viernes, 7 de junio de 2019

Hydra** Para registrar



Mi barrio no es mi barrio,
sin sombra se proyecta 
sobre ningún camino.


1

La muerte se dibuja en la  pared del rostro
que sueña la blancura 
de la rosa del alba
y  despierta el murmullo en las ruinas
que rompen los espejos de una faz
y de los gatos negros. 

El velatorio vuelca en un recodo
la marca de tu paso
la cal viva que cubre la escalera,
los peldaños de luna en los negros cipreses.


2


 Tu frágil voluntad de novia compungida
pasea en el bordado de las sábanas
que fueron desgarradas 
de un escenario lúgubre y violento
que llora en tu memoria todavía 
por un huerto sin alma que te ha dado la mano
para no traspasar la esperanza postrera
desde las soledades 
de un remo destrozado, de un jazmín pensativo
en la elegancia cérea, profunda, penetrante
 de una mirada quieta,
de una promesa rota en la negrura
del silencio y el polvo. 


*****

3

Muere la soledad entre tus labios
y el manto de la noche en el blanco de la cala
que despierta murmullos en la ruina
y gime en un teatro, 
camina en el bordado de las sábanas
que fueron desgarradas por el viento
y reza en tu memoria todavía
por un barrio sin alma que te ha dado la mano 
para no morar solo en la última barca. 

4

Nadie puede explicar adónde fuiste, 
quién te llamaba, 
cómo perdiste la túnica virgen 
de tu imagen de niña descontenta
que no dudaba de la presencia de Dios
en sus pecados, 
por qué no llegaste a ver la luz del rayo  
que traía a tus ojos la alborada.
  

*****

***   ***   ***

5

He dejado tu nombre y el rostro de la alcoba
que acogió en su ventana
 un paludismo
que no supo contar
su recorrido largo de fiebre compulsiva 
y un parto que no consta y aún te duele.

He roto los lugares y los libros
que la niña de ayer imaginaba;
una muerte dichosa, sentida en el otoño
que portaba las flores del verano, 
pues el temor a Dios 
era más cálido, 
menos frío el aliento que avanzaba
hacia el embarcadero
que aparecía en los veleros grises 
de la ensenada.
la cortina del Este retorcía los vidrios 
sin luna ni defensa en el filo 
de esa soledad mía que llevabas 
en los ojos marchitos
aunque no pueda 
recordar los escombros de los muros, 
tu muñeca vestida de domingo,
el dolor que rondaba la paloma encendida
flotando en el aceite de tu abuela olvidada.



1


***


Cubre la libertad el velo de la tarde
 con un himno callado 
y ronco que destierra
las velas de la sangre que se pierde en la bruma,
las banderas celosas que devoran el mástil
de los mares del Sur de la niñez, 
los lienzos y las penas
del pintor miserable que canta en una esquina
cerrada por los ojos 
que muerden el retrato
de los acantilados agrestes del olvido.

El amante que esboza tu amor en una sábana
mide en cada recuerdo
la huella de tus piernas, el declinar de un sueño 
que nunca tuvo pulso y cantando agoniza 
con un aullido seco, 
un llanto proceloso
que ha perdido el ritmo en las entrañas
y recorre la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven los barcos que surcan las miserias 
y nunca llegarán
al lazo de tu blusa tendido en la escollera,
al hombre que predijo los sueños del pasado.

El puente derruido que sostiene tu orgullo
y la caricia ciega 
que tropieza en el recuerdo con los bancos del parque
atraviesa la noria de los días vencidos
donde aún habla la dalia que recogió tu aroma
en la fiesta nocturna de los escaparates,
donde no encuentra sitio
la inmensidad del mar que no tiene mesura,
 y cabe en una lágrima cuando arde en tus ojos 

2

He roto los espejos

He roto los espejos que rezan al pasado
en la alcoba que tiembla en el aire dolido 
que muerde la querida remembranza
 de una lágrima densa que cae en tu mirar
y el canto de tus manos
que busca en tu desierto la multitud que espera
la sed de la garganta
herida en las caricias que arrastran los vestigios
de la larga cadena que tus brazos forjaron.

La cortina rendida en los escaparates
suspira en tu mirada
con un verso extraviado que sufre los agravios
del pensamiento lógico que perdió la razón
y siente tu latido en la espesura
cuando llega la noche profunda de tu ausencia
a los pétalos negros de mi bosque asustado.

He roto la añoranza de un mundo malogrado
que no quiso quererme en su vacuo latido
 ni que yo lo quisiera;
ya no soy quien pasó con la luz en la frente,
quien escribe un poema en los labios del viento. 

3



Muchacha de Flandes - take 2

Anochece en mi rostro cuando pasa la muchacha 
de ayer
que apenas sonreía para mi cuerpo y su libido, 
que enviaba pétalos rojos ennegrecidos
a los claveles muertos del mañana 
enclavados en una estatua que guarda una sonrisa
a pesar de los fusiles, el mostaza y las cadenas
nadie puede profanar el altar
del amor de los santos descreídos,
de las mujeres de oro que sufrieron en el barro
que aún conserva sus máscaras, 
esas que sonríen a pesar de las lágrimas
y tu olvido en una fotografía
que rompí para divorciarme del pasado...





4

Vuelvo al tiempo de los besos 8 de mayo - Memorias de Hydra

Vuelvo al tiempo de los besos
 acorralados, 
de los sueños erguidos en el parque de plata
que ya no nos espera,
al laurel de la India que nunca se marchita,
a los bancos de piedra que ya no son los mismos;
no recogen la firma de tu mano nerviosa
pergeñando los vuelos profundos de una rima,
vuelvo al patio romano
como si quisiera gritarles a las rosas
que ya no serán nunca tempranas
cuánto te quería
en los recovecos de los jardines de las murallas, 
en el pequeño foso del suicida
que aún guarda los calvarios negros de nuestra nube
en el velo del mar que atravesaba
la pulpa del naranjo que oscurece
en el paseo crepuscular de Independencia,
y me estremezco
como si quisiera abrazarte de nuevo
en los surcos nostálgicos del agua 
que se adentra en la noche de las incomprensiones,
de las barcas perseguidas
que gimen en la canción de tus arenas
como una sirena que ha renunciado al canto
y horada con los ojos la amargura de sus piernas 
entre los espigones derruidos por el salitre y su silencio
donde la luna araña al mediodía 
tu sombra sobre la tierra del olvido,
el corazón sediento que aún rememora la caricia
del clavel caprichoso que tuviste en la boca. 


5
Recuerdo del Yebel Musa Mujer_10




                                          A Gallardo Chambonnet, por haber llevado tantas veces a Abyla en su pensamiento.





No volverá la savia a recorrer
la profunda estalagmita de las arterias del puerto,
oscurecerá el vestido gris que llevabas en la esquina del otoño,
el gemido taciturno de Machado ante la muerte
en la canción crucificada
de un hombre confundido que no creía en el amor
porque no te conocía
y sigue en la espesa niebla de las ramas que lloran en el pasado,
en la soledad de una gente
que no recuerda dónde está su memoria,
dónde la excavadora que se llevó las flores del Campillo
y la sonrisa del sol que derramaba su miel
sobre los cabellos escarpados de una mujer amortajada.


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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.