domingo, 6 de septiembre de 2026

Á una amá de casa

 A Merche, ni siquiera la tenía en mente cuando escribí este poema, yo sé bien en quién pensaba, pero sé las razones por las que se lo dedico y que la mujer que me sirvió de inspiración, por una vez, no va a sentirse molesta por que le dedique a otra algo que he escrito para ella y la Sofía Loren de "Una jornada particular". Merche murió hace unos meses apenas, yo me encontraba en Madrid y me sentí muy triste, y sin poder asistir al entierro. Ella quiso en estos últimos años que me convirtiera en el ángel guardián de su hijo, pero ya sabéis, crecemos y las alas se pierden en el camino. Algo que supe hace apenas unos días vino a añadir una cierta amargura a mi tristeza.


Para adecuarlo al poema quisiera trasladar esta dedicatoria a cuando nos conocimos, hace treinta y tantos años, ella vivía, como siempre, para su marido y sus hijos, y no quiso nunca salir de ese error.


No sonríes cuando piensas en el cuerpo hermoso

dibujado más lejos cada día,

confundido por la belleza que surge de la sinceridad herida

de una gacela que sufre

por el esfuerzo, el dolor, y por la entrega.


Difuminadas las ansias de amor bajo los árboles

y el perfume de colonia

de la tarde de verano que selló tu despedida

del viento, las cometas, de los cables, del sueño.


Vuelve aquel miedo al vacío

que sentías tras su marcha,

aquel deseo de subir a la azotea,

de mirar los pájaros y el suelo al mismo tiempo

con el impulso irracional

de intentar alzar el vuelo

o estrellarte.


Estás sintiendo su presencia en el silencio de la siesta,

los pasos de los niños que regresan de la playa,

la huida de la poesía hacia una imagen de Ford,

las voces de los muertos, y estás

amando sin saber si pueden tomar tu corazón

para mostrar la oscilación de sus latidos,

un suspiro

embargado en el mundo que se te fue alejando

envía sus destellos como una estrella sin vida,

con aquellos sabores y aquellas plantas

que lloran en el exilio

de tu memoria enamorada de un artista adolescente,

con aquella gente que murió y no lo sabe,

con aquellos cines que cerraron, y se quedaron con tus besos

y esta sensación tan cierta

de que tienes que luchar forzadamente

para esbozar la sonrisa que antes te brotaba sin pensarlo,

y no sabes que serás siempre hermosa,

una muchacha deliciosa de cincuenta años

porque tu alma siempre estuvo

por encima de la cabeza.


***

cuando vivir era un pecado,

un cilicio sujeto a la ceniza posada en tu frente,

el estigma de un amor que nunca abandonó

las pulsaciones nerviosas de tu pecho

ni el bálsamo de luz que me turbaba en tu mirada.

(Playa de la Almadraba - Fragmento)


Sombras de la Bahía Sur


Esas desconocidas gigantes

que no hay libro que las aguante.

(Silvio Rodríguez)


¿Y si Dios, cómo creen muchos andaluces, fuera mujer?


Esas desconocidas gigantes

que no hay libro que las aguante.

(Silvio Rodríguez)

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.