No sé si todo el mundo ha tenido tantos motes como he tenido yo.
Esa vocación que tuvieron a nombrarme por un nombre (objeto o perífrasis torera),
que no era el mío se resuelve desde los primeros años de mi vida,
recuerdo el primero de ellos, fue consecuencia de una caída terrible que padecí
cuando mi buena Chimi, casi de la
familia, no tuvo otra idea que llevarme a hombros para bajar a la playa de
Azuara, tropezó en la pequeña bajada y salí disparado clavándome una lata
abierta en la cabeza, fue una herida dulce y estuve a punto de morir de la
misma forma que el más grande de nuestros pensadores.
Pero sobreviví, para seguir
escuchando como me decían carnizuelo por la forma de luna creciente que se me
quedó como cicatriz antigua de puntos demoledores que aún conservo en la parte
derecha de mi cabeza. Durante dos o tres años no fui Paquito para disgusto de
mi madre. Pero he aquí que fue sustituido por el de Paguato, debido a la
torpeza de mis movimientos y mi incapacidad manifiesta para coordinarlos, me
disgustaba mucho este apelativo, no me sonaba bien, pero lo llevaba con
estoicismo, de haber sabido aquellos lobos como me escocía cada vez que lo
escuchaba hubieran redoblado su uso y hubieran hecho parecer que jugando a las
bolas estaba yo solo pues no se escuchaba ningún otro nombre.
No soportaban mi castellano fluido y correcto, empezaron a pensar que
era marica y yo con una dignidad que no sé de dónde me salía defendía a los
niños que realmente lo eran aunque no lo parecían.
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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.