Sin poder
precisar las razones, para hablar de Brel recurrí a su leyenda y a lo que decía
en sus canciones, de hecho abandoné una de sus biografías en el primer capítulo
y no he vuelto a encontrarla. Pero Brel nos entrega muchas claves del criterio
generalizado que se tiene sobre él a partir de su comportamiento de hombre público, ahí lo veo muy
cerca de Sabina; cuando te tomas muy en serio lo que haces y eres honesto, a
pesar de ser profesional, estás cimentando las columnas de un mítico espíritu
de lucha, cuando lo hace un amateur suele ser tildado de pretencioso cuando no
de arrogante. Brel, en su época de esplendor, no tenía tiempo ni paz y escribió
canciones inmortales, nunca se achicó ante ningún compromiso, se entregaba con
todo lo que tenía al mismo público al que estaba dispuesto a poner a parir.
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Brel era un
idealista empedernido, sin embargo sus dosis de realismo en algunos casos
estaban fuera del alcance de esos que tienen siempre los pies en el suelo. Quería
que llorásemos por ese amor que descarrila en un aeropuerto, pero sabía que,
casi con toda seguridad, esos amantes volverían a creer en una nueva aventura y
compartirían otros sueños que no querrían controlar aunque, a veces, supieran
que eran mentira. Lo que quizás comunicaba era que él había perdido, que el
eterno verano no puede evitar que sintamos frío, que es muy fastidioso eso de
morirse cuando se tiene la cabeza llena de sueños por cumplir, ¿cómo puede
rendirse a la muerte alguien que nunca tuvo una blanca entre sus banderas? Así
de pronto parece difícil superar el dramatismo efectivo y sincero de Orly,
resulta que en el mismo disco hay canciones que en este aspecto la superan;
Voir un ami pleurer, Jojo, Jaurès.
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En su época
de esplendor (1959 - 1967), Brel se vio obligado a escribir al fresco, solo
había tiempo para pequeñas rectificaciones. El hilo que conducía a una
coherencia aceptable aquel torrente creativo, aquella actividad desesperada,
era su honestidad. Como otros portentos conseguía logros que excedían lo
perseguido y que ocurrían, a veces, sin darse cuenta. No creo que tuviera en mente
convertirse en el más europeo de los artistas sintetizando, entre las furias y
las penas, los mundos que iban a sustentar un nuevo intento de montar en el
mismo tren los mundos latino y germánico. Que los belgas lo eligieran como su
hijo más brillante tiene algo de milagroso; nadie arremetió contra ellos y el
conformismo de su bienestar con más agudeza, ingenio e hiriente ironía.
Supongo, de todas formas, que recibiría más votos de la Valonia que de Flandes,
o al contrario, nunca se sabe; cabe la posibilidad de que el masoquismo anidara
en el alma de una gente a la que consideraba tranquila y previsible y que había olvidado la inquietud creativa, aunque fuera partiendo de un conocimiento minucioso de las normas, de una de las generaciones de artistas más deslumbrantes que haya habido.
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En Francia
solo es superado en ventas de discos por Joe Dassin. Sorprende, aunque me gusta
este crooner tierno y simpático, está claro que está muy lejos de Brel. Hubiera
comprendido, aunque no compartido, que los franceses se hubieran decantado por
Brassens, Piaf o Aznavour. No extraña tanto este tipo de consideraciones si le
echamos un vistazo al público que tenemos en España. Yo no digo que la
generación de jóvenes postconciliares no fuera proclive a una cierta
pedantería, pero se la trabajaban, hoy día la gente suele ejercer de pedante
volviéndole la espalda al esfuerzo.
En Quebec lo
tratan con reverencia y es muy frecuente que hagan sus artistas excelentes
versiones de sus canciones. En Bélgica es muy difícil precisar la línea entre
la veneración y la antipatía.
Entre los
anglosajones se le rinde el culto que merece, abundan los ensayos, los artículos,
los homenajes, los intentos de someter su realidad a la ficción sin que esta
pueda nunca seguir su paso. Músicos de mérito han hecho versiones de sus
canciones, entre todas destacan My death de David Bowie con la inestimable
ayuda de la letra del desconocido Mort Shuman, a la altura de Life on Mars? y
Sons of... de Judy Collins que se queda con todo aquello que puede tener la
canción de ternura, ya estaba Brel para aderezarla con la crítica visceral a la
estupidez aceptada del mundo de los adultos. El más destacado de todos es Scott Walker a quien, tras una etapa de cierto éxito con
canciones pop y una imagen atractiva que lo fastidiaba todo un poco con un carácter retraído rayano a la misantropía, se le cruzó Brel en el camino, y consagró lo que para algunos sería el álbum más importante de su carrera al llevar con esmero sus canciones al inglés, otra vez aparecería Mort Shuman para traducir varias canciones. En España tenemos una versión en catalán no
muy afortunada de Serrat de El amor que vendrá y una variación de Jeff, la tituló Manolo, de Alberto Cortez que tampoco me convenció mucho. La generación
del Mayo lo adoraba y le cantaba en francés pero hoy no queda ni una sola flor
para él. Ellos se lo pierden.
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Es necesario
que tengamos vocación europea, es una asignatura que ni siquiera tenemos
pendiente, criticamos, con razón, la cerrazón de los británicos, pero cometemos
la barbaridad de ignorar a uno de nuestros grandes poetas porque se expresa en
otra lengua; introduce su verso en nuestra propia llaga, acosa nuestra
cobardía, asalta los caminos de nuestra indiferencia ante las miserias de los
otros y habla con actualidad y frescura de los males eternos del amor y de su
imposible cura.
Quizás nadie
haya sido más ecléctico que Brel, nadie haya desarrollado sobre un escenario un
dramatismo más convincente o cantado al amor como si fuera un sueño que se le
reclamara a la vida.
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Una de las
satisfacciones más grandes que me he llevado en los últimos días ha sido
comprobar que estuve muy cerca del alma de Brel cuando todo lo que escribí
estaba basado en lo que él decía en sus canciones. La semana pasada leí no
menos de veinte artículos, unos pocos geniales, otros decentes, los más,
rutinarios y adornados por tópicos que dada la gran calidad del poeta y de su
obra, más bien corta pero de una densidad sobrenatural, exigía propuestas más
profundas. Muy pocos han sabido interpretar la caída de un sueño que pasaba en
la amargura de lo perdido, con la ternura de la evocación de lo que pudo haber sido,
la tragedia de un continente a través de sus experiencias negativas en Bélgica
y en Francia podía hacernos presentir la fragilidad de Europa en nuestros días.
Me acerco a Cesare
Pavese en estos terrenos destinados a no hacer concesiones, que quizás haya
hollado anteriormente aunque no tenga el recuerdo, con la intención de
rendir un homenaje íntimo a un poeta crucial en mi vida[2].
Para moverme en la
senda de Pavese tuve que reflejar mi repulsa hacia el perfil más perverso y
brutal que, demasiadas veces, exhibe el hombre medio[3] que, amparado en el
anonimato de la mediocridad, deja naufragar en su isla a aquellos que no
comprende por más que los reconozca bellos y cargados de sinceridad, y no tiene
el menor sentimiento de culpa ante una tragedia que ha estado presintiendo
durante mucho tiempo. Es la norma lo que le mueve, el poeta, en cambio, es un
extraño que no sabe adaptarse al mundo de todos los días.
El hombre de la
calle, para quien reclamaba un destino
que no podía medir[4],
carecía de la sensibilidad que le acercara a un drama que había que vivir con
uno mismo, nadie puede comprender la soledad en el amor cuando se convierte en
una necesidad obsesiva que no se alcanza[5]. Aquí podríamos añadir que
tampoco tuvo mucha ayuda en el ambiente literario.
El amor siempre lejos, esquivo y angustiado.
aunque fuera en la distancia
de los libros que nunca había querido leer.
(F.E. León)
Pavese sentiría un
amargo desasosiego y la repulsa hacia sí mismo cuando veía a las parejas que
regresaban de un paseo por el campo en el que, quizás, hubiera habido un
encuentro amoroso que delataban los cabellos desordenados, las briznas de
hierba sobre una humilde blusa con un botón desabrochado y un rostro que sentía
una satisfacción que no podía ocultar aunque bajara los ojos en un intento de
no querer transmitir lo que acababa de vivir y se añadía a las hojas de un
cuaderno apenas escrito que vibraba con caricias ante el vacío plagado de
palabras de su diario que cada vez estaba más lejos de la calle y de la vida.[6]
Nada sabe del viento la mujer que duerme
y respira; la tibieza de su cuerpo
es la misma de la sangre que murmura en nosotros[7].
Pero la realidad
vino a decirnos que ninguna de las mujeres con las que intentó mantener una
relación era una de aquellas muchachas de su pueblo; empieza la leyenda de sus
fracasos, en Turín, con una compañera de instituto que no le hizo caso y sigue con
dos modestas bailarinas. A partir de ahí las mujeres que aparecieron en su vida
solían ser cultas y, en algunos casos con delirios de grandeza, a veces
justificados; Fernanda Pivano y Bianca Garuffi resisten por sí solas dignamente
en las enciclopedias, que no propiciaron un acercamiento humano a un genio cuya
característica más acusada y en la que tenía un talento tan inmenso que
emulaba con el literario, era la tristeza.
Sin que haya un
acuerdo en los detalles se cuenta que fue marcado para siempre por el tragicómico
desdén de la segunda bailarina, a la que fue desviado por una compañera que no
soportaba la pesadez del poeta; la cita y el plantón bajo la lluvia es todo un
hito para los intelectuales italianos; se cuenta que, sin resguardarse, con qué
sentido, estuvo allí desde las seis de la tarde en que habían quedado hasta más
de la medianoche, cuando ya había dejado pasar el último tranvía. Las consecuencias
tampoco encuentran una medida; hay quien dice que le provocó una bronquitis
crónica, la misma que le eximió de ir a la guerra años después, para defender
el honor del Duce, hay quien habla de un mes de reposo y quien reduce los
daños, que no fueron pocos, al impacto que esta historia tuvo en su autoestima.
Sea como fuere, Pavese siempre estará a las puertas de un café que,
ocasionalmente servía como teatro, sin techo bajo la lluvia, reservándose un
castigo que pudiera aligerar su herida, esperando que cumpliera su
promesa una bailarina.
Como curiosidad
podemos decir que el último intento de encontrar el amor de Pavese no fue una
bailarina. Sin embargo, la Pierina poética, de nombre Romilda Bolleti, es muy
probable que estuviera bailando cuando se conocieron, como una chica de la alta
sociedad que era, liberada y adelantada a su tiempo. Mantuvo con ella una
correspondencia intensa y de gran valor literario en la que Pavese volvió a
evidenciar, dramatizando en exceso sus miserias emocionales y comunicativas, su
torpeza en el trato con las mujeres. Es posible, hay quien afirma que quedó
registrada en la recepción del hotel, que la última llamada que realizó
antes de su suicidio fuera la destinataria y que fue bastante desconsiderada al
rechazarla. Maruja Torres llegó a decir en un artículo que Pavese era un
plasta, cada uno tiene su forma de interpretar el desparpajo, yo prefiero decir
que era demasiado profundo, como Nietzsche, y que pocas personas quisieron
asomarse a sus abismos.
A la incomprensión
en la poesía en una Italia lacerada por la grandilocuencia
de una gloria anhelada o la persecución estética de un futuro que ya había
pasado[8], Pavese
opone, cercano a los existencialistas, un pensamiento que habla de la angustia
de vivir. Plaga su diario de citas breves, que miran a la cara la realidad
tortuosa y mística del amor; las palabras solo aroman unos segundos y después
se convierten en el humo que nunca dejaron de ser cuando hablamos de un
sentimiento que no ha llegado a nacer, esta contradicción sentida con
sinceridad sigue siendo un muro para acercarnos a un poeta como Pavese que no acabó nunca de
mostrar en su verso los rasgos de modernidad superficiales[9], su experimentación estaría en el fondo,
son relatos que no están exentos de lirismo su propuesta en el único poemario
que publicaría en vida. En estos poemas sorprendentes realistas y tiernos
radica una de las razones que lo mantienen vigente para el público, cada vez
menos numeroso, que ama la poesía y el hecho de que hoy día se le dé más valor
a una obra poética que tuvo una repercusión modesta que a su narrativa que
triunfó plenamente.
Es difícil saber si
hemos interpretado bien a nuestros poetas, aunque creo que lo importante es
abordar con pasión lo que se nos ha quedado en la memoria y sigue vivo en
nuestro deambular por los recuerdos inextinguibles de las calles vacías de una
infancia cualquiera, ese lugar donde transitarían en su caso las frustraciones
que determinaron su carácter reservado y taciturno; su madre era severa hasta
la inflexibilidad, llevada por la amargura de tener que arrastrar sus celos ya
que su marido la engañaba frecuentemente. Nada hace a un hombre más vulnerable
con las mujeres que haber tenido a un padre mujeriego y una madre que,
amargada, no supo mostrarle su cariño[10].
En Cesare
Pavese observo la soledad de un hombre bueno e íntegro que no podía comprender
los intereses mundanos porque nunca tuvo lo que cualquier persona tiene[11], nunca pudo cotejar su sombra hacia otro olvido
que no fuera el de su sangre[v], la dificultad extrema en entablar una
relación amorosa del solitario que amaba a las mujeres con una devoción
enfermiza; su misoginia[12], reflejada en “El oficio
de vivir” no sería sino una reacción de su fracaso con las mujeres, lastrado
como estaba por la timidez y el miedo que le provocaba su impotencia[13], sus remordimientos por
no haberse echado a los montes donde algunos amigos murieron y otros no
regresaron nunca aunque conservaran la dirección y el nombre.
Vale la pena estar solo
para estar siempre más solo aún.
La poesía que
buscaba como un sueño indefinido que solo le visitaría de tarde en tarde a raíz
del desengaño, la desaprobación y la indiferencia que le supuso su único
poemario publicado en vida, Lavorare stanca[vi], uno de los más destacados
que se recuerden.
Supongo que él no
hubiera podido imaginar que se le recordaría por sus últimos versos, esos que
surgieron de un deseo no realizado, esos que no nos advertían que trabajar
cansa pero nos decían que la muerte tiene los ojos color avellana y que ningún
hombre se quita la vida por el amor de una mujer mientras los gatos saben que
nunca acaba la espera de aquel que se consume por un sentimiento que no podrá
morir en un último encuentro que ya pasó[vii].
Es preciso
encontrar, en la maraña de lo que nunca escribiste, las palabras que mejor te
representen para encontrar una salida a tus equivocaciones, para decirle a los
vientos cuando recorran tu calle que pasabas por allí, que, aunque nadie lo
recuerde, alguna vez viviste, que tuviste una amante aunque nunca yacieras con
ella, y un amigo aunque hayas olvidado su rostro y su nombre pero recuerdes su
sonrisa en los días grises y un pueblo que recitará tus versos de mala gana
porque te has convertido en la única posibilidad de que algunos se ganen la
vida ayudando a estudiosos y periodistas a recorrer la pequeña senda de un
poeta que, casi siempre, vivió en la ciudad, pero no dejó nunca de soñar en las
colinas, la vieja torre, la calle silenciosa en la tarde del verano…
III
Tendido en mi sudario
se apagará conmigo
el muchacho que tiembla en la colina
con el polvo cegándole los ojos.
(Segunda Guerra- F.E. León)
El delicado estado de salud[viii]
que padecía hizo que Cesare Pavese no estuviera en el frente durante la Segunda
Guerra Mundial, hubiera sido terrible combatir al lado de los fascistas. Pero eso
no fue suficiente para evitar que la viviera con una angustia intensa y que
floreciera en su alma un sentimiento de culpa que le corroía y en el que
invocaba a compañeros perdidos que se echaron a los montes. A pesar de los años
y las dificultades implícitas a un tiempo de guerra seguía pensando en
Battistina Pizzardo[15].
Intento reconstruir mi relación con Pavese, lo
considero un poeta imprescindible, sus poemas me han acompañado desde 1981 y he
tenido la suerte de que José Agustín Goytisolo estuviera entre sus traductores.
De vez en cuando
hablo de su soledad con Laura, y cotejo sus errores con los míos y no hay manera
de que pueda acercarme a su drama cotidiano. Era taciturno, silencioso, grave,
sus flores no nacían en un recuerdo claro que atrajera a los ojos alegres que
pasaban por su vida y temían enamorarse de él por su tristeza. No fue un niño
feliz y lo mostraba en cada gesto, en las calles desiertas caldeadas por los
soles del estío.
Pienso que Pavese y yo jugamos con un margen de error
pequeño por diferentes motivos, por circunstancias dispares; él era sincero
cuando decía que el triunfo de una persona era medido por las cosas más
elementales de la vida; satisfacer a una mujer, conservar a un amigo, mezclarse
con la gente de su ciudad y tener las
mismas aspiraciones que las personas que luchan por mantener un trabajo o una
relación gastada que, aun así, a él le colmaría. Yo ni siquiera he podido
malvivir de lo que escribo y ha sido una de las reglas con las que he medido la
soledad del mar cuando lo inundan de banderas que no nos representan en el
viento. Pero he tenido el amor, aunque, casi nunca, he sabido verlo.
Tanto tú como yo, Elda, tenemos la suerte de no haber vivido una guerra,
eso no quita que no podamos tener una percepción de ella a través de lo que
hemos visto o leído. Estos versos tienen mucho que ver con la lectura de los
que Cesare Pavese escribió en 1945, me impresionaron en su día y no han dejado
de hacerlo, coincidían la guerra y la falta de amor.
El silencio y la noche mordían
con su abrazo
mi alma en la litera
y ardía el mundo de los tiernos y de los tristes
devastado por los celos de la espera que no muere.
(F.E. León)
Quise acercarme todo lo que pude a un poeta honesto que llevaba con
amargura no haber participado en la contienda al lado de los partisanos por
problemas de salud.
V
El 11 de Abril de
1950 se produjo la última ruptura amorosa del poeta. Constance Dowling, así se
llamaba la actriz norteamericana de la que se enamoró quizás no haría olvidar a
Pavese del que fue el gran amor y la gran decepción de su vida; Battistina Pizzardo,“la
mujer de la voz ronca y dulce que no vuelve del silencio frío", pero pudo
haber sido una tabla a la que asirse para vencer esa manía de soledad que le
corroía.
Se conocieron
durante el rodaje de una película y ella se marchó en busca de un sueño que
nunca consiguió; triunfar en el cine en su país de origen. Los poemas escritos por Pavese aquella
primavera son los más recordados y los ojos color avellana de Constance
quedarían asociado a los de su muerte.
Tu alma aún desvela tu cita con
los ángeles
del pórtico que sueña con el amor
eterno;
no vuelve del silenciolo
que nunca dijiste
y ardía en tu mirada,
Cesare nunca tuvo lo que siempre
he tenido;
cuando llega al albergue
siempre escucha la ausencia de la
voz que le hiere.
(F. E. León)
[iii][iv] La modernidad en la poesía de
Pavese está en el fondo. Ahí radica la aceptación natural que tiene Pavese en
el, cada vez más escaso, público que ama la poesía.
[v] Natalia Ginzburg, quizás un amor
correspondido que Cesare no supo o no quiso ver, afirmaba siete años después de
su muerte al visitar la habitación del hotel en la que se había suicidado, que
nunca tuvo casa propia, que nunca compartió con mujer alguna un despertar
mientras sus ojos enamorados lo miraban.
[vi] Trabajar cansa. Hay quien
considera “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (1950)” un poemario,
particularmente pienso que son poemas sueltos.
[vii] Se piensa que las últimas
llamadas que realizó y quedaron registradas en la recepción del hotel, al menos
un par de ellas fueron dirigidas a Constance Dowling.
[1]Manía de soledad. Todos los
versos de Pavese que se citan en estas cartas fueron traducidos por José
Agustín Goytisolo.
[2]Somos
conscientes de cuando un artista nos llega de una manera especial, nos resulta
difícil explicarlo, pero sentimos una satisfacción profunda de que así sea,
sobre todo cuando observamos en él unos valores consolidados y firmes..
[3] Ese hombre
que pasa de hacer el saludo romano al Duce a levantar el puño para los
partisanos.
[4]aunque fuera en la
distancia de los libros que nunca había querido leer
[5]Pavese no era
un idealista, no tenía una gran exigencia sobre lo que hubiera llamado amor,
compartir un hogar, una cama, un destino hubiera sido suficiente, sin tener que
arrojarse a los brazos del enamoramiento.
[6]Hay que volver del silencio para
que hable la soledad, eres sólo un vehículo que temes tanto a la muerte que no
podrás permitir que ella se acerque a ti.
[8]Ejercida
con maestría por unos pocos que, además, le quitaban los ropajes de la
intrascendencia, demostrando que la poesía le debe más al estado emocional de
lo que se escribe que a la forma´.
[9]Ejercida
con maestría por unos pocos que, además, le quitaban los ropajes de la
intrascendencia, demostrando que la poesía le debe más al estado emocional de
lo que se escribe que a la forma.
[10] Pavese se
movió sin solución de continuidad entre la misoginia y el amor a las mujeres.
Podemos pensar que la primera era guiada por sus fracasos continuos, por el
recuerdo de una madre que nunca lo quiso (al menos es lo que él creía y, por lo
tanto, lo que sentía fuera o no fuera cierto), era un desahogo en el que
derrochaba ingenio en chistes de mal gusto al alcance, en cuanto a significado,
de cualquier parroquiano insensible, parece más creíble su penetración sincera
en el alma femenina que se desarrolla en sus novelas, especialmente en “La luna
y la hoguera”.
[11]Constance
y Cesare se conocieron durante el rodaje de una película en Roma.
[12]Entre la
ironía y un sarcasmo cercano al de un parroquiano ignorante y convencido se
explaya con algunos comentarios de indudable mérito literario.
[13]En el Diario
de vivir escribe acerca de sus problemas de impotencia, eyaculación precoz en
suma; su incapacidad para satisfacer sexualmente a una mujer.