miércoles, 18 de noviembre de 2020

Poesía

 

Me llamaste

sin voz y sin sentido
para llenar de amor mis soledades,
me tejiste

a tu manto de verdades
para aplacar mi orgullo tan herido.


No volverás

llevando aquel vestido
que reflejó

mi asombro y tus bondades;
era un paño de luz

y de oquedades
que atravesó mi pecho y mi latido.

Para penar,

lo tengo demostrado,
otra senda no hay que tu mirada
si pierdo la sonrisa

ante su queja.

Mas no puedo mostrarme de su lado
en este empeño cruel

de tu cruzada
aunque more en la muerte que me deja.

 

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

Levante en Abyla

 
 

 
 
Te besaré en la herrumbre
de los vuelos ruinosos
para llevarte los pulsos que transitan por la muerte
de una ciudad declinante y arbitraria
que no desea
que sigamos su aliento,
nos colguemos sus himnos y sus medallas,
para abrir la cortina que encierra los mensajes
en el rumor del mar que nos castiga
y nos aleja,
en la verja de brumas vaporosas
del Mare Nostrum mustio y desteñido
que extiende un pensamiento por el muro olvidado,
por una prédica que emerge
saturada, perversa y alicaída
que se arrastra en la cumbre lastimera
de una carta caída que ha borrado tu nombre
en mi libro de ruta innortada
y no encuentra medida ni presencia
en mi rostro de lunes que sigue en su cilicio
aletargado y cruel de una oficina.

Tú nunca me dejaste la sombra de las nubes,
la dirección de tu bolso, 
el camino con ligas de tus medias ardientes,
ni el rincón de los lirios sin blancor que agolparon
los fracasos prendidos en un lance
de amor que procesiona
en el templo devorado por las olas y  el viento
que azotan tus caricias y tu vestido 
en el zaguán sin rumbo que las aceras arrastran.

He dejado en tus manos procelosas





 
 
He dejado en tus manos procelosas
la palabra abrumada
que firma la crueldad de los acasos
que nunca se han  movido de mi lengua sombría
que se burla del sino taciturno
y esparce los destellos
de un mundo perturbado que nos hiere y se acerca.
 
Los caprichos del mar de los recuerdos
inunda la Bahía solitaria
con un marasmo vivo y persistente
que siempre has paseado en tu locura
prendido en la añoranza húmeda de tu rostro
que navega en los goznes
lúgubres y terribles de tu muro,
surca la soledad de los mendigos
con las aves nocturnas que rezan en el viento.
 
 
y sufren virulentas la amargura
que golpea tu puerta cerrada y subjuntiva
con un ardor confuso
que perece en las velas de los puertos varados,
en tu alma quebrada que susurra mi nombre
y se enciende en las horas
vencidas que traspasan los lazos arrugados 
de una cita perdida en una luna blanca.
 
 
El reflejo del faro nos trae los recuerdos
y vaga en la escollera de una blusa menguante
sumergiendo tu boca en un lento suspiro
que mueve los andamios desgajados
de un sentimiento errante que agoniza 
cantando en la plazuela y los balcones,
arrastrado en la arena por la ira de los muertos.
 

La esperanza vana

                                          

Vuelan los crisantemos con la voz de los rezos

y abrazan el delirio

que no vuelve al balcón de la promesa muerta

del requiebro exiliado de un amante vencido
que no sabe horadar las venas de su sangre,
no corre por su piel la herida de tus campos, 
tus ríos se le escapan mudos entre las piedras
pero hunde en su nube
la lágrima asustada en una fiesta triste,
la dibuja en tu rostro con un vidrio candente
y espera en el rincón donde grita el deseo.

He perdido las manos que retan a la muerte
en la alcoba que tiembla en el aire disperso   
que muerde el corazón

y el canto de tu lengua, tu desierto en la lluvia,

la sed de la garganta

que hiere los escombros y arrastra los vestigios
de la amarga cadena que forjaron tus labios.

La cortina rendida de los escaparates
suspira en tu mirada

con un verso extraviado que sufre los agravios

del lenguaje opresivo que impone la razón

y siente tu latido en la espesura,

en la esperanza vana

que se enfrenta sin arte ni medida

a la noche más larga de mi ausencia

en el pétalo negro de tu jazmín perdido.


***


Con la voz de una salve vuelven los crisantemos 

y abrazan la campana,

que no llega al balcón de una promesa herida

que no cumple su pacto con las sombras,

ni el requiebro angustiado de un amante perdido
que no sabe horadar 

las venas de tu sangre,
no corre por sus ojos la herida de tus campos, 
tus ríos se le escapan mudos entre las piedras
pero hunde en su rostro cubierto por tu velo 
la lágrima ahogada en una fiesta lúgubre,
la dibuja en tus labios con un monstruo asustado
que espera en el rincón 

donde grita el deseo que tuviste en el alba.


He matado tu acento en los vidrios cortados

que retan a la muerte
en la alcoba que tiembla en el aire dolido   
que muerde los recuerdos

y el canto de tu lengua que nunca se ha marchado.

 

Tu desierto en la lluvia, la sed de tu garganta,

el alma de tus besos hieren en los escombros

y arrastran los vestigios
de la amarga cadena que tus labios forjaron.


La cortina rendida de los escaparates
suspira en tu mirada

con un verso extraviado que sufre los agravios

del lenguaje opresivo que impone el corazón

que siente tu latido en la espesura,

en la esperanza vana

que se enfrenta sin arte, espejos ni medida

al suspiro más hondo de tu ausencia 

presente

en el pétalo negro de tu jazmín dormido,

en el tatuaje fresco que no encontró la piel

que tuviera mi olvido

 en la noche más larga. 

 

Me hiciste pensar

Me hiciste pensar
que ni siquiera tu amor era eterno.
Ahora sufres y te preguntas
qué fue de aquella mirada,
en qué instante murió tu postrera sonrisa,
qué viento se llevó las hojas del diario
donde decías que me amabas.

Tienes

 

Tienes en la cabeza aquel aire de amor
que aún palpita en mi pecho,
eres de la quietud que no arrastró el olvido
y acoges tibiamente la última elegancia.
Todas tus cosas saben a primavera antigua
cuando cruzan las calles
amarillas de Abyla en la frente,
más vivas que los nombres,
más raudas que la luz de una tronera.
Eres ese milagro que se recuerda siempre,
eres el horizonte que alienta cada búsqueda,
la sábana que tiende la esperanza perdida,
la oscuridad del alba.
(Abril 1991)

sábado, 24 de octubre de 2020

19 de noviembre


Dios está llorando sobre las calles de Abyla,
esas que se han llenado de noche esta mañana,
no aquellas encendidas al calor de tus besos,
ni aquellas invocadas
en la última agonía de aquélla que recuerdo.
 
 
Esta oscura mañana de planetas perdidos
que amenazan mi pecho como una estalagmita
hace que te pronuncie
como estrella que brilla y rastrea emociones
en la noche del alma que no puede abrazarte.
 
Me han llegado las hojas sin tallo del otoño,
me han dolido los partes de tus viejas ausencias
que ruedan sin consuelo
en el raíl mojado que gime entre la lluvia.
 
Sigue tu primavera ardiendo en mi memoria,
en el jardín quedaron
nuestros bancos de piedra,
nuestros nombres grabados en el sauce que espera
sin alma ni esperanza de encontrar tu sonrisa.
 
¡Ay, juventud ligera que se llevó tu blusa
en sueños de poeta perdido en la tristeza!
 
¡Ay, vestidor del tiempo que me arrancó la falda
que cruzaba las vías hondas de mi deseo!
 
Y están todos los cielos, y están todas las calles
en el hueco profundo de no encontrar tu huella
borrada por las aguas que el tiempo se ha llevado,
sin rastro de ti misma
que no puede cantar, hundido en el silencio.
 
Dios sigue llorando sobre las calles de Abyla,
esas que se han llenado de noche esta mañana.
 
(19/11/1999 - Avenida de África en silencio)