viernes, 18 de septiembre de 2026

 II


Miércoles de Ceniza

1


Quizás prosiga triste

por haber olvidado

su sonrisa de invierno despejando la aurora,

sus flores

derramadas en el viento de junio,

sus manos que tuvieron la emoción de las horas.


Quizás prosiga hablando de lugares perdidos,

de sombras que perduran

en un temblor

sin alba,

de rostros que pasaron bajo la luna errante

detenida en sus ojos,

de amor que no fue amor

pero me hiela el alma.


2


Si yo rezara

sobre tu amor inerte

sería una tumba abierta

sobre tu voz quebrada,

sería una primavera con el cielo apagado

que besara tu olvido, tus pies y tus palabras;

para verte en la calle

como si fueras otra,

para hundir en tu cuerpo extraño la mirada

y no saber reír, llorar, ni aparecerme

en el hombre de siempre

que siempre te abrazaba.


Si yo rezara

sobre tu amor inerte

la sombra de la muerte se llevaría mi cara

y el camino de tierra que siguió nuestro paso

quedaría en mis ojos en la noche cerrada.


¡ Ay triste carnaval de sueño y de pasiones

que muere cuando reza y llora cuando canta¡


3


Vientos de soledad que me aprisionan

han borrado tu huella de mi frente.


Si no te quiero, amor,

¿qué haré con el vacío?

¿qué buscará mi alma sin dios

por estas calles?


Sigue la primavera hermosa en los andenes,

¿qué haré con esta sombra

de pétalo fruncido?

¿qué haré con este sol que ya no quiere verme?

¿qué haré con el recuerdo

que agoniza?

¡Qué haré con tu mirada¡


Si no te quiero, amor,

¿qué haré con el vacío?

III


Nocturnos a pleno sol


1


Y tú y yo, separados por música y gemidos,

habitando en un mundo que no nos pertenece,

desvelamos los surcos del tiempo en nuestras almas.

(Las flores y los prados)



I



No me llames en la noche

silenciosa de tu manto y de tu olvido,

no me dejes soñar con la luz de la alborada

que transita por la estrella ansiosa que te alumbra,

por el lamento errante

de un hombre perseguido

que siempre me visita cuando pienso en tu alma

con la mueca suplicante de un monstruo atormentado.


II


Navego en las canciones profundas de esta tierra

que anuncia nuestro paso

y muerde su fatiga en los jazmines,

en castillos de naipes que se yerguen en una lágrima,

porque quiero mecerte en la memoria

de la muchacha de luz que muestra tu sonrisa por las calles

que nos vieron pasar y esconden tu figura en una esquina,

porque quiero sentir

que has vivido en tus entrañas

la herida penetrante del sueño que brota en tu penar,

los geranios que vibran solo con tu presencia.


III


La voz de tu fragancia vertida en los portales

se extiende por el barrio

donde ya nadie escucha la queja

siempre viva en los ojos de Billie Holiday,

ni la pluma extraviada de Paul Simon que sigue

arañando las paredes de un poema sin ritmo

en tus sentimientos,

ni la cadena sujeta a los caminos tortuosos de una oración

que no encuentra su palabra y culmina en tu nombre,

en una vieja soledad que no envejece

mientras pasamos por la frontera

con un mensaje sin destino encallado en el fulgor de tu mirada,

en los soles dichosos que brillaron y nos sonríen con tristeza.


2


Vives en otro mundo

que para mí

era el más querido de los últimos rayos

que bañan las acacias de tu esquina.


He pisado la isla entre el Hacho y las matas,

me hundo y tengo miedo,

he cantado a los hijos lóbregos de la noche

que muere en la escollera

como si fuera un sueño interrumpido

en el swing de tu mente y tu amargura.

He atracado en los astros de los dioses que penan

en caminos de polvo que perdieron el nombre,

en templos derrumbados cubiertos de ceniza.


Ya no puede pensar en ti sin un aullido,

ya no puedo olvidar la furia de tu brisa

cuando no me comprendes,

la soledad del mundo que brota en tu mirada

cuando dejas atrás la huella de mis labios

en tu vestido rojo,

y el silencio del búho que recorre los diques

de mis caídas bruscas, de la sombra que espera

suspendida en el aire de la muerte,

en el tenue latido

de la marea tibia que al alba se recoge

en la cala doliente que tú amaste,

y no hallo mi alma, perdida en la tristeza.



3


No he dejado de amarte

a pesar de la hondura del proceloso viaje

que me encierra, nos cubre y nos separa.


Volveré a los huecos de tu olvido

para gritar tu noche tensa y larga,

a los caminos grises para encontrar tu paso.


4


Quizás vuelva la noche profunda de las calas

y camine en tu rostro

la luz por los estrados y muestres el deseo

de vivir en la tierra

que anidara tus pasos cuando te perseguía

y te entregue los aires dolidos de mi voz.


Llevas en la mirada el soplo del Poniente,

en los labios la herida del pájaro que tiembla,

los soplos que iluminan

en la huerta que muere y vuelve en el recuerdo

para hablar en los bancos de la luz apagada,

del capricho que acoges en tus alas caídas.


5


He querido la sombra inquieta de tu blusa,

la nube de tu canto,

la hiedra de tus muros,

he escrito un poema en el atracadero,

viste su melodía

la farola en la piedra de un quejío pasado

en la taberna lúgubre de canciones sin rumbo,

en los juegos malditos

que llenaban tu boca y encendían los deseos,

en los mástiles rotos

en la herida de n

iebla cercenando las calas.

Solo puedo buscarte como un sueño perdido

que escucha en la mañana la voz de ese silencio

que se apodera de Abyla

y grita que aún me amas en su quietud nerviosa.


6


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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.