miércoles, 1 de octubre de 2025

Los puentes


 

Ella creía que todos los puentes eran hermosos.

I could have loved you once
and even said it
But you went away,
When you came back it was too late
And love was a forgotten word.
Remember?

(Marilyn Monroe)

Pude haberte amado alguna vez
e incluso te lo dije,
pero te fuiste,
cuando regresaste era demasiado tarde
y el amor una palabra olvidada.
¿Recuerdas?
 

1

Una habitación sin alma


Hay quien puede creer que tu sonrisa es triste,
que envidias la soledad sin sueño
de los pájaros que mueren
porque no tienen pulso que les lleve a gritar,
porque sus alas no vibran de desesperación
ni tienen que enfrentarse
al castigo de las horas envueltas en tañidos sin campana,
en llamadas sin respuesta.

No volverá tu padre[1] para sentarte en sus rodillas
y decirte que eres preciosa y tierna,
que no te dejará nunca,
te sentirás fuera de órbita en el planeta de tu madre
que ante el espejo destroza el carmín contra sus labios,
las flores contra el olvido
donde navega la última frase de amor que no recuerda,
y llorarás, como se llora en el silencio de una habitación sin alma,
como llora una niña cuando el mar le inunda los ojos
y una pajarita de papel con un poema plegado
le atraviesa el pecho encogido
mientras espera que la aurora llegue para llevarse el miedo.
 

 

2
Los puentes

Ya no sentirás vergüenza de ser una chica triste,
ya no pensarás que has hecho algo malo
cuando tu amante se enfade
porque han bajado sus acciones o ha perdido en las carreras.

No agacharás la cabeza bajo los puentes inclinados
ante el recuerdo errático de tu amor
y la huida de las caricias,
no verás el acero envolviendo los cristales
con las pinceladas borrosas de los edificios
en la lejanía de los crepúsculos que se apagan
donde tu corazón se desmorona
como la última lágrima
de una sirena que vaga
perdida en la corriente constante del Hudson.

3

Ningún lugar

Estarás sola cuando llegue el cartero
y pregunte por otra dirección,
¿sabes dónde vive la tolerancia?
¿dónde la generosidad que nadie tuvo contigo?
¿dónde encontrar el milagro de una sonrisa sincera?

Se hace tarde, la esperanza ha pasado,
la ciudad se cubre de una neblina fluorescente
y hay muchachos que escriben en la calle
ríos de amor con un verbo descontrolado,
hay quien pasea
sin saber hacia dónde se encaminan los versos
que morirán sin aire ante los muros
de la avenida del silencio,
quien tiembla ante el recuerdo del amor
como si fuera un dios que nunca le perdonara
haber nacido con una sonrisa triste
como la tuya, como tu enredadera y tu recuerdo.

Siguen pasando los coches y te quedas ensimismada
con los fragmentos de belleza
que proyecta la luz de los faros sobre la lejanía
mientras tu corazón se acerca a la fragilidad
de un sueño inacabado,
de una ruta cortada por un murmullo de voces que no comprendes.]

Nadie te espera, nadie te necesita
pero yo entregaré tu nombre
a la rosa de los vientos
cuando el norte se apague y tenga para siempre tu sonrisa.
 

4

Marilyn Monroe - La profunda tristeza de una inadaptada
. 

El rodaje de "Vidas rebeldes" acabaría siendo una tortura para los tres protagonistas, el guionista y el director, aunque es posible que este último, John Huston, disfrutara en el sufrimiento con aquella explosión auténtica de vida que encajaba con su aliento existencial; malgastó en el casino incluso lo que no era suyo[2]  mientras fumaba y bebía compulsivamente. No importaba que esa vida se estuviera apagando en los ojos de los protagonistas, porque ese ocaso traspasaba los límites de la ficción para convertirse en un testimonio desolador de la belleza entre el desierto caluroso pero oscuro y el espíritu irrefrenable de la decadencia humana. Probablemente el genial director no volvería a encontrar esa senda en el vientre de la melancolía hasta “Dublineses” cuando ya se estaba muriendo mientras pagaba el tributo a una ruta plagada de excesos que había provocado que muchas veces no pudiera exhibir su inmenso talento. Para él la vida estaba demasiado por encima de la gloria.

 

         El guion de "Vidas rebeldes", película que, desde mi punto de vista, llegará a ser mítica algún día por sus valores cinematográficos intrínsecos no solo por ser una leyenda, iba siendo modificado en la medida que Arthur Miller se convencía de que Marilyn no iba a cambiar nunca aunque fuera distinta, no llegaría a ser como él quiso alguna vez que fuera antes de su pregonado romance con el actor y cantante francés Yves Montand, él no sería una excepción que cercenara su naturaleza enamoradiza y con tendencia a la infidelidad. Marilyn era aquella muchacha de belleza explosiva que había deslumbrado en una parada de autobús, ligera de cascos, sin familia y, lo más peligroso, sentimental. Sus personajes no tenían ataduras emocionales cuando no quedaba amor, a veces incluso cuando no era así, ni sociales, ya que nunca habían tenido una reputación que proteger o un hogar que mantener en pie. Pero acababan vendiéndose por un gesto de comprensión o una caricia con la mirada.


         De aquel duelo involuntario de perdedores se deduce, nunca se confirmó, que Marilyn cayó prendida por el atractivo otoñal y la sonrisa entre cínica y tierna de Clark Gable, y ahí se resuelve el extraño y profundo magnetismo que desprenden las escenas que comparten. Es posible, de ser cierto, que ahí radicara la causa principal de la ruptura de su matrimonio[3]; la paciencia de Miller tenía unos límites. Pero también se afirma que el matrimonio ya había naufragado; los devaneos y las tendencias depresivas de Marilyn no mejoraban con esta relación que fue celebrada por la prensa, haciéndole poca justicia a Marilyn, como la unión del cerebro y el cuerpo, a esto habría que añadir un aborto que la llevó a un pasaje del agua sin retorno. Se rumorea que el hijo que esperaba no era de Arthur Miller sino de Yves Montand. Pero ni siquiera es seguro que hubiera estado embarazada. Esto es otra historia que la prensa menos rigurosa no ayuda a esclarecer; llega a hablar de que la actriz tuvo en su vida cuatro abortos, todos ellos involuntarios.

         Miller desnudó el alma de su mujer y, aparentemente, acabó siendo indiscreto y cruel, tenía motivos sobrados para ambas cosas ya que había sufrido un castigo duro, excesivo incluso para un hombre abierto y liberal como él que pertrechado en su inteligencia sabía beber sin embriagarse los sorbos amargos del drama de la vida. A pesar de todo le acabó sirviendo en el aire el papel que ella siempre había buscado como a una Salomé inconstante, errática y sin ninguna concesión a la prudencia, eso sí cargada de buenas intenciones. Siempre se ha dicho que el pecado más grande de Marilyn era su incapacidad para mentir.
 

         El resultado de “Vidas rebeldes” no acabó de satisfacer a la crítica aunque la considere un documento mítico y único por desvelarnos en primera plana el destino que esperaba a los protagonistas; Clark Gable parecía presagiar su cercano final, con la mirada introspectiva, la respiración profunda y el cansancio en su rostro. Marilyn estaba desquiciada por sus amores perdidos, por el alcohol y el Nembutal, y, para empeorarlo todo, cayó enferma. 

         Montgomery Clift seguía hundido en su tormento y enredado en las drogas que lo arrojaban en el regazo de sus ansias autodestructivas, ya que no podía superar el terrible accidente que lo desfiguró y lo entregó al dolor, a lo que se añadía su sempiterno drama por no asumir su más que probable homosexualidad. La película tampoco contó con la mirada condescendiente del público que no supo apreciar en un primer momento que nunca la tristeza había desprendido, desde el gris, tanto resplandor, nunca había la belleza profanado con tanta sensualidad y telúrica morbidez los templos ruinosos y sombríos de la desesperanza. No fue, sin duda, el último western como dijo Arthur Miller, pero sí la última película para dos mitos y el crepúsculo prematuro y tortuoso para otro. 

5
Cinco minutos


Porque todo el mar cabría en la belleza oscura de tus ojos
y aun así me quedaría con la luz de tu mirada.

*** *** *** *** ***

Cinco minutos de amor, un refugio en el recuerdo,
un alma que se emociona con las palabras sensibles
que apenas escucha
y deja descosidas en un cuaderno sin solapa.

Los caminos se estrechan entre la luz que se acorta
y difumina
y llamas al grillo del hogar que no tuviste
porque estás sola
como una muñeca perdida en un almacén
cuando terminan las rebajas,
como el silencio de los escaparates de la ciudad dormida,
como la golondrina
que se enamora del invierno.

Pero esos momentos te llenan de vida,
resucitan a la niña que se perdió y se rebela
para que su madre adorne
su pelo con un jazmín adolescente.

Retomas el camino que nunca conociste
mientras lloras por la muerte de la tarde
y a través de la ventana los árboles
se convierten en sombras,
tu corazón en un silencio que agoniza,
tu sonrisa en un gemido que traspasa la noche
y muere en el alba.
 

6
Mi carta abierta


No dejaré mi carta abierta en las paredes de tu calle,
romperé tu fotografía reprochándome a mí mismo
haberte perdido en la maraña de tus anotaciones,
en la terquedad de tus reproches abiertos
como una espada que se esgrime en el aire que me llega.

Nadie sabrá que nos amamos en una noche fría
que se adueñó de la fragilidad de nuestros cuerpos
mientras los barcos pasaban indiferentes
y los vagabundos miraban las estrellas
sin saber que eras tú quien reinaba en ese puerto
y tu calor guiaba la zozobra de mis manos.

Tú que alumbraste mi vida, tú que llevabas
la tristeza del mundo en la sonrisa,
la amargura de los vientos del sur en la mirada,
tú que ya no sabes que me amaste en una noche fría.

 

7
Norma[4]


No supimos desentrañar el sueño
de nuestra encrucijada;
sigo leyendo el poema de amor
que no recuerdo
aunque tú lo hayas olvidado.
(Brel en la Escuela de Comercio)

Cuando te conocí eras Norma,
marzo temblaba solo bajo la lluvia
y ya no quise apartarme del candor de tu paraguas.


Pero te fuiste
cuando arreciaba mi tormenta
entre los números vacíos
de las Puertas del Campo que aullaban.

Cuando regresaste, era 1955
y aún no habías nacido, te llamabas Marilyn,
el poniente azotaba con sus cristales derramados

el rostro taciturno de tu Pequeña Manhattan[5]
y los árboles te miraban como si fueras una nube
que caprichosa se alejaba de mi devoción tardía,
empezó a gustarte el poema de la duda
cuando ya no podías recuperarlo
de la fiebre de mi garganta,
de la morgue de la indiferencia
cuando en sus bancos la gente hablaba
de testamentos y esparcía en el olvido
las cenizas de una lágrima.

El testimonio volvía a naufragar en La Ribera[6]
cuando los vientos soplaban en los días tenebrosos
de un mar desangelado que castigaba las espigas
mientras los mendigos dejaban tu plegaria
en la memoria del Puente Cristo[7],
en la belleza de un médico que no tenía fronteras
y amaneció en la playa con amapolas en el pecho,
y los grajos aparecían de nuevo en los postes,
en las cancelas roñosas del Llano de las Damas[8].

No supe enviarte las flechas de papel con el deseo
que conservaba una conversación ambigua en tu semblante,
los portales de las caricias atravesadas,
el remite de los primeros juegos rendidos en el carmín
que dejaron tus besos en el aire,
y el verso quejumbroso
que aún nos habla de un amor atrapado
en la soledad que siempre siente el poeta
ante la modernidad retrógrada,
en la melancolía
de un tiempo añorado, confuso, desconocido...
 

8

Hay quien puede creer que aún cantas entre los muertos
esa canción que me ponía tan triste,
que sueñas en los escalones
del umbral de una casa sin muros ni recuerdos
inserta en un cartel publicitario,
que miras la profundidad de la baraja
donde yace la muerte teñida de imprudencia,
tu juventud atravesada por una pluma sin tintero
cuya esperanza se ha perdido,
tu sonrisa acorralada por un deseo de amor
que no despierta,
las hojas muertas llevadas por el viento,
tu vestido arrugado en la acera naufragando.
 


9
Marilyn Monroe en el Puente Cristo.

 

Marilyn Monroe en el Puente Cristo es un poema maldito para mí, para mi pequeña historia, cada vez que lo acometía me acordaba de Peckinpah, era incapaz de tirar a la papelera cualquier cosa que escribía, sin encontrar razones convincentes. 

         Articulé el poema a partir de lo que me dijo un compañero de francés cuando me habló del miedo que sintió cerca de la Plaza de África el día que murió John Kennedy. El hombre más poderoso de la tierra había sido asesinado de una manera burda pero efectiva. ¿Quién podría sentirse seguro a partir de entonces? 

         Yo era demasiado pequeño para saber siquiera que John Kennedy había vivido antes de morir. Quise estructurar un larguísimo poema sobre la soledad de un mito partiendo de la leyenda que se contaba entonces en los bazares del Paseo de las Palmeras, se decía que Marilyn Monroe, durante los meses que se veía a solas con el presidente, hizo una visita relámpago a Ceuta para intentar distraer la atención de la prensa sensacionalista y para aprender a cantar melancólicamente “El novio de la muerte” para incluirla en su repertorio. 

         De aquel proyecto solo han quedado fragmentos, estas dos estrofas eran su final, comprendo que a nadie le importe, pero a mí me impresionó aquella corista enamoradiza e irresponsable que esperaba que quitaran la nieve para coger la camioneta mientras era acosada por un cowboy impresentable que más que inocencia primaria transmitía una misoginia espeluznante y una inteligencia inexistente, servidumbres del guion; James Dean había muerto y, además no era alto ni fornido.

 

Después de haber tocado con la mano
la democracia de la nueva frontera,
abre su bolso y no busca el pintalabios
para impregnar sus besos en los escaparates
de los bazares
del Paseo de las Palmeras
donde se exhiben las conchas de los mares del sur
y los gatos se visten de azul cuando el viento
acaricia el norte de la bahía,
sino para dibujar en las paredes
el aullido recitado en las calles
cuando los derechos civiles no habían regresado
con los santos que se fueron de paseo,
para dejar su huella de carmín en las aguas
poco profundas del atracadero de las horas muertas
donde duermen los viejos marineros que no volverán
a cruzar el foso,
donde sueñan los niños desde las barandillas
cuando hacen robona[9] y juegan a las cartas
con mujeres desnudas.

Yo sé que Marilyn se siente confundida en este puente,
como esa mirada triste y miope que escruta
las facturas dolorosas que siempre se pagan,
como esa voz sin destino que se ahoga en un vaso de ginebra,
como esas manos temblorosas
que ya no escriben poemas de amor y esperanza
entre las flores que huelen a silencio
cuando se depositan en una lápida sin nombre
sino anotaciones en las hojas
de la novela que Camus[10] no pudo terminar mientras ella la leía.

 

10
En la niebla
 

Detrás de un cruel silencio se derrama tu voz
en un alegre canto hundido en la tristeza
y las caricias lloran,
no queda una palabra que pueda sostener
los sentimientos rotos, no queda una salida
que te muestre el amor en el cuaderno
dormido en el armario donde escribes.

Tu cabeza navega en una nube
que no tiene destino
y muere entre las flores
mientras pasan los barcos por los sueños,
por la tumba sin fecha
donde yace el vestigio de los cables
y un niño muestra un lienzo con tu nombre
a muñecas pintadas que no ríen ni mienten.

No queda una elegía para invocar las notas
que suben por tu falda
transida de emoción hasta tus sienes
y espacios que se rompen en barandas que gritan
los excesos que lloran tus caderas
entre los adoquines que cubren los recuerdos,
marchitan las portadas y nublan las revistas.

En tu martirio abrupto se sumergen los faros
que se mueven sin norte en las esquinas
de los mares oscuros de ginebra
temblando en el cristal que gime en una mano,
de unos labios pintados que marcan las paredes
y por turbios baúles procesionan
mientras los camisones se destiñen
en el viento constante que te llama en un vuelo
y se apaga sin rima en un estanque
ajado en el sendero de las coristas locas
que esconden la mirada en los pasillos,
y la luz no aparece con su extraña sonrisa
cincelando los huecos que tus párpados cierran.

Mientras se inclina el mundo en otras direcciones
que no tienden sus lazos, que nunca se detienen.

Un destello perdido en el celaje
te abandona y se aleja como un claro de espiga
cuando los puentes rasgan los vestidos
y los cabellos hieren en la niebla
las ramas de los puentes que transitan
por los pulsos del aire
mientras los santos vuelven del paseo
que no tiene sentido
y un caballo de mar se ahoga en el asfalto.

El desconcierto sufres, con las pastillas sueñas,
vives en la amargura con el tono apagado
de quien perdió la senda
de una esperanza inquieta en raíles sin luna,
en vagas estaciones donde no espera nadie
y no tienen respuesta
como un nocturno antiguo que pregunta a los astros.

Una alfombra que funde tu figura y tus medias
te susurra lo cerca que se encuentra la muerte.

¡Ya no sé cuántas veces te busqué en el murmullo
del parque por la noche,
cantante callejera
del muelle humedecido, de la urbe solitaria,
ni cuántas evoqué dolido en el destierro
a Ginsberg[11] recitando la deriva
de tus manos, la gracia
de tu rostro de ninfa enajenada,
tu aullido irreverente asaltando balcones,
tu cielo de sirena desvelando escaleras!

Miro ahora tu cuerpo,
tu ausencia, tus caídas en el cartel del muro
al que ya nadie escucha en estos días
embriagado en la niebla
de tu frágil farola de silencio,
en tu anhelo angustiado que no encontró una calle
en los escaparates que tejen el olvido
que cubría tus ojos abiertos a las sombras,
tus vestigios de cera cerrados al mañana.


11

En la niebla (Borrador) 

 

 

Después del silencio se derrama tu voz

 

en una canción alegre hundida en la tristeza,

 

no queda una elegía que haga renacer

 

los sentimientos rotos, no queda una palabra,

 

para evocar anotaciones transidas de dolor,

 

de puentes, de excesos, de manos,

 

de orgullo, de agonía.

 

 

En el martirio de tus dudas te sumerges

 

en ese mar de ginebra que se agita sin norte

 

en la mano que tiembla en el cristal,

 

en los labios pintados que procesionan en el pasillo.

 

 

El amor no aparece con su sonrisa extraña

 

rellenando los huecos de un corazón que llora

 

mientras el mundo se inclina en otra dirección

 

que no tiende sus lazos,

 

que no retienes, se difumina y se te escapa.

 

 

Vives el desconcierto, flirteas con las pastillas,

 

mueres en la amargura con el tono marchito

 

de quien siente que su tren se perdió en alguna parte,

 

en los raíles sin espejo de una metáfora sentida

 

donde quedan los versos de luz

 

que huyeron hacia el oeste,

 

y una sombra que estrecha su figura contra tu cabeza

 

te susurra lo cerca que se halla la salida.

 

 

¡No sé cuántas veces te busqué en el murmullo

 

del parque por la noche,

 

cantante callejera en la soledad de la isla,

 

ni cuántas recité a Ginsberg acariciando

 

en su aullido iconoclasta

 

la ternura de tu rostro de ninfa enajenada!

 

Ahora miro tu cuerpo abandonado en la niebla

 

que desprendían aquellos ojos cerrados al mañana.


12

A una cantante callejera

Ella creía que los poetas se dejaban
el alma en cada verso
cuando cantaban en la calle porque no había salida,
que la verdad vivía y brillaba entre todas las sombras
que no se dejan arrastrar por el olvido
de las horas perdidas en una agenda extraña,
que no había un solo puente que no fuera hermoso
a pesar de la muerte y el salto a los fracasos,
y tendía sus brazos de opalina
ante la soledad que se instala en el murmullo de las calles.


Ella no sabía mentir,
no podía decir no cuando le miraban las caderas
y el movimiento sin ritmo de sus pechos
en la incomunicación apasionada
de los espacios abiertos que oprimen con el aire
y no perdonan
a los corazones sensibles, a las almas generosas.


13

Ya aprendí que el corazón se desespera
en la negrura espesa que acaricia el abismo
del dolor y la amargura
cuando grita y no puede destruir el muro
que levantan las ruinas.

Tu corazón se me presenta
como una niña maltratada que mira recelosa
desde la esquina que doblaba hacia su casa
y ya no reconoce los tejados y las nubes,
los rostros que se cruzan
y no puede avanzar por el peso de las sombras
de su culpa proyectada en las aceras.

Esa niña se rompe en una lágrima
que no será enjugada por un pañuelo amigo,
reza en la línea que separa los lirios del monte,
y piensa que todo lo que amaba
se ha perdido sin remedio.

14
En el Bosque de Brent

A Alma Ragatzzi

 


Sigo siendo ese río fundido con la piedra
cuando el amor me hiere y no puedo arrancarte.
(No hablaré de poesía)

Cuando llega la sombra a tu rostro de cera
tus manos se retraen torpes en el cuaderno
donde dejaste hundida
la palabra borrosa de un poema
que desconcierta el ritmo de los ramajes huecos
donde van los acordes
de la mirada oscura y pensativa,
de la alcoba sin llave,
del bosque
donde tiembla la niña que sufre en tu recuerdo.

La libertad enhebra sin saber las razones
el velo de una herida en tu mirada
con un himno que cierra la pluma de tu vuelo,
con banderas hundidas que devoran el mástil,
los lienzos, el retrato y los acantilados
del pintor miserable
marcado por los labios que abren una gacela.

El bardo que dibuja tu olvido en una sábana
esparce los fragmentos siniestros de tu angustia
en el Bosque de Brent
con la risa y el sueño que no tuvieron pulso
y un grito desgarrado que ya no tiene rima
ni conoce la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven los barcos que nunca llegarán,
que surcan el pasado
y el lazo de tu blusa que duerme en la escollera,
en los puentes derruidos,
en la caricia blanca en los parques de ayer
donde yacen los lirios que llevaron tu nombre,
y cubre los carteles
la palabra que llora el canto de las fuentes,
la inmensidad del mar que cabe en una lágrima
.

 

15

Volveré a tocar tu cabello humedecido
como una tarde gris
y volveré
a encender una llama en nombre del recuerdo,
a despertar el sabor de la resaca en tus ojos,
en ese infierno de los escaparates, en el ruido
que ahoga la palabra profunda del poeta
que duerme en la calle con el gesto contrariado
porque las lilas nos devuelven a la vida
una tarde de agosto
y se yerguen
sobre el sueño reseco de Nembutal[12] adoctrinado,
y la respiración de aquellos que te amamos se contiene.

¡Ay, de esa libertad que aprisionó tus alas.
esos labios de rojo carmín,
esos pechos caídos para siempre!
 

 

16

        Marilyn Monroe nunca supo construir un hogar, quizás porque nunca lo tuvo. Sentía fascinación por los puentes como una metáfora de los lazos que unen, o deberían unir, las relaciones humanas. Siempre nos rendimos a aquello que nos falta, la última imagen de ella que nos llega nos la presenta como una poeta callejera que esparce su melancolía por las esquinas sin que nadie le preste oído excepto cuando se levanta del suelo y emergen sus caderas, más cerca de la sentimental sin rumbo de Vidas rebeldes que diseccionan John Huston como poeta impulsivo y Arthur Miller (por entonces su marido) con sus magistrales diálogos arrebatados del conocimiento que tenía de sus temores con una precisión rayana a la crueldad; enamoradiza y frágil porque ama todo lo que respira y no asimila que su galán de turno, un cansado Clark Gable, más atractivo que nunca en la profundidad con que miraba a la muerte, piense que para vivir, a veces, hay que matar, que de esa otra que pierde la cabeza embriagada por las cumbres y el poder porque piensa que es algo más que una conquista pasajera para John Kennedy; es difícil entender su cumpleaños feliz, produce escalofríos de reprobación en su interpretación más prosaica del sueño americano, pero puede propiciar una mirada redentora de nuestra parte saber que de niña nunca fue una princesa y, lo peor, no podía creerlo, era consciente de ello. 

17


Mientras el carmín huía de tus labio
s.

La última vez que te vi tenías el cuerpo hinchado,
amoratado el rostro, el Nembutal[13]
rebosaba por tu piel
mientras rezabas en silencio con las manos cruzadas
a un anhelante Dios que siempre fue,
para ti, un desconocido,
mientras el carmín huía de tus labios
y tu sonrisa
se apagaba en el Bosque de Brent cuando soñabas
con la Gran Manzana y su agonía aturdidora
entre los murmullos del río,
entre la angustia de los puertos con el resplandor errático
de las luces de neón que apagaban tu noche
y los oficinistas[14]
en rebelión constante contra la mediocridad que deslumbraba
en el café de un bar tempranero
donde no se dejaba de hablar con pasión de poesía
y, para justificar el fatalismo de Larkin[15] con la suya,
de la caída de un equipo y la coronación de su némesis[16].

Entonces pensabas en los puentes
que ya nunca podrías cruzar
mientras los enterradores se preguntaban
sorprendidos, asustados,
cómo ese cuerpo indefenso y deformado
podía haber sido el objeto
de las más extravagantes fantasías,
de la culminación de la sensualidad
para quienes dejaron que sus sueños
durmieran en la calle
mientras expiraba el tormento de una estrella.

Ya no podías creer en la fragilidad
de un poema que rozaba las alas polvorientas
de la vida en un diario pálido y desordenado
en el que transitaban la soledad y el miedo
cada vez que anhelabas una caricia,
ni en la belleza efímera y díscola de la rosa
de los vientos que nunca quiso indicarte
la dirección adecuada para encontrar un camino.

Ya no podías creer en el amor
que se disfrazaba siempre de deseo,
en palabras hermosas llenas de espinas
ni en una orquídea roja que exaltaba la pasión
mientras llorabas por los cimarrones condenados
al olvido implacable de la nada en su inocencia salvaje
y, más bella que nunca,
resplandeciente en la oscuridad de tu tristeza,
cantabas para los muertos que vagaban
por las ciudades buscando una sonrisa.
Eras una corista ciega cuando cerrabas los ojos
con la mirada abierta,
una esperanza tierna y descarnada
de los espejos que recibían vida y reflejaban muerte.

No supiste adaptarte al ritmo de los astros,
y ahora, en las esquinas olvidadas
que saludan al Hudson desde la barandilla
donde se arrojan las flores
que alguna vez fueron resplandecientes,
trazas una raya negra
para indicar el día que te entregaba los secretos
de tu leyenda amortajada,
la verdad de la calle apenas esbozada
en el corazón de un mito demacrado.
¿Para qué necesitaba cariño y una sonrisa
de complicidad,
aunque no la comprendiera,
la mujer más deseada y envidiada de un tiempo[17]
que nos sigue encadenando?

Nadie recuerda que tuviste un nombre,
que detrás de la cantante callejera
que nunca dejaste de ser
había una mujer perdida en el maquillaje
y la sensualidad de un vestido mal ajustado
para que pregonara la fragancia
exuberante de tus medias y de tu vientre,
una esperanza muerta detrás de cada suspiro,
una sensibilidad que apenas pudo expresarse
y no se instaló en la memoria terrible
de las incomunicaciones con mallas mal definidas
que nos arrasan y nos impiden penetrar
en la ternura melancólica de tu canto.

Ahora quizás desees con fervor
que sea así para siempre
y recomponer bajo una vela trémula los palabras
de amor que no pudiste escribir,
las anotaciones sepultadas bajo el brillo de tu nombre
que no acabarán de despertar nunca.

Tú sabes, como Ford, con quien nunca llegaste a coincidir,
que no importa demasiado quien apretó el gatillo
sino el héroe que queda en pie con una pistola
humeante en la mano
mientras la bestia cae y nunca llega al suelo.
 

 

17
Una rubia tonta

 

Cuando volví a mirarla se había marchado, sé que tendré que morirme con esa tristeza, no era ella quien cantaba, era una rubia estúpida con unas caderas que valían un imperio y que leía en los descansos porque quería estar a la altura de sus amigos. Tuve que volver a escribir en mi diario frases de amor sin ningún sentido y acumular desesperaciones cotidianas para no perderme en la melancolía que había en aquellos ojos miopes, salir a la calle para darme cuenta de que no había traspasado una pantalla de esas que abrían nuestros ojos cuando los cines eran oscuros para hacernos soñar durante un rato sin despertarnos. Entonces Billy Wilder convertía en una obra maestra una historia inverosímil por la que todos estábamos dispuestos a dejarnos engañar. La escena en la que suena "I'm through with love" (algo así como "Paso del amor") es una de las más emotivas de la historia del cine, pero, por favor, no penséis en lo que está ocurriendo porque podéis romper el momento. No era Marilyn quien cantaba, sino una rubia tonta que pasaba por allí, la misma que fue sacada del bosque de Brent como si no fuera ella, un día de agosto, mientras florecían los recuerdos en el jardín.

(20 de noviembre de 2014)

 

18 

Marilyn Monroe en el Puente Cristo (Fragmentos) 

¿Recuerdas tú,
niña de las sentencias y los abrazos,
cuando desde las nubes descendía
el glamour de su melena rubia,
y la certeza de que ya nada esperaba
del amor que sonreía,
su corazón se abandonaba
en Florida en un escenario en blanco y negro,
mientras la depresión acechaba en los estanques
y su alma rebelde había entrado en un río sin retorno?

Aún no habías nacido cuando la sacaron del bosque de Brent
como si se hubiera dormido para siempre
sin la redención de un beso robado
y, con los ojos abiertos, rezara una oración
por todos los tristes que vagan por el mundo,
desde entonces las estrellas se apagan un poco antes
y el reloj alarga su sombra para alcanzar sus latidos
en el azul oscuro de la noche
en esa isla tan sola por la que siente miedo.

 


 



[1] El padre biológico nunca quiso saber nada de ella, y el “oficial” la abandonó muy pronto.

[2] Huston había recibido dinero adelantado para gastos de la película por parte de la productora y la cantidad que había gastado era superior a sus emolumentos

[3] Hoy día se tiende a pensar que lo que Marilyn sintió por Clark Gable era algo parecido al complejo de Electra pero, extrañamente, sin implicaciones sexuales en su caso; el mítico actor sería el padre aventurero, soñador y cariñoso que siempre quiso tener. Por otra parte, es más que probable que Arthur Miller ya hubiera arrojado la toalla antes de que empezara el rodaje, era demasiado duro afrontar el último idilio, que llegó a ser público, de la actriz con Yves Montand, además conoció a Inge Morath, una fotógrafa que, junto a otros muchos, hacía la cobertura de la película y, ante la evidencia del distanciamiento con Marilyn, intimó con ella. Se casarían poco tiempo después. 

[4] Norma: El verdadero nombre de Marilyn era Norma Jeane.

[5] Pequeña Manhattan: Así llamo yo a los edificios altos del Paseo de las Palmeras.

[6] La Ribera: Playa en la que se cree que desembarcaron los fenicios.

[7] Puente Cristo: Lugar de Abyla.

[8] Llano de las Damas: Lugar donde se encuentra el Mare Nostrum.

[9] Robona; Localismo ceutí que significa hacer novillos.

[10] Albert Camus: El mejor escritor francés del siglo XX.

[11] Allen Ginsberg: Poeta americano, el más importante de cuando Marilyn vivía. Lo encontramos en su gloria en el camino de Jack Kerouac.

[12] Nembutal; Marca comercial del somnífero por el cual murió Marilyn.

[13]Los psiquiatras de hoy en día me regañarán por utilizar la palabra somnífero.

[14] C. C. Baxter puede ser un ejemplo de aquel que sueña con ascender en la compañía que trabaja para resultar atractivo a su amor platónico y no le preocupa en absoluto que los Celtics estén tejiendo los mimbres de su dictadura competitiva mientras los Knicks se pierden en su sempiterna indefinición atacante. 

[15] Philip Larkin: posiblemente el mejor poeta inglés del siglo XX. Dijo algo así: “Me gustaría que en los bares se hablara de mi poesía".

[16] [4] A nadie se le habrá escapado que me refiero a aquel año en que la Agrupación Deportiva y el O’Donnell jugaron en el mismo grupo de tercera división. 

[17]  Nosotros los de entonces ya no somos los mismos. (Pablo Neruda).

 

 

El rincón de Pasolini

 




Pero yo soy un hombre que prefiere mejor perder que ganar con métodos desleales y despiadados. ¡Es mi gran culpa, lo sé!


Lo bueno es que tengo el arrojo de defender tal culpa por considerarla casi una virtud…
( Pier Paolo Pasolini - Cartas luteranas - 1974 - Traducción; F. E. León)
 

 

1
Llanto por dos poetas


Yo seré aún joven,
con la camisa clara,
y los dulces cabellos lloviendo
sobre el amargo polvo.
(Pasolini - El día de mi muerte - Versión de Delfina Muschietti)

Para ver que todo se ha ido
dame tu mudo hueco, ¡amor mío!
Nostalgia de academia y cielo triste.
¡Para ver que todo se ha ido!
(Lorca - Nocturno del hueco)


Te escribiré mis deseos en los pétalos marchitos
cuando se apague el resplandor
de la ventana abierta
y vuelva la soledad en los recuerdos de la brisa,
cuando aparezca en tu cuaderno
la proclama que hierve en la frente de un profeta
abandonado y muerto
en el misterio corrompido de una playa violenta ,
cuando mida el calor de la luciérnaga perdida
el paso de los amantes mutilados
que envuelven
en una queja plagada de sombra y polvorienta
el mástil de las farolas que declinan
acogiendo en una prédica angustiada los nocturnos de los huecos
de una mirada oscura que nos halla en los escombros
de un Pierrot apasionado y triste,
de un mártir que se emociona con la gravedad de una pluma,
con el recuerdo de tu voz,
con la mirada de una gacela herida
detrás de unas rejas,
con un llanto desnudo a los pies de una guitarra desangrada.
 

2

Recuerdo de la eterna juventud

 

         Pero yo soy un hombre que prefiere mejor perder que ganar con métodos desleales y despiadados. ¡Es mi gran culpa, lo sé! 

         Lo bueno es que tengo el arrojo de defender tal culpa por considerarla casi una virtud…


( Pier Paolo Pasolini - Cartas luteranas - 1974 - Traducción; F. E. León)

 

Ya no encuentro felicidad en gozar ni sufrir por ello:
ya no siento ante mí la vida entera.
(Pier Paolo Pasolini – Al príncipe - Versión - F. E. León)


He perdido la inconsciencia del muchacho
que sueña un imposible y gobierna su caos
sorprendido por las agujas de la esfera,
acorralado por el fuego de su cuerpo
que hierve por la tarde
cuando vuelven los niños a la escuela
y un padre piensa en los trabajos perdidos.

Arrebatado estoy por el ritmo de la vida,
la voracidad del tiempo
que se alarga y me lacera,
por el hilo que ahogó la eterna juventud
fugaz y evanescente
aunque palpite trémula en las ramas
de los álamos que vieron
marchitarse los recuerdos en mi alcoba.

Ahora vivo abandonado por la lira del poeta,
obnubilado por el candor que tuve
en el primer encuentro con la lluvia de unos ojos,
desconcertado por el sollozo del amor que sangra.
No volverá el llanto a los laúdes
que tañen el fulgor que tuviste en las horas
de las reminiscencias de la playa
herida en lontananza entre los farallones
cubiertos de poniente,
no volverán los pájaros que cruzaron las nubes
y la higuera de caricias
que perdieron sus alas en redes de un otoño
tierno de carteleras, herido de esperanza.

¿A qué país te fuiste que no pude encontrarte?
¿Qué rostro traspasó los espejos del viento?
¿Qué jazmín aspiró
tu suspiro de seda en la noche más triste
de tu sonrisa intacta en los últimos juegos?

Se han abierto los versos en la memoria esquiva
y las banderas vierten, sombrías, sin descanso
el aliento fragante en tu sombra de ayer
y el nido de la antena que colgaste en la fuente
que no tiene memoria
ni mantiene erguido el orgullo del canto
que mata el funeral
de los besos asustados
y el corazón se pierde cuando llega la noche,
cuando intenta sonreír
y el sufrimiento gime,
al evocar las prisas de una juventud perdida,
la camisa sin mangas que quemé una mañana
y no ha vuelto a encontrarme susurrando en la aurora.
 

3

 

… Estoy en otro tiempo,
un tiempo que dispone sus mañanas
en esta calle que yo miro, ignoto,
en esta gente fruto de otra historia
(Pasolini –Abro a la ventana de un blanco lunes - Traducción: Delfina Muschietti)

 

I


Cuando la luz
ya no ofrece esperanza
y se me adentra el verso de un profeta que muere
en el nocturno inhóspito
de una playa tardía,
envejece mi alma por no saber nombrarle,
por no haber arrastrado
la carga de mi culpa, por ser testigo ciego
del implacable olvido,
de los años que pasan por torvas avenidas
y empañan las vidrieras,
amurallan los cultos, desfiguran los rostros
de los iluminados sombríos y humillados
y alargan los pañuelos
para cubrir la huella de los golpes,
de las flores marchitas que viven en mis venas
y gritan su amargura,
por no reconocer
que la vida ensombrece la memoria
y masacra el estigma eterno de un poema,
agrieta la palabra del rapsoda que calla
en el discurso roto de un instante de amor
que busca, se le escapa y se le pierde
entre los matorrales lóbregos del Leteo[1].
 

II

Ya no conozco a nadie que añore lo perdido
y solloce en la niebla de una llaga rendida
por los labios que labran la herida de los surcos
que sufren en la sangre,
y el alma mortifica el arrebato brusco
del devenir cansado del sueño de la idea.

Ya no gozo ni sufro en el recuerdo.
ya no siento las flores latir en el futuro
que me cierra su paso
con el telón de piedra de un mar que me conmueve.

En la sombra se pierde
el polvo de un fragmento desolado,
la voz del cementerio de una sonrisa triste
que no tiene memoria
y la lengua anhelante de las termas ardientes
que se ahoga en el Foro[2],
en las temibles velas de la brisa
que ocultan las banderas que lloran en el puerto
que sueña con la barca que no llega a sus brazos
y agoniza temblando en las orillas
donde yace el silencio que aprisiona a los pobres
y el delirio insensato que adoran los poetas.

4

Las adelfas

 

Llegas a mí ahora sin haberte buscado
sobre la vista cruel de una avenida
donde muere en la noche un árbol solitario
y las adelfas vierten su tristeza
y su veneno
en ilustres borrachos sin futuro
mientras cantan El rey[3] bajo el latido tenue
de luz de una farola oscurecida en la niebla.

Dejé la rabia
de amor que me mordía
el cuerpo traspasado por la rosa de los mártires,
por una juventud
rasgada por un pacto no firmado,
lastrada por los vientos que me hacían penar
cuando lloraba la calle y vivían
los cementerios
sepultados entre flores
y los viejos morían mirando su ventana.

Decían que era débil, que remar no podría
contra el levante
en un mar caprichoso que yo amaba
al recordar la brisa del verano
y los nombres que ya no volverían,
la soledad de un padre huérfano y obsesivo
que necesita
ser querido mas ya no sabe hablar;
escapa de las aulas cada día,
y afronta por la noche la tormenta,
su orgullo desterrado,
su presencia en las sombras, su destino en la mar.
 

 

5
La sombra de un poeta


I will work harder

Trabajaré más duro.
(George Orwell - Animal Farm)

 

¿Cuándo volverás
a iluminar ese paisaje que sin ti me resulta
el refugio donde la muerte propaga
su abandono más triste
y contigo parecía la melodía profunda
del verso del Poeta de las rimas profanas?
... ... ...

He visto pasar la sombra sin tregua
de los contrabandistas camino de la playa,
por la tumba encalada de inscripciones torcidas,
la soledad del grillo que anuncia su vejez,
el silencio de los campos cuando clama
su agonía entre los matorrales oscuros
que rodean el muro de la cárcel donde los hombres mueren
añorando el verano a la luz de la luna, y tu mirada
no vuelve con el brillo que me hacía vibrar en la locura
de vivir para buscarte.

Por eso, este barrio que arrastra llorando
el esplendor de los élitros alguna vez firmes y robustos
nos deja sinfonías de luz en el recuerdo.

He visto en su espejo de edificios en ruinas
cabalgar sobre mis hombros
al caballo que aún tira de nuestras ansias de volar
aunque esté extenuado de tanto amar sin fruto,
como mi viejo e infatigable Boxer[4] antes de caer al suelo
para no volver a levantarse
llevándose en sus ojos aún abiertos el corazón de una lágrima.
 

5
El milagro de la vida


La luz y el silencio tendrán
un orgullo apasionado cuando todo decline
mientras sientes que la vida se te escapa
y se han perdido los cielos de la infancia.


Ya no quiero ser un mártir,
ya no muero por el alma de la rosa,
no miro las vidrieras
ni las puertas del Paraíso,
me quedo en este hombre que llora
por un pájaro muerto o un lobo enjaulado,
que ha pecado por amor y lo haría
en cada momento
que se le ofreciera como si fuera el último.


Ya no quiero unas alas en los hombros colgadas
ni ofrecerles a los santos mis palabras ocultas.
Quiero ser prisionero de una tierra que amo
entre aquellos que abrazan sin fronteras ni signos
el milagro de la vida, la tristeza de la muerte.


6

Fotografía de púgil pensativo

Te amo y te odio al mismo tiempo.
Me preguntarás cómo puede ser así.
No lo sé.
Pero es lo que siento, lo que me crucifica.
(Catulo – Variación: F. L, León)



I


No guardaste el libro de latín
con tu firma en la solapa,
con mi nombre perfilado
en los trapos rojizos de la muñeca polvorienta
que dejaste arrumbada en la sangre perdida
del bosque de los miedos.

Entonces sonreías, a ese soldado desarmado
que no supo amarte, a pesar de que el Leteo
había desembocado para siempre
en los ateridos labios del puerto de Algeciras.

Después llegaron los días cenicientos
del marasmo
mientras mi sonrisa fracasaba en las ruedas obstruidas
de un vagón empeñado en destrozar los carriles
de la ineludible y asertiva ruta que se hunde
en la oscuridad del tren de los acasos.
 

II


Ya no asoma en tus mejillas la hora
de los besos irreflexivos
ni te embarga la muerte
del pajarillo tierno que volaba dichoso a tu regazo
mientras yacía en las brumas de las reminiscencias
un tembloroso y solitario corazón
con un soplo venerado que resistía en la esquina
la agresividad de los segundos
esperando que los golpes se olvidaran de su rostro
y tus lúbricas plegarias,
implorando que sonara, entre las cuerdas,
el ansiado crepúsculo del último combate,
el halo redentor de una campana compasiva
que detuviera el sufrimiento
de un amor extinguido junto a los Baños árabes,
la levedad de un siglo de martirio prorrogado
por el silencio de la catedral
cuando se marchaban los muertos
y volvía la sombra de la humedad a los estancos
que vendían las caricias
convertidas en telúrico humo de alquitrán en la mañana
movida por la resaca ahogada por el Levante,
en himnos sagrados forjados a golpe de uniformes laicos

y toques militantes de nostálgicas cornetas.

 III


Derribaron el ring en cuyo nítido centro
danzábamos como niños entre las vides
con un juego de piernas grácil y despreocupado
que esquivaba la caída de los sueños,
de la elegancia y la ternura
cuando no podía la vida sepultarnos en su tristeza,
cuando arrojábamos la herida desde el rincón
de los triunfos dolorosos, abrasivos y amargos
que caminan en el óbito del verdor y no se olvidan.
 

IV

Las estatuas de mármol han perdido su placa
y no saben a qué dios invocar
para calentar las balaustradas agrietadas
que resisten el abrazo inclinado al desencuentro
de los mares antiguos en el Paseo de la Marina,
para detener la imagen surgida de una copia rutinaria
que agrede el dramatismo patético, sangrante y obnubilado
que se entrega,
como el sauce de las hojas que amabas,
a la noche y al dolor
como una hetaira que no encuentra
la frescura de su rostro,
la firmeza de sus senos,
el hechizo de su voz
y frustrada por el tiempo castiga enritada[5]
la soledad de un eterno perdedor hundido en su pensamiento
y la agonía
de unos ojos hinchados
que no pueden ver la oscuridad de los soles entre la niebla.

 

 

 



[1]  Leteo: El río del olvido.

[2] Foro romano.

[3] El rey: Canción popular de José Alfredo Jiménez.

[4] Boxer: El personaje más entrañable de “Rebelión en la granja”.

[5] Enritada: irritada.

Insistencia en la herida

 

 

Ahora vives en mí, aunque no estés te siento
como luz en mis sombras, un sueño en mis quimeras.
 

1
Derrota

Las notas del poema que llegaba a tu oído
se acercan a tu paso, se visten de tu aroma,
se pierden en tu alma
ahora que navega
en la tinta borrada por tu propio recuerdo.

Aunque no te lo diga y no busque tus manos
sigo pensando en ti
como el amor de siempre
porque vuelvo a tu piel en el bajel hundido
que ha surcado los miedos antiguos que guardamos,
porque piso las calles que fueron nuestra vida
como un poeta ciego
que muere en el destino y canta a la tristeza,
porque te reconozco
en mi sueño y mis ansias,
porque miro la esquina por donde aparecías
mostrando dolorido los estragos del tiempo.
 

Porque voy caminando sin rumbo hacia tus brazos
y no tengo palabras
hermosas que ofrecerte,
he perdido el pudor de admitir mis errores,
apagado la llama que brotaba en mis labios
ahora que la herida del pecado se muestra.

2

Ya no mueren los labios lejanos que tuviste
en el rubor sin rostro de una lágrima amarga
que cae en el espejo de una sonrisa acerba,
un aroma pasivo, una esperanza herida,
un árbol receloso de las hojas del tiempo.

He perdido tu gracia, el ritmo de tus brazos,
los libros que escondías en el desván del viento,
tengo sangre en las alas
y el corazón perdido,
una corona mustia que insiste en los instantes
de aquellos versos largos que huyeron de mi frente.

Ya no busco en las sombras el aura de tu rostro,
tus zapatos perdidos en la fiesta que llora,
tu cintura vagando en un rumor que siente
la luz de tu recuerdo en las calles vacías,
ya no espero tu orgullo en la mano que tiembla
en la cruz aromada por tu último nombre,
pero sigo surcando
el mar de tu mirada.


3
Insistencia en la herida


¡Aquella inspiración, aquel pulso sin ritmo
tocaban tus cabellos, tu despertar de dudas,
tus piernas de quimera, tu hambre de futuro!

Te amé con mi chaqueta, mi ausencia de caminos,
te amé, te amé sin freno, tamaño ni medida.

Como una llaga abierta gocé tu humor de lunes,
tu reino sin corona, tu voz de sacrilegio,
y sufrí tus caricias en el cuarto que acoge
la ausencia de mis labios.

Paso como un olvido,
una avecilla, un drama,

y no quiero firmar partes con mi fracaso,
no quiero acariciar la sombra de mi pecho
ni amanecer herido
con tu nombre en los ojos.

Insisto con tu queja, tus excesos, tu risa,
el rostro que llevaste en una tela ardiente,
la canción que tejiste del sueño de tus manos.

Insisto en el aroma tierno de tus caderas
que se adueñó del aire
y vendrá adonde vaya,
en el mirar sonoro que me llevó al abismo,
la llama que elevaste cerca de mi locura.
 

 

 4

Hoy tengo que arrastrar esta carga de dudas,
este mirar tan triste que se pliega en los astros,
sigue la pasionaria
verde de los silencios
en el muelle vencido sin norte en el poema
que esbozas en el antro donde nada te turba.

Yo en esta claridad que traspasa mi pecho
en las calles que siguen sin luz en la memoria,
conservo las palabras de amor que me dijiste,
enhebro los espejos oscuros de tu rostro,
compongo cuando llega
el misterio que duele,
hurgo en la soledad de los versos sin brillo.
 

 

5

Ya escucho aquellos versos como si fueras otra,
como si hubieras ido

a romper los instantes que huyeron de la vida,
a traspasar las dudas de los mitos de piedra.

Pero yo estoy aquí, en el árbol, la fuente,
en tus ansias de sol, en flores que no hablan,
en estrofas que anidan alma de soledad
sin buscar un poema que destrone los llantos,
sin encontrar el ritmo que me haga creer,

 sin ver una palabra.

Ya escucho tu sonrisa en la voz que se aleja
y busco en otra playa de tu arena la orilla,
vivo como un olvido durmiendo entre las aguas
que se alejan de ti, que insisten en tus rosas,
sin encontrar tu alma, sin poder detenerte.

 

6

A una mujer que escribía un poema[1]

Quizás nunca más vuelvas a llevar el vestido
de nuestro amanecer
en un campo de luna,
ni muestres el sendero en el que ardió la noche,
ni evoques la arboleda donde el mirlo jugaba.

Porque hoy me detienes
en el umbral del sueño
que se hunde en la duda que crearon los pájaros,
porque hoy el carmín tus labios no desborda
y hay folios en tu cama, sin firmas, ni misterio,
porque busco tu luz en las calles oscuras,
el amor en tu estela, tu huella en mi memoria,
la voz en tus fracasos.


7

Nocturno de las Huertas[2]

Olvídate de los grandes deseos.
No tiene sentido sufrir por lo perdido.
Olvida las estrellas y su cielo,
ahí está el lugar al que pertenecen ".

(Fassbinder – La ansiedad de Veronika Voss – Variación.) 

F. E. León)

Insisto en el bolero
que expiraba en la noche de tus medias ardientes,
de tu balcón al aire y una asustada estrofa,
insisto en los teatros empapados de sueño,
en la muñeca herida
que amanece en el firme donde Bécquer[3] rimaba
en un rayo de luna,
en las flores perversas de los escaparates[4]
donde Brecht recogía la llave de tu estuche,
la soga que rompiste para tejer tu olvido.

Insisto en la pasión de Peckinpah[5] que asalta
el último desierto
con un lirismo amargo y una tibia sonrisa,
de Fassbinder[6] viviendo la angustia de un esquema
de tu letra temblando sobre el pájaro herido
que abrigaste en tu pecho en una noche oscura,
en la triste elegancia rota de tus zapatos,
en hojas vaporosas de andenes sin perfume
que llevaron tu paso hacia ningún destino.
 

 

8

 Días de cine 

 

Ahora, por tu culpa, los ojos de mi niña
enrojecen sin tregua hinchados por el llanto.

(Catulo – Carmen III – Tr.: F.E. León)

 

Ya no podrás volver a la arena mojada

de luna sin recuerdo,

a las barcas cansadas que muerden otros mares,

a las redes tendidas que no esperan tu paso,

al barrio ceniciento que muestra sus ruinas.

 

Ya no podrás volver a la escena que muere

con el dulce candor

de un beso primigenio,

al corazón sin huella que buscaba tu mano

y sigue su camino por la ruta perdida

de tu primer poema,

de tu orgullo constante

ahora que la llama oscurece en el patio

y la música vive en otra melodía.

 

El pajarillo gris que anida en otro sueño

se precipita al Orco del que nadie regresa

ahora que sin tregua enrojece tu alma

por un amor herido,

por un carmen inmenso que no encuentra tus labios. 

9

Insisto en los acordes de una guitarra rota
que duerme entre los labios de un trovador que gime,
en los muelles que añoran de tus barcos la ausencia,
en la torre que muere prisionera en los muros
de las alas azules que cortaron tus pájaros.

Pues hoy la tierra gime y no tengo tu acento,
pues hoy me precipito sobre la huella inquieta
que tu orgullo fingía
y tu amor abrigaba
sobre la sombra errante del pino solitario
que arrinconó el delirio de una rima candente
y recogió tu vuelo de palabra encendida.

Quiero romper las nubes que tus ojos miraron,
vivirte en la fragancia de las horas que pasan,
en la niebla que brilla entre los farallones,
arrancar un nocturno de Chopin de tu pecho,
acariciar tu herida como si recordaras,
como si fueras luz que grita su penar,
como si fueras flor o viento enamorado.

10
Antiguo Patio


Te viví sin saberlo y aún me duelen tus lágrimas,
aún preguntan mis ojos
por un amor herido
en los escaparates curvos de los deseos,
en las escalinatas de los sorbos vividos.

Ya no puedo arrancar los sueños que pasaron
sin temblar en la sombra
de tus brazos tendidos,
sin pedir la sonrisa tierna que me negaste,
sin soltar las amarras del fulgor amarillo
dibujado en tu frente
en un alto camino
que me lleva despacio hacia tus pensamientos
y abrocha los cordeles de un firme desvarío.

Ya no puedo mirar los soles de tu herida
dejando tus jarrones
sin amor, sin olvido,
pero vuelvo a tu rostro como una rosa ardiente
que llora cuando clama
en la vena anhelante de un verso perseguido
que guía hacia tu pecho al último poema
que no supe escribirte
y aviva el resplandor de un sentimiento límpido.
 

11
Epílogo


Desgarro en mi silencio la voz honda de un bardo,
el mar donde soñaste ser una bailarina,
los árboles rendidos a cuyos pies penabas,
desgarro los deseos donde mi noche hervía.

Este vagar constante que no encuentra tu huella,
este trote sin ritmo que me lleva a tu lira,
este sentir tu verso sin poder encontrarte,
se agolpan en mi mente, se hunden en mi vida.

Enciendo tu farola en un balcón distante
y llamo a tus cristales como una golondrina.
Me muevo en tu fracaso, perdido en la nostalgia.
Me hiere tu misterio solo como una isla,
la roca de tu olvido, la miel de tu presencia,
sollozo en los laureles donde el mirlo reía,
en tu alma rasgada, en tu miedo a la noche,
en tu pecho temblando, tu vientre que gemía.
Persisto en la mirada que alentará mi empeño
en el amplio salón que guardaste en tu herida,
y aquel verso de Frost[7] que irónico miraba
a un Yupanqui[8] cansado en tus ansias dolidas
de visillos abiertos que secaban las lágrimas,
en tus trenes amargos, parados en la vía,
en tu amor que me duele, tu sombra que se acerca,
la muerte que me busca en una barca hundida-

 



[1] Laura A. M.

[2] Las Huertas: Popular barrio de Madrid.

[3] Gustavo Adolfo Bécquer: Autor de las Rimas y Leyendas.

[4] Las flores del Mal.

[5] Sam Peckinpah: Director de cine americano, autor de “Grupo Salvaje”

[6] Rainer Werner Fassbinder: Director de cine y de teatro, además de poeta.

[7] Robert Frost: Poeta norteamericano de éxito.

[8] Atahualpa Yupanqui: El más brillante payador argentino.