miércoles, 4 de enero de 2017

El hombre que recitaba a Shakespeare.



Cowards die many times before their deaths.
The valiant never taste of death but once.
(William Shakespeare - Julius Caesar) 

Pensaba que no le escuchaba mientras me recitaba este discurso, nunca se lo tuve en cuenta porque sé que algo cambió para mí el día que empezó a prestarme o regalarme libros y aconsejarme algunos de ellos encarecidamente, tenía su propio triunvirato; Shakespeare, Kafka y Morris West,  aun siendo consciente de que no era su voluntad prioritaria enseñarme el camino sino la necesidad acuciante de hablar y mostrar que estaba vivo todo aquello que leía, que podía acordarse de Bruto mientras penaba  por los remordimientos al no saber si verdaderamente fue su amor a la República lo que le hizo participar de forma destacada en el asesinato de Julio César o sus ansias de poder.

Además Rafle llevaba la razón cuando ponía en su boca las palabras del bardo inglés en la soledad de un entorno que aún no había empezado a comprar enciclopedias;  “Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte, el valiente la saborea una sola vez”. Sí, Rafle, a tu manera fuiste un hombre muy valiente, llegaste a acumular tú solo más libros que todo el barrio junto y, lo más importante, los leías, no los tenías para adornar las estanterías y, algunas veces, recitabas pasajes que te eran queridos con el brillo en los ojos y la exaltación en el pecho; vivías la literatura con la pasión aventurera  de un alpinista que afrontara su primera escalada en el Himalaya en la década de los treinta. 

In memoriam.

A pesar de ser el lector más infatigable que haya conocido, a Rafle no le gustaba mucho la poesía, aun así tenía el detalle y la intuición afortunada de destacar a Bécquer entre todos los poetas. Creo que no le importaba mi opinión y nuestras charlas se convertían en un monólogo, yo apenas tenía quince años y una proclividad manifiesta por los mitos y la fabulación con un maniqueísmo acusado en el que reposaba un mundo en donde sólo existían los héroes y los monstruos. Pienso que los otros muchachos también lo creían así porque, también ellos, acababan de cruzar hacía no mucho la línea del Paraíso de los juegos que se pierden y se retuercen en la memoria como un pez arrojado a la orilla que sabe que no verá más la mar pero salta con desesperación hasta que exhala el último suspiro.

Más de una vez le escuché recitar con una pasión desordenada fragmentos del discurso de Marco Antonio ante el cadáver de César en presencia del pueblo romano.  Pero ¿a quién le importa el poder y la gloria?  ¿qué republicano sirve sin pestañear y sin que se agiten sus entrañas a un rey? ¿qué demócrata siente veneración por un régimen pasado? ¿quién lee a Shakespeare con la determinación de indagar en el alma humana y no deletrear su nombre con precisión? Así lo hacía Rafle cuando hablaba de la alegría de la vida y la tristeza de la muerte cuando citaba la indecisión ante la existencia y el amor de un príncipe danés que se resuelve entre la duda, la sed de venganza y los caprichos funestos del destino que le lleva a clavar un puñal en el pecho equivocado o que la mujer que se ama acabe yaciendo en el lecho de un estanque porque no puede beber de un trago su enajenación de fingirse loco,  y creo que así lo sigue haciendo, que seguirá hasta el final en esta aventura que emprendió de niño mientras leía “El Coyote” y desatendía las explicaciones del maestro, nunca me dijo si los héroes de su infancia fueron cómplices de sus malas notas. Ni siquiera sé si esto último es así.                                                                
                                                                                  23 de enero de 2016.

Unos meses más tarde de escribirle este homenaje sincero y agradecido Rafle moría. Pero yo pienso que sigue vivo, él fue la primera persona que me habló de Giordano Bruno que desde entonces vive en mí, por eso Rafle vivirá en cierta forma mientras yo resista y en aquellos que lean con fervor “El hereje” y entren en la agonía del mártir que sucumbió ante la intolerancia y la inflexibilidad de la Iglesia. 

Me regaló “El viejo y el mar” sin que yo pudiera ver entonces la trascendencia que su autor negaba en un intento de desmitificar su literatura, el mundo, la vida que tanto amaba (ya sé que esto podrá parecer extraño a muchos sabiendo que se despidió de ella pegándose un tiro) quizás porque pensaba que los críticos le sacan punta a todo y muchas veces dicen tonterías, a pesar de todo me quedé pensando en la belleza crepuscular de la derrota, en el sentido de la lucha aunque vuelvas con las manos vacías, en el valor de la poesía en un mundo prosaico. Verdaderamente es un logro tener la oportunidad de vivir un sueño aunque se desvanezca.


2 comentarios:

  1. Ya te dije en el otro post, Francisco. Algo tiene de causalidad que nos hayamos leído en la inmensidad de la Red.
    Me emocionó todo esto de Rafle. En cierto modo identifico muchas actitudes de mi padre y hasta muchas mías, jajajaja.
    Un abrazo grande con mi agradecimiento porque me hayas compartido estas vivencias tuyas.

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  2. Pensé que podía interesarte lo de Rafle y no me equivoqué, creo que con respecto a tu padre tenía en común que se abrazara a una amante que no lo recibió con los brazos abiertos y cuanto más esquiva más amor le profesaba. Como curiosidad te diría que hace unos días hablé con su hija de sus continuas referencias a Shakespeare y me dijo que no estaba tan segura de que lo leyera, que tenía sus obras completas poco más que para adornar el mueble del salón, creo que la saqué del error, conocía a fondo, al menos, una buena parte de la obra del bardo inglés.

    Gracias, Simón.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.