viernes, 4 de septiembre de 2026

Tú Pearl Harbour

 A Jaume Gimbert, me dijeron hace unos días que llevaba muchos años muerto. No voy a decir que presintiera su muerte, ni que la conmoción hiciera que abandonara mis tareas, pero miro con frecuencia sus fotografías y me pregunto cómo pudo dejarnos tan pronto, nadie como él me ha enseñado a sonreír en la tristeza. Me habló, con su permanente sonrisa de luz que invitaba a cortejar con amargura a la alegría cuando no queda nada, de esta historia que podría aplicársele a cualquier soldado desconocido.


¡Oh maldita y perversa oscuridad del Orco

que aniquilas y olvidas todo lo bello!

(Catulo)


Estarás conmigo sin que nos preocupe el tiempo,

los adioses serán una pertenencia de los otros,

prepararé mi bosque, mi paz y mis senderos

para que tú los pises

como en aquel día lejano que yo pisé tu huella

para que me mostraras

tu felicidad.

(A Jaume Gimbert - In memoriam)


Aquí mi boca tibia,

mis versos más amargos

se funden con la gente que escapa de su casa

como la niña inquieta de un sueño inacabado,

la mujer que resiste tenaz en tus cuarteles

y el poeta lejano

que no encuentra su sitio

en un vuelo disperso que ahogaste en tus lazos,

que inmolaste con rabia

entre las flores mustias que cuidaran tus manos.


Esta ciudad perdió de la verdad el rumbo,

ni mirando de frente se cumple lo pactado

en sus lerdas entrañas,

en sus bloques cansados,

el cine está vacío, apenas tres asientos,

nadie interrumpe

los sorbos de un ardor febril y enajenado,

y no importa el cartel, ni los actores,

ni las manchas de sombra que persisten

en la oscura butaca, en el fondo apagado

que vuelve a tu camisa destrozada

en el tenue recuerdo que disipa mi imagen

y el amor que enterraste con el último tango.


No importa la Celosa cuando no te requiere

y la dejas vagando

por la sierra perversa,

buscando a un amante atormentado

cuyo dolor se expande y aprisiona sus miembros

a la litera fría que pregona las nubes

y el espíritu amargo

de un romance extinguido

en la arista más bruna de un fuego masacrado.


Amabas la ciudad de las luces heridas

y la Casa de Campo,

el ruido que enloquece la razón de los cuerdos

que tú representabas en tu perfil humano,

los árboles que ocultan

las horas del placer y las caricias,

la danza de los cuerpos en la senda vibrando,

el humo proceloso que hiere tu palabra

y no desaparece de los ojos nublados.


Declaraste la guerra con hechos consumidos,

tu Pearl Harbor resiste con firmeza

en mi memoria aciaga, en mi rostro angustiado

me asalta y me castiga con su furia implacable;

aún me sobrecoge el fragor de las hélices,

las alas que marchitan la faz de lo dañado,

la sangre en las miradas,

tu voluntad constante de querer lo perdido

por encima del mar y los quebrantos,

de despreciar la túnica morada de un profeta

confuso que se enfrenta al trastorno vesánico

del mundo y sus escombros,

y guarda en la memoria un sueño amortajado.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.