viernes, 6 de enero de 2023

Gonzalo Rojas - Perdí mi juventud


 

Hablé, con un joven poeta que tengo como amigo, de Gonzalo Rojas, de la poesía, de Chile, de España y, aunque no lo dijéramos, sentíamos un cruel desasosiego al constatar que un hombre que consiguió todo lo que se puede en el panorama literario; premios, prestigio, renombre, sin embargo, pasa por ser un desconocido para aquellos que tenemos la obligación moral de prestarle oído.

Apenas nadie llama recordando su nombre y su espacio si no se ha rendido anteriormente ante su verso encaminado por los brazos del azar, las salpicaduras sinceras de un hombre de su tiempo.

Probablemente nadie supo combinar, con esa maestría que se aprende en la calle, la ternura y la dureza, la ironía del herido con las llagas de los mártires, la realidad del hombre aprisionado por el tiempo cuando guarda en una esquina las reliquias del pasado, quizás estas últimas no puedan tener otro nombre cuando se escribe en un papel y habla del dolor que nos invade, de la alegría que surge de cualquier acto de autoafirmación por muy trivial que sea, por muy escondida que se halle en el corazón sangrante de una multitud que ya no pasa llevando un libro en la mano.

Terminó todo, después viene la noche a despejar las sombras de los claros, a enamorarse de la tristeza de los días dichosos.


 

 

 Perdí mi juventud

Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.
Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.
Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.
Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.
Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.
A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.
Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.
Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
que copiaban en vano tu hermosura.
Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
nupcial, nupcial
a muerte.
No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.

De “La miseria del hombre”, 1948.

 

Hace días, Gustavo, que busco qué decirte respecto a este post que nos ocupa. He roto varios borradores intentando articular una idea que no llegaba a mostrarse. Pero puede que responder un comentario sea el hilo que me une con aquellos que no llegaron a conocer mi fragilidad ante una ventana que no se me llega a abrir; esa exigencia a ser honesto de donde salen las más pronunciadas citas con las que voy regando un camino incierto en el futuro. Tú apareces con unos deseos enormes de ahondar en nuestra poesía y no perder el pulso de aquella escrita en otras lenguas, es algo que debería ser normal entre la gente que la escribe, pero no es así o por lo menos así no se muestra, y me causa una tristeza que no sé dónde ubicar. Celebro tu actitud, merece la pena esforzarse por tener un receptor de tu envergadura.
 
No tengo otra palabra que mi boca
para hablar de mí mismo,
mi lengua tartamuda
que nombra la mitad de mis visiones
bajo la lucidez
de mi propia tortura, como el ciego que llora
contra un sol implacable.
(Gonzalo Rojas - El sol y la muerte - Fragmento)
 

La causa que más me ha detenido a la hora de contestarte es que no tengo a Gonzalo Rojas entre mis poetas, ha vuelto a leer varios poemas suyos y he visto detalles pero no me han convencido en su conjunto. De todas formas pienso que este subforo podría llamarse poemas preferidos, se acercaría más a lo que se ha acabado convirtiendo, pienso que es lo que yo he representado, tengo claro que yo apreciaría más al poeta chileno si tuviera más poemas de la calidad y la hondura de "Perdí mi juventud", pienso que Baudelaire sería recordado aunque solo fuera por "El albatros". 

 

 Tengo claro, Gustavo, que no soy un lector de poetas sino de poemas. Quizás nada me haya reafirmado más en ello que leer, reconozco que de una forma anárquica y puede que deslavazada, a los grandes. He comprobado que la poesía es el arte en que el oficio, siendo importante, menos ayuda. La poesía muchas veces no aparece cuando la amas y acude cuando la aborreces, es como jugar al ajedrez pero con varios tableros. Podemos percibir, pero no explicar, una rima de Bécquer sostenida por la sencillez y una musicalidad innovadora y el sopor que nos puede producir un soneto perfectamente armado. Esto que te digo viene a cuento porque a partir de este poema busqué al Gonzalo Rojas que lo escribió y rara vez volví a encontrarlo, quizás nuestras sensibilidades poéticas no coincidan, y ahí no hay nada que añadir; él tiene un nombre y yo ni siquiera un apellido. Pero es mi realidad y es lo que siento y podría explicarlo de la manera heterodoxa a la que me condena mi autodidactismo, en absoluto elegido, de ninguna forma venerado; son sensaciones y no debemos rebelarnos por intentar entrar en una fiesta a la que no hemos sido invitados simplemente porque en ella cantan las voces más respetadas y autorizadas. Puedo cambiar de opinión.

El hecho literario más importante de hoy, Javier, es la final de Roland Garros, comprobar si el corazón gana alguna vez a la cabeza. Todas las cirunstancias se han aliado para que gane Djokovic, un magnífico jugador, y algunas de ellas, como el peso y el tamaño de la pelota, ha sido la organización la que la ha propiciado para agredecerle a Nadal los servivios prestados a la leyenda del Bosque de Bolonia. Me dirás, Javier, que todo lo que te digo no viene a cuento. Pero a estos dos colosos los podemos llevar al mundo de la Poesía, podrían ser, por ejemplo Lorca y Neruda. Federico no pudo acumular los premios recibidos ni una obra poética tan vasta como Pablo. Los anglosajones, con sus malos rollos de querer contar lo que no tiene medida, le otorgaron el premio honorífico de mejor poeta del siglo XX. Creo que Pablo, para los que hablamos en español, lo tendría difícil para entrar en el top 5, y Federico estaría peleándose con Antonio Machado y Rubén Darío por el primer puesto.
 
Acorde clásico

Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando
como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza
para pasar por el latido precioso
de la sangre, fluye, fulgura
en el mármol de las muchachas, sube
en la majestad de los templos, arde en el número
aciago de las agujas, dice noviembre
detrás de las cortinas, parpadea
en esta página.
(Gonzalo Rojas)
 
La poesía es un arte muy complicada, y los críticos lo complican aún más con criterios extravagantes y juicios apriorísticos (si es de tal autor tiene que ser un poemario bueno y lo contrario). Gonzalo Rojas es un gran poeta, pero tiene muchos poemas que nos dan una medida de su fragilidad y pierden la huella de su grandeza.

 

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.