Quizás pueda parecer contradictorio que un tipo como yo,
tan radical en la forma y tan formal en el fondo, sienta esa atracción poética por
una mujer como Marilyn; vi algunas de sus películas siendo niño, cuando no
podía verla con otros ojos que los de la ternura porque ya sabía que había
muerto y lo que me llegaba era un recuerdo de su redención. Sentí emoción y
escalofríos en la parada de autobús y después pasó el tiempo y llegué a olvidarla.
Fue mi mujer, que me pasaba una biografía de ella en una
publicación semanal tendente al sensacionalismo y no muy rigurosa, quien volvió a ponerme tras su
pista y, más aún que eso, ver, quizás por primera vez, la inquietante Niágara y
la maravillosa, corrosiva y descerebrada Con faldas y a lo loco. Algunos
prefieren fugarse en una lancha sin saber quién se sienta a su lado.
Mi mujer ha abandonado a Marilyn, apenas puede asimilar sus delirios de grandeza en sus relaciones con los Kennedy o pensar que se echaba en los brazos del primero que se le
cruzara y le ofreciera un poco de calor humano, yo todavía veo alguna de sus
películas, de buena o de mala gana los mejores directores tuvieron que reflejar su
magnetismo en la pantalla y después de la tortura del rodaje, sobre todo en sus últimos años, reconocían que ninguna lo habría hecho mejor.
Me llevé una sorpresa muy agradable con sus
Fragmentos, ya sé que todo eso se ha publicado porque era de ella, ya sé que no
ganaría el Pulitzer con su campana de cristal, pero es innegable que tenía
sensibilidad para la poesía y sus anotaciones, muy interesantes, nos hablan,
con mejor estilo del que pudiera pensarse, de que detrás de los focos, y de la
ostentación que le exigía un sistema en el que nunca supo manejarse, había una
persona que se preguntaba por el sentido de la existencia, que necesitaba los
fármacos para soportar la realidad, que llegaba tarde a los rodajes porque su
cuerpo estaba aprisionado por las pastillas del sueño, una persona que había
nacido marcada por el estigma de la tristeza aderezado por el abandono y la
frustración.
Siempre he tenido una debilidad manifiesta por los tristes,
quizás sea porque soy muy alegre, siempre sonrío aunque no me dé cuenta.









