miércoles, 31 de agosto de 2016

Robert Graves - Una pizca de sal




Cuando nace en ti un sueño
con una ardiente y repentina angustia.
Cuando sabes que el sueño es verdadero
y cándido, sin penumbra ni mácula,
entonces ten cuidado, y con ímpetu brusco 
no hieras el tierno hallazgo que con reverencia amas.

Los sueños son como un pájaro burlón
que agita las plumas leves de su cola.
Cuando cojas el salero lo verás
alejarse por encima de los setos;
el pájaro viejo atrapar no se deja 
ni con sal ni con trigo;
en la rama del árbol te mira y se sonríe.

Poeta, no persigas al pájaro en su vuelo,
búrlate de ti mismo y desaparece.
Enmascara tu cólera y disfruta
de lo pequeño que cuando llega se queda.

Pero cuando los sueños aniden en tu palma
aprieta fuerte el puño y agárralos con ansias.

8 de julio de 2017.
(Variación F. E. León)


Colinas de la Almadraba



Despertando en el miedo de sentir lo perdido
evoco las colinas que recorrimos juntos.
Han pasado los años, parece que no somos
aquellos que se amaban y volaban cometas.

Los puertos se esfumaban 
densos como la niebla
en una calle angosta
y en la capa de Holmes.

La luz nos inundaba. Lejos, los edificios
perdían las ventanas, las puertas, los portales,
vagaba en los tejados
el último poema de tu amor que moría
al íntimo capricho que abrigaban tus ojos
y la tierra inflamaba las ansias del olvido,
tu pelo era una onda que perseguían mis manos
tu sonrisa una cruz,
tu cuerpo era el deseo disperso en los jazmines.



domingo, 28 de agosto de 2016

Un sueño que debería dejar de ser eterno

       

       Saint-Exupéry observaba la misma contradicción en la gente de su tiempo que nosotros observamos en la de nuestros días, podía sentirse más emocionada e implicada, a través del magnetismo de Gary Cooper, con la proyección de “Adiós a las armas” que con las imágenes en blanco y negro,  en un noticiario, que no reproducían el rojo de los tejados derruidos de los aviones asesinando el cielo de abril en Madrid. Casi nadie advertía en Francia que en España se jugaba infinitamente más de lo apostado, que había comunistas que le habían cogido gusto a que los santos salieran de paseo mientras Franco no dudaba, en nombre del Catolicismo, en sacrificar católicos si había probabilidades reales de matar a algún rojo por el camino.

    Es difícil comprender la futilidad con la que pasamos de llorar consternados, durante tres semanas, por un niño sirio muerto sobre la arena de la playa a no acordarnos de que debemos exigir algo a los de siempre para que deje de haber cementerios marinos.

       (Alexander Newquarter)

sábado, 27 de agosto de 2016

Saint-Exupéry y la idea de un dios creado por el Hombre

   



            Setenta y dos años después de su desaparición, en su caso este tópico pierde su marcado sentido metafórico[i], Antoine de Saint-Exupéry está más vigente que nunca y ha alcanzado la categoría de los mitos más perdurables de nuestro tiempo. Como todos ellos sufre de un cierto arrinconamiento que lo sitúa en posiciones asumidas e inamovibles, de una forma u otra, en la memoria colectiva hasta el punto de que los trabajos minuciosos de sus estudiosos más pertinaces no han logrado echar abajo una serie de clichés que se tienen como ciertos por más que la verdad documentada nos diga, a las claras, otra cosa.



         Pero eso no debería producirnos asombro; Marilyn será siempre una rubia sensual y atractiva, poco menos que estúpida, sin que, casi nadie, se pase por sus escritos que testimonian una sensibilidad especial para la poesía, una compulsión por la lectura para superar las carencias culturales de su niñez que no fue una fábula de fuentes, para estar a la altura de sus amigos del teatro del método, y una tendencia obsesiva con el sentido de la vida que la llevó a reflexiones profundas e intrincadas sobre la soledad y la muerte.


         Saint-Exupéry no habría de ser distinto; el espíritu puro, ingenuo y melancólico de su personaje más emblemático, con quien se suele asociar al propio escritor cuando era niño, no ha facilitado que los mensajes extraídos de sus biografías más rigurosas hayan encontrado el eco necesario para que disfrutemos de su calidad como hombre muy por encima de la media a pesar de sus caídas, creo, sinceramente, que poco numerosas pero muy sonoras y con consecuencias más desagradables[ii] de lo que se pueda pensar. "El pequeño príncipe" no comprende las preocupaciones sin sentido en la que malgastan el tiempo los adultos y la falta de ternura y atención que le dedican a las cosas verdaderamente importantes, aunque siente un respeto reverencial por un farolero que vive en un planeta donde siempre es de día porque cree que lo que hace es necesario y rechaza con estupor y tristeza el vacío existencial de un vanidoso,. El escritor no solo sucumbió al atractivo de lo trivial y prescindible sino que le hizo un culto excesivo cuando se trataba de satisfacer sus inclinaciones hedonistas mientras descuidaba y ajaba, simplemente por matar el tiempo, el alma de la rosa.


         Tras la ruptura traumática con su primera novia, Louise de Vilmorin, provocada por la negación obsesiva y militante de los padres de ella a que se casara con un aviador expuesto a los peligros, se convirtió en un conquistador impenitente hasta el final de su vida sin que fuera un obstáculo su matrimonio con Consuelo Suncín, mujer independiente y de mentalidad avanzada que no dudó, con menos frecuencia de la que se suele comentar, en pagarle con la misma moneda.


         La sencillez, más aparente que real, con la que nos transmitió sus preocupaciones y la belleza trascendente que desplegó en sus frases y aforismos han logrado que sea el filósofo que más ha conectado con el sentir popular, cuando ni siquiera lo era, pues no tenía un corpus de doctrina extenso y articulado; Ciudadela, que, por esos caprichos insondables del destino podría convertirse con el pasar del tiempo en su obra más estudiada y perdurable[iii], corrobora la impresión que, a día de hoy, se tiene con respecto a ella y que suele orientarse a indicar que Saint-Exupéry se involucró con persistencia en una empresa que no era su camino, hallado felizmente en otras vías y en otras encrucijadas. Su proyecto más ambicioso y el que le ocuparía, con diferencia, más tiempo, se convertiría, con su publicación en 1948, cuando ya había muerto, en el único fracaso crítico con sus novelas[iv]. Pero es indudable que llevado por una sensibilidad moderna, fuera de toda duda, involucra como nadie al lector en sus planteamientos y le facilita compartir sus puntos de vista logrando plenamente impresionar con sus máximas que se repiten como ejemplo de lo que importa verdaderamente en la vida en los ambientes más diversos y entre la gente más variopinta, aportando además al receptor el convencimiento absoluto de que sabe lo que quería decir... y Ciudadela está plagada de máximas que presentan el perfil de verdades irrefutables aunque, en realidad, sea arduo discernir con claridad  las líneas concretas  de su significado.


         Es innegable que no existe autor que haya aportado tantas citas memorables a la memoria colectiva, pero se vio desbordado a la hora de abordar unas ideas que, como en su admirado Platón, penetraran en los aspectos más generales de la vida y los estructurara con respecto al hombre y a la sociedad, aquí tenemos la paradoja de que el aristocrático y conservador ateniense quiso encontrar lo que era posible entre las cosas que no existen para revestirlo de inmortalidad y el demócrata noble que surgió de su amistad sincera con Léon Werth se concentró en la realidad de los sueños para hacernos partícipes del milagro de la vida.

 
            Creo que el azar nos privó de un encuentro que hubiera ayudado a superar la angustia, la pérdida de valores y la desgana vital de la post-guerra, Camus, el más idealista y humilde de los existencialistas, llegaría a planteamientos cercanos a Saint-Exupéry partiendo de una base radicalmente distinta, para Camus Dios no era una preocupación sino un problema, por Dios matan los hombres, hablaba de mantener la dignidad en la indefensión ante la muerte y de llegar a ese trance apoyándonos en la moral para encontrar la satisfacción en hacer todo el bien posible, en reconciliar al hombre con su civilización.


            El fracaso de Saint-Exupéry como pensador es intrascendente, es algo que en sí mismo solo buscó en Ciudadela, ya que encontró en la Filosofía, en cierta forma sin pretenderlo,  uno de los aspectos más relevantes y originales de su narrativa y se convierte junto a Voltaire, Unamuno y Erasmo, entre otros, en uno de los autores que ha sabido transmitir más su esencia sin que el lector sea consciente de que está filosofando cuando repite absorto que lo esencial es invisible a los ojos, liberándole de la carga que supone afrontar esta disciplina con la idea de que pertenece a los privilegiados, a las personas con capacidad de abstracción consolidada firmemente por una sólida formación de años y reflexiones.

            Para el hombre de la calle la Filosofía es una tarea muy dura que le crea un desasosiego con sus tratados, plagados de un léxico y unos conceptos exigentes, que se les representan como ladrillos incapaces de edificar una torre de luz sobre las ruinas de una civilización que avanza, sobre la soledad del pensamiento ¿Encontró Nietzsche ese faro? Murió en las tinieblas... y posiblemente fue una de las personas más inteligentes que ha existido.


         Tenemos que admitir que la Filosofía, puede que el factor más decisivo de nuestra forma de sentir e interpretar el mundo, se encuentra totalmente desplazada entre los gustos generales de estos tiempos confusos. Se constata que hay personas que se confiesan marxistas que nunca han leído "El Capital" o "El Manifiesto comunista" y otras que se arrojan a los brazos de una ideología sin tener un conocimiento aceptable de lo que significa realmente aunque se emocionen con los ritos y participen fervorosamente en la parafernalia. Aquí llegamos a la conclusión, lo comprobaron con dolor quienes pudieron convivir de forma natural con otras culturas, como Orwell, de que la Filosofía, cada vez con menos estudiantes y lectores específicos, es el hecho diferencial más importante que ha posibilitado nuestra diversidad y la creación del estado laico con la liberación del yugo opresivo de la religión establecida y organizada para satisfacer a los órganos del poder y beneficiarse de sus privilegios, es la marca más característica de Occidente con sus miserias y sus grandezas. No ha sido suficiente para que dejemos de ser injustos, pero sí ha posibilitado desarrollar un espíritu crítico para denunciar la iniquidad y un marco que hace posible exponer, mal que bien, nuestras quejas y desarrollar la imaginación para estructurar y proponer alternativas más equitativas que están en la mente de cualquier ciudadano.


         Saint-Exupéry era de familia aristocrática, su madre supo conciliar con cierta armonía y sin grandes contradicciones su calidad de noble arruinada, su sensibilidad artística, y una liberalidad[v] muy acusada y extraña en el estrato social al que pertenecía, con un ferviente catolicismo que hubiera querido inculcar a su hijo, pero no pudo y Antoine, se movió entre el descreimiento y el agnosticismo en su juventud. Esto es algo que hay que decir con ciertas reservas pues, hasta el final de su vida, no estuvo absolutamente interesado en la religión y no solía manifestarse sobre ella, le daba un tratamiento similar al de la política, pero siendo consciente de que no se podía vivir sin ellas. Estaba centrado en buscar al hombre, dándole a la acción un papel preferente en la definición de sus virtudes como Hombre. Manifestaba un desapego evidente por la retórica, a la que veía como un instrumento eficaz para ocultar o modificar la verdad[vi], prefería juzgar y ser juzgado por los actos y no por las palabras. Este punto no gustaba mucho a algunos intelectuales de su tiempo que no dudaron en hablar de él como un hombre en el que prevalecía la apetencia por la acción, y lo alejaban de paso de su mundo para acercarlo al del fascismo a través de una de las pautas de comportamiento más socorridas que tenían éstos, para oponerse a la razón que esta ideología perniciosa ponía en práctica convirtiéndola en un culto a la violencia y en luchar contra los que diferían o eran distintos en vez  de buscar  la superación de uno mismo.


         Coincidiendo con la obra que marca el inicio de su madurez personal y literaria, "Tierra de los hombres" publicada en 1939, consolida su acercamiento al Humanismo e irá evolucionando para encontrar una síntesis original y afortunada entre la vertiente laica y la tradición cristiana de esta forma de entender la vida. No faltó quien dijera, a raíz de ello, que era un cristiano sin Cristo para matizar lo cerca que estaba su moral de la verdadera doctrina cristiana en un hombre con una marcada irreligiosidad o un místico sin Dios para resaltar su admiración por aquellos que buscaban el espíritu a través de la vida monacal, a pesar de que nunca aceptó la presencia de Dios como una realidad trascendente y no concebía el sacrificio si no era el paso necesario para alcanzar una meta..


          Aparece Dios, pero su visión es sumamente original; es su presencia en la vida, en tanto la importancia que tiene en el comportamiento de los hombres y no su existencia, en la que nunca dejará de dudar, la que hará que otorgue a Dios una atención profunda que nunca antes le había dedicado. Pero siempre pensó, incluso en los momentos que estuvo más alejado de él, que no había que matar a Dios en tanto que hay tantas personas que creen en él y lo sienten, y es un hecho que modifica la trayectoria vital y las costumbres.
                     
            Pero siguió volcado  decididamente en el Hombre y, para entonces, ya no había duda, entre sus detractores, en el carácter universal de esta búsqueda, superado felizmente el elitismo de los héroes que se podía observar en la obra más lograda de sus primeros años "Vuelo nocturno", y los puntos que compartía con el pensamiento de Nietzsche, el superhombre de éste no tenía sitio en las ideas de Saint-Exupéry, su aspiración para llegar al Hombre por medio de las ansias de superación se encontraba en cualquier hombre que supiera despertar y, a través del esfuerzo y con los instrumentos adecuados para desarrollar sus capacidades, descubriera un nuevo papel con el que servir a la comunidad que se convertiría en el fin último de la existencia.


         Aunque fuera ateo, algo no muy probable, cuando se casó en 1931, mucho antes de que la presencia del pensamiento de Dios cobrara importancia en su obra, quedó claro, su valiente moderación era proverbial, que no participaba del espíritu iconoclasta de esta tendencia en aquellos años cuando se mostraba un resentimiento muy grande hacia la Iglesia por el daño que había hecho y se ejecutaba a Dios simbólicamente en las plazas de Moscú, lugar de referencia obligada para aquellos que habían dejado de creer en Dio,y aun así querían aniquilar la nada. No tuvo inconveniente en contraer matrimonio religioso un día después del civil. Podemos deducir que lo hizo para  ofrecerle a su madre una satisfacción inesperada. Marie, una mujer admirable, aceptó la boda sin provocar dramas ni tensiones, al percibir la determinación de su hijo, y no quiso insistir, antes de la celebración, en la fama de licenciosa que, justamente, precedía a Consuelo Suncín. En un ejercicio de integridad y entereza zanjó las controversias con sus hijas diciendo que la veía bien ya que era la mujer que Antoine había elegido. Una de las correspondencias más largas que se recuerdan es testigo de la importancia que esta mujer discreta y con unos valores intrínsecos incuestionables tuvo en la formación de su hijo.
      







I El cuerpo de Saint-Exupéry nunca ha sido encontrado, sin embargo existe una versión bastante creíble de las causa de su muerte; La declaración de un antiguo periodista llamado Horst Ripper, que sirvió en la II Guerra Mundial como piloto, venía a desvelar el misterio en 2008, cuando ya contaba 88 años, confesó que él había abatido a Saint-Exupéry y que en el momento de hacerlo no sabía que la víctima de su certero ataque había sido el gran escritor a quien admiraba, que empezó a sospecharlo con el pasar de los años. No lo confesó en cuanto fue consciente de ello porque sentía vergüenza y arrepentimiento. Quizás porque sea más sugerente y atractivo mantener el misterio esta confesión no ha sido aceptada como concluyente.


II La más notoria fue durante su exilio en los Estados Unidos (31 de diciembre de 1940- 15 de abril de 1943) cuando fue acusado por los partidarios del general de Gaulle de mantener contactos serios con el Régimen de Vichy. Significó un suplicio en el momento determinado en que le llegaba y llegó a abandonarse al alcohol.

II No dudaría un solo instante de la extraordinaria formación filosófica de Saint-Exupéry.


III Los críticos solo admiten como novelas las dos primeras que publicó Saint-Exupéry; "Correo Sur" y "Vuelo nocturno". Lo normal es que hablen de ensayos, en unos casos; "Tierra de los hombres" solo hasta cierto punto, ya que abundan los artículos periodísticos, y "Carta a un rehén" en mayor grado a pesar de su carácter epistolar y, en otros, de obras inclasificables; "Piloto de guerra", "El pequeño príncipe" y "Ciudadela".

[v] Saint-Exupéry es un ejemplo con su conducta de que tenía superado o, más bien, nunca había sentido, el exclusivismo, el clasismo y el antisemitismo que eran unas características muy acusadas entre la decadente aristocracia francesa. 


[vi]No podía evitar pensar con desagrado y temor en el histrionismo iluminado de Hitler o en la grandilocuencia vacua y efectista que Mussolini exhibía al evocar el mito del Imperio romano.


viernes, 26 de agosto de 2016

Sobre la amistad y la religión en la sociedad post-consumista.

    

       Todas las decepciones caben en una lágrima. La vulgaridad unifica, el amor sigue buscando agónicamente su camino, pero los edificios interrumpen su paso en la ciudad que ha perdido el culto al arte que nos ayudaba a morir de pie cuando solo quedaba el orgullo, ya no lloramos por un pájaro muerto, ya no soñamos con un gran amor, el tiempo nos ha quitado las maletas de la mano y el carnet del bolsillo de la camisa. Hay un silencio de sombras en el sol ardiente del verano y no llega el tren de la tarde que sale cada mañana. Adoramos a un dios implacable que nos amarra a nuestro deseo de poseer lo inaprensible, a una forma de vida donde se apaga la música mientras la escriben los locos en el muro de una fábrica de cera. Es un dios más tiránico, más severo que el de siempre, porque existe, lo veo en los ojos de la gente que me cruzo mientras voy a una calle cuyo nombre no recuerdo, en la lengua que no se pregunta, siquiera, sobre el sexo de los ángeles.

( Sobre "Ver a un amigo llorar" de Brel)

miércoles, 24 de agosto de 2016

Un nido de víboras.

        

        El exilio americano de Saint-Exupéry pasa por ser la etapa más sombría y confusa de su vida, una encrucijada de sentimientos le sometió a las pruebas más exigentes y penosas, el hombre que había preconizado la culminación personal a través de la superación de los obstáculos se vio acorralado por la magnitud de lo que estaba en juego; ni más ni menos que la convivencia de todo un país que había claudicado moralmente ante las exigencias implacables de la guerra.

Era un hombre de apenas cuarenta años, pero estaba muy mermado físicamente por los muchos accidentes que habían jalonado su trayectoria como piloto. Le dolía la mandíbula, tenía tan lastimada la espalda que era incapaz, como se demostraría en su posterior incorporación al combate en el Norte de África, de enfundarse sin ayuda el equipo de piloto, sufría insomnio y vértigo, tenía catorce fracturas, algunas de ellas mal resueltas, daba síntomas visibles de estar un poco cansado de su proyecto más ambicioso como escritor, la deslumbrante para algunos y obtusa y pretenciosa, para muchos otros, "Ciudadela[i]". Cada vez estaba más convencido de que era un sueño imposible de la misma magnitud que el que arrastraría a Orson Welles[ii] veinte años más tarde cuando perseguía traducir en imágenes el mensaje sublime del "Quijote". Preguntado, por los allegados que conocían el proyecto, por la fecha de su publicación solía contestar con amarga ironía que "Ciudadela" sería una obra póstuma, hasta tal punto estaba convencido de que nunca la consideraría terminada por muchos años que viviera.

        Saint-Exupéry llegó solo a Nueva York, y ahí permanecería casi todo el tiempo, sin llegar a congeniar con la numerosa colonia francesa[iii] en la que, a grandes rasgos, observaba la misma división que había dejado atrás, pero aún más carente de sentido[iv], ni con los neoyorquinos de quienes le separaba el abismo del idioma.

Visitaría dos veces Los Ángeles para reunirse con el gran director de cine Jean Renoir[v], se habían conocido en el Siboney, el barco que llevó a ambos a la otra orilla, y se mostró apasionado con la propuesta que le hizo de adaptar un guion de "Tierra de los hombres" y llevarla a la pantalla. Apartaron el proyecto ante la vulgaridad  y la falta de sensibilidad artística del productor con el que habían contactado que todo lo sometía a los condicionamientos comerciales. 

Una incursión en Quebec, en mayo de 1942, acompañado ya por Consuelo Suncín, su esposa,  para dar unas conferencias, tuvo connotaciones desagradables y algo que debía durar unos días se prolongó durante cinco semanas ya que tuvieron problemas con los visados, probablemente provocados por exiliados franceses influyentes que presionaron a las autoridades norteamericanas para que encontraran alguna irregularidad. Llegó a haber sospechas serias de que fuera un espía a cargo de Vichy.

El incidente que habría de tener unas repercusiones más negativas sobre el delicado estado anímico en el que se encontraba estuvo relacionado con la falta de química evidente que tenía con el general de Gaulle y que se manifestó desde los primeros contactos cuando éste le animaba desde Londres a que se uniera a la única resistencia francesa mínimamente organizada. Saint-Exupéry rechazó sus ofrecimientos despertando en de Gaulle su perfil más vengativo e intolerante ya que no habría de olvidar esta afrenta ni cuando su rival había muerto y la guerra terminado. Las declaraciones de Saint-Exupéry sobre de Gaulle no fueron muchas, pero sí rotundas acerca de lo que pensaba de él, decía que pretendía ser un césar francés, que le recordaba a Franco[vi] en tanto que militar, autoritario y enemigo de la libertad y, casi al final, cuando los gaullistas se habían cebado con él y lo habían descentrado, lo ponía casi a la misma altura que Hitler, en una apreciación hiperbólica y desafortunada.

El que podemos considerar el error más apreciable de su vida pública iba a facilitar la labor de sus enemigos: su extraño y, hasta cierto punto, ambiguo punto de vista sobre el régimen de Vichy y el viejo mariscal Pétain.  Conocedor de primera mano de la indefensión absoluta del ejército francés ante los alemanes, acogió como necesaria la firma del armisticio, lo contrario solo podía conducir a una carnicería sin precedentes, y respetó al arbitrario militar que reunía todos los poderes en su persona y, más aún, ante la desaparición en el proceso de la derrota de la III República, consideraba como legítimo al “Estado francés” que se había creado en una zona que nunca sería libre y que mimetizaría, hasta unos límites insospechados, su sintonía con los nazis imitándoles en los crímenes y en las deportaciones. Aunque no compartiera sus ideas y no las soportara otorgaba a Pétain la responsabilidad de la persistencia de Francia como nación, pero el edificio que conservaba su existencia se había levantado sobre los cimientos de la injusticia y la persecución de todo aquel que fuera distinto[vii].

Saint-Exupéry se desmarcó[viii] amargamente de Vichy cuando se eligió a Pierre Laval[ix], el mejor amigo de los alemanes, como Presidente del Consejo. Cuenta Philippe Lançon en el excelente artículo titulado “El exilio americano de Saint-Exupéry” que, encontrándose en un café de Vichy, en diciembre de 1940, donde tramitaba su visado, entró Pierre Laval y no pudo reprimir decir en voz alta; “Aquí tenemos a quien está vendiendo Francia”. Al advertir su inconsciencia y calibrar las dimensiones del problema en el que se había metido, solo pudo añadir, dándolo todo por perdido; “Bueno, ahora que hemos dicho lo suficiente para que mañana nos fusilen al amanecer, vayamos a pasear.”. Drieu La Rochelle, un escritor que había abrazado el nazismo y al que conocía desde que ambos colaboraran en la revista Marianne, le ayudó a gestionar su visado y a que llegara sin problemas a Paris, primer paso para llegar a los Estados Unidos.

Ya en Nueva York, en 1942, una distinción que le había otorgado el régimen de Vichy ante su estupor y que no tardó en rechazar volvía a situarlo en el centro de la tormenta. Los gaullistas solo entendían que se perteneciera a una de las dos opciones más representativas que ofrecía Francia; "si no estabas con ellos, estabas con Vichy y, por lo tanto, contra ellos". Y no se preocuparon mucho por llegar al fondo del asunto, ni donde debían situarse los amantes de la libertad que, forzosamente, no estarían con ninguno de ellos. No les interesaba, la calumnia hacía daño que era el principal objetivo. Había que  desacreditarle por todos los medios aunque fuera utilizando pretextos que faltaran a la verdad. A consecuencia de unos ataques despiadados en los que se le acusaba de los hechos más inverosímiles, acabó cediendo a la bebida y se empapó de una melancolía mórbida que le hizo perder su habilidad proverbial para relacionarse. Entre la tensión continua de su matrimonio con Consuelo, las visitas de su amante Nelly de Vogüé que le presionaba para que rompiera con su mujer de una vez, apareció la joven periodista Sylvia Hamilton que se enamoró de él en una conferencia mientras le pedía a un amigo que tradujera lo que decía. Sylvia fue ese rayo de luz que le ayudó a levantarse, aunque la despertaba intempestivamente a cualquier hora de la madrugada solicitándole cualquier licor y algo de comer, entre otras cosas.

        Archivos desvelados recientemente, sitúan a Saint-Exupéry, con el beneplácito del gobierno norteamericano, como alternativa a De Gaulle para sustituirle como cabeza visible de la Resistencia. No parece que tuviera mucha consistencia esta propuesta dada la inclinación natural que tenía a sentirse libre y su repulsa a los compromisos clientelistas tan difíciles de evitar en la progresión hacia el poder. El rechazo de buena parte de los franceses con quienes compartía el exilio y de los intelectuales, tanto de izquierdas como de derechas, hubiera hecho lo posible para no respetar  su elección.

        La historia nos enseña que los filósofos nunca han sabido manejar los hilos de la política y fallaban estrepitosamente cuando se trataba de trasladar sus teorías a un marco real, ni siquiera el más grande de todos, el que supo articular casi todas las formas posibles de gobierno, nos estamos refiriendo, por supuesto, a Platón, escapó de ello, teniendo unas experiencias lamentables con los tiranos de Siracusa. 

        Insistimos en que, Saint-Exupéry no era pragmático, sino idealista, con todas las puntualizaciones que se quiera[x], y no supo ganarse el aprecio de la colonia francesa porque desaprobaba el comportamiento de la mayoría de ellos y lo dotaba de coherencia[xi] con su actitud, la sinceridad que empezó a exhibir con su comportamiento indiferente y retraído que le provocaba un malestar inexplicable y una tristeza confusa antes de embarcar en Lisboa; no dejaba escapar oportunidad de mostrar su rechazo, de ahí su fracaso como resistente; no fue decisivo en que los Estados Unidos entraran en guerra[xii] y no fue capaz de aglutinar en torno suyo a sus compatriotas influyentes. Queda en los archivos, pero nunca fue una propuesta con visos de llevarse a cabo la que le ofreció el gobierno americano. El éxito como escritor a escala mundial que supuso esta etapa quedó totalmente oscurecido por su fracaso como resistente.

Saint-Exupéry, a raíz de este episodio, vivió los momentos más angustiosos, probablemente, de su vida, los serios problemas con la bebida de los que ya hemos hablado fueron una consecuencia dramática de ello, y el silencio que se enseñoreó del hombre que nunca dejaba de hablar.

Pero el panorama se le iba aclarando algo, casi al final, empezaba a conectar con los norteamericanos que tanto admiraban su obra, sobre todo los jóvenes con su entusiasmo prístino le aclamaban en sus conferencias como si fuera una estrella de la canción, y sonreía cuando valoraba seriamente la posibilidad de volver a la guerra que tanto odiaba y aportar su entrega para colaborar, como el hombre de acción que era, en acabar con ella.





[i] Ciudadela se publicaría en 1948, sería la amante más constante de su vida, Nelly de Vogúé, quien facilitaría el material que él le había entregado. A pesar de su carácter de obra incompleta, "Ciudadela" aporta ella sola casi tantas páginas como el resto de su obra junta. Aunque no falta quien la califique como su obra maestra, lo cierto es que pasa por ser el único fracaso de crítica de Saint-Exupéry e incluso algunos de sus seguidores más recalcitrantes no acaban de verla a la altura de "Tierra de los hombres" o "Piloto de guerra", achacándolo, principalmente, a una desafortunada ordenación del contenido del manuscrito y la indefinición de su mensaje moral y filosófico aprisionado en la ampulosidad y una ausencia de la sencillez prístina que impregnara otras obras suyas como "El pequeño príncipe". 

[ii] Orson Welles llegó a escribir un guion de “El pequeño príncipe”, proyecto que, como tantos otros, no pudo llevar a cabo por falta de financiación.

[iii] Se calcula que había más de 20.000 franceses entre Nueva York y Los Ángeles.

[iv] La mayoría había aprovechado su situación económica para escapar de la guerra sin preocuparse demasiado por los compatriotas que sufrían en Francia y llevaban un ritmo de vida lujoso y disipado que no quería saber nada de lo que ocurría en su país.

[v] Siendo Francia un país que ha dado cineastas de gran valía no resulta fácil decantarse por uno de ellos. Somos muchos los que pensamos que no hay ninguno como Jean Renoir. Tiene en “La gran ilusión” uno de los alegatos más tiernos y terribles contra la guerra, casi a la altura de la mejor película antimilitarista de la historia; “Senderos de gloria” de Stanley Kubrick. 

[vi] Vamos a admitir lo positivo que hay en que no le gustara De Gaulle pero una gran parte de los españoles no hubiera dudado en cambiarlo por Franco. Por lo tanto, o bien desconocía la barbarie vengativa que, en esos mismos momentos, Franco estaba cometiendo o pensaba que de Gaulle era peor de lo que se acabó demostrando.

[vii] Un ejemplo más de que no se debe generalizar lo hallamos en una información confirmada de que había muchos vichystas que eran conservadores y tradicionalistas pero no comulgaban con los nazis y los identificaban como el mayor enemigo.

[viii] No quisiera confundir, Saint-Exupéry no estuvo con Vichy ni un solo momento, y era consciente de la dureza inflexible y desconsiderada que Pétain había heredado del Estado Mayor Militar francés que ganó la I Primera Guerra mundial y se había sustentado en los mismos principios que primaban la disciplina y un sostenimiento esperpéntico del honor sobre la verdad y la piedad en el affaire Dreyfus, cuya defensa apasionada llevada a cabo por Émile Zola provocaría la caída de la II República y la liberación de un inocente.

[ix] Lo más sorprendente de esta historia es que Saint-Exupéry, ya en 1943, volvía a mostrar respeto, eso sí con excesivos reparos y matizaciones, por la figura de Pétain, con la que no congeniaba en absoluto, pensando que había salvado los muebles y seguía insistiendo en la perversa de Laval, que, tras un paréntesis fuera del gobierno, había vuelto, impuesto por los alemanes para inaugurar el período más trágico de Vichy, con deportaciones masivas de judíos y comunistas. Es evidente que Laval era la figura más siniestra de aquella locura, en su horror, inclasificable, pero estaba claro que Pétain tenía una responsabilidad directa e inexcusable en aquel crimen.

[x] Saint-Exupéry tenía una admiración sin límites por Platón, comprendía pero no compartía su idea de unos arquetipos perfectos e inmutables. Incluso evolucionó hacia un relativismo con un hondo sustrato democrático que se oponía al de la aristocracia moral de los mejores de Platón. Podríamos calificarle, sin temor a equivocarnos, como el más realista entre los idealistas.

[xi] Fue muy duro con sus comentarios, se refería a sus compatriotas exiliados como moradores de un avispero y, en los momentos de mayor tensión, elevó el listón para convertirlos en los moradores de un nido de víboras. No era una forma muy afortunada de hacer campaña.

[xii] Hay que admitir que participar en una guerra  tiene muchas implicaciones morales. Estados Unidos perdió, no en el mismo grado que Alemania, Francia o el Reino Unido, una juventud brillante y prometedora durante la I Guerra Mundial y no se decidía a emprender otra contienda por la insistencia en la locura de los europeos, solo una provocación directa podía provocarlo. Así fue, el ataque sorpresa japonés a Pearl Harbour, el 7 de diciembre de 1941, cambiaría el curso de la historia con la entrada de Estados Unidos en la guerra. 

lunes, 22 de agosto de 2016

Léon Werth el gran olvidado de la edad de oro de la narrativa francesa.

        


          Va pasando el tiempo, mañana tu hermano y María vuelven a irse un año más y nos quedamos con el olor de septiembre, con su impronta de pura y simple melancolía del colegial que piensa en las clases y se va despidiendo de la playa intentando disfrutar cada ola, haciéndose más generoso con la vida mientras aprovecha los días de poniente para volar una cometa que lleve una carta de amor a la niña que se sienta en una esquina.

        Me siento casi sin fuerzas para terminar lo que me había exigido para intentar sintetizar, cuando lo hago antes de abandonar las palabras en el papel, el lenguaje casi nunca logra reflejar los sentimientos, hay fórmulas gastadas que se repiten y repiquetean en nuestra mente como si fueran mentiras vestidas de verdad, detrás de un te quiero no suele haber nada muchas veces, pero yo te lo digo convencido porque me ha costado años comprender que es una verdad irrenunciable, te lo puedo decir en un tono estoico que no quiere decir que esté despojado de pasión, con el hálito vago que desprende una sonrisa despistada o una plegaria fugitiva; no creo en Dios pero creo en ti. 

         Cuando se tiene 57 años, cuando se posee la convicción plena de que se ha sido joven y bueno alguna vez, pero esa belleza se pierde en el recuerdo, suele ocurrir que uno se emocione cuando encuentra a un hombre bueno, íntegro y coherente, eso es lo que me ha ocurrido con Léon Werth, su fracaso me ha convencido de lo ridículo que puede llegar a ser que un poeta resultón que ha escrito tres buenos poemas sobre el mismo tema, llevado por su frustración ante una sociedad que le da la espalda, decida dejar de hablarle a los ángeles o que yo me queje de que me pusieran de espaldas al mar por haber querido describir el llanto de una ola. Estuve preocupado por la indiferencia de una gente que no puede comprenderme porque su lenguaje se quedó atrás, ya no encontraba las palabras precisas para describir la magia redentora de una sonrisa sincera y, a consecuencia de este descuido voluntario muy relacionado por su consumismo desesperado que les exige coger todos los bienes materiales que puedan aunque muchos de ellos amanezcan al día siguiente en el contenedor de la basura. Sus sentimientos no habían evolucionado para escuchar los aullidos de los poetas. Pasolini murió en la playa de Ostia una noche calma del último noviembre.
 
        Léon Werth tuvo que soportar con la moderación bendita de un humanista radical los ataques de aquellos a los que se enfrentaba dialécticamente y, a veces, también a los que protegía y, ni un solo momento, dejó de creer en el hombre, mientras no veía sus obras en los escaparates y la juventud progresista caminaba por la calle con la insumisión reaccionaria teñida de libertad encadenada y desconfianza en el hombre de Sartre bajo el brazo.


         Te quiero, y estas palabras, ahora, están dichas sin ti.

(Alexander Chandler - Conversaciones con Laura - 22-8-2016)

domingo, 21 de agosto de 2016

Mujeres ardientes en Nueva York y la ausencia de una estrella.


         
               


         
Las mujeres,  no podía ser de otra forma en un mujeriego impenitente como Saint-Exupéry, constituyeron una importante razón en su deriva emocional neoyorquina.
Sus conquistas, la mayoría de las veces, no tenían otro objetivo que el disfrute carnal sin implicaciones sentimentales y parece ser que ni siquiera la barrera idiomática supuso un problema para sacar partido del magnetismo que desprendía su fama, la brillantez de su oratoria y la ternura de su sonrisa.
Más importante aún fue la simultaneidad con los tres amores[1] más importantes de su vida que llegaron a compartir su presencia en la ciudad de los rascacielos. Una situación que por sí sola hubiera bastado para derribar definitivamente a cualquier otra persona tuvo una repercusión deslumbrante en el plano creativo, en aquellos tortuosos veintiocho meses escribiría "Piloto de guerra", "El pequeño príncipe", daría forma definitiva a "Carta a un rehén" y seguiría en su odisea interminable buscando la "Ciudadela" cada vez más difusa, más lejos de mostrarle su mensaje subliminal.

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Consuelo Suncín tardó casi un año en reunirse con su marido en Nueva York, alquiló un apartamento en el mismo edificio, pero varios pisos más abajo de donde él vivía, una muestra más de las desavenencias de un matrimonio que distaba mucho de cumplir con lo que se prometieron[2]. Las circunstancias por las que apareció en Nueva York son confusas prevaleciendo la opinión de que fue muy a pesar de Antoine, ya que pensaba, con razón, que su presencia añadiría una tensión innecesaria a su desconcierto. 
Pero no falta quien diga, en una versión más romántica y, sin embargo, probable, que acudió a la llamada desesperada del escritor en un momento extremo de debilidad y angustia. 
Consuelo, silenciada y considerada prescindible en su vida durante más de cincuenta años, arrastraba las huellas de su esterilidad[3], hasta que Paul Webster la rescató de un ninguneo incomprensible, fue la mujer más influyente y determinante en su vida y la que más brilló en su literatura[4], Antoine sintió hacia ella una dependencia extraña, aparentemente incompatible con sus múltiples ausencias y el desfile de amantes que vestían de incongruencia su exquisito escaparate de hedonista insaciable.
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Es cierto que, a pesar de sus muchas y nada amistosas peleas[5], siempre tuvo hacia ella una actitud protectora, casi paternalista, diametralmente opuesta a la que venía sosteniendo con Nelly de Vogüé en la que ésta le mimaba y consolaba al niño melancólico y asustado que había en él, le tranquilizaba de sus problemas emocionales y le ayudaba con los económicos[6]. La empresaria agresiva, dominante y triunfadora solo aparecía cuando intentaba, sin éxito, alejarle de Consuelo por la que sentía una aversión enconada. 
Es extraño que no se comente mucho otro hecho que contribuyó poderosamente al estado de frustración que sintió en la Gran Manzana; la distancia con su madre. Marie era una mujer extraordinaria, con una innegable inclinación artística que orientó hacia la pintura con cierto éxito, que admiraba el talento y la independencia de su hijo y le inquietaba su irreligiosidad provocada, en gran parte, por el regusto amargo que le dejaron los años que estudió con los jesuitas.

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Saint-Exupéry mantuvo con ella una correspondencia intensa que se alargó durante años y que ha servido para situarnos los diversos estados de ánimo que atravesaba en las diferentes etapas de su vida. 
A Marie no le gustó nunca Consuelo[7], aunque lo llevó con la discreción que les faltó a sus hijas[8], ya que no confiaba en que su matrimonio fuera el fin del comportamiento bohemio y licencioso que precedía su fama, y, además, la acusaba de estar distanciándola de Antoine, al que aconsejó varias veces, a lo largo de los años, que se divorciara de ella.

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Por eso no deja de ser extraño que, Saint-Exupéry, ante el presentimiento de su muerte [9] y el halo de necesitar ser protegida que desprendía Consuelo, a pesar de su independencia[10] y la fortaleza de su carácter, le confiara a su madre que cuidara de ella. 
Consuelo no habría de tener los mismos miramientos hacia él, había acabado por estar más resentida en la batalla de conquistas que resultó de aquella relación donde se sucedían los amoríos extramaritales, a veces, simultáneos; no puso demasiado bien a Saint-Exupéry en su comportamiento ni en sus cualidades humanas en “Memorias de la Rosa” y pidió, cuando muriera, ser enterrada con Enrique Gómez Carrillo, su segundo esposo, con quien solo había estado casada durante once meses, pero la hizo rica para siempre. Una decisión probablemente dirigida a los herederos del patrimonio de Saint-Exupéry que habían hecho todo lo posible para silenciar su importancia en su vida, que interpretaron su actitud como un desafío que no mitigaba el hecho de que el cuerpo de Antoine nunca ha sido encontrado.
Puede que en esa actitud hostil de Consuelo pesaran más las infidelidades espirituales y artísticas que las físicas en su tenaz empecinamiento por derruir el mito. No debió aceptar de buen grado que obras como “El pequeño príncipe”, “Ciudadela”, “Escritos de guerra” y los “Carnets” llegaran al público a través de las manos de sus amantes, que, siendo cultas y refinadas, tenían, sin duda, menos sensibilidad literaria y conocimiento de la compleja personalidad de Saint-Exupéry que ella.

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La obra más popular de nuestro tiempo fue escrita en 1942 en una mansión de Long Island que Consuelo había alquilado para que desplegara el proyecto que surgió en un almuerzo con uno de sus editores, Eugene Reynal que le presionaba para publicar algo y, así, aprovechar la estela del éxito que había forjado “Piloto de guerra”. La esposa de éste, Elisabeth, le sugirió una inmersión en la literatura infantil, recordándole la lectura que la actriz Annabella le hiciera de “La sirenita[11]” de Andersen mientras estaba hospitalizado tras ser operado de vesícula. Durante el mismo almuerzo, Saint-Exupéry, dibujó sobre una servilleta un primer esbozo de su personaje[12].
 En este tiempo amargo en el plano personal, corroído por el sentimiento de culpa y la impotencia, no perdería la costumbre de buscar un nuevo amor, en este caso sería una relación corta, intensa y apasionada la que le regaló el destino, se llamaba Sylvia Hamilton, era periodista, estaba divorciada y habría de jugar un papel muy importante en el mito de "El pequeño príncipe"; de su mano llegaron a Reynal y Hitchcock el manuscrito y las acuarelas para su publicación.

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Saint-Exupéry alternaría su presencia en Long Island con el apartamento de Sylvia en Park Avenue, entre un lugar y otro terminó de escribir el libro. Las largas esperas de ella serían la marca de aquella aventura donde la joven le permitía al ídolo su impuntualidad desorientada y bohemia o los cambios de humor inesperados debido a su depresión y su descontento vital ante un tiempo al que odiaba y que con sus grandes conflictos retaba la capacidad de sufrimiento de los hombres. 
Consuelo sería siempre la rosa, hermosa, presumida, orgullosa, agresiva pero frágil y con unos deseos vehementes de ser protegida, tal como Saint-Exupéry la veía. Ella era la preferida entre todas las rosas, no era la única que podía tocar, pero era la suya, aquella que quería cuidar, de quien no quiso alejarse en el único intento serio de divorcio que le propuso.
 Sylvia sería el zorro[xiii][13]. Largas horas de espera se acumulaban en su cuaderno, tenía la sabiduría de quien sabe distinguir por naturaleza lo importante de lo vano, sentía  que se le abría la sonrisa cuando presentía su presencia a cualquier hora de la madrugada en busca de comida, de alcohol y un paseo hacia la cama. 
De alguna manera había sido domesticada por este encantador que sabía aplacar el instinto peligroso de los animales y hablar dulcemente a las flores. Antoine no sabía inglés, ni ella francés y se comunicaron a través de los gestos y la sonrisa, complementados con palabras imprecisas y fugitivas, tomadas prestadas de diferentes idiomas que no conocían y la apetencia de sexo compulsiva que se da en los comienzos inexplorados de un gran amor hacía el resto.
Marie habría de tener un papel corto pero lleno de significado, sería la estrella que alumbra los sueños de la noche cuando, a veces, es preciso que se despierte el niño que vive con nosotros para intentar alcanzar el planeta al que se han ido las flores. Ella vivía en Francia y él necesitaba saber de su sonrisa para identificarla con la de cualquier persona que se cruzara por la calle en una ciudad a la que después de varios años de relación empezaba a cogerle el pulso. 
Hasta ahora no se le ha encontrado un papel concreto a Nelly en “El pequeño príncipe”. Ella que cruzaba océanos por una sola cita, que tuvo que adornar con discreción y silencio la pasión de su vida, no parece probable que hubiera sido olvidada en el último libro que escribió. Hay una carta que demuestra que Antoine quiso finalizar su historia con ella, cansado de su incomprensión militante en su insistencia de que dejara a Consuelo.
 Pero no fue posible una ruptura que solo podría sellar la muerte. Ella lo visitó en el Norte de África y recibió, escrita el 30 de julio de 1944, la que, probablemente, fue la última carta que él escribió. Ella fue la autora de la primera biografía de Saint-Exupéry bajo el pseudónimo masculino de Pierre Chevrier, en ella no mencionaba su relación amorosa con él y despachó a Consuelo en apenas dos líneas.


[1] Podría añadirse su pasión desgraciada con Louise de Vilmorin, de quien estuvo enamorado hasta el punto de dejar por ella la aviación y llevar una vida de pequeño burgués aburrido durante un tiempo.
[2] Su boda, sorprendentemente, fue religiosa, un día después de la civil. Ninguno de los dos contrayentes parecía reunir condiciones para ser aceptados por la Iglesia. En ella era una cuestión de hábitos vitales, aunque como salvadoreña era una católica convencida que criticaba abiertamente lo que consideraba defectos en los protestantes. En Antoine era una imposición de su pensamiento, con una teoría curiosa sobre la presencia de Dios en los años finales de su vida, cuando se concilió con el Humanismo renacentista y de la Ilustración y, por lo tanto, en una buena parte, de raíz cristiana. En esta ceremonia se consolidó el rechazo de su madre y sus hermanas, escandalizadas por el atavío inapropiado de Consuelo; como señal de respeto hacia su segundo marido decidió vestir de negro, pero era muy llamativo el vestido, el mismo que llevaba la cupletista Raquel Meyer, anterior esposa de Enrique Gómez Carrillo, cuando cantaba "El Relicario".
[3] Una enfermedad cuando era niña determinó que no pudiera tener descendencia. Algo trascendental en su carácter, solo proyectó la presencia maternal  que Antoine tenía mitificada en los primeros meses de su matrimonio con un gran esfuerzo que las infidelidades de su nuevo marido, a raíz del éxito de "Vuelo nocturno", lo convirtieron en vano.
[4]Decisiva en dos obras deslumbrantes como “Vuelo nocturno” y “El pequeño príncipe”. Consuelo, que tenía un gusto literario más que aceptable, le ayudó a estructurarlas, a superar el caos de Saint-Exupéry en el proceso creativo. Uno de los factores del fracaso de "Ciudadela" pudo ser que faltó su mano en la ordenación y la corrección del manuscrito.
[5] En una de ellas Antoine esquivaba divertidamente los platos que ella le tiraba, celosa de su gancho social que ensombrecía su fulgor en las reuniones, en presencia de invitados que se asombraban con sus castillos y trucos de naipes o el relato del sufrimiento agónico de alguna de sus aventuras.
[6] Una coincidencia muy importante entre Nelly de Vogüé y Marie, su madre.
[7] Debemos admitir que estaba cargada de razones, ninguna madre hubiera querido a Consuelo como nuera. Pero Marie, volviendo a dar una muestra de su gran valía, aceptó con gran entereza y respeto la decisión de su hijo.
[8] Una desafortunada carta de su hermana Simone ha sido utilizada con frecuencia para remarcar el exclusivismo, la xenofobia y el antisemitismo de la familia Saint-Exupéry. En la carta le decía, aparte de que era una fulana, que casarse con una extranjera era casi tan grave como hacerlo con una judía. Este argumento ha sido utilizado por Paul Webster, la voz más autorizada en todo lo referente a Saint-Exupéry, para reafirmar esta opinión. Creo sinceramente que la aristócrata arruinada que era  Marie, a pesar de su monarquismo, su catolicismo ferviente y de poseer muchos rasgos del conservadurismo que le habían inculcado, era piadosa y orientó a sus hijos hacia una tolerancia inusual entre la clase a la que pertenecía. Las palabras de Simone solo las podemos interpretar  en el contexto de los años 30 donde era frecuente recurrir a ellas en todo tipo de personas cuando se intentaba herir y no existía lo único bueno que nos ha dejado la corrección política.
[9] Esto ha hecho que algunos estudiosos, no otorgando credibilidad al relato del piloto alemán que no hace mucho, cuando ya era un anciano, reconoció haberle derribado, hayan observado la posibilidad de suicidio. No parece probable, pero es cierto que Saint-Exupéry escribió, pocos días antes de ese fatídico 31 de julio de 1944, reflexiones de un pesimismo estoico sobre su propia muerte en sus "Carnets".
[10] Ahí encontraríamos el alma peregrina de la rosa, siempre penando por lo que no se puede poseer.
[11] El llanto de alguien que afronta voluntariamente un suplicio en sus ansias por liberarse.
[12] Hay otra versión que dice que Saint-Exupéry llevaba un tiempo dibujando a un niño rubio en las citas con este matrimonio y Elisabeth, percibiéndolo, le animó a esa aventura literaria, alentada por la persistencia en los dibujos.
[13] Hasta hace unos pocos años se mantenía que la sabiduría del zorro representaba la de Denis de Rougemont, uno de los amantes más duraderos de Consuelo. Incluso Paul Webster lo secundaba en un artículo del año 2000 en The Guardian. No falta quien lo identifique con un fenec, un zorro del desierto. Al fin y al cabo Saint-Exupéry le confesó al periodista Luc Stang que no buscaba las metáforas, simplemente se limitaba a describir lo que veía.