miércoles, 4 de enero de 2017

Jacques Brel - Le plat pays.

     A veces el amor a una madre o a una tierra provoca que la reacción negativa y apasionada ante sus defectos pueda hacer pensar en desamor cuando no hay más que un desencanto que solo puede sentirse por aquello que verdaderamente se ama. Por eso hay momentos, entre reproches y críticas resentidas, en los que solo tiene cabida una declaración de amor apasionada. 



Quand les fils de Novembre nous reviennent en Mai,
Quand la plaine est fumante et tremble sous Juillet...

Cuando los hijos de noviembre regresan en mayo,
cuando la llanura humea y tiembla bajo julio.

       Topofilia y topofobia son términos acuñados por la geografía humana que designan el amor y el odio que un individuo puede sentir hacia una tierra, son unos sentimientos que adquieren unos tintes dramáticos cuando un individuo los experimenta a la vez hacia su propia tierra siendo acorralado por la devoción o por el desprecio, dependiendo del momento y se crea un conflicto personal que solo puede resolverse a base de talento cuando coexisten ambas tendencias y se reúnen la misma tarde con el aroma del café entre dulce y amargo.  

   El cantante franco-belga Jacques Brel tuvo mucho de eso, con grandes equivocaciones; llamaba con asiduidad "flamingands" a todos los flamencos, cuando era un término acuñado para definir a los colaboracionistas de Flandes durante la II Guerra Mundial. Brel se cubría, no demasiado, las espaldas afirmando que él era flamenco aunque no hablara y apenas entendiera la lengua de sus mayores. 

      Hijo del dueño de una fábrica de cartones construida por su participación en el expolio del Congo, dijo en "L'enfance" que su padre era allí un buscador de oro y tuvo la mala suerte de encontrarlo, con un acusado sentido metafórico hurgando la paradoja. Hasta la adolescencia era un buen chico católico que aprendería a interpretar y a tocar la guitarra con un grupito de esa inspiración religiosa que los fines de semana entretenían a ancianos y enfermos. 

      Pienso que como poeta en lengua francesa del siglo XX solo le supera Georges Brassens, pero, aunque cueste creerlo, supera al entrañable cantante de Sête en eclecticismo musical, Georges lo era y mucho a pesar de la aparente monotonía provocada por el elemental acompañamiento con que solía acompañar sus canciones, y lo arrolla, como a cualquier otro, en su presencia en escena, apoyado en un histrionismo sentido y coordinado por sus años de aprendizaje y su obsesión por el ensayo. Nadie ha cantado en directo como Brel, lo habitual era que superara en concierto las vibraciones del estudio.

    Nadie atacó al país llano con la pasión que lo hizo Brel en numerosas canciones y nadie lo amó con la profundidad irreflexiva de unas pocas. Le plat pays es una de las grandes canciones de Brel, al escucharla sentimos que nos transportamos al Norte, que el mar penetra lentamente en nuestra piel y que podemos tocar las agujas de sus catedrales. Al final, por nuestro amor al vuelo, pensamos en esos pájaros que vuelven en la primavera tardía de aquellas tierras oscuras con las que el sol es tan poco generoso que resulta difícil creer que tuviera entre sus hijos a un poeta cuya boca era todo corazón, cuyo pecho se abría como una flor que no conoce la primavera.


                                                                               20 de agosto de 2016

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.