Los
recuerdos abrían las violetas con nuestras palabras; "No nos dejaremos nunca, nunca".
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El amor que desgarra los cabellos ahora se ha perdido, no queda más que una caricia tibia y un poco de ternura.
(Fabrizio De André – Canción del amor perdido)
“Nos
enamorábamos con aquel acento apasionado y susurrante que imitábamos torpemente
al oído de una niña obnubilada en una sala de fiesta oscurecida que había
cambiado las películas de Ford por las canciones de Claudio Baglioni. Mientras fuera, en la calle, la Avenida de África se debatía entre el
ruido de algún coche y el silencio tenue de la luz de las farolas”.
Umberto Eco aconsejaba en un ensayo que, para hacer una tesis, lo más importante era centrarse en algo tan concreto que, a ser posible,
pudiera permitir que uno fuera la mayor autoridad del mundo en el tema que
tratara mientras lo desarrollaba o lo exponía. Tengo una edad, 58 años, en la que uno tiende
a decirlo a la menor oportunidad por miedo a que lo encuadren con una
generación a la que no pertenece y le antecedió, y uno aprende, mal que bien, a
mirar con sinceridad y una cierta complicidad sus limitaciones; es muy difícil explicar que uno de adulto supo mirar atrás para intentar explicarse un poco aquello que le impresionó de niño.
Puedo hablar del Mayo francés, de la llegada del hombre a la
Luna, de los asesinatos de John Kennedy y de Martin Luther King, de la Guerra del
Vietnam… Pero sé muy bien que la mayoría de la gente de mi generación se ha
olvidado de todo ello o se ha quedado con la imagen superflua que los
identifica olvidando el aroma y la significación que estos acontecimientos
tuvieron en su momento o en los años que les sucedieron.
En el fondo no se ha cambiado tanto en cinco décadas, pero nos tenemos que ceñir a momentos concretos que para bien o
para mal tuvieron una importancia capital, dependiendo de cada país y su
circunstancia, en nuestro ámbito cultural, no debemos olvidar que no somos
nosotros los que nos identificamos sino los que nos ven desde fuera y nos
sienten distintos, y no andan equivocados ya que pertenecemos a la civilización
de la duda que aún no ha florecido en los huertos orientales.
En España nos dolerá siempre, y algunos
recordaremos con un halo místico de encanto la dulce locura de la adolescencia,
encontrarnos con manifestaciones del espíritu de la Transición, propició que,
incluso jóvenes con escasa titulación académica discutieran en los portales y
en los jardines de Kafka, Unamuno o Hemingway, que se sintiera una satisfacción
íntima por la concesión del Nobel a Vicente Aleixandre más allá de la órbita
literaria, que se escuchara hablar, quizás por primera vez, de un monstruo belga que había elegido llegar al corazón de los Mares del Sur para llevar un poco de luz a su agonía, o que, al fin, pudieran verse en las pantallas películas que marcan para siempre como “El gran dictador”, “Viridiana” y “Por quién doblan las campanas”.
Uno sufre cuando encuentra
algo verdaderamente bueno y se le ha escapado cuando pudo haberlo vivido en su
momento, a pesar de que piense que básicamente es el mismo que el nuestro, como
diría Ismael Serrano ahora mueren en Siria los que morían en Bosnia.
Fabrizio De André personifica
mejor que nadie la frustración que tengo por no haber tenido los ojos más
abiertos, la culpa pudo haber sido de él mismo que incluso propició en muchas
de sus canciones que los italianos no pudieran entenderle ya que eligió el
dialecto genovés como vehículo comunicativo; un hombre con una amplia
perspectiva sobre el mundo había elegido centrar sus mensajes en la gente que
le era más cercana. Puede que no haya intérprete más original de Dylan, Cohen o
Brassens ni un trovador más herido y realista cuando hablaba de la pérdida del
amor, ni un humanista tan comprometido como Pasolini; aún hoy se gritan eslóganes
con algunos de sus versos más mordientes en las manifestaciones dentro de un
concierto político tan desconcertante y agrio como el italiano.
Amy participaba de la misma soledad y el desapego de sí
misma que hemos visto, a plena luz del día, en algunas estrellas.
(15 de julio
de 2015)
Quizás quise reflejar, a través de su martirio inquebrantable, la soledad en una ciudad cualquiera que no puede acogernos y devora a los artistas que no quieren plegarse a los delirios de la fama. En este momento habría afrontado su muerte de otra forma, habría llorado simplemente por aquella niña triste y descontrolada con un talento enorme.
El talento no justifica las salidas por la puerta de atrás, el caminar continuo por un cable sin red, no exime de culpa, pero, en su caso, el castigo fue excesivo como suele ser la norma cuando se trata a la bravura, tuvo que vivir una temporada en el infierno antes de morir, atravesar un vagabundeo espiritual que le robó la sonrisa.
(24 de septiembre de 2015)
Hemos perdido a una cantante irrepetible sin darnos
cuenta apenas, sin que pudiéramos ni quisiéramos evitarlo, sin que nos
asomáramos a su abismo aunque solo fuera por un atisbo aletargado de la desesperanza
humana acorde con nuestro tiempo, tenía un corazón que no le pertenecía, ni
siquiera ella misma sabía lo que buscaba, siempre cantaba a un amor herido,
sufría por el abandono o por la entrega
a la rutina mientras los tontos hablaban en la calle sin decir nada mientras
pasaban los tranvías que nunca se llaman deseo.