jueves, 10 de septiembre de 2026

Playa de la Almadraba

 He prendido una herida que recuerda tu nombre en la playa.

He bajado a las arenas y oído el rumor del muro

en la rendija donde anidan los aviones,

y el clamor de tu paso alborotando el agua

que golpea en los riscos limosos y angustiados,

y penetra en el muelle que conserva, solo,

una hilada tortuosa que muestra

la fragilidad de los costados invadidos

por la memoria acordonada

que nunca llega a la orilla.


Vuelvo a un poema esparcido en la arena

que llega de otra tarde,

como una promesa que no ha perdido el aliento

de la procesión callada y dolorosa

que incrusta los claveles en las estelas de tu alma.


Vuelvo al campanario que se olvidó del vuelo y se arrodilla.

Vuelvo al Vía Crucis

que impregnaba de dolor los derrumbes del camino

y arrancaba la espina de cada pensamiento del arroyo,

cuando vivir era un pecado,

un cilicio sujeto a la ceniza posada en tu frente,

el estigma de un amor que nunca abandonó

las pulsaciones nerviosas de tu pecho

ni el bálsamo de luz

que me turbaba en tu mirada.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.