miércoles, 19 de febrero de 2014

El soldado desconocido




A Jaume Gimbert Tarruellas, de Tárrega.

(Escrito en Toledo, durante un servicio militar que no sé lo que hubiera dado porque no me hubieran obligado a hacer, pero en el que conocí a algunas personas que no olvidaré nunca, entre ellas, a la fascinante Cecilia, aunque hiciera cuatro o cinco años que una mala jugada del destino nos la hubiera arrebatado.)


Este rincón frío de mi cuarto
en donde recuerdo tus canciones,
y en donde, a veces, parece
que resurges del olvido.

Mirando el buzón vacío,
cuando no sé siquiera
si habrás leído mis cartas;
¿Es esto el mundo soñado que me prometiste?
¿Son estas las manos que habrían de levantarme?

En el aire quedan mis preguntas,
como el miedo que me arrastra
a no responderme a mí mismo.

La soledad resulta más oscura
entre el resplandor en la hierba,
y más triste cuando mis ojos
avistan un horizonte extraño
sin mar en sus entrañas.

Ya nadie me pregunta
si alguien se acuerda de mí,
cómo me llamo, cuál es mi ciudad,
dónde mueren mis sueños
cuando me desenvuelvo en la vigilia.

Es igual; la cadena se rompe
por los hombres distintos,
y aquí; el mismo uniforme,
el mismo equipaje,
las mismas palabras…
Es preferible buscar
algo divertido en la radio.

Hace unas horas que unos ojos me observan,
que un pobre muchacho
permanece tendido enfrente mía
pagándole tributo a la bebida
porque quería pensar que era un árbol
y que se camuflaba y lograba escapar,
sin número, sin nombre, sin tarjeta…


2 comentarios:

  1. HOLA FCO ENRIQUE ME HA LLAMADO LA ATENCION SOBRE EL ESCRITO QUE PONES DE JAUME GIMBERT TARRUELLA DE TARREGA me gustaria saber mas

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    1. Mi intuición me dice, no sabría decir por qué, que detrás de ese anonimato, es esconde una desconocida, espero que me perdones si no es así, considero que no tiene excesiva importancia, tampoco lo es que, siguiendo una regla no escrita parte del mensaje lo hayas escrito en mayúscula. Intentaré explicarte en pocas palabras lo que significó en mi vida Jaume.

      Compartí con él tan solo seis meses de mi vida, el poema lo escribí un año después y la dedicatoria cuando habían pasado más de treinta años. Era una persona diferente a todas las personas que he conocido; el dinero que le llegaba con cierta regularidad no le duraba ni un día y lo solía gastar con los compañeros, sin ser excesivamente culto tenía una sensibilidad más que aceptable por el arte, siendo catalán se arrancaba, bastante mal por cierto, por bulerías, eligió relacionarse solo con seis o siete amigos, entre ellos un vasco de Vitoria, un gitano de Jerez proclive a la delincuencia, un madrileño que había nacido en Alemania, un lector infatigable que, equivocadamente, bautizó como Chileno porque tenía la piel morena y dos ceutíes. Tenía una novia que se llamaba Dolors que era una enamorada de "El pequeño príncipe", una sonrisa contagiosa y una magia exquisita para convertir en llevaderas las situaciones insoportables. Creo que tengo motivos para pensar que me eligió como el más querido de aquellos amigos improvisados, que me enseñó que cualquier noche puede salir el sol y, sin ser nacionalista, me enseñó la belleza de un canto reivindicativo con "Els segadors".

      Me preguntará por qué una amistad tan pura terminó cuando me licencié dejándolo en Toledo perseguido por la intolerancia de una población que despreciaba a los soldados de reemplazo que les proporcionábamos una buena parte de su sustento. Fue muy simple; no nos dejamos nuestras respectivas direcciones. Es evidente que yo no sé quién es, hoy en día, Jaume Gimbert, pero siempre recordaré a ese muchacho con el que compartí penas y alegrías durante seis meses.

      Gracias por haberme permitido con tu comentario que vibre con el poder evocador de la nostalgia, no debemos olvidar nunca a las buenas personas que se cruzan por nuestras vidas.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.