Cuando conocí a Kurt Cobain ya estaba muerto y me recibió como uno de los suyos mientras yo dilapidaba un gran amor y un acercamiento al mundo de los músicos que nunca aceptaron de buen grado mi presencia en sus ensayos. Tiempo después lo nombré en un poema con un sabor autodestructivo que solo se podía asociar al recuerdo de los poetas románticos alemanes y su idea de un destino trágico.
Llegó a mis manos y me quedé con el prodigioso ”Unplugged in New York” de mi hermano pequeño porque él entendió que ese disco estaba marcando un período determinado de mi vida entre la euforia de la liberación y el desencanto de encadenarme a mí mismo, no era yo el que empezó a vestirse con la ropa que no correspondía a mi edad. Esta soberbia actuación en directo enrevesada, en un discurso aplastado por una lírica melancolía, me decía que algo terrible estaba pasando por la mente de aquel muchacho que desbordaba talento y autenticidad, corroído por la culpa y los demonios de quien vive continuamente asomándose a su propio abismo, mártir de una depresión que apenas le daba tregua.
La versión de la magnífica canción de Bowie "El hombre que vendió el mundo" descubre en su desgarro el deseo de querer pasar la última página, la sensación de estar con una soga sobre el cuello de su alma sin nada a lo que aferrarse para evitar el vacío. Sostenía en su mano una pistola a punto de dispararse, en su corazón una huella que había perdido su camino.
Los últimos meses de su corta vida fueron de un dramatismo intenso rayano a la locura de escapar de sí mismo, en ellos aparecían, sin que pudiera apartarlas, dos enfermedades crónicas que le recordaban siempre su fragilidad; una bronquitis y una afección estomacal que nunca pudo ser diagnosticada. A ello se añadía su adicción a la heroína y un rechazo patológico a la servidumbre pública de la fama, para él era una condena aquello que tantos ansían.
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Estuve leyendo un poco acerca de este disco antológico para dotar de datos fiables esta entrada, pero más que eso quería acercarme al clímax del tiempo en que lo escuchaba, las imágenes no las vi hasta años después y no hicieron sino constatar lo que pensé en un primer momento, me pareció alguien que pedía ayuda con los ojos, que se dejaba el alma en cada verso que cantaba. "El hombre que vendió el mundo" fue la canción del disco que más me impactó, fue mi primera toma de contacto con ella ya que no la conocía por David Bowie.
El fundamento de mi enseñanza consistirá en convencerte a no temer lo sagrado y los sentimientos, de los cuales el laicismo consumista ha privado a los hombres, tranformándolos en unos ignorantes y estúpidos autómatas adoradores de los fetiches. (Pasolini - Traducción: Francisco Enrique León) )
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Supongo, Ventura, que la música popular tuvo una edad de diamante que nos hace mirarla todavía con un regusto de envidia malsana, empieza con el Please please me y acaba con el "Ojalá estuvieses aquí". Pero los 90 fueron muy buenos, con R.E.M y su autenticidad a la cabeza. Kurt Cobain era ese chico tan atractivo para las mujeres que se sacó de la manga una canción inmortal. También era un tipo raro que nunca pudo soportar las servidumbres de la fama, ese hombre vencido de largo recorrido coloquial y urbano, ese poeta que no soportaba andar entre las ruinas de sus sentimientos. Es muy difícil prever lo que hubiera hecho con 40 años. No descarto que su introspección le hubiera convertido en un autor de culto solo accesible a los más extravagantes y exquisitos. Nunca pudo dejar atrás al niño de nueve años que no pudo superar la separación de sus padres, ni al adolescente que quería ser como los otros y no tenía ni puta idea de cómo podía conseguirlo.
Muchas gracias, Ventura, siempre estás en la