martes, 18 de julio de 2017

Gonzalo Rojas - Perdí mi juventud.

 


Hablé con un joven poeta que tengo como amigo de Gonzalo Rojas, de la poesía, de Chile, de España y, aunque no lo dijéramos, sentíamos un cruel desasosiego al constatar que un hombre que consiguió todo lo que se puede en el panorama literario; premios, prestigio, renombre, sin embargo, pasa por ser un desconocido para aquellos que tenemos la obligación moral de prestarle oído.
Apenas nadie llama recordando su nombre y su espacio si no se ha rendido anteriormente ante su verso encaminado por los brazos del azar, las salpicaduras sinceras de un hombre de su tiempo.
Probablemente nadie supo combinar, con esa maestría que se aprende en la calle, la ternura y la dureza, la ironía del herido con las llagas de los mártires, la realidad del hombre aprisionado por el tiempo cuando guarda en una esquina las reliquias del pasado, quizás estas últimas no puedan tener otro nombre cuando se escribe en un papel y habla del dolor que nos invade, de la alegría que surge de cualquier acto de autoafirmación por muy trivial que sea, por muy escondida que se halle en el corazón sangrante de una multitud que ya no pasa llevando un libro en la mano.
Terminó todo, después viene la noche a despejar las sombras de los claros, a enamorarse de la tristeza de los días dichosos. 



Perdí mi juventud

Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.
Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.
Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.
Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.
Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.
A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.
Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.
Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
que copiaban en vano tu hermosura.
Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
nupcial, nupcial
a muerte.
No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.

De “La de miseria del hombre”, 1948.



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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.