lunes, 2 de enero de 2017

Jacques Brel - Ver a un amigo llorar.

          Hubiera querido escribir una poesía que asustara a las monjitas e hiciera entornar los ojos a la nutrida tropa nerudiana mientras toma el té a la sombra de la Koutubiya. Pero Brel no es así, nos recuerda que las espinas suelen tener rosas cuando encuentran la magia tortuosa de una declaración de amor tejida con los hilos de la inseguridad, el dramatismo inherente a un poema que se arrastra en el sendero de una rima cuando no quedan palabras, la reminiscencia de muerte de cada letanía que se desgrana, como si fuera la última esperanza de un profeta, teniendo como escenario un crepúsculo otoñal que no puede volver atrás para embriagarse de luz. A pesar de todo enamorarse es maravilloso.
19 de septiembre de 2018


   



Todas las decepciones caben en una lágrima. La vulgaridad unifica, el amor sigue buscando agónicamente su camino en las encrucijadas, pero los edificios interrumpen su paso en la ciudad que ha perdido el culto al arte que nos ayudaba a morir de pie cuando solo quedaba el orgullo, ya no lloramos por un pájaro muerto, ya no soñamos con un gran amor, el tiempo nos ha quitado las maletas de la mano y la identidad del bolsillo de la camisa. Hay un silencio de sombras en el sol ardiente del verano y no llega el tren de la tarde que sale cada mañana. Adoramos a un dios implacable que nos amarra a nuestro deseo de poseer lo inaprensible, a una forma de vida donde se apaga la música mientras la escriben los locos en el muro de cera de una fábrica de ladrillos. Este que nos contempla con una sonrisa cínica es un dios más tiránico, más severo que el de siempre, porque, sin duda, existe, lo veo en los ojos de la gente que me cruzo mientras voy a una calle cuyo nombre se me perdió en el camino, en la lengua que no se pregunta, siquiera, sobre el sexo de los ángeles.

***   ***   ***

Desconozco a quien le dedicó Brel esta canción, quizás se refería a su amigo Georges Pasquier que lloraba mientras perdía su batalla contra la muerte. 
Brel sobreviviría por poco a Jojo, tendría tiempo de publicar su último disco, el mítico Les Marquises, entre sus joyas siempre me han llegado muy hondo, soy un sentimental, esta canción, la ruptura de Orly y la estremecedora elegía con aires del sur de Italia que le dedicó a Jojo, precisamente. Cuando habla el sentimiento y se arrinconan los artificios. 

El día que la música murió.




       Don McLean, el chico que aquel 3 de Febrero de 1959 repartía los periódicos con la funesta noticia del accidente en primera plana, fue sincero cuando le preguntaron por su carrera, dijo que viviría para siempre del día que la música murió. Este impresionante monumento con un título de un cripticismo extravagante cuyo autor se regocija en no ayudar a desvelar; ¿Pastel Americano?. La canción, una de esas joyas que brillan de tarde en tarde, tiene una letra a la altura de los mejores poetas y un ritmo in crescendo que se extiende, casi, por toda la canción, no tuvo continuación, que recuerde de McLean solo puedo citar otra canción de gran mérito, Vincent, un emocionado mensaje con el alma de Van Gogh.

Pero Febrero me estremecía
con cada periódico que entregaba,
malas noticias en los portales,
no pude dar un solo paso.
No puedo recordar si lloré
cuando pensé en su chica viuda,
algo me caló muy adentro
el día que murió la música.


     Buddy Holly tenía un talento equiparable al de Lennon o McCartney, una sonrisa eterna y la determinación de cambiar la música. Sabía lo que quería y lo demostraba en cada nueva composición que hacía. Murió, junto a Ritchie Valens y The Big Bopper, y el joven piloto que conducía la avioneta, aquel día condenadamente frío de Febrero, llevándose con él las canciones que, sin duda, hoy estaríamos tarareando sin saber por qué. Como en un guion que hubiera escrito un visionario que creyera en el destino, parecía que el único de los tres músicos que estaba predestinado a morir aquel día era Buddy Holly; The Big Bopper logró su plaza, el avión solo tenía cuatro contando la del piloto, a costa de uno de los acompañantes de Holly, a causa de la fiebre, el autobús disponible tenía estropeada la calefacción, y Ritchie Valens estaba resignado a largas horas de travesía temblando cuando el otro músico de Holly le propuso jugarse la última plaza con él y, como rara vez ocurre en la vida, el perdedor ganó.


Jacques Brel - L'enfance.

       


       Unos pantalones cortos para el viejo Peter Pan.
                                                      (Joaquín Sabina)

     Hace unos doce años escribí un poema en el que afirmaba rotundamente que Nunca Jamás había muerto. Lo hacía con la amargura de quien reconoce una derrota y para darle más dramatismo lo hice en mi inglés, tan lamentable como el de un muchacho que termina su bachillerato en nuestro sistema educativo. 

       Hice todo lo que pude para escaparme de mí mismo al llegar a la edad adulta, Jacques Brel no era ajeno a todo esto, sí, también yo creo que los adultos son desertores que le vuelven la espalda a la infancia. Quise vivir a la mujer que amo y que me viviera y no presté oído al dicho de que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, aunque no lo pensaba ni lo creía actuaba como si el talento redimiera de los pecados, excusara de las salidas de tono y llevara inexcusablemente al triunfo. Comprendí hace mucho que no, no es así, pero ha costado demasiado que lo sintiera y reconocer que hay rosas que solo tienen espinas. Tuve todo aquello que hace falta para ser feliz y no supe verlo y me sentía desdichado, si hubiera sido un hombre al uso me habría dado cuenta de lo que tenía al percibir la envidia que provocaba en algunos que debían amarme, pero no, yo estaba en otra onda, supongo que persiguiendo al capitán Garfio y pidiéndole a Wendy que se vistiera como Campanilla. No hay nada más perverso que el rechazo al amor verdadero, sufres cada vez que lo piensas y lo único que redime un poco es pensar que eras sincero, es una aberración sentir que no te quiere aquella que te ama.

                                                                                      16 de noviembre de 2015

Brel - Fils de...







Un coin de vague,
une fleur qui tremble,
un oiseau mort
qui leur ressemble[i].

Decir que una canción de Jacques Brel es emotiva, añadir que la interpreta en directo con la desesperación y la ternura de un profeta herido o un hombre enamorado[ii], o que recurre a la niñez como a un lugar que nunca deberíamos dejar atrás o un sueño del que no tendríamos que despertar para creer en la vida, es como no decir nada, probablemente estemos en un momento en el que descansamos de todos aquellos versos que nos mostraban su fragilidad, en el que no tenemos ningún interés en reconocer su valentía ni, por no saber de él, advertimos sus múltiples y llamativos errores, esos que brotaban por la mala costumbre de llevar el corazón muy por delante de la cabeza.

       Fils d.. es una de esas canciones que se deslizan en la zona tibia de su repertorio, aquellos que vamos un poquito más allá de "J'arrive" hemos aprendido a quererla y a quedarnos prendados de la sensibilidad a flor de piel de algunos de sus versos[iii], y la convicción anímica de su autor mientras los desgranaba haciéndonos pensar, erróneamente, que nunca más hollaría esas cumbres.

Yo no sé lo que significa el título, tampoco creo que tenga mayor importancia, estudié algo de francés para poderme dar la licencia de no entender algunas canciones y actuar como si las hubiera entendido. Como, en cierta forma, dije en el párrafo anterior, la niñez, junto al amor, la muerte, la denuncia de las buenas y de las malas costumbres, y la variable identidad del hombre libre cuando ya solo puede perder unas alas quebradas, fue un tema recurrente para Brel, así de repente se me vienen a la cabeza otras dos monumentos  que se levantan sobre su recuerdo; L'enfance y Mon enfance.

       Terminaría diciendo que alguna vez me pareció entender que decía algo así; "Por mucho que hayas sido un niño tierno, si actúas como si lo hubieras olvidado has acabado convirtiéndote en un hijo de…

                                                        21 de noviembre de 2014.

      Creo que es un documento único para las almas sensibles, Brel en su elemento preferido, su interpretación es bastante sofisticada, histriónica y convincente, la ensayaba con la paciencia del orfebre, con la fe del iluminado, para convertirla en natural como si fuera la inspiración de un momento, cantando en directo sin red como lo hizo siempre, de tal forma amaba las alturas que prefería morir en ellas antes que vivir en el suelo. A la altura de la apasionada "Amsterdam" o la corrosiva y sarcástica "Les bonbons 67" donde refleja proféticamente y con cruda ironía la avenida de la juventud que engrosaría las protestas de Mayo del 68. Muchos de aquellos jóvenes dejaron de pedir incluso lo posible y necesario cuando llegaron a adultos mientras defendían los privilegios de los acomodados.

6 de noviembre de 2017. 





[i] Un rincón de ola, / una flor que tiembla, / un pájaro muerto / que se les parece.
[ii] En la Chanson no abunda el optimismo cuando se trata de definir la alegre melancolía de estar enamorado.
[iii] Me hiciste pensar / que ni siquiera tu amor era eterno. / Ahora sufres y te preguntas / qué fue de aquella mirada, / en qué instante murió tu postrera sonrisa / qué viento se llevó las hojas del diario / donde decías que me amabas. (Brel en la Escuela de Comercio) 

domingo, 1 de enero de 2017

Jacques Brel - Le gaz.




       En la España del tardofranquismo los butaneros y los curas se distinguían por su elevada descendencia, la gente perseguía a los pasos con la esperanza de poder alcanzar el cielo y a los poetas los ponían de espaldas en la pared cada vez que escribían un buen poema; ocurría rara vez, era tan difícil como buscarlo en el foro más transitado.

       Brel era descreído pero rezaba todos los días al salir de casa porque, como explica en esta cancíón, ella vivía en la calle de la Virgen. También Francia quedó rendida al atractivo erótico de los hombres del gas y a la proclividad de los curas a rodearse de sobrinos, aunque de esto último no diga nada la canción.


... ... ...

        Ya sé que Brel, por estos pagos, en estos días, concita la misma atención que yo mismo, pero traerlo a este portal y constatar que nadie tiene algo que decir es una representación sin gracia de la injusticia cultural. Muchas veces la diferencia entre un gran cantante que se expresa en francés y otro que lo hace en español es que a uno no le entendemos aunque nos hable de costumbres de sobras conocidas y al otro le entendemos aunque no sepamos de qué nos está hablando. Todos seríamos devotos de una calle si en ella habita la mujer de nuestros deseos.

Jacques Brel - Amsterdam.


       Brel nunca grabó Amsterdam en estudio, la preparó expresamente para una nueva cita de las muchas que tuvo con el Olympia, creo que en 1964, cuando ni Johnny Hallyday en su esplendor ni Marlene Dietrich en el capítulo final de su leyenda podían discutirle la monarquía absoluta del auditorio parisino a este republicano descreído, fiel a las convicciones que se habían forjado en sus propias experiencias desde la soledad del anonimato hasta alcanzar una cumbre en la que nunca se detuvo para plantar las hermosas banderas. Es posible que Brel fuera más crítico y amargo cuanto más éxito tenía, más desesperado cuanto más se movía en la tranquilidad de una vida resuelta, más despreciativo y desconsiderado con el hombre común cuanto más lo amaba, cuanto más le hubiera gustado ayudarle a que se rebelara contra su destino en la mediocridad de las supuestas buenas costumbre. Quien busca la verdad puede vivir la angustia de no encontrarla, pero si lo hace es muy probable que viva una eterna agonía.

            La canción prostibularia más popular de la historia tendría una réplica discreta del genial David Bowie. Le sentó francamente mal a Brel esta intromisión de Ziggy Stardust en sus dominios y cuando le preguntaron que le parecía, contestó con un desprecio evidente y una considerable incorrección política que no quería saber nada de aquel pédé.
           No debemos tenerle en cuenta sus salidas de tono, la víctima propiciatoria de sus ataques era frecuentemente él mismo, una de sus características más acusadas era que su palabra iba tres segundos por delante de sus pensamientos y decía lo primero que se le ocurría apelando al corazón. También era reseñable que se riera del acento que le había entregado su ciudad cuando ya no tenía remedio y, en el fondo, no quería que lo tuviera, o que se refiriera a sí mismo con el nombre grandilocuente de Grand Jacques para desgranar las miserias de su propio comportamiento y su actitud hacia la guerra que había pasado y que le hacía no dimensionar adecuadamente las que estaban ocurriendo sustentadas por un nefasto pasado colonial o el resquemor por los amores muertos y  los que vendrían.

          Amsterdam es un momento para la eternidad sincera y apasionada de un bruselense corroído por el fulgor de su propia inteligencia. Su épica y sana capacidad competitiva forjada en la visión compulsiva de los héroes de Ford en su niñez hizo que aceptara sustituir a una Marlene Dietrich que no quiso acudir, argumentando problemas de salud, a su cita con el Olympia el día siguiente de que el auditorio parisino fuera arrasado,  en cualquiera de los sentidos, las sillas rotas dieron fe de ello, por el entusiasmo juvenil de los seguidores de Johnny Hallyday. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

En el amor me hieres

En el amor me hieres, sin saber el motivo
castigas lo que amas en tu ruta obstinada,
 provocas lo que sigue
sombreando la luz  en la Plaza de España,
caminas por los cuadros abiertos que engalanan
aceras que reclaman un sitio en la memoria.

Despiertas en la calle como un árbol que pasa,
como una enredadera que no alcanza el tejado,
eres alma de nube peregrina y cansada,
así los pensamientos en el verde se ocultan,
vienes desde una herida
y buscas la estación
que tomaron los pájaros que emigraban al sur,
así te desmadejas en folios arrugados
preñados de palabra que te vive y te toca,
así vuelves del sueño, así torna la vida
sobre tu clara frente de un sentimiento undoso
que lleva a la Almadraba la herida de los mares,
la luz de los recuerdos entre los pasadizos.    

(18 de octubre de 2016)

A una cantante callejera.



Ella creía que los poetas se dejaban
el alma en cada verso
cuando cantaban en la calle porque no había salida,
que la verdad vivía y brillaba entre todas las sombras
que no se dejan arrastrar por el olvido
de las horas perdidas en una agenda extraña,
que no había un solo puente que no fuera hermoso
a pesar de la muerte y el salto a los fracasos,
y tendía sus brazos de opalina
ante la soledad que se instala en el murmullo de las calles.

Ella no sabía mentir,
no podía decir no cuando le miraban las caderas
y el movimiento sin ritmo de sus pechos
en la incomunicación apasionada
de los espacios abiertos que oprimen con el aire
y no perdonan
a los corazones sensibles, a las almas generosas.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Palabras a Constance (4)





La muerte tiene ojos color avellana.
(Manuel Vicent)

Apenas me dejaste alimentar el vuelo
entre las golondrinas de la tarde romana
 cargada de ruinas
 y un vaso consumido
expresaba la llama  que en mi interior ardía,
y tus ojos marrones presagiaban mi suerte.

Un pintor milenario sin firma ni recuerdo
que colmar no podrían las mieles de la gloria
de haber enamorado a una mujer perdida
en las escalinatas
de la Plaza de España,
derramaba el pincel entre los adoquines,
escrutaba tu pelo, tu risa recogía.

Nunca más volverá el amor que no tuve,
era un esfuerzo inútil, una extraviada guerra  
acudía a mi frente que sin luces luchaba,
era cada palabra un manifiesto estéril
de rosas y jazmines
 blancos entre los pasos
que raudos te llevaban a un escenario enorme
que ahogaba tus sueños en su propio esplendor
e ignoraba los míos en su desasosiego.

El gesto solitario de vuelta en la almohada,
de encuentros amorosos en las puertas del campo
que no se abrieron nunca,
de miradas que nunca tuvieron alegría,
de muros separados por cancelas y garras,
para tu corazón
me arrastro en el olvido como un lobo enjaulado
que vaga en cuatro metros y no conoce a nadie,
muere en la soledad de una especie extinguida.

Cada vez que sentías a un poeta angustiado
en la herida del viento
porque no conociera el rumbo de una flecha,
caricias en el aire, ojos enamorados
escrutabas mis labios que aliento no tenían,
en la mesa desierta
me miraba la muerte a través de tu espejo,
a través del oscuro lamento de tu rostro.

(Octubre 2016)

martes, 27 de diciembre de 2016

Insistencia en la herida

¡Aquella inspiración, aquel pulso sin alma 
tocaban tus cabellos, tu despertar de dudas, 
tus piernas de quimera, tu hambre de futuro! 

Te amé con mi chaqueta, mi ausencia de ventanas, 
te amé, te amé sin freno, tamaño ni medida. 

Como una herida abierta gocé tu humor de lunes 
tu reino sin corona, tu voz de sacrilegio, 
y sufrí tus caricias. 

Paso como un olvido, 
una avecilla, un drama, 
y no quiero firmar partes con mi fracaso, 
no quiero acariciar la sombra de mi pecho 
ni amanecer herido 
con tu nombre en los labios. 

Insisto con tu queja, tus excesos, tu risa, 
el rostro que llevaste en una tela ardiente, 
la canción que tejiste del sueño de tus manos. 

Insisto en el aroma tierno de tus caderas 
que se adueñó del aire 
y vendrá adonde vaya, 
en el mirar sonoro que me llevó al abismo, 
la llama que elevaste cerca de mi locura.