En
la mirada de la noche donde expiran los olivos,
en
el verde de silencio oscuro cerrado
de los campos,
donde
alumbra sin brillo
la
estrella que tiembla
con
timidez de doncella enamorada
y
no se lleva el miedo que la luna sombría
acaricia
en sus manos de tela de araña que muerde,
ni
a los locos que gimen el llanto de los grillos
que
no pueden romper la aurora con sus patas,
ni
el delirio infantil que acunan tiernamente los cartero
en palabras de amor
sin
remite ni huella en los tejados.
2
Hay
un jardín que muere en el patio del recuerdo
donde
canta el jilguero sin luz que lloraba
en
lo turbio y estrecho de una infancia que vuelve,
y
entre escombros agolpados contra un muro la tierra se esfuerza
por
ofrecer su lecho de húmedas raíces a unas plantas de Oriente
que
no verán el camino de sus primeros pasos,
como
tus ojos, en un barranco donde no habita una estrella
que
los guíe,
oscuros,
deslavazados, apasionados, muertos,
en
el libro amarillo que mostrara tu hondura
ante
mi asombro de niño
en
la palabra de amor que desplegó tu boca hacia los tristes,
hacia
los que nacieron arrodillados
ante
el peso infinito del estigma invisible,
hacia
los que tienen hambre de que las amapolas
vuelvan
a los montes derruidos que imploran su dolor de tierra
entre
las sábanas blancas tendidas en el ocaso que nadie mira
y
que se marchen los comisarios
de
la sonrisa exacta que caminan con sus cruces
y
esgrimen en el aire sus látigos de orden.
3
Yo
en este rincón donde no llega
el aire que he buscado con ansia y sin descanso
pensando en la amargura
en las lenguas que insisten, en esta tierra mía,
cansada
de llorar por quienes la llenaron de elegancia,
en
cegar los ojitos del jilguero que no aprendió a volar,
encadenar
el llanto que derrama el hombre bueno y libre,
desenterrar
las flores, apartar las estrellas,
en
manchar la hermosura de tu figura y tu acento,
despojar a los santos de su mensaje íntimo
y masacrar la rosa en los labios del poeta.
4
Yo
acorralado en este desconcierto de palabra cautiva
que
no verá su curso natural cubierto de requiebros,
en
esta noche fría de partituras huecas
que
forma la sinfonía que no escuchan los pájaros burlones,
y,
al fin, llega el poeta con su traje de loco que no encontró destino,
con
su corazón atravesado por una pena que sabe que le duele
pero
no sabe nombrar con los labios que tiemblan, que la sienten,
ni
situar el alma que le arrastra a un rincón desconocido.
Por
eso canto, para recordar la emoción del niño
que
mira a sus mayores agradecido y obnubilado
por
esta senda de luz que cubre el mar, el monte y los recuerdos,
por
este sentir profundo cuyo nombre no conoce pero toca
en
el rostro de aquellos inundados por la gracia .
Canto
para enmarcar la brisa pasajera del cómico ambulante
que
siempre encuentra abrigo en el pecho del poeta,
en
la hondura temeraria que no se lleva su templanza,
en el poema de luz que se agiganta con el
tiempo.