martes, 18 de octubre de 2016

De Catulo a Lesbia



A Ramón Ataz




       Catulo, poeta romano de los tiempos de César, nació en la ciudad donde Shakespeare siglos más tarde situaría su inmortal Romeo y Julieta. Su origen aunque acomodado era provinciano lo que le produjo un complejo que le llevó con tal de significarse, a hacerse amigo de algunos de los políticos más indeseables de su tiempo, alguno de ellos llegó a participar en la famosa Conspiración de Catilina para acabar con la República. Su amor por Clodia, la Lesbia poética, fue inmenso y tortuoso, tan bella y licenciosa que la mismísima Mesalina envidiaría más tarde en su desenfreno. Alegre y divertido como amigo, implacable cuando las flores se tornaban lanzas, delicadísimo y procaz al mismo tiempo, mediocre en la épica, en boga ya como exaltación del destino inmortal de la Ciudad Eterna, desangrada por las Guerras Civiles y que esperaba a Virgilio para encontrar su medida. Irregular y no siempre afortunado como poeta lírico, cuando consigue la inspiración de los besos, los pajarillos y sobre todo en la evocación del pasado cuando comprende la pérdida irreparable y aflora el arrepentimiento, la nostalgia y el deseo de gobernar la nave que partió para siempre, entonces es humano, variado, profundo y se convierte en uno de los poetas más grandes que ha existido. 



        Estos poemas son algunos de los que le han inmortalizado con toda justicia. Mi conocimiento de la lengua de Cicerón es limitado, por ello en estas versiones o variaciones, más que traducciones, he querido que prevaleciera la admiración que siento hacia el poeta por encima de cualquier otra consideración. Podéis obtener por Internet un sinfín de traducciones más fieles y mejor comprendidas desde un punto de vista del conocimiento de su lengua, y otras que habrán logrado construir un poema casi tan grácil y profundo como el original en nuestro idioma. Yo sólo he pretendido cumplir un objetivo que rondaba mi cabeza desde la primera vez que los leí en un libro de 2º de BUP de mi hermana pequeña. Bien o mal, lo he hecho con todo lo que tengo, pero ya sabemos, cuanto más alto se sube… nos lo recuerda Baudelaire en el Albatros.  Por respeto a aquellas personas que aman esta lengua a la que le debemos tanto, a estos poemas  los llamaré variaciones.



Carmen III

Llorad, y no paréis ¡Oh, Gracias y Cupidos!, 
como lo hacen los hombres más sensibles.
El gorrión de mi amada ha muerto,  
el pajarillo  que era su más preciado tesoro,  
al que quería más que a sus propios ojos;  
era como la miel y volaba hacia su dueña 
como una hija  corre hacia su madre;
nunca se apartaba del pecho que amo,   
y saltando,  y brincando a su alrededor,   
piaba sin cesar para llenarla de gozo.
Ahora surca un camino de tinieblas,  
busca el lugar de donde no se vuelve.
¡Oh, maldita y perversa oscuridad del Orco,  
que marchitas y aniquilas todo lo bello;  
me arrancaste el gorrión que la alegraba!
¡Oh, fortuna perversa, pajarillo perdido!  
Ahora, por vuestra culpa, los ojos de mi niña 
enrojecen sin tregua hinchados por el llanto.

Carmen VIII 

¡Ay, pobre Catulo, deja de hacer locuras  
y considera, de una vez, perdido lo que fue tuyo! 
Hubo un día en que brillaban los soles más dichosos 
para ti y acudías radiante adonde ella te llevaba   
para ser querida como ninguna otra podrá serlo, 
con todos los juegos que se te antojaban, 
y tu niña quería que fuese así. 
Sí, es cierto que brillaban los soles más radiantes.
 
Ella ya no te quiere, ya que nada 
puedes hacer para evitarlo, 
tú tampoco debes quererla 
ni seguirla cuando se aleje, ni vivir 
en la amargura. 
Debes resistir con un empeño ciego, 
¡Oh, sí, resiste a tu deseo!

Adiós niña. ¡Catulo está decidido, 
ya no te buscará ni hará ruegos 
en contra de tu voluntad. 
Tú te lamentarás cuando nadie de ti se acuerde. 
¡Perversa, ay, de ti!
¿Qué vida te espera? ¿Quién se te acercará ahora? 
¿Quién te mirará pensando que eres bella? 
¿A quién vas a querer? 
¿De quién serás? ¿A quién besarás y le morderás los labios?

Pero tú, Catulo, no cedas, debes mantenerte firme.



(Publicado en Blogger el 10 de Julio de 2013)
(4 de enero de 2015)
 

    

2 comentarios:

  1. Hola Enrique. En un momento como el actual en nuestro país en que las leyes de educación se olvidaron de la raíz de nuestra hermosa lengua, encontrarse con una entrada que nos trae la poesía de uno de los grandes poetas de Roma, es una gozada. Y si además el traductor has sido tú, miel sobre hojuelas...
    He de reconocer que mis conocimientos del latín se reducen a dos o tres cursos (no lo recuerdo muy bien) de aquel bachillerato de los sesenta que duraba seis años.Pero, ante la opinión generalizada de entonces y de ahora de que era una lengua complicada y aburrida, a mí me gustaba intentar traducir aquellos textos de los clásicos romanos y disfrutaba como un niño cuando lo conseguía.Por eso opino que, con el latín fuera de los planes de educación, hemos dado el primer paso para la destrucción de los cimientos de nuestra hermosa lengua castellana, así lo veo yo. Y por eso me ha alegrado tanto encontrarme con tu entrada.
    No me interesa buscar otras traducciones, sé que esta tuyas recogen el alma del poeta en estos dos poemas maravillosos.

    Te dejo un abrazo, amigo poeta y todo mi agradecimiento.

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  2. No sabes cuánto te agradezco este comentario, Jerónimo, no es fácil atraer hacia estas glorias de, al fin y al cabo, nuestra poesía. Estudié el latín unos cursos más que tú pero no con el aprochamiento que hubiera sido necesario a la hora de leer los versos tal y como fueron escritos y eso me hacía reflexionar entre lo que yo veía y contrastarlo con autores impagables, ya sabes los giros, esas tres o cuatro palabras con tanto significado que pueden hacer parecer que traducimos con versos enteros...

    Me siento muy halagado con tu comentario.

    Un abrazo.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.