martes, 15 de noviembre de 2011

De Catulo a Lesbia

A Pilar, no me ha pedido que le hable de Catulo, pero yo he querido pensarlo.

Catulo, poeta romano de los tiempos de César, provinciano, nació en la ciudad donde Shakespeare siglos más tarde situaría su inmortal Romeo y Julieta. Su origen, no demasiado acomodado, y su procedencia  le produjeron un complejo que le llevó, con tal de significarse, a hacerse amigo de algunos de los políticos más indeseables de su tiempo, alguno de ellos llegó a participar en la famosa Conspiración de Catilina para acabar con la República. Su amor por Clodia, la Lesbia poética, fue inmenso y tortuoso, tan bella y licenciosa que la mismísima Mesalina envidiaría en su desenfreno. Alegre y divertido como amigo, implacable cuando las flores se tornaban lanzas, delicadísimo y procaz al mismo tiempo, mediocre en la épica, en boga ya como exaltación del destino inmortal de la Ciudad Eterna, desangrada por las Guerras Civiles y que esperaba a Virgilio, irregular y no siempre afortunado como poeta lírico, cuando consigue la inspiración de los besos, los pajarillos y sobre todo en la evocación del pasado cuando comprende la pérdida irreparable y aflora el arrepentimiento, la nostalgia y el deseo de gobernar la nave que partió para siempre, entonces es humano, variado, profundo y se convierte en uno de los poetas más grandes que ha existido.  

Este poema es uno de los que le ha inmortalizado con toda justicia. Mi conocimiento de la lengua de Cicerón es limitado, por ello en esta versión o variación, más que traducción, he querido que prevaleciera la admiración que siento hacia el poeta por encima de cualquier otra consideración. Podéis obtener por Internet un sinfín de traducciones más fieles y mejor comprendidas desde un punto de vista del conocimiento de su lengua, y otras que habrán logrado construir un poema casi tan grácil y profundo como el original en nuestro idioma. Yo sólo he pretendido cumplir un objetivo que rondaba mi cabeza desde la primera vez que lo leí en un libro de 2º de BUP de mi hermana pequeña. Bien o mal, lo he hecho con todo lo que tengo, pero ya sabemos, cuanto más alto se sube… nos lo recuerda Baudelaire en el Albatros.  

Llorad, y no paréis ¡Oh, Gracias y Cupidos!,
como sufren los hombres más sensibles.
El gorrión de mi amada ha muerto,
el pajarillo  que era su más preciado tesoro,
al que quería más que a sus propios ojos;
era como la miel y volaba hacia su dueña
como una hija  corre hacia su madre;
nunca se apartaba del pecho que amo, 
y saltando,  y brincando a su alrededor, 
piaba sin cesar para llenarla de gozo.
Ahora surca un camino de tinieblas,
busca el lugar de donde no se vuelve.
¡Oh, maldita y perversa oscuridad
del Orco, que marchitas y aniquilas lo bello;
me arrancaste el gorrión que la alegraba!
¡Oh, fortuna perversa!¡Oh, gorrión perdido!
Ahora, por vuestra culpa, los ojos de mi niña
enrojecen sin tregua hinchados por el llanto.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.