y se esfuma la alegría de la vida cuando no quedan ganas de reír porque el maquillaje se ha agrietado mientras el poeta sin gracia escribe versos en el rincón del jardín donde florecen las mariposas condenadas por el tiempo y se cierran las cortinas cuando ya no distingues entre una reina o un peón si ambos tenían el triunfo en la mano pero perdieron la partida entre la realidad que acecha con su perfil descarnado y la más patética pantomima que nos arrebata el sueño eterno del amor.

Soy yo quien no habla, no ríe, quien se enamora,
soy yo quien va vestido de payaso profundo,
quien araña en la noche de las paredes del puerto
las palabras perdidas.




Ahora mi corazón está roto pero debo seguir porque el show debe continuar, el mismo actor hará de rey y bufón, la misma muerte le asistirá aunque se cambie de traje.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.