martes, 30 de septiembre de 2025

Brel en la Escuela de Comercio

 


 

Ella no ha vuelto más y su sombra se alarga
sobre la cruz del Puerto cansado que aún respira,
el otoño que viene a matar mis caricias
se cubre con su voz,
ya no respira su boca con mi aire maltratado
como una romanza muerta en los labios de Brel
o unas medias de nylon rotas por el silencio.

(Mares lejanos - El sueño de Gauguin[1] 1996)

 

1

Me hiciste pensar
que ni siquiera tu amor era eterno.
Ahora sufres y te preguntas
qué fue de aquella mirada,
en qué instante murió tu postrera sonrisa,
qué viento se llevó las hojas del diario
donde decías que me amabas.

 

2

 

Tu sonrisa de piedra devastó
el rincón más sensible de los huecos
que acercaban tu corazón al mío
en tu rostro sediento de levante,
en la mirada herida
que llevaba la cruz angosta de mi alma.


3

 Ya no eres la mujer que sonríe a la tarde

que, con su extraño rostro,
acaricia y envuelve
la luz de los espejos, la voz de la neblina,
y declina en las aulas de los vientos la rosa,
no vives la canción de la esperanza
mientras muere un poeta en las Puertas del Campo
del ansia de vivir su verbo en el pasado.

Ya no viertes tu aliento en mis mejillas,
no rompes la muralla del rencor afligido
ni abres el encaje a mi lujuria
atormentada y triste que arrastra su agonía
en los ojos de un bar que derrama el licor
y se adueña del humo.

 

La barra de equilibrio
de todos los milagros, de todas las palabras,
estrecha e implacable espera la caída
del verso y las quimeras en los escaparates.

No apartas mi camisa del silencio,
no abres tu soledad a mi ardiente mirada,
ni guardas mis requiebros en la caja de música
cuando Chopin detiene el llanto de la brisa.
 

4

Je est un autre. 

(Yo es otro)


(Arthur Rimbaud[2])

Un hombre encadenado a tu figura
se encamina a mi rostro en la escollera
con un rumbo abortado
que invade los caprichos de la muerte
en los días sin nombre que fluyen en el agua.

Este hombre se arrastra por las nubes
rojizas del crepúsculo que hiere
y arrasa los cristales del silencio en las ramas,
permanece en los bancos vacíos de los parques
y se ahoga en tus ojos
que abren las cortinas, buscan otro calor
y no sienten la luz lenta de mi esperanza.

Ya no me amas, es cierto, miras el horizonte
de los painicos[3] tristes que lloran en la luna,
de palabras sin velo que cubren la sonrisa,
de ilusiones que pasan y se pierden
en cada esquina fría
que detiene mi olvido, mi angustia y tu mirada.


5

Archivo atravesado

No te envié ningún archivo
atravesado por un sueño.

He llegado al silencio oscuro de tu rostro
para desenterrarlo
de las simas profundas de los bosques perdidos
que guardan tu fulgor en un sudario,
en una despedida cenicienta
que rompió mis entrañas en el viento de marzo,
para poder abrir el camino sin huellas
que amabas en los mares azules y lejanos,
para recuperar el requiebro de amor
que no escuchaste nunca y yacía en mis brazos
cuando en tu amarga ausencia te llamaba,
en los ojos la luz, la sombra en el costado.

La fiebre turbulenta de mi sangre
inunda tus mejillas y hierve en el armario
de tu ropa tortuosa de los lunes
que recoge los aires dolientes del pasado
y sufre en los balcones la amargura,
el nerviosismo ansioso de tus manos,
la inmensa soledad de un verso ante la muerte
que vaga en mi recuerdo y se borra en tu diario.

 

6


La muñeca que amaste

se pierde en otros brazos que apenas te sonríen,
en la muerte sentida
en un bosque de piedra que muestra su aspereza
y se arrastra en tu rostro y tu recuerdo,
en el dolor del muelle que se aleja en las brumas
y te lleva a otras nubes en un Madrid ansiado.
 

 

7


Ya no puedo tener la luz de tus columnas,
las ansias de vivir
en la huerta tapiada que mueve los recuerdos
de una niña asustada que persigue tus pasos,
la magia de mi orgullo en tus caderas,
el dulzor de sentir tu túnica caída
velando en el prodigio fervoroso del Puente
donde padecen mustios
los clavos de mis noches que tu espejo refleja,
la herida de los salmos
que ven correr la nube que no vuelve a tu cielo.
 

 

8

Regresa a tu retrato la caverna del tiempo,
la sangre del poeta que recogió tu abrigo
en las Puertas del Campo,
en el levante denso que azota las murallas
y muestra los destrozos de mis viejos naufragios,
en la tierra del mar y de los espigones
que aprisionan la huella de tu aliento
que no puedo arrancar de mi alma peregrina.

Resiste en mi dolor
el ramo de la aurora esparcido en tu rostro,
el bosque de silencio de un perdedor oscuro
que te sigue alumbrando
desde la lejanía escabrosa del miedo
donde llora el ciprés negro de mi esperanza.
 

 

9


Los labios de un destino que nos tiende emboscadas
no saben desterrar
la llama del olvido que atraviesa la plaza
que nunca desvelamos en su antiguo esplendor
y fluye entre las fuentes,
escondida en las horas permanece desierta
helando mi memoria entre los jazmineros
que arrebataron la miel de los caprichos
que esparciste en la acera y en los cables.

Se adentran en la isla los ecos de los pasos,
los folios afligidos que imprimen nuestros besos,
cubren las azucenas la mueca apasionada
de un instante de luz que se quedó en el aire
y llega a tus rodillas postradas en la arena.

Hiere la soledad la barca del silencio
en el foso angustiado que perdió tu sonrisa
y empuja hacia tu muro
el llanto de la noche que hierve en las tinieblas.

10
En la Escuela de Comercio

A Armilo Brotón, mi hermano.

 



I

Tus anhelos que sueñan en un árbol vencido,
en la hiedra que cubre la Escuela de Comercio
van subiendo la cuesta de las hojas perdidas
y no quiero enterrar
un beso amortajado que desgarra
las venas de la calle, el mar en mi tristeza
y muestra en las paredes de un antro tu sonrisa,
las palabras de antaño que mueren en a la playa
escribiendo un poema de amor entre la niebla,
la impronta de tu rostro en un cuaderno
frágil y humedecido

que se queda en tus ojos y pierde tu mirada.

II

Tu mirada que piensa en el árbol cansado
de la esquina de Comercio,
con la hiedra que inunda la sombra de los muros,
va subiendo la rampa de las notas caídas,
profanando la huella de los niños dichosos,
y no quiere enterrar la queja miserable
de un hombre enamorado
que no encuentra un lugar para esconderse,
camina en su dolor por puertos expugnables
y desgarra sonriendo la voz de los mendigos,
las venas de las calles que nos vieron morir,
el aroma del mar, la luz de tu tristeza.
 

11

En el Puerto de Ámsterdam


La verdad en la sangre de un trovador ardiente
invoca los milagros más profundos,
se retuerce en la escena que turba la esperanza
y muestra en las paredes de un vuelo tu vestido
de flores esparcidas y un deseo ahogado.

Las farolas que tiemblan con un himno disperso
acogen un poema disoluto
en cada resplandor que se funde en las rocas,
las palabras heridas que vuelven a la playa
buscando unos vestigios de amor entre la niebla,
la impronta de tu rostro en una nube
frágil y humedecida
que oscurece mi alma y apaga tu memoria
en la cubierta cruel donde los marineros
se burlan del destino mientras vibra la muerte
y un albatros no encuentra el manto de los mares.



 12


La mort


Es tan corto el amor y tan largo el olvido.
(Pablo Neruda)



         Leonard Cohen decía en uno de sus poemas más enigmáticos que hablaba de silencio porque sabía mucho de silencios y le entregaba como regalo a su amante de turno un poema que había surgido de las entrañas de una época determinada de su vida, del misterio silente que habita en la brevedad sin límites de la vida de una rosa.
 

         Cohen, todos los hombres no somos iguales, con un pesimismo que nada tiene que ver con el corrosivo y fatalista de Philip Larkin ni con el irónico y tierno de José Emilio Pacheco muestra, en su derrota ante el mundo, las ansias de vivir aunque no crea en el heroísmo permanente de los vencidos en las Termópilas, de abrir los ojos y respirar la melancolía decadente de quien piensa que no le quedan flores con las que oponerse a la intransigencia del olvido, al hecho largamente comprobado de que, con el paso del tiempo, una amante puede cambiar de nombre y un amigo convertirse en un desconocido. 

         Me parezco tanto, Laura, a tantos hombres y mujeres al creerme diferente. Estás triste porque no me entrego a tu amor, pero ya sabes; no puedo darte lo que no es mío, aunque me pertenezca. No es culpa mía que me hicieran así.


*** *** ***

         Nunca sabré por qué surgieron aquellas palabras que dejé entre tu pecho y tu mirada y sé que no habrás olvidado, Laura; no eran hermosas, no eran hondas; ya sabes que, en estos días, me desenvuelvo en la magnitud perversa y extrema de los pequeños detalles que me hacen distinguir el valor de las personas que nos rodean y envejecen con nosotros y a las que apreciamos con sinceridad pues van clavados en nuestra misma cruz, en las pequeñas cosas que nos hacen reír y llorar como si fuéramos el sueño interrumpido de una película que nunca se rodó, de un niño que no nació y aún llora en nuestras entrañas, de una muñeca de cera que se aproxima al Infierno porque se equivocó de camino. Esas palabras huyeron de mi alma antes de llegar a ti, simplemente pretendían conjurar la tristeza de la muerte a través de la profundidad y la belleza que caben en un río otoñal seco y tortuoso que inunda la alegría de vivir cuando solo nos queda la sonrisa para seguir adelante. 

Ya sabes Laura, que cualquiera hubiera podido afirmar con amargura y resignación que la muerte está al final de todo, pero lo dijo Jacques Brel que, a pesar de bajar los brazos ante lo inevitable y arrojar la toalla adonde nadie pudiera recogerla mecida por los vientos adulterados de los Mares del Sur, pertenecía a la raza de los irreductibles y es posible que recibiera a la Parca sin aceptar el destino de todos los hombres, el sueño infinito de la nada.

     Nadie supo llevar al público a su terreno como el Grand Jacques, nadie logró el perdón cristiano después de que sus muecas y su grito criticaran abiertamente la ridícula autosatisfacción de aquellos que habían corrido a comprar las entradas para gozar de su histrionismo, su sinceridad y entrega desde la primera fila. No hace falta más que mirarse hacia dentro para advertir las limitaciones de los otros, empezar a conocer al hombre que va muriendo con nosotros. ¿Por qué tan poca gente lo hace? ¿Por qué hablamos de eternidad cuando nos aferramos a los bienes efímeros de este mundo y engañamos a nuestros hermanos para recibir en herencia lo que no puede aprehenderse? 

 

13

Rosa



Y lloramos por dentro
en borrascas decembrinas en plena primavera,
en el rostro de un dios que no perdona,
que aprendió a disfrazarse un Martes de Carnaval
del que aún no ha regresado,
y el amor se convirtió en cenizas aquel día,
en llama viva el resentimiento.
(Lluvia de primavera)

 

Sé que puedo abrazarte esta noche que muere
en el gris tembloroso y mustio de los faros,
en un rincón perdido del muelle de las brumas
que escucha los lamentos de un hombre atormentado.

Llegas desde la orilla y me das el instante
que habla de una sonrisa que se adentra en los labios
que tuvieron la garra de un guiño irreverente,
y penetra en las venas con un verso incendiario.

Sientes cada mirada en un dique perdido
y desangrado,
cada recuerdo hiere la estalactita hundida,
cada sonrisa loca es el grito de un bardo
que despierta el amor, ilumina el ensueño
y se deja arrastrar por la lengua y los brazos.

Te hablaré del venero lejano que te guía,
que te sigue llamando,
de las olas que bañan los pies de la escollera
y llenan de memoria la esperanza de antaño,
tocas cada palabra que hiere dulcemente,
cada deseo triste que persiste llorando
y sostiene los pulsos sensitivos del vuelo,
una estrofa cautiva, un verbo desplegado
en las alas del viento, en la declinación
de un verso enajenado,
eres cada secuencia que extiende la fragancia
de una rosa en la frente de un soplo venerado
que se abre en el silencio, exhala los latidos,
vive para soñar y muere en el milagro.

 

 

 



[1] Paul Gauguin: Pintor francés post-impresionista.

[2] Arthur Rimbaud: Poeta francés que revolucionó la poesía siendo un adolescente.

[3] Painico; Paiño.

Muchacha de "El Fayum" muerta en la Almadraba

 

1


Retratos de El Fayum - Wikipedia, la enciclopedia libre

 

A una gitanilla que murió en la Fragua días después de haber sido arrollada por un coche. Tenía unos 14 años, los ojos verdes y la piel de bronce.

 

Su juventud encendida por la pasión carnal
su juventud hermosa en una armonía tensa;
y entre los sueños el placer la llama; entre los sueños
contempla y abraza esa figura y la carne del deseo.
(Cavafis- Variación – F. E. León)

1


La muerte se dibuja en la pared del tiempo
que sueña la blancura
de la rosa del alba
y despierta el murmullo en las ruinas
que rompen los espejos de tu rostro
y de los gatos negros
y aquella soledad que siempre te acompaña.

El velatorio vuelca en un recodo
la huella de tu paso,
la cal viva que cubre la escalera,
los peldaños de luna en los cipreses brunos
y aquella soledad que siempre te acompaña.

2


Cual bellos cuerpos que murieron
sin llegar a madurar,
encerrados con tristeza en suntuosos mausoleos
con rosas en la cabeza, con jazmines a sus pies,
así son los deseos que se apagaron
sin haber sido vividos,
ninguno testimonia
una sola noche de placer o una mañana radiante.

(Constantino Cavafis – Deseos (1904) - Versión - Francisco Enrique León)

Tu frágil voluntad de novia compungida
pasea en el encaje de las sábanas
que fueron destrozadas
por un proscenio
arrebatado y lúgubre
que llora en tu memoria todavía,
por un jardín ausente que te ha dado sus flores
para no traspasar la esperanza postrera
desde la soledad
de un remo desgarrado, de un jazmín ceniciento
en la elegancia cérea, profunda y penetrante
de una mirada herida,
de una promesa rota en la espesura
del silencio y el polvo que añoran lo perdido.

3


Aún siento en mis mejillas su aliento venerado,
cómo será que tan cercanas horas
no vuelvan nunca más, sean ya el pasado.
(Hugo von Homannsthal - Traducción - Mariano Manent)


Muere la soledad entre tus labios
y el manto de la noche en las ruinas de la cala
que despierta un murmullo en la memoria
y gime en el teatro
donde se representa la sangre de la rosa,
camina en el esbozo de la túnica
que será derrotada por el furor del tiempo
y reza en tu memoria todavía
por un barrio sin alma que te ha dado la mano
para no morar solo en la última barca
enterrada en la orilla.

 

 

 

 

Alda Merini - Estoy segura





Estoy seguro de que ya nada ahogará mi rima,

durante años he llevado el silencio en la garganta

como una deuda de sacrificio,

pero ha llegado el momento de cantarle

al pasado una elegía.

(Alda Merini - Versión: F. E. León)

sábado, 20 de septiembre de 2025

Recuerdos de Lady Day

 Te diré que te quiero;

nunca llegó el olvido
al corazón que acecha
y no tiene esperanza.
(Conversaciones con Laura - 17 de mayo de 2019)


I

Cuando alcances el instante de aquella fotografía
que jugaba en las arterias de las sombras
llegarás a la soledad de un pensamiento
que se aleja en el mar,
de una mirada
que se cierra entre los muros con tristeza
y encontrarás la huella del rimmel encarnado
de una cantante callejera
que derrama su melancolía en los escaños
abruptos que perdieron los laureles
y vuela con la torpeza en la sangre
de una mariposa que se embriaga en silencio
con el último verso de un poema angustiado
que podría ser él mismo que cantaste
mientras yo te miraba
y que sigue cayendo
en tu alma cada vez que vuelvo a amarte
con la desesperación de una estrella que entona su amargura,
con la agonía de las farolas que se refugian en el olvido
de los muelles torturados por el agua y el viento.


II


Me dejo la fe en cada palabra, en cada equivocación, pero me apuntan con las tijeras.
( Conversaciones con Laura - 31 de mayo de 2019)


Solo puedo acercarme a ti para volver al silencio
y decirte
que eres el itinerario que perdieron las flores de la esperanza,
que tus velas se despliegan indefensas ante cualquier sonrisa,
que no quieres volver
a la frialdad de un requiebro innortado
hundido en la humedad de una almohada,
que tu maleta encalló en el armario de los rieles del olvido,
y tu carmín se deshace en las fuentes ahogadas
de otra mustia melodía
cuando fluyen la penumbra y el pesar de los escombros.

Ahora eres un poema cubierto por las hojas,
una resistencia amortajada
que vaga en los andenes de los pasajes oscuros
con un llanto desesperado
porque has perdido la llama oscura de los puertos
donde aún tiemblan las llagas escondidas
cuando cae tu voz en los dominios
descontrolados y perversos de la nieve de la noche.

Aún sostengo tu acento brotando en la cadencia
profunda y transparente
del fraseo que hierve en cada quiebro afligido,
aún espero que vuelvas desde ningún lugar
con un verso en la boca, la gardenia en el pelo.

He buscado tus zapatos en el techo de los parques,
en el rincón de los rastrojos
que juntos recorrimos con el alma estremecida,
con el vestido que aún vibra en la palabra que muere
tierna entre tus labios, el bolso y la linterna.

sábado, 7 de junio de 2025

Palabras a Constance

 

La muerte tiene ojos color avellana

(Manuel Vicent)




1

Me equivoqué, Constance, al pensar que tus ojos
eran el cielo oculto de una lenta mañana,
un soplo de poniente de ideas peregrinas,
una alcoba pequeña,
sincera, atormentada
con sombras desiguales en mi ceño fruncido,
en mi gesto severo,
en mi sonrisa amarga,
un estanque nervioso con los ejes anclados
de fotos cenicientas y heridas en grisalla,
de un hombre dolorido
con páginas ausentes
que seguir no quería nublando las palabras
graves que te escribí en mi ardiente condena.
 
Ha pasado el amor por las calles varadas.
El marco que ahogó la rima pasajera
que brota de un silencio lleva nuestras miradas,
la escena que sentía nuestra sonrisa errante,
la soledad de un triste en lucha con su alma.

Los recuerdos, las fechas, las notas, los esbozos
se pierden en los labios que insisten en la nada.

2

Ha pasado el amor, la muerte tiene ahora
lo que fue del silencio y busca su vacío,
desde su abrazo yace tu voz en esta noche,
tus ojos de avellana son el leve sudario
de un sueño interrumpido
que he transitado en vela
por la angustia y las lágrimas.

Y no pude evitar la hora del dolor,
y no supe mirarte en el desván del miedo
cuando las procesiones lloraban con mi rostro,
cuando todas las cruces sabían qué te amaba,
qué tú no me querías.

3

¡Cuántas veces
tendió el amor los brazos
hacia mi cuerpo trémulo
y abrazó solo arena,
(a)* una mujer sin nombre,
mientras yo sonreía en otra parte!
A mis mejores amigos
los perdí en algún recodo del camino
antes de haberlos encontrado.

(Anna Ajmátova - Mi vida ha transcurrido en algún sitio... - Traducción - María Teresa León)

*- Adaptándolo a Pavese y su perdida sonrisa de la noches romanas.


Así muestra en tus ojos la muerte su mirada,

el pesar de la vida,
cuando sueñas que entonas
un cántico que arranca con una melodía
lo frágil de la noche de un hombre adolescente
 con lluvia en los huesos
 en su primera cita,
así la primavera parece recortarse
en el grito lejano cuando pasa el tranvía

que nunca llegará,
así vuela tu olvido por remotos senderos

que llevan en su vientre la extensión de mi herida,
por ruinas majestuosas que ya no te conocen,
que sufren con tu paso y alargan mi agonía.

4

Ya no habrá queja alguna
al colgar en tu muro
un deseo que piensa en una despedida,
el sol hierve despacio sobre la plaza muerta
y sonríe sin pulso
al signo de tu aliento
estancado, distante, de una pena que grita
amarga como un gesto que postrara al amor
a los pies de una nota
sin ritmo que no encuentra
su sitio en los estrechos de las manos dolientes
como el sollozo lánguido de una vieja guitarra
que no encuentra su música
y cumple su destino
entre las cuerdas rotas y un corazón que sufre
la desesperación de las sombras que pasan.




5

Ya no podré negarte mi firma sonriente
de aquellos días,
ni el atavío extraño para acercarme a ti,
ni la risa forzada que moría en mi boca.
 
  Ya no podré fingir el ardor que sentía
viviéndome en tu rostro, vagando entre las súplicas
de una angustiosa carta
que no encontró destino, rostro de primavera


Este limo del Tíber se olvidó de las cruces
que vigilan sin pausa los siglos de deriva,
la torpe incomprensión de un sabio sin escudo,
un corazón sin nombre,
la triste soledad de las fontanas
cuando llegan los besos abortados, 
los gigantes de piedra,
cuando llega la muerte de la tarde.
 
6

Pienso en mi pueblo quieto, párvulo en la llanura
de lento respirar,
embriagado de una infancia triste y sus colinas
de lejos evocando las velas apagadas
que avivan los misterios
de los Mares del Sur que aún nos mecen,
allí recordarán a un hombre huidizo,
tierno y apasionado
que no se echó a los montes;
murió con esa pena entre remordimientos
y una victoria oscura sin gloria ni alegría.

7

Callas, y en torno a ese silencio
se derrama la herida
que las columnas del pórtico vacío no sostienen,
el amor que los transeúntes torturan y arrinconan
pues no lo reconocen
en la luz de una fiesta
lúgubre que crepita en mi dolor ardiente
cuando planeas morir en otro vuelo,
pues temes los suspiros funestos y desolados
de mujeres perdidas
que siguen en la guerra, estallan, se enamoran
de ángeles caídos, de hombres extraviados,
y no tienen noticias que lleguen de algún frente,
de una camisa blanca ondeando en la aurora,
de una fecha que marque la huella del olvido.

8

Eres como una isla que se aleja y susurra
con el perfume ciego de una rosa marchita
que no conoce a nadie.
 
Yo soy como el ayer perdido e implacable
de una comparsa herida
que se oculta en la máscara angosta e indefensa
de un carnaval caduco y extinguido
que sigue, con su queja, llorando en la memoria.

Azul no era el cielo que descubrí en tus ojos,
roja no era la herida que esbozaste en el aire,
quizás solo el deseo me arrastra cuando vago
cansado de latir,
quizás solo los gatos sepan cuánto he querido
el color de tus medias, la huella de tu piel,
el perfume de versos que gimen en la brisa.

Ahora llega el dolor, y la melancolía,
y la muerte que siempre me encontrará en tus ojos.

9

Escucho en la penumbra de este cuarto sin vida
mis últimos requiebros, tu orgullo enmarañado,
tu cabello impoluto y quieto de esas noches
de maquillaje y laca, de cortinas y atrezos.

Tu determinación de hundirme en el olvido,
de arrastrarme en la voz que hieres y destruyes,
quedará en mi memoria susurrando en la piedra,
tu imagen volverá en archivos sin dueño
aunque cambies de nombre y avives mi dolor.

Estarás en mi mente y serás un espejo
en la llama de agosto, en las calles monótonas
de un Turín que cansado bosteza su rutina
en el rumor del río, en la queja del viento,
en la niebla del sol que me empuja a la muerte.



10


Es preciso encontrar, en la maraña de lo que nunca escribiste, las palabras que mejor te representen para encontrar una salida a tus equivocaciones, para decirle a los vientos cuando recorran su calle que pasabas por allí, que, aunque nadie lo recuerde, alguna vez viviste, que tuviste una amante aunque nunca yacieras con ella.


Ya no puedo ascender
al alfiler prendido de la falda plisada
que cierra tu cintura como una despedida
en un broche angustiado.

Tu huella se perdió en la última fuente
y otros pasos arrastra,
otra rosa de nube cenicienta
hacia un camino incierto que ilumina tu rostro
en parcas direcciones que rompen nuestros hilos.

Entre los calendarios olvidaste mi fecha;
ya no hablaré de amor
cuando diga tu nombre;
han bordado las sombras el color de tus ojos,
me equivoqué, lo sabes, y no me lo dijiste,
me dejaste soñar en un azul confuso
y me quedé en la calle de la sonrisa amarga.

Sé que ahora la muerte
lleva otro vestido,
miente con otros labios,
tiene otra mirada.