domingo, 7 de agosto de 2016

El zorro y la rosa

Fue durante un almuerzo informal y amistoso en Nueva York en el mes de mayo de 1942 donde nacería el mito literario más importante del último siglo. Su autor, Antoine de Saint-Exupéry, estaba acompañado por uno de sus editores, Eugene Reynal y la esposa de éste, Elisabeth, esta era indispensable para la comunicación cabal de los dos hombres ya que hablaba francés. En la charla amistosa que llenaba los últimos momentos de aquella velada fue aconsejado por el editor de ponerse a trabajar en cualquier proyecto que se le ocurriera. Hacía más de un año que no publicaba, desde el éxito del antimilitarista y simbólico “Piloto de guerra” y no deseaba que se perdiera la senda de ventas marcada por esta obra inclasificable. No parecía que esto último afectara mucho a Saint-Exupéry en esos momentos, aparcados como estaban sus sempiternos problemas de dinero, con una racha, razonablemente, estable con su esposa, Consuelo, que no tenía, precisamente, problemas de ese tipo.




Elisabeth, recordándole el impacto emocional que le supuso la historia de alguien que lloraba por la necesidad imperiosa que tenía de liberarse, cuando estaba enfermo e impedido en el hospital, y la actriz Annabella le leyó “La sirenita” de Andersen. Le aconsejó que escribiera una obra dirigida al público infantil. Lo que podía parecer una provocación, más que un estímulo, no dejó de dar vueltas en su cabeza y, cuando iban a levantarse de la mesa, le enseñó a Elisabeth el dibujo de un niño en una servilleta. Dibujar mientras conversaba era una extravagancia muy socorrida en Saint-Exupéry que la llevaba a cabo incluso en reuniones menos informales, equiparable a esa otra en la que despertaba a los amigos de madrugada para leerles, por teléfono, lo que acababa de escribir en voz alta. Pero aquel dibujo apenas esbozado significaría, ni más ni menos, la primera piedra en la edificación de un pequeño monumento memorable.




El primer paso era encontrar un lugar tranquilo, Saint-Exupéry le pidió a su mujer que alquilara una cabaña, afectado como estaba por un arrebato místico que le acercaba sin Dios al recogimiento y la meditación de los monjes benedictinos. Ella, que había tardado un año en reunirse con él en Nueva York, parecía, desde su posición de mujer rica, quererle ofrecer lo mejor que encontrara y disfrutar los días que pudiera de la enésima reconciliación, por eso alquiló una mansión victoriana en Long Island, sabiendo que uno de los mayores defectos de su marido era la inclinación por el lujo. Enfadado le dijo que le había pedido una cabaña y que ella le había ofrecido un palacio. Pero acabó agradeciendo su licencia, ya que encontró allí un escenario idóneo para  encontrar un poco de calma y concentrarse. “Escribiría “El pequeño príncipe” en un tiempo récord para lo que era habitual en él y, por lo visto, no desechó tanto material como solía ser su costumbre.

En este tiempo amargo en el plano personal, corroído por el sentimiento de culpa por no estar en el combate ayudando a la liberación de su país, no perdería la costumbre de buscar un nuevo amor, en este caso sería una relación corta, intensa y apasionada la que le regaló el destino, se llamaba Sylvia Reinhardt, era periodista y habría de jugar un papel muy importante en el mito. Saint-Exupéry alternaría su presencia en Long Island con el apartamento de Sylvia en Park Avenue, entre un lugar y otro terminó de escribir el libro. Las largas esperas de ella serían la marca de aquella aventura donde la joven le permitía al ídolo su impuntualidad bohemia o los cambios de humor inesperados debido a su depresión.

Sin embargo, en una afirmación que parece inverosímil, a tenor de sus muchas aventuras y el amor que, ciertamente, le profesó a Sylvia, estos últimos años en la vida de Saint-Exupéry descifraron una dependencia afectiva por su mujer, Consuelo, que podríamos tildar de enfermiza y que desembocó en un hondo arrepentimiento. Las últimas cartas que le escribió mantienen un tono emocionado, profundo y con presencia de muerte, aunque recibiera telegramas escuetos y fríos como respuesta. Ella había empezado una relación con el escritor y filósofo suizo, Denis de Rougemont, compañero de Antoine en las partidas de ajedrez y en las disertaciones sobre el amor, coincidiendo con el affaire de la muchacha neoyorquina. Y siguió con él cuando Saint-Exupéry se encontraba ya en África del Norte y Córcega luchando por su país.

Pero lo que parece que más molestó a Consuelo, y lo refleja con su resentimiento en “Memorias de la rosa”, fue que tuviera un verdadero sentimiento de amor y entregara el manuscrito de “Le petit prince” a Sylvia y la mayoría de sus escritos póstumos a su amante permanente y protectora, aquella que nunca le fallaría y, probablemente, le recordaba a su madre,  Nelly de Vogüé. La mayoría de las amantes de Antoine fueron intrascendentes y Consuelo no podía dejar de ver el cariño en la presencia de Sylvia en las páginas de aquel libro que debía de haber sido, exclusivamente, una exultante declaración de amor para ella. Ni soportaba las confidencias intimas que compartía con Nelly de Vogüé.




Consuelo será siempre la rosa, hermosa, presumida, orgullosa, pero frágil y con unos deseos vehementes de ser protegida, tal como Saint-Exupéry la veía y, en cierta forma, ella era la preferida entre todas las rosas.

Sylvia sería el zorro, no habría estado mal que le hubiera cambiado el sexo, a pesar de las risitas que pudiera provocar. Las largas horas de espera se acumulan en su cuaderno, siente que se le abre la sonrisa cuando presiente su presencia, de alguna manera había sido domesticada por este encantador que sabía enamorar a los animales y hablar dulcemente a las flores. Antoine no sabía inglés y se comunicaron a través de los gestos y la sonrisa, complementados con palabras imprecisas y fugitivas, tomadas prestadas de diferentes idiomas.

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