domingo, 14 de enero de 2018

El crepúsculo de los montes

II



Hay un jardín que muere en el miedo de los patios
donde canta el jilguero
que lloraba sin luz
en lo turbio y angosto  que vuelve de una infancia
y no encuentra palabras para expresar tu canto,
y entre escombros agolpados
contra el muro
la tristeza se esfuerza
por ofrecer su lecho de raíces a unas plantas de Oriente
que no verán camino en sus primeros pasos nunca más
como tus ojos, 
en un barranco  donde no habita una estrella
que los guíe,
oscuros, deslavazados, apasionados, muertos,
en el libro amarillo que mostrara tu hondura
ante mi asombro de niño,
en la palabra de amor que desplegó tu boca hacia los tristes,
hacia los que nacieron de rodillas
ante el peso infinito del estigma invisible,
hacia los que tienen hambre de amapolas
de montes rotos que imploran su olor a tierra
en la melancolía de su ocaso
que nadie mirará mientras duerman los dioses
entre sábanas blancas tendidas en un mísero cordel
 y la canción que hiere en las tinieblas
de las cinco en punto de la tarde.



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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.