domingo, 5 de julio de 2015

El amigo fiel




“A menudo un poeta se acusa y se calumnia,
exagera, por amor, su propio desamor,
exagera, para castigarse, su propia ingenuidad…”

(Pier Paolo Pasolini)

El poeta y el político vocacional siempre mienten, éste sabe que lo hace, doblega a la mentira y utiliza el conocimiento de la verdad para ponerle su túnica cuando lo cree necesario, a través de las apariencias logra una vida mejor y, a veces, acaba muriendo por los placeres que le proporciona esa vida  El poeta, en cambio, acaba creyendo siempre sus mentiras, tiene innumerables problemas a causa de ellas y a ellas se consagra con el candor de un niño. En algunos casos muere por ellas con la autenticidad de un mártir…

Pasolini escribió en un poema que hubiera dado la vida por aquellos a los que amaba. Yo añadiría que incluso por muchos a los que no amaba ni merecían ser amados y yo, que no compartí ni un solo minuto de mi vida con él, ni una sola de sus mentiras,  le creo.


Sé que he mentido y que lo haré siempre
porque morirá conmigo el miedo
a sentir y a decir lo que siento,
que llamaré hermano
a alguien con unos padres distintos a los míos,
que le diré cuando enferme que no fui a visitarle,
por no causarle molestias,
que pensaba en él todos los días
y le recordaré que el mundo se derrumba
pero estamos nosotros para mantenerlo en pie,
para demostrar que vivir vale la pena,
que la amistad no existe
en este mundo sin entrañas que hiere
a las almas sensibles,
pero somos distintos y creemos
en el amor que no supieron darnos.

Le pediré quitando hierro al asunto,
o quizás se me olvide,
que perdone a mi hijo cuando le insulte
mientras teclea el pan que me había traído
y lo mastica mientras habla,
y yo no le diga nada por no estropear la fiesta
y cuando le pregunte a mi otro hijo por el color de su bandera[1]
y no sepa que le dice,
le diré que, tranquilo, será uno de los nuestros.

Sé que miento y esta es
la única verdad que me queda,
el único credo que me pone
al lado de los que toman decisiones,
con decirlo justifico lo que he hecho
y lo que he dejado de hacer;
llevaré a la cruz a un oscuro profeta
por haberme lavado los pies una noche sin destino,
el bienestar es todo a lo que  uno puedo aspirar
por encima de todo
pues no creo en la otra vida[2],
y hay que divertirse si es preciso
bailando sobre todas las tristezas.

Lloré algún día
por los negros  apaleados
que se amotinaron en las Murallas del Ángulo,
pero eso es otra historia,
aquel día estaba enfermo
y nadie vino a visitarme.










[1] Sé que no es bueno aclarar demasiadas cosas en un poema, pero ésta es muy significativa y me puede el miedo de ser malinterpretado,  no creo en las banderas.
[2] Casi todas las personas ateas o agnósticas que conozco las tengo entre las mejores, respetuosas con las ideas de los otros y tan deseosas como el que más de que exista otra vida, pero no quieren engañar a lo que les dicta su razón. Desconfío de quienes hacen una ostentación exagerada de su falta de fe y un uso desproporcionado de la blasfemia, hay excepciones, ahora se me viene a la mente una.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.