sábado, 5 de septiembre de 2020

De aquí a la eternidad



A Montgomery Clift

Aquí mis labios tibios
se funden con la gente que escapa de su casa
como la niña inquieta
que no encuentra su sitio
entre las flores blancas que cuidaran tus manos
en un sueño disperso que inmolaste con rabia.

Esta ciudad perdió de la verdad el rumbo,
ni mirando a los ojos se cumplen las promesas
en sus torpes entrañas 
y en sus bloques cansados,
 el cine está vacío, apenas tres asientos,
nadie molesta
los sorbos de un ardor febril y enajenado,
y no importa el cartel ni los actores
ni las manchas de sombra que persisten
en la oscura butaca del fondo apagado
que insiste en tu camisa destrozada,
en el tenue recuerdo que disipa mi imagen
y el amor que enterraste con el último tango.

No importa la Celosa cuando no te requiere
y vagando la dejas por la sierra perversa
buscando a un amante atormentado
cuyo dolor se expande y aprisiona sus miembros
a la litera fría que pregona la muerte
y el pensamiento amargo 
de un amor extinguido
en el borde más negro de un fuego masacrado.

Amabas la ciudad y la Casa de Campo,
el ruido que enloquece la razón de los cuerdos
que tú representabas en tu perfil humano, 
los árboles que ocultan
las horas del amor y las caricias,
la danza de los cuerpos vibrando en la vereda
que no desaparece de los ojos nublados.

Declaraste la guerra con hechos consumidos,
tu Pearl Harbor resiste con firmeza
en mi memoria triste
me asalta y me castiga con su furia implacable;
aún me sobrecoge el ruido de las hélices,
la sangre en las miradas,
tu voluntad constante de querer lo perdido
por encima del mar y de la muerte,
de despreciar la túnica morada de un profeta
confuso que se enfrenta a la locura ciega
del mundo y su metralla,
y se arrastra en la sábana de un sueño amortajado.

lunes, 24 de agosto de 2020

En el amor y en la guerra

Cuando llegue el corazón solitario 
de las sombras 
a tu oscura mirada
te preguntaré si queda un lugar
en la agenda de los vientos vulnerables
para arrancarte un beso
profundo, tierno y enamorado
que regrese a los ojos de la muerte,
que me acose con sus garras fraudulentas
en tus labios perseguidos,
para saber cómo abrazarte 
en la angustia perversa y acorralada 
de las horas que se pierden en tu rostro,
de las luces deprimidas
cuando termina la escena 
innortada y vencida de tu himno
en los cuarteles del amor y de la guerra,
en la oscuridad profunda que se vierte
en los hombros desnudos y demacrados 
de las aceras vacías
mientras tiembla la duda del paisaje 
herido y devastado por tu ausencia
y el alma de las alas que perdieron tu canto, 
la libertad y los recuerdos
en la sombra celeste de los aires lejanos
que desquiciaron las quimeras
y el embrujo errante del ayer.

martes, 28 de julio de 2020

Último día de un poema.



A veces no puedo saber lo que amo tiernamente,
se fue la llama azul que me guiaba
a la oscuridad de tus ojos, al puerto de tus brazos.
Arrancaron de mí la confianza que tuve
para amar en silencio sin esperar que me amaran.

Quizás no sea verdad, sólo un anhelo
que no quise tocar
por miedo a que volara,
volvieron otros cometas sin saber
agarrarme a sus colas, o empaparme de luz.

Y ahora, como las canciones,
que mi abuela aprendiera
de labios sefarditas,
de la tristeza voy a la amargura,
en la deriva de la noche preguntándome;
¿dónde está el candor que derrochaste conmigo?
¿dónde está la sonrisa que me tranquilizaba?
¿dónde el amor que eterno prometiste,
dónde la madrugada
en la que, al fin, los pájaros cantaron,
cuando tus tiernos ojos me miraban?

viernes, 12 de junio de 2020

Persigo



Persigo en tu destino el rumor de las voces

que nunca regresaron a la vía cansada

y estrecha de los puentes anublados,

de las aves que sufren entre los espigones

la ausencia de tu imagen acendrada.


Persigo en tu recuerdo
compungido

el marco de tus alas, la cinta de tus medias 

 y el latir de mis labios enredado en tu rostro

que huía con el viento oscuro de los cables.


La espuma que quedara suspendida en el agua

se anuda a los silencios de los versos callados

en el ritmo doliente que tu acento tenía

y llevaba en tus ojos las cruces de un misterio.


Vuelvo a pedir tu nombre a nuestra vieja calle 

que tiembla en el pasaje de los verbos perdidos,

en el visillo lívido del llanto de los muebles

que mueren en la noche de una cita sin fecha.

Persigo en tu caricia la añorada memoria

que aparece despierta

en la puerta del álamo de los juegos primeros

y muestra la verdad tersa de un pergamino

que navega en los mares procelosos

de un naufragio que vive en la sangre de entonces

y acoge las palabras que vibran en tu boca.