miércoles, 12 de octubre de 2016

Martes de carnaval en el recuerdo




Si yo rezara sobre tu amor inerte
como una tumba abierta
 sobre tu voz quebrada,
como una primavera con el cielo apagado
que buscara tu olvido,
tu amor y tus palabras,

sería un libro ciego que busca una plegaria 
para verte en la calle como si fueras otra
para hundir en tu cuerpo
 extraño la mirada
y no saber reír, llorar, ni aparecerme
en el hombre de siempre que siempre te abrazaba.

Si yo rezara sobre tu amor inerte
la sombra de tu noche se llevaría mi alma
para desenterrarla
en el último verso
que me hablara de ti, que tu rostro llevara.

Arlequín volvería a entregarte mi risa
junto a la Plaza Vieja
con flores y guirnaldas
para darle el aliento que le arrancó tu olvido
en la esquina del mar en donde te esperaba.

¡Oh, eterno Pierrot del anhelo encallado
que sufre en los rincones
 y por la luna vaga,
no vengas esta noche a llevarte mi pluma,
la música no arranques del pecho que la llama!

¿Por qué mi amor es triste?
 ¿Por qué lloro en silencio?
¿Por qué llevas la muerte prendida en la mirada?

¡Ay, triste carnaval de sueños y pasiones
que muere cuando reza y llora cuando canta!

lunes, 10 de octubre de 2016

Reina de corazones


13

Reina de corazones

Ahora me pregunto
dónde amaga tu rostro,
dónde se desesperan,
en qué boca
los bramidos.

¿Qué lágrima tendrá
la sonrisa de un hálito?
¿Qué lápida me espera
por olvidar tu espejo
por enterrar la sombra
que manchaba mi orgullo
por haberte querido?

Destroza un corazón
y sírvelo a la noche,
crea tu propia fuente
para ver los desnudos,
mece en su negra espuma
el fulgor de los niños,
rememora en tu alma
la muerte de los gatos.

Ahora me pregunto
dónde mueren tus sueños
dónde planchas tu blusa,
tu leyenda
y tu falda
que no encuentran tu nombre
para abrir los caminos.

Para llevar al mar
las trizas de un deseo,
para inundar tu pluma
en aquel malevaje
que reza melancólico
mientras el aire llora
bajo farolas grises.

Para romper ventanas
del colegio y tu sombra
la noche de tu recuerdo
y sentir
la amarga sinrazón
de un "te quiero"
cuando no queda amor
en el jardín sin flores
de un beso que naufraga.

Para hacerte divina
en tus rasgos humanos
y enseñarte
una estrella
que pueda protegerte
cuando nadie te busque,
ni espere tu silencio,
reina de corazones.

Porque quiero quererte
sin amor,
encenderme en tu llama
y atravesar tu ausencia,
porque quiero quererte
sin reparos.

Pero los ojos siguen
en la cuesta empinada
que agolpa los murmullos,
 los delirios y el aire
de amores que pasaron
como si hubieran muerto
en respuestas
sin destino,
sonrisa con fracaso.


Aquel niño que fui

Aquel niño que fui vivió en otro silencio,
entre montes y mares
quedaron repartidos
sus amores, sus juegos,
y aquel anochecido desvelo de la tierra
que nunca lo buscaba y siempre florecía.

En tus ojos de olivo
siembra la tarde
vuelos de mariposa
tardíos que se escapan.

Ahora vive exiliado en un barrio dormido
que baraja la sombra
 de la muerte que brama
en el madero tosco de los crucificados
que siembra los caminos
de aquella ensoñación de la espina que pesa
como el recuerdo herido de una ilusión ignota,
como el árbol que crece en medio del espanto.

Regresan los painicos
en el recuerdo
y alargan tu sonrisa
como fuente que mana.

Cartones por los suelos, coches en las esquinas,
trovadores sin sueño que cantan a la muerte
para sentir la vida que vibra en otro instante
para reconocerla en un milagro tierno.

Aquel niño que fui permanece encantado
por el gemido intenso de una pena que grita
en las vías sin trenes, en la quietud que pasa,
por la playa que entierra su entraña de la arena
por los embarcaderos que la marea abriga.

 Aquel niño que fui
 busca tus alas 
  abiertas en el alba
   en el aire despiertas.

viernes, 7 de octubre de 2016

Palabras a Constance. (1)



La muerte tiene ojos color avellana.

(Manuel Vicent)

Me equivoqué, Constance, 
al pensar que tus ojos eran un cielo, 
en una mañana espesa de engañosa primavera
de ideas descontroladas,
una habitación abierta a sombras desiguales,
un estanque tenso, anclado 
en los ejes de un diario dolorido
que no quería seguir y manchaba las palabras,
las fechas, las fotografías, la tinta, los borrones...

Así  tu mirada muestra en tu rebeca
la muerte cuando piensas
en los cánticos que rompen con una melodía
la fragilidad de la noche del amante
adolescente 
 en su primera cita con Georgia en el recuerdo, 
así la primavera parece recortarse
en un grito lejano donde las flores brillan
cuando luces tu vestido por las calles antiguas
que sueñan con tu paso y acarician tus pecados.

Ya no habrá queja alguna,
el sol hierve despacio y sonríe la última
luminiscencia de tu acento 

distante, estanco,

perdido al pie de una nota, 
de algún verso suelto
en una canción sin vida.

Ya no podré negarte en la firma de esos días,
ya no podré fingir
el amor entre tus piernas,

este limo del Tíber se olvidó de estas cruces

que vigilan sin tregua los gigantes de piedra, 

pienso en mi pueblo quieto, párvulo de llanura,
allí recordarán a un triste apasionado
que no se echó a los montes y murió en esa pena
ebria de remordimientos.


Callas, y en torno a ese silencio se derrama el amor
que las columnas del pórtico no sostienen,
el amor que los transeúntes tocan, torturan
y no guardan
pues no lo reconocen en la claridad de la fiesta 
oscura que crepita cuando planeas otro vuelo,
pues temen los suspiros de mujeres de negro
que siguen en la guerra, estallan, se enamoran 
de los ángeles caídos, de los hombres sin noticia.

Eres como una isla que se me aleja y canta
con el perfume ciego de una rosa cortada,
como el ayer de una comparsa que se oculta
en la máscara suave de un carnaval extinguido
que sigue con sus quejas
sin mirar el calendario.

No era azul el cielo que descubrí en tus ojos,
no era roja la herida que esbocé en tu pecho,
quizás solo la carne me arrastra cuando hablo
cansado de latir,
quizás solo el deseo sabe cuánto he amado
el color de tus medias, la muerte en tus ojos.

Escucho en la penumbra de este cuarto velado 
mi último requiebro, 
tu blusa ajustada,
tu pelo ordenado y quieto de esos días
de brillantina y laca,
tu determinación
de hundirme en el olvido
de arrastrarme en la Troya 
que hieres y arrebatas;
quedarán mis palabras
tus imágenes dormirán en los archivos
aunque cambien de nombre y te duela. 

Te fuiste en abril, el año
lo he olvidado,
estarás en mi mente
y serás un recuerdo
en la llama de agosto, en las calles de Turín
en sombras bajo el sol que me empuja a la nada.

Ha pasado el amor, la muerte tiene hoy
lo que fue del silencio,
desde el silencio vuelve tu voz esta mañana,
tus ojos avellana son el triste sudario 

de un sueño interrumpido que mantuve despierto
y no supe mirarte aunque, sin duda, te amaba.


                                                                              7 de octubre de 2016

jueves, 6 de octubre de 2016

Georgia on my mind (version 2016)

      

        No me sentía así de bien desde hacía años, el grupo me tenía en un punto de inspiración desordenado, Laura, al fin se escucharían mis canciones y no se te ocurría otra cosa que levantarme un dique en el que se estrellara mi mediocridad asumida de madurito falto de cariño. Algo me estaba pasando que se rebelaba contra ti, contra tu propensión a tildarme de payaso patético y narcisista.
        Cada vez que llegaban las seis de la tarde me preparaba para lidiar con la extraña personalidad de Juanito, me trataba como si fuera un sacerdote, solo le hacía falta decir amén al cerrar cualquier cosa que le dijera, yo quería llevarlo todo al punto de la discusión, pero llegaba molido por tu desprecio, ese payaso al que antes hice mención me desgarraba las venas y mi mente se quedaba en blanco, ni siquiera sabía hablar en prosa. ¿Recuerdas que llevabas años sin leer una sola línea de lo que yo había estado escribiendo? Tú, mi conquistadora, sin poder memorizar los versos que yo no había escrito. Sin que lo supieras preferías perderme a darme la razón en mis ansias de querer sacar unas canciones, era lo que más amaba, lo que más sigo amando, pero no tanto como a ti, incluso cuando me arrojabas a la arena de un circo que no era el mío, en el que se encaramaban las fieras de esta ciudad, la tuya y la mía, con unas entrañas inflexibles, sin otra aspiración que obtener algún cuidado de que su mediocridad quedara al descubierto.
       ¿Qué hubiera ganado renunciando a esa actividad frenética como querías que hiciera por ti? Posiblemente me hubieras aborrecido y me lo habría merecido; hemos de sacar lo que llevamos dentro y emana de nuestro corazón y añora temple, pero tú sabes que eso nunca ha estado conmigo, me lanzo a la idea del momento como si fueses necesario: El artista siempre está en una lucha despiadada contra el mundo y ya dijo Kafka que al final estamos de su lado, le perdonamos la vida y nos acaba comiendo a pesar de nuestra calidad celebrada de indigestos y huesosos.
       Fueron meses terribles pero fecundos por los últimos días antes del concierto; llevábamos muchas semanas y aquello no arrancaba, todo lo que había era una gran canción, Frías siluetas, cuyo autor se les iba yendo de la memoria, no sabían ya con certeza de quién era o quién había aportado algo a ella, se hablaba de un tal Diego pero con mareas de duda e indefinición. Era todo el bagaje junto a una desafortunada toma de un poema mío de hacía un montón de años que llevaba La Cutrebán, como yo solía llamar a la formación con el disgusto más que aparente de sus miembros, habían caído en la trampa de la supuesta dignidad y no querían dar ninguna pista de su origen de barrio marinero. Otro debate era si yo pertenecía o no al grupo, yo lo veía claro y era un no rotundo; no cantaba, no tocaba instrumento alguno, pero casi todos sus miembros deseaban que lo fuera, apreciaban mucho tener en exclusiva a un buen letrista. Mi hermano Manolo, con su batería prestada o comprada de segunda mano, se molestó cuando le propuse al líder del grupo que ensayaba en el garaje de al lado pasarle alguna canción, creo que lo hice, a pesar de ello, y no hizo apenas nada con ello, no hace mucho supe que llevaba años muerto, el cáncer lo visitó de una forma arrolladora a una edad muy temprana, me sentí un poco solo; no había tenido una gran relación con él, pero se me iban los compañeros de generación sin darme cuenta, sin dejar de pensar que una de sus tumbas podría haber sido la mía.
       En siete días llegamos a las once o doce canciones, era increíble la facilidad con la que empecé a provocar el talento anárquico del impredecible Juanito, cada letra me era devuelta al otro día convertida en acordes y malabarismos dado que era un músico hecho por sí mismo, zurdo cerrado que había aprendido a tocar como diestro ya que no podía permitirse la carestía de las guitarras destinadas a la gente como él, bromeando yo decía que hubiera sacado música de un listín telefónico. Me sentí ilusionado y orgulloso de mí mismo porque en "La canción" colaboré con él en la parte de la música, pasé una vergüenza enorme mientras se la cantaba como yo la veía, pero captó muy bien la idea; La muerte volverá a tenerme en sus brazos / y no podré callarme para que me comprendas... Ya sabes que yo hubiera sido siempre de Fassbinder y sin tener que recurrir a las anfetaminas.
       Sabes que todo acabaría en un fracaso estrepitoso, pero había logrado de una forma un tanto extraña, pertenecer a aquellos que se desenvolvían con la música y la letra y Juanito callaba las bocas de aquellos que sabían solfeo y buscaban días y días la nota adecuada cuando él encontraba siempre lo que buscaba con unos conocimientos elementales, sin saberlo tenía el espíritu del rock’n’roll; Holly, Lennon, Richards.
       Los organizadores consintieron impasibles y puede que con agrado al escarnio público de los heavies, que ensordecieron durante la actuación de “La Cutrebán” el antiguo cine Cervantes, que no dieron la menor oportunidad de que demostraran que existían. Era una gala benéfica para recaudar fondos para un niño que tenía cáncer, pero la competición estaba abierta, ellos tenían más conocidos que nadie y, además, su coeficiente intelectual no parecía entender el significado de la palabra respeto; a esos padres, a ese niño, a esos compañeros de fatiga que se movían en su propia indiferencia en una ciudad donde no gusta la música.
       Tras la actuación, a la que nadie quiso hacer caso alguno, bueno se comentó con sorna el look de Juanito de un country rancio y llamativo, vino la desbandada. Solo y sin ti, recorrí el lado sórdido de una ciudad que tenía en sus ligas y en sus medias un perfil prostibulario, políticos flirteando con el alcohol y la cocaína, muchachas jóvenes vendiéndose amigablemente para recoger un poco del polvo esparcido por el viento.
       Me preguntas por Georgia y yo te pido que te alejes de la tierra de promisión y le pongas un rostro de mujer, el tuyo, por ejemplo. Al final acabaría colgado por la elegancia de tu gesto de la amante que sufría el abandono, yo no supe llorar cuando llorabas. Ni tú ni yo supimos nunca demasiado acerca de eso que llaman vida y que nos roba durante demasiado tiempo la sonrisa. Sigo queriéndote pero me ahogo en tus orillas, sufro por quererte y no sé cómo dejar de hacerlo. Esa muchacha de la que sentías, con toda la razón de tu parte, unos celos hirientes y destructivos acabó siendo un fiasco de los grandes, huyó, como cualquiera haría, de un loco que ha roto las cadenas y tiene que volver a aprender a hablar. En pocos días se me representó en aquella muerte de oficina su pragmatismo usurero, la vulgaridad de sus aspiraciones.