lunes, 23 de enero de 2023

Lou Reed - Berlín

 

Mirando el álbum de fotografías
se parece a María, reina de Escocia,
la veía tan regia;
esto solo muestra lo equivocado
que uno puede estar.
 


Voy a dejar de perder el tiempo,
algún otro le hubiera roto los brazos.

Canción triste, canción triste
canción triste, canción triste...

Mi castillo, mis niños y el hogar...
creía que ella era María, reina de Escocia,
lo intentaba con desesperación,
esto muestra lo equivocado
que uno puede llegar a estar.

Voy a dejar de perder el tiempo,
algún otro le hubiera roto los brazos.

Canción triste, canción triste...
(Lou Reed - Canción triste)

    Te agradezco, Simón, el comentario, empecé a contestarte sin saber lo que quería decir, desde qué perspectiva abordar una obra sin luz y lacerante, quizás lo que buscaba era capturar la atmósfera sombría de la canción, ahondar sin contemplaciones en lo que pasó para imaginar lo que podría haber sido, expresar que nunca un cumpleaños feliz había sonado tan amargo, incluso aterrador y profetizando la venida del infierno de las drogas, de una ciudad corrupta y dividida.

    Lou Reed era un gran poeta y podía articular un poema con analogías turbadoras y exigentes, metáforas inquietantes, paradojas doloridas, consciente como era de que ya habría otros que exaltaran el lado brillante de la vida y su falta de implicación con la realidad.

    Pero, una pequeña concesión a la esperanza, para él Europa no debía ser el edificio en ruinas que había quedado seccionado después de la guerra más terrible, seguía siendo una parte esencial de nuestra forma de ver el mundo. Pero, para que tomara consciencia de ello, era preciso hurgar en las heridas, identificarlas, digerirlas, para encontrar una posible redención. Una obra devastadora y trágica que, desde los abismos, busca desesperadamente una salida, dejar atrás unos tiempos que nos mostraron el lado más perverso del hombre, que abrazaron los uniformes y la represión arrinconando la libertad y la palabra.

    La canción triste lo sería aunque tuviera el nombre más festivo que podamos imaginar, su música planea sobre los humedales del sótano más tétrico y oscuro donde habitan el dolor de vivir y el tormento aterrador del olvido que nunca llama a quien camina por las llagas de la culpa, por el espíritu de una memoria flagelante. Lou Reed había escrito esta canción para el último disco con los Velvet Underground y la desechó como haría con unas veinte más, había auténticas obras maestras. Lo demostró insertando algunas de ellas en sus tres primeros álbumes en solitario.
 
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    Bob Dylan trató la City como un mito que permitía la injusticia, y lo exponía de una forma más razonada de lo que pudiera parecer teniendo en cuenta su deriva metafórica, Paul Simon en la alienación de los individuos que luchaban contra sus limitaciones en la soledad más tumultuosa de la isla, Cohen, en su segunda etapa de esplendor, como el faro ciego, insolidario y pretencioso de Occidente y Reed insistió entre la indiferencia o el desapego de sus compatriotas, en el perfil sórdido y más oscuro, lleno de desesperación inundado por el alcohol y otras drogas duras, la ambigüedad y las perversiones sexuales, hablaba, simplemente, de aquellos a quienes conocía de primera mano y se desenvolvían a toda prisa. Algunos de ellos, entre el arte y el desenfreno, no llegarían a cumplir los treinta.
 
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Carlos Marcos habla sobre el Lou Reed de 1973 y sobre el Berlín. 10 de enero de 2023.

    ¿Quién es? El éxito arrolló a Lou Reed en 1972 con la edición de Transformer y temas como Walk on the Wild Side. Motivo de felicidad para cualquiera, pero Reed se consideraba demasiado artista como para vanagloriarse de sonar en las radios. Su próxima entrega sería compleja y poco radiable: Berlin.

    ¿Por qué es tan bueno Berlin? Un álbum que cuenta una historia, la de la relación tóxica de una pareja que se topará con el sufrimiento y la muerte. Como Reed casi siempre describe realidades, en las letras del disco hay muchas similitudes con la destrucción de su propio matrimonio con Bettye Kronstad, que se estaba produciendo justo cuando escribía las letras. Un disco que ofrece una narración sombría, un trabajo duro e intenso. La propia Kronstad dijo que escucharlo era “una experiencia devastadora”. Una curiosidad. Reed nunca estuvo en Berlín antes de publicar este álbum. Lo que atraía al músico de la localidad alemana era la metáfora de una ciudad dividida (en aquella época) por un muro: dos personajes, dos mundos separados. 
 
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Mensaje sin leer por Pablo Ibáñez »


    Yo soy muy fan de Lou Reed. Me gusta mucho la Velvet, claro, y me gusta casi más su prolífica carrera en solitario, especialmente la serie de discos que sacó en los años 80-90. New York, Magic & Loss, Songs for Drella (el homenaje a Warhol que hizo con John Cale) son mis favoritos. Auténticos poemarios musicados, recitados más que cantados, con esa voz poderosa, grave, profunda. Como dices, el poeta urbano por excelencia. Me gustan muchísimo Dylan y Cohen, por supuesto, pero me quedo con Lou Reed. Un placer haber leído esta reseña.

Yo encontré una razón
para seguir viviendo,
y eso nena tú lo sabes,
eres tú.
(Lou Reed - Encontré una razón)

    Creo que haces muy bien, Pablo, que perteneces a la minoría que ha encumbrado a Lou Reed; culta, fiel y desprejuiciada que sabe muy bien que, a veces, es necesario apartar al arte de la moral (a menudo supuesta). Los americanos que frecuentan una gasolinera no quieren saber nada de los poetas que escriben una espectacular apología de la droga del nirvana o se recrean hasta el final con el placer maldito que encierra el sadomasoquismo.
 
Candy dice - Lou Reed
 

 
Candy dice que ha llegado a odiar su cuerpo
y todo lo que necesita en este mundo".
Candy dice que que le gustaría cabalmente
saber lo que hablan los demás con tanta discreción”.

Ella quiere ver los pájaros azules
volar sobre su hombro,
quiere verlas pasar a su lado,
quizás cuando sea mayor...
¿Qué crees que vería
si pudiera alejarme de sí misma?"

Candy dice que detesta los lugares tranquilos
que provocan el más nimio sabor de lo que vendrá.
Candy dice que n soporta grandes decisiones
que arrastran la huella más insignificante
de lo que nos e`spera
y causan interminables revisiones en su mente.

"Miraré las aves azules volar
sobre mi hombro,
voy a verlas pasar,
quizás cuando sea mayor
¿Qué crees que vería
si de mí misma alejarme pudiera?"

(Variación: F. E. León)

    Me acuso de haber dicho que lou Reed disparaba al objetivo elegido con unos versos sin alma. Este no es el caso; Candy ha aprendido a odiar su cuerpo, a vivir en la resaca, aunque hay mañanas en las que se rompe, llora y quisiera ver los pájaros azules que le enseñaran a volar. El drama de un transexual (o un travestido) que no se siente nadie fuera del grupo de Warhol. Esta canción fue cantada por otro miembro del grupo, una extravagancia que acabó encajando mejor de lo esperado. El tercer disco de la Velvet es un unplugged forzado (fueron unos precursores involuntarios en eso de domar los decibelios porque le robaron más de la mitad del equipo de sonido). El resultado fue maravilloso, le perdonamos la rareza de que Lou quisiera hacernos pensar tres veces al mismo tiempo, le perdonamos que nos arrebatara de golpe el viaje al sonido neurasténico de John Cale (debemos convenir, Pablo, que el excesivo protagonismo del galés convirtió el segundo disco del grupo en el menos afortunado).


Lou Reed - Satellite of love.

    On every street in every city, there's a nobody who dreams of being a somebody. He's a lonely forgotten man desperate to prove that he's alive.

(Paul Schrader - Taxi driver - 1976)

    En cada calle, en cada ciudad hay un desconocido que sueña con ser alguien. Este es un hombre solitario, olvidado, que busca desesperadamente probar que existe.


    Nueva York es la Atenas clásica, la Roma del Imperio, el París de la decadencia exquisita y ha tenido tres profetas excepcionales que la han desnudado para que nos enamoremos de sus debilidades, compadezcamos sus achaques y aborrezcamos su virtud. Para que lamentemos, desde sus rascacielos, Wall Street o el Harlem Hispano, el ritmo errático y embriagador del destino de Occidente, para que comprobemos que el Paraíso y el Infierno pueden estar en la misma esquina y visitarse en la misma tarde sin que, a veces, haya mucha diferencia entre ellos. Pero Nueva York no debe caer desde su torre, es un reducto de la libertad que no se impone con napalm.
 
Modern times

    Y de repente parecía que aquel mundo podía acercarse a nuestras manos, que había un lugar para nuestro sueño en el marasmo de las multitudes, que florecía la tarde cada vez que sonreías. ¿Por qué lo hacías tan poco cuando yo te miraba? ¿Por qué llegó la noche sin percibirlo apenas? ¿Te dije alguna vez que si hubiéramos podido ir a Nueva York la Estatua de la Libertad se habría arrodillado ante ti?
 
(Conversaciones con Laura)

 
 
Somos cartas sin norte esparcidas en el viento,
islas sin recuerdos en un archipiélago aislado,
una rosa sin pétalos en el jarrón del olvido,
un grito en las tinieblas,
somos la mirada abstracta
de un sueño figurativo que no ha nacido,
el despertar de un monstruo inocente que muere
entre las pesadillas del hombre de la calle.

Ya conozco los latidos de estos tiempos modernos,
ya he bebido la sed de un amor
que no brilla ni se apaga,
se derrumbaron los muros, me dijiste,
pero sigue la barrera entre tú y yo
cuando hablamos del silencio,
de las incomunicaciones telemáticas,
de tu tarjeta sin firma que se pierde
en la nube querida de la infancia.

Somos la arena violenta que golpea
en el rostro de un niño dormido para siempre
en el cementerio de la playa,
aquellos que no escuchan a los muertos
que vagan por los periódicos,
llegamos siempre tarde al último combate
sosteniendo en los ojos que se cierran
una sonrisa amplia que bendice
los fusiles de la gloria, la libertad encadenada,
el hacha sin mango que agita el guante negro del verdugo.

    Ámate a ti misma, Laura; tengo la seguridad de que encontrarás a mucha gente que te quiera, pero cabe la posibilidad de que no encuentres a nadie que te ame. Todos queremos compartir la gloria de Occidente, pero solo unos pocos amamos su vulnerabilidad. Si encuentras a alguien bueno que te ame, aunque solo sea un poco, gozarás en cinco minutos lo que los perversos no disfrutan en toda una eternidad, por mucho polvo que dejen en la vereda, o sea, camino sin camino.

(13 de mayo de 2019)

Berlin
 


Conversaciones con Beatriz

    Creo que no conozco a fondo nada, Beatriz, simplemente creí que en la vida, en estos momentos que se persigue la metáfora y a nadie parece interesar llegar al fondo real de la comparación, había un sitio para la poesía. Sé que habría que hablar de Robert Frost y de Allen Ginsberg, sé que los amigos deben seguir siendo de oro por mucho que se enturbien los caminos, que los poetas dormirán sin sueño en la calle que no tiene nombre ni esquinas y que las madres tendrán honores funerarios aunque no hayan muerto, pero a mí me seduce este Bob Dylan que se siente dolido por esa juventud que le ha robado el éxito y que flirtea con el amor más allá de unas medias y de un perfume, ese tal Lou Reed que adora la perdición con un hedonismo descontrolado y el poder taumatúrgico de unos versos ardientes sin alma y Leonard Cohen, ese poeta embutido en un traje desgastado que miraba al infinito mientras yo lo miraba, que no cantó ni una sola de las tres canciones que yo le había pedido con los ojos cerrados y anotado en un blog y no fue porque me tuviera en cuenta, ni fue porque me mordiera la lengua en un tren para no faltar a aquella cita sin ninguna estrofa escrita en el libro con su obra y milagros que llevaba abierto entre las manos.

(7 de diciembre de 2014)

    Si yo fuera Lou Reed, habría cogido al toro por los cuernos, como suele decir una de mis hermanas cuando airea sus logros en todas las direcciones de los vientos y oculta sus limitaciones encendiendo las luces en un día a pleno sol, más o menos como todo pequeño burgués que se precie entre los que me incluyo, tenía que acallar mi conciencia y, como siempre, tomé la ruta equivocada. Pero como dicen en el genial doblaje argentino de Pinocho: ¿Para qué quieren los artistas tener una conciencia? .

    Diría en estos momentos que la tortura de escribir tiene mucho de placentera, que tenía algo que decir y lo hice, pero él sabía muy bien lo que se decía y adónde disparaba. Yo soy de Abyla donde desde 1986 hay muy poco que decir por la mediocridad moral de nuestros políticos que no saben verdaderamente lo que significa la palabra racismo.
 
Los hombre de buena fortuna
a menudo hacen caer imperios.
 
 

    Pero el huraño poeta urbano me enseñó a embriagarme cuando en pleno desenfreno me bañaban las luces de neón de la pequeña Manhattan y me llevó, en el que probablemente sea su mejor disco aunque casi nadie se haya enterado, a un Berlín decadente y lastimero donde, por entonces, se levantaba un muro que era el símbolo de la Guerra Fría y separaba dos formas equivocadas de interpretar el mismo mundo, eso mismo ocurre en Abyla y nuestros hombres preclaros han preferido no darse cuenta si no afecta a sus privilegios heredados.

    Creo que Berlín es la obra maestra peor tratada en el mundo de la música (ni siquiera el Grace de Jeff Buckley ha corrido peor suerte) , como la propia ciudad en el año en que le amputaron varios miembros a la ciudad europea del Norte de África que ya no puede andar sin tropezarse, que sin cuerdas vocales ya no puede cantar y se arrastra como los monstruos de Tod Browning, Silvio Rodríguez dijo con mucha razón que a nadie le interesa lo de otra gente con sus tristezas.

    Jim y Caroline cuentan con todos los pronunciamientos para destruirse ellos mismos sin la ayuda del entorno y no les hace falta la debacle ruinosa de la ciudad para conseguirlo, ella lo hace, la heroína no puede soportar el estado lamentable al que le precipita su homónima, también Jim tiene su larga condena; pasar toda una vida entre los remordimientos y la presencia trágica de la muerte. El arte no tiene que ser necesariamente bello; puede ser sórdido, crudo, fatalista.
 
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    La clase dirigente ha intentado, en cualquier época, imponer a sus seguidores una falsa visión del mundo. ( George Orwell - Variación: Francisco Enrique León )

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