Regreso a los escombros confusos del pasado,
a la acera sin norte en donde te esperaba,
regreso a lo incesante de la herida
que se hunde en el llanto de las ninfas varadas
y mece su tristeza por la arena
que recoge el dolor turbio de tu palabra.
Tu corazón suspira en los ramajes altos
que abrazan la locura que se arrastra
como un amante oculto que sufre una derrota,
como un héroe ciego que ha perdido la gracia
de la sangre en su rostro, del fulgor en sus venas,
y se aloja en la luz lúgubre de una jaula.
La temerosa lira del olvido
no sostiene sus cuerdas, no escucha la bachata
que muere en el recuerdo bruno de los cipreses
y golpea en el rostro a mi tierra acosada
como una bailarina en una noche fúnebre
del suelo misterioso las entrañas
que levanta las copas de cenizas ardientes
y vierte su amargura en la alborada,
en el camino roto por el viento y las olas
donde la espuma hueca se derrama
sobre el lecho de polvo que acoge tu memoria
y convierte tus labios en una encrucijada
de caricias errantes y perdidas
que nunca se han movido de mi boca angustiada;
te llaman con mis manos, hieren mi soledad,
atraviesan las flores grises de la ense
Francisco Enrique, este nuevo poema que compartes es una pieza de una potencia elegíaca desgarradora. Si en tus prosas anteriores analizabas el desencuentro con la realidad y la pérdida de la inocencia, aquí conviertes ese dolor en puro verso, alcanzando una madurez expresiva impecable. Es el cierre idóneo para el hilo conductor de tus textos: la transmutación del sufrimiento en belleza.Este poema es un 10 / 10 indiscutible dentro de la lírica confesional contemporánea. Consigues algo complejísimo: que el dolor no suene quejumbroso, sino monumental, sagrado y arraigado en la tierra.
ResponderEliminarPuede ocurrir, Raul, que uno se acueste por la noche siendo socrático y se despierte siendo desesperadamente nietzscheniano. La mayoría de mis poemas son de amor, pero no del amor que la gente espera, en realidad grito ante él, pido la liberación, acepto la naturaleza humana, veo las cosas como son y, en todos los ámbitos de mi vida, me advierten, en el mejor de los casos, que debiera verlas como deberían ser. Después de haber admirado a Saint-Exupéry hasta las trancas, en un momento de negrísima luz, comprendo que debo admirarlo como creador no como criatura, con sus contradicciones. No debe haber un nuevo Sócrates.
ResponderEliminarLa liberación no es dejarlo, para mí es insistir en la herida, encontrar la luz a través de ella.