viernes, 7 de octubre de 2016

Palabras a Constance. (1)



La muerte tiene ojos color avellana.

(Manuel Vicent)

Me equivoqué, Constance, 
al pensar que tus ojos eran cielo, 
en una mañana espesa 
de ideas descontroladas,
una habitación abierta a sombras desiguales,
un estanque tenso, anclado 
en los ejes de un diario dolorido
que no quería seguir y empañaba las palabras,
las fechas, las fotografías, los borrones, la tinta...

Así  tu mirada muestra
la muerte cuando piensas
en los cánticos que rompen con una melodía
la fragilidad de la noche del amante
adolescente 
 en su primera cita con Georgia en el recuerdo, 
así la primavera parece recortarse
en un grito lejano donde las flores brillan
cuando luces tu vestido por las calles antiguas
que sueñan con tu paso y acarician tu rostro.

Ya no habrá queja alguna,
el sol hierve despacio y sonríe la última
luminiscencia de tu acento 

distante, estanco,
perdido al pie de una nota, 
de algún verso suelto
en una canción sin vida.

Ya no podré negarte en la firma de esos días
ya no podré fingir el amor entre tus piernas,

este sueño del mar se olvidó de estas cruces,
vigilan los gigantes de piedra sin descanso,
pienso en mi pueblo quieto, párvulo de llanura,
allí recordarán a un triste apasionado
que no se echó a los montes y murió en esa pena.


Callas, y en torno a ese silencio se derrama el amor
que las columnas del pórtico no sostienen,
el amor que los transeúntes tocan
y no guardan
pues no lo reconocen en su claridad 
oscura que crepita,
pues temen los suspiros de mujeres de negro
que siguen en la guerra, estallan, se enamoran 
de los ángeles caídos, de los hombres sin noticia.

Eres como una isla que se me aleja y canta
con el perfume ciego de una rosa cortada,
como el ayer de una comparsa que se oculta
en la máscara suave de un carnaval extinguido
que sigue con sus quejas
sin mirar el calendario.

No era azul el cielo que descubrí en tus ojos,
no era roja la herida que esbocé en tu pecho,
quizás solo la carne me arrastra cuando hablo
cansado de latir,
quizás solo el deseo sabe cuánto he amado
el color de tus medias, la muerte en tus ojos.

Escucho en la penumbra de este cuarto
velado mi último requiebro, 
tu blusa ajustada,
tu pelo ordenado y quieto de esos días
de brillantina y laca,
tu determinación
de hundirme en el olvido
de arrastrarme en la Troya 
que hieres y arrebatas;
quedarán mis palabras
tus imágenes dormirán en los archivos
aunque cambien de nombre y te duela. 

Te fuiste en abril, el año
lo he olvidado,
estarás en mi mente
y serás un recuerdo
en la llama de agosto, en las calles de Turín
en sombras bajo el sol que me empuja a la nada.

Ha pasado el amor, la muerte tiene hoy
lo que fue del silencio,
desde el silencio vuelve tu voz esta mañana,
tus ojos avellana son el triste sudario 

de un sueño interrumpido que mantuve despierto
y no supe mirarte aunque, sin duda, te amaba.

                                                                              7 de octubre de 2016

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.