sábado, 8 de febrero de 2014

El sueño triste de un optimista irreductible

       A Juanito que, con un trabajo durísimo, se quedaba casi sin dormir, cada vez que le entregaba una letra para que le pusiera música. Por esos cinco minutos que, de vez en cuando, me regalaba.

       No podré escapar de mí mismo por mucho que me esconda, si no es a través de la locura o de la muerte, y no sé a cual de las dos temo más.


       Ignoro si estuve muerto alguno vez, no hay certificado de defunción que lo atestigüe, pero muchas mañanas desperté con la sensación de haber estado durante la noche en un lugar más bien triste, simplemente por no poder gozar de algún recuerdo de amor. Un lugar donde no se respira y no se sufre.

       Sé que estuve loco dos veces de una forma tan profunda que ni las piedras que me llovieron podrán negarlo, añadiría una más, sin duda alguna la más peligrosa porque no se la reconocía y me atacaba por la espalda y desde adentro, pero no tengo informe con los detalles y el término que lo defina, firmado por un especialista, y que lo demuestre para enseñárselo a los demás. Se empeñan en decir, se dicen muchas cosas, que pudo ser un sortilegio de un amor incomprensible que me arrebató un sentido que por otra parte nunca tuve, y uno acaba cediendo en estos pequeños detalles sin trascendencia  a las manías de los formales, ya sé sabe, como Ford nos dijo poéticamente con imágenes, que lo que cuenta no es lo que pasó sino la leyenda. Pero insisto también esa vez estuve loco y no reconozco en ese caso la deliciosa locura incontrolable del amor, por lo demás este recuento carece de importancia ya que para la mayoría de la gente serás siempre un loco con que lo hayas sido o parecido una sola vez, y en muchos casos sin que haya una confirmación convincente.

       Pero estoy orgulloso de decir con la tranquilidad emocionada de los elegidos que no cambiaría los cinco minutos en que mi corazón vibrara con una mirada de deseo o una sonrisa acogedora por la realización de una obra maestra incontestable, ya que me sigo reconociendo cada día, a pesar de mis delirios de grandeza, en la pasta y en los impulsos humanos e irracionales de algunos ilustres poco recomendables para buscar en una hagiografía como Huston, Mallory, Joaquim Agostinho, Santiago y ¿por qué no? su pez espada amigo? y Zorba el griego, y en tantos desconocidos de quienes no puedo decir los nombres ya que no los conozco en muchos casos y en otros no los conoceríais. Ellos dejaron, sin duda, muchos de esos cinco minutos a los que antes hacía mención, y un rastro de vida, de vida verdadera y perdurable en su efímera transparencia.

       Mi incapacidad para odiar ha hecho que mis enemigos, y algunos de mis amigos, me odien con más fuerza de la que desean, pero, como suelo decir para excusarme, no tengo la culpa de haber nacido con una sonrisa triste y, por encima de todo, burlona, en un mundo donde la seriedad solemne de quienes nos castigan me provoca una  risa que casi nunca puedo contener, y así me va, pero cómo me lo paso entre caída y caída. Pero no me preguntéis cuando estoy arriba y cuando abajo, cuando me visita con más frecuencia la inspiración o cuando tengo más miedo. 

(Alexander Chandler - Cartas para nadie)
_________________

8 comentarios:

  1. Qué grata sorpresa, Enrique entrar en mi blog y encontrar allí tu palabra y cercanía, me ha alegrado mucho, aunque he de decirte que últimamente tengo el blog desatendido y dispongo de poco tiempo para leer como antes a mis queridos compañeros poetas, tanto de los blogs como del foro.
    Me suena haber leído este relato en el foro de prosa, sí, siempre leo aunque no sea muy dada a dejar comentarios, en lo que pueda me pasaré por tu blog, a ver si se me contagia algo de tanto bueno que aquí se escribe. Un beso desde Asturias con temporal...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que tu blog refleja, Isabel, lo que había visto en esos poemas que publicaste en el Foro, tienes una personalidad poética bien definida y no es fácil mantener la regularidad cuando se alcanza altura. Tienes razón, el día que lo escribí lo publiqué en el foro, en un momento u otro nos enfrentamos al mito de la persona que va con nosotros.

      Un abrazo.

      Eliminar
  2. ¿Por qué pones este nombre al final de tan incrible texto? Alexander Chandler - Cartas para nadie.
    Yo que soy una inculta, me puede confundir...
    Un relato precioso Enrique, expresado con la categoría de un escritor de primera, y el tema es triste y a la vez tierno, lleno de conformidad y de transparencia.
    Me ha encantado amigo, de verdad que sí.
    Un cálido abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No tengo, Elda, la inteligencia, la erudición y, mucho menos, la discreción de Pessoa, no tengo la hondura metafísica y la elegancia terrenal de Antonio Machado, ni una visión diversa de mí mismo para aislar siquiera un heterónimo. Pero no puedo negar lo que la vida me ha dado sin que yo le pidiera, sé que soy, al mismo tiempo, un desastre de marido para mi mujer, un padre desfasado para mis hijos, un descastado para mis familiares, un meteco para mis paisanos, un enemigo para mis amigos y un encanto para mis conocidos. Ahí me sitúo en este tipo de instantáneas, no pienso que haya creado nada nuevo con ellas, pero me sirve para liberarme un poco de mí mismo. Alejandro es un nombre con una gran tradición en la familia, había mujeres en el barrio que me llamaban así por más que yo les dijera que tenía otro nombre.Lo de Chandler te lo explico otro día, se puede escribir condenadamente bien y adaptar guiones de otros grandes en Hollywood para comer.

      Un abrazo.

      Eliminar
  3. Respuestas
    1. Seguramente no sea bueno esperar que a uno le digan cosas así. El azar ha hecho que tenga dos conciencias y una de ellas no es tan indulgente como Pepito Grillo.

      Muchas gracias, recomenzar.

      Eliminar
  4. Bueno, pues aquí estoy otra vez buceando en este intenso escrito, atraída por la belleza que tiene ese divagar del pensamiento.
    Sí, mejor disfrutar de la locura; si es de amor, de pretender utopías,de ir contracorriente... Me gusta eso de que alguien "no cambiaría una obra maestra por la emoción de una mirada de deseo que le hiciera vibrar..."
    ¿Existe ese hombre? Y si existen son esos que algunos llaman locos.

    No hay nada más creativo y feliz que la locura incontrolada del amor.
    Y me gusta mucho el que se pierda la capacidad de odiar y que el odio de los demás hacia nosotros nos cause risa por sus desvaríos y sinrazones.

    Bueno, que la locura de amor no te abandone.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Recuerdo, Fanny, una casa muy humilde en la calle de La Legión, en donde todos los que venían comían bien y, si no era su día, tenían que tragarse una aventura alpina en el Tour de Francia o peor, que estar atentos mientras veíamos Ser o no ser porque cuando terminara habría que discutir sobre los encantos de María Tura o que había de cierto en el toque Lubitsch.

    Creo que la vida no es mucho más que tener a amigos y enemigos sentados a la mesa. La mayoría estará pensando que eres pobre, que tienes la casa desordenada y unos insoportables delirios de grandeza porque hablas de Saint-Exupéry como si hubieras estado de copas con él. Eso es justamente lo que he hecho yo, cuando traduces a alguien con el corazón, piensas que te has unido a él para siempre y sufres cuando te cuentan algo malo de él.

    De todas aquellas personas que vinieron a casa hay más de una que recuerda haber pasado alguno de los momentos más tiernos de su vida. Por ellos merece la pena que diera de comer a tanto desagradecido que cuando salía por la puerta pregonaba mis debilidades.

    Tengo un amigo que vive a poco más de una hora de barco de mí. Por circunstancias extremas ahora estamos en planetas distintos, pero por cualquiera de los muchos días que pasamos simplemente charlando en la casa de la calle de La legión sé que adonde yo vaya siempre vendrá conmigo lo mejor de él. Espero que él pueda sentir que en su camino se encuentra lo que me hubiera gustado ser.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.